domingo, 1 de septiembre de 2013

Diario de viaje a Sri Lanka I: Si Shakespeare levantara la cabeza...





Minutos antes de aterrizar en el aeropuerto de Colombo uno ya percibe que Sri Lanka es pura naturaleza y un país eminentemente rural. Desde el silencio que se produce siempre en la cabina minutos antes de aterrizar, miraba por la ventanilla regodeándome en las diferentes tonalidades de verdes y el azul de los lagos que manchaban todo el país. A medida que descendíamos asomaban ya las primeras casuchas aisladas unas de otras, caminos de tierra rojiza, algún poblado, pero nada que te hiciese pensar que en apenas unos minutos aterrizarías en los alrededores de Colombo que yo imaginaba llenos de fábricas, enormes suburbios y depósitos de combustible como te sueles encontrar en cualquier ciudad grande.  

Antes de pasar el control de pasaportes, pude comprobar lo que ya había leído cuando estuve buscando información sobre el pais y me había hecho gracia: en el aeropuerto se venden lavadoras, neveras y otros electrodomésticos que por lo visto están libres de impuestos y son comprados por los emigrantes para sus familias. Da la sensación de encontrarte en una gran superficie en lugar de un Duty free.

Los trámites de entrada al país fueron razonablemente rápidos y en cuestión de minutos, tras haber cambiado algo de dinero me encontré con Rolland, el taxista que había contratado desde Madrid para que me llevase directamente a Anuradhpura.

Nos saludamos. Al decirle mi nombre sonrío contesto: Fernando, a Sri Lankan name. El nombre es muy popular en el país debido a la colonización portuguesa y hay Fernandos para aburrir. En ese momento no supe lo útil que iba a ser llamarme así, pues durante todo el viaje el hecho de pronunciar mi nombre despertaba bastante simpatías en el personal y todo parecía fluir más fácil. Eso sí, muchos pensaban que era portugués, asunto este que no desmentí en varias ocasiones.  

Subimos a su minivan y empezamos a conocernos, a tantearnos. Con ese aire simpático y golfo que es común en muchos choferes, Rolland iba preguntando e indagando sobre mi persona y futuros planes, calculando para sus adentros los posibles de su cliente. Pasaba la cincuentena y vivía en Negombo, una ciudad de pescadores próxima al aeropuerto donde suelen recalar la mayoría de viajeros que no pernoctan en Colombo. Atravesarlo nos llevó un buen rato por la cantidad de motos, coches, tuk tuks, autobuses y camiones que circulaban intentando avanzar a trompicones en una calzada en el que las normas de circulación eran bastante flexibles o daban lugar a una interpretación muy personal por parte de los conductores.

A ambos lados de la carretera ya asomaba ese caos asiático de tienduchas de madera, talleres de todo tipo, fruterías o pescaderías improvisadas, algún banco, un concesionario, un hotelucho; un desorden que apabulla pero que, en el fondo es muy práctico al estar todo a mano. Se veían muchas iglesias católicas, estatuas de Jesucristo y de la Virgen tan estridentemente coloreadas como las deidades Indias. Rolland me contó, que en Negombo el ochenta y cinco por ciento de los habitantes era católico. Según él, el catolicismo representa la segunda religión del país lo que me pareció un poco excesivo. Quizás, sabiendo que venía de la “católica” España quería impresionarme; o posiblemente por ese orgullo mal entendido del que hacemos gala los humanos exageró un poco, tirando a bastante.

El caso es que me iba entendiendo bien con él. Era uno de esos tipos que sabes que siempre se manejará bien por la vida. Regordete, con un cuidado bigote y una perilla de chivo que le daba un aspecto de malote, de canalla, era bastante avispado; un tipo de los que no te puedes fiar pero que te cae bien.

¿Qué como me entendía?

