viernes, 15 de noviembre de 2013

El superviviente


Vestía un traje de otras modas, perfectamente planchado, que le quedaba grande. En una de sus manos llevaba una pequeña bolsa de las que se usan para llevar un ordenador portátil.

Casi pierde el equilibrio cuando el autobús reanudó su marcha. Zarandeado por el movimiento tuvo que agarrarse a una barra para no caerse. Subió torpe, muy despacio, lo que provocó la impaciencia de otros pasajeros que parecían tener mucha prisa por llegar a sus casas en esa noche de lunes. Era alto, pero en su espalda ya asomaba el peso y las curvas de una vida que siempre acaba doblándonos. Delgado y un poco chupado, se le veía débil, cansado y un poco asustado. Rondaría los setenta, si no eran más. Por su mirada, daba la impresión de ser un hombre bueno, de esos que han sido poco perros – una mirada a menudo cuenta más de una persona que su palabra-; por sus gestos,  el respeto y la humildad con la que se dirigió a los pasajeros que evitaron que cayese, estoy convencido de que era un hombre bueno. Todo él transmitía fragilidad.

Me estuve fijando un buen rato en él, especulando con cuál sería su profesión. Se me hacía raro que una persona tan mayor no estuviese jubilado; me parecía extraño que llevase un ordenador portátil y toda la pinta de venir de trabajar (para ver a los nietos o a los amigos poca gente se viste de traje y va paseándose con un ordenador). No tenía pinta de ser un gran ejecutivo -a esas edades ni van en autobús, y a esas horas están de cena, de saraos varios, en casita o los más agresivos en la oficina tocando las narices a sus empleados- ni tampoco un jefe de ventas ni nada por el estilo. Funcionario lo dudo. Es posible que fuese un autónomo, un corredor de seguros, un representante comercial, un médico o el visitador médico más longevo de la historia. Eso entraba dentro de lo posible. Aunque lo más probable, viendo como está el panorama es que fuese un profesor de una escuela privada, un investigador o un experto, pongamos por caso de literatura sueca.

El caso es que fuese lo que fuese allí estaba, luchando por vivir o sobrevivir en un mundo que cada día hacemos más hostil; no resignándose a ser derrotado y peleando por una dignidad que día a día se nos va arrebatando mediante el engaño, el miedo y las contradicciones del donde dije digo ahora digo diego. Sentí admiración por él y por otros muchos que sabiendo como se las gasta la sociedad cuando cumples una edad y el esfuerzo suplementario que hay que hacer para no quedarse atrás todavía tenía el coraje y la determinación de, a pesar de su aparente fragilidad, estar ahí, con un par, porque no todo el mundo tiene la fortuna (a esas edades depende más de con quien se de y donde se esté que de la valía profesional y la experiencia) de poder hacerlo.  

Y pensé en él como un superviviente que con seguridad no se adaptó nunca al entorno sino que él fue adaptando el entorno a las circunstancias. Un superviviente que fue educado o se educó para confiar en él mismo.

El entorno hoy va más rápido que lo que un ser humano puede asumir sin volverse gilipollas, muta a velocidad de vértigo y se prepara para que las generaciones venideras se adapten, no para las que aún pueden ser. En el camino, miles de cadáveres.

Vivimos en un mundo que va a toda leche, un mundo que se rige por eso que se llama obsolescencia programada y precisamente por ir a toda leche se nos ha olvidado que hacer con todos esos hombres (que ya van pasando de una edad razonable para trabajar) que el “Sistema” quiere que sigan cotizando per secula seculorum, y “Los mercados” dicen que nones que prefieren sangre fresca, más barata y seguramente más adaptable a “la nueva realidad”. Vivimos en un mundo en el que las cosas no se explican claramente o no se corrigen, haciendo bueno el dicho de que “el que venga detrás que arree”. Es más sencillo echarle la culpa al boogie que tener el coraje de cambiar e invertir en una educación que no esté hecha para la supervivencia del sistema y sí para el desarrollo de los hombres. Una educación que se preocupe de fomentar la solidaridad, el pensamiento, la colaboración, el conocimiento y la diversidad; una educación que permita transformar realmente a la sociedad para que no haya supervivientes sino gente que nace, vive y muere pero no la matan.