Antes de seguir, debo hacer una aclaración: mi inglés es como el de los mandingas o el de los indios de las películas; lo básico para ir tirando. Sin embargo, no sé por qué extraña razón consigo entenderme con un montón de gente. Poco a poco voy aprendiendo, pero el idioma me sigue dominando a mí y no al contrario. Es un hándicap que me limita mucho en general y en los viajes en particular; pero también se producen situaciones muy divertidas, especialmente con aquellos que tienen parecido nivel a ti.

Por ejemplo, uno va con un conductor de tuk tuk, con un chofer o un fulano cualquiera que ha decidido hacer de guía o acompañante ocasional y, de repente, te dice señalando un árbol: tree. Eso ya te da una pista de cómo va a ir evolucionando la conversación. Lo miras y asientes o contestas nice, beautiful o lo primero que te venga  a la mente. Roto el hielo, unos cientos de metros más adelante, repite la misma operación pronunciando la palabra lake, monkey, house, con una rotundidad casi paternal que parece descubrir algo inédito para ti, mostrándote aquello que por lo visto tus ojos no han advertido; con una expresión algo autosuficiente y satisfecha por haber instruido a ese guiri con gafas y aire de despistado. Yo, puestos a jugar al “veo veo” comienzo a tirar de vocabulario y con esa misma rotundidad pero con un poco más de guasa digo car, bird, church, people y cosas así.  Una vez que tu interlocutor ha calentado motores va cogiendo confianza y construye pequeñas frases del tipo It’s very hot today, o va haciendo las inevitables preguntas Where are you from? Are you married? Wath’s your job?.

A menudo me he preguntado cómo es posible que en cualquier lugar del mundo siempre te hagan las mismas preguntas. He llegado a sospechar que hay un manual o un protocolo no escrito; también que alguno de ellos sea bloguero y haya publicado un post sobre el asunto tipo 20 preguntas imprescindibles para hacer a un guiri.

Sin darte cuenta, llega un momento en el que te encuentras metido en una fantástica conversación; sobre todo cuando las dos partes se han venido arriba y ya es un toma y daca de preguntas y respuestas que pueden acabar de forma muy disparatada porque uno pregunta y el otro contesta lo que le da la gana o lo que sus entendederas le han dado a colegir. Sólo cuando pides una aclaración o que repita la pregunta te das cuenta que estáis hablando en distintas frecuencias y que si uno está hablando de barcos, el otro de zanahorias por poner el caso. A todo esto hay que añadir las caras de poker o ¿qué carajo me está contando este tipo? Digno de un sketch de televisión.

Pues así me entiendo yo muchas veces.

No llevábamos una hora de viaje cuando Rolland se detuvo en un restaurante panadería. Lunch - me dijo - tocándose la barriga. Pues lunch for you because I’m not hungry le di a entender. Compró varios rollos empanados y fritos rellenos de pescado y unas samosas a las que el llamaba bajiya. Compré unas botellas de agua y partimos. No me apetecía comer nada, pero él insistió tanto que al final tomé uno de los rollos de pescado y me lo comí. Estaba bueno. Me recordó un poco a las croquetas de pescado o las pataniscas de bacalao pero bastante más especiadas y bastas. 

De varios puntos de la carretera partían estrechos caminos que se perdían en la frondosidad de una naturaleza que nos rodeaba por completo a pesar de estar muy cerca de la orilla del mar. Me daban ganas de bajarme y tomar alguno de ellos: Si Sri Lanka era un país de sendas y caminos estaba seguro que iba a disfrutar mucho perdiéndome por ellos.

Me llamó la atención, la cantidad de fabricas de tejas que se veían a lo largo de la carretera. Tenían un aspecto muy antiguo, de revolución industrial, que le daban al paisaje un aire nostálgico, de tiempos que ya no existen.  El día se fue nublando. Al pasar por las marismas Nawadankulama, el cielo y el agua parecían del mismo color; un gris claro y denso. Cuando mirabas al horizonte daba la sensación de que se habían fundido y sólo el vuelo de una garza o la ondulación de la corriente te sacaba de tu error. Paramos en Puttalam, en un supermercado, a aliviar la vejiga. Me quedé un poco extrañado cuando Rolland me dijo que era al fondo a la izquierda, al lado de la carnicería y unos anaqueles repletos de detergente. Le miré, cómo preguntado si eso era normal y me hizo un gesto con las manos como diciendo tira, tira mientras le daba palique a las cajeras.

Antes de Puttalam había observado que más de un coche que venía de frente nos daba las luces. Minutos después veíamos un control o una patrulla de policía. ¡Vaya tramposillos! igual que en España hace unos años. A unos veinte kilómetros de Puttalam fueron tres los vehículos que nos guiñaron los ojos y aunque no pasábamos el máximo de velocidad (70 kilómetros/hora) nos paró la policía; yo creo que más por curiosear quien era el pasajero que por pedir los papeles ya que apenas les echaron un vistazo. 

   -Siempre quieren sacar dinero, paran a mucha gente y así ganan un poco de dinero, pero a mi no me pillan dijo Rolland una vez nos libramos de ellos.

Tras uno de esos necesarios silencios de carretera en los que sólo escuchas el rodar de las ruedas en el asfalto, acabé amodorrándome vencido por el cansancio. No duró mucho. Me sobresalté cuando Rolland, grito Jungle, Jungle, de una forma primitiva, casi tribal, volviendo a ese inglés básico al que sólo le faltaba para darle un poco de exotismo añadirle algún “akuna matata” o algo así. Durante un buen número de kilómetros me estuvo hablando de los muchos elefantes que había en la isla y cómo cruzaban la carretera. Se veían señales de paso de elefantes y de vez en cuando cagadas (shits en el dialecto que hablábamos) en los arcenes de la carretera, de tal manera que nos vimos envueltos durante un buen rato en una especie de concurso de localización de cacas de elefante: el para certificar que había un montón y yo por demostrar mi espíritu competitivo.

Tras casi cuatro horas de viaje, llegamos al hostal que había reservado. Cuando atravesé la cancela, supe que había acertado en mi elección.


Continuará 

7 comentarios:

Pedja P dijo...

Enhorabuena Fernando y gracias. Viajé a Sri Lanka en el 2006 y desde entonces me dejé una parte mía allí a cambio de un trozo del país que me llevé conmigo. Ahora en 2013, vuelvo a vijar a Sri Lanka a través de tu diario, espero la siguiente entrega con impaciencia, un abrazo.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Pedja - Gracias Pedja, espero que te puedas llevar otro trocito con el diario. Un abrazo

Katy Sánchez dijo...

Que envidia sana me has despertado. Jajaja me ha encantado tu dominio del idioma. Lo de las 20 preguntas imprescindibles para hacer a un guiri yo creo que está escrito en los genes. Tomas confianza y puedes contestar la verdad o mentir que nada cambiará en esencia. Creo que quedan pocos lugares actualmente donde el verde domine al cemento.
Bss

M. Teresa dijo...

Esto del idioma es curioso. Mi dominio del inglés debe ser más o menos como el tuyo pero siempre digo que cuando voy de viaje, las palabras salen solas, no sé como pero fluyen sin ningún problema de tal manera que siempre nos entendemos. Con los taxistas hemos llegado a hablar casi de todo, eso sí, tras las 20 preguntas de rigor jajajaja.
Ah! y en un momento u otro seguro que sale el futbol. Es un clásico!

Un abrazo

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy Sánchez: uno que es consciente de sus limitaciones...y como dices nada cambiará en esencia. Y así es , quedan pocos lugares así. bss

@María Teresa: No sé por qué me da que tu nivel es bastante más elevado je je, pero como dices todo fluye bien. Esta vez el futbol apenas salió porque son más de criquet. Un abrazo

Jose Luis Montero dijo...

Ya entramos en harina....
Me he reido mucho de verdad y es que, es como la vida misma, pero cuando hay necesidad ni lo más necios la ignoran.
Cuidate

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Jose Luis Moreno.

Eso es, ya entramos en Harina. Al menos que nos riamos. Buena reflexion. Un abrazo

Soul Business

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