Y ese hombre del autobús es un buen ejemplo

8 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando. Preciosa la historia y la moraleja que la rodea. Efectivamente tendemos a volvernos gilipollas por seguir la corriente de este barco que, barrunto, no nos lleva a buen puerto. Estoy de acuerdo contigo. Un abrazo

Julia dijo...

Qué buena reflexión Fernando. El mundo de la incoherencia y la falta de solidaridad. Quizás se trate de poner más consciencia en la educación que queremos y responsabilidad en lo que somos y hacemos. Es necesario educar en Humanidad, respeto y en felicidad. La buena noticia, que cada día somos más los que apostamos por ello, creemos y Creamos un mundo más humano. Qué legado mejor! y esto comienza por uno mismo...y entonces es imparable. Me ha encantado Fernando. Enhorabuena.

Katy Sánchez dijo...

Eso es lo malo, que hay muchos que están luchando de una u otra forma para seguir... Estamos la inmensa mayoría alienados, no estábamos hechos para esta clase de vida pero hay que seguir. El domingo perdimos au uno de ellos en la familia. El marido de María mi única hermana que nos dejó. Ese es el motivo por el ¡llevo sin aparecer ni comentar.
Bss y buen finde

cristal00k dijo...

Obsolescencia programada, que también nos alcanza no sólo en el entorno inerme, sino también en otros ámbitos. Los mercados y quienes los manejan, nos tratan como mercancía y mientras tanto, algunos, asistimos atónitos y cada vez más 'descorazonados' a estos movimientos orquestales en la oscuridad... (y nunca mejor dicho...)

Creo no equivocarme, si digo que somos 'muchos' los que hace tiempo que hemos dejado de entender este absurdo en el que estamos inmersos. Donde por poner otro ejemplo diferente del tuyo, se piden condenas de 7 años por tocar el piano y los responsables del Prestige, o las que firman ladronadas 'inconscientemente' se van de rositas...

En fin! un abrazo Fernando.

M. Teresa dijo...

Estamos en una rueda de la que es difícil salir, aunque estoy muy esperanzada con las nuevas generaciones. Espero que lo sepan hacer mejor que nosotros.

Un abrazo

Myriam dijo...

El mundo va a toda leche, pero no hay vaca que ordeñar...

Me gustó especialmente tu último párrafo. Sería justemente eso lo que necesitamos, implementar una educación que haga crecer al individuo.

Besos

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

En el fondo se trata de que la economía esté al servicio de los seres humanos y no al revés.
Gran relato.
Un abrazo.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Rafa Bartolomé – La ventaja de todo esto Rafa es que siempre podemos, a pesar de las dificultades tomar otras barcos. Un abrazo

@Julia de Miguel – Hola Julia, gracias por el comentario. Apuntas algo importante: poner más consciencia en la educación que queremos y responsabilidad en lo que somos y hacemos. Poner Más y mejor. Yo creo que esa es la vía que empieza por uno mismo. Un abrazo

@Katy Sánchez – A pesar de todo Katy, yo creo que podemos “desalienarnos” si no del todo, si un poco. Besos y buena semana y un abrazo a María.

@Cristal00k – El ejemplo que pones lo dice todo, por eso creo yo que hoy es más necesario que nunca “desentonar” y desmarcarse de todo aquello que nos está convirtiendo en seres sumisos o estúpidos. Un abrazo.

@María Teresa Trilla – Yo también tengo muchas esperanzas en las nuevas generaciones si no caen en “las trampas” que caimos nosotros. Si no, más rueda. Por otro lado, también tengo esperanzas en las de ahora,en las que hay, auqnue lógicamente todos estamos más maleados. Un abrazo

@Myriam – Yo estoy convencido de que lo que diferencia a una sociedad de otra es la educación que se recibe. Si esta se centra en el individuo más que en el sistema siempre saldrá adelante. Besos

@Javier Rodríguez – Buen resumen Javier. Un abrazo

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