domingo, 10 de febrero de 2013

Días de ojos rasgados: Miradas de Hanoi, lecturas del alma


Una discusión en el pasillo me despierta de la siesta. No tengo la más remota idea sobre cual es el asunto de la misma, pero parece que se trata de un problema interno de los empleados del hotel. Sé que es una discusión: los hombres cuando discuten tienden a acelerar las palabras, soltándolas a ráfagas y subiendo el tono de voz, como si de esa manera lo expresado adquiriera un halo de rotundidad, de razón, cuando la realidad es que en esos momentos la fuerza de cualquier argumento se desvanece en el aire enrarecido que deja una confrontación exaltada. Ante la imposibilidad de dormir un poco más, me ducho y vuelvo a unas calles desbordadas de gente, de inquietudes.

Me dirijo hacia el lago Hoan Kiem que se encuentra a escasa distancia del hotel. Miles de zapatos de aspecto barato, de evidente imitación o falsificación se exponen en las numerosas zapaterías que flanquean la ruidosa calle por la que transito en la que hay que moverse con cierta agilidad para evitar un choque o ser atropellado por una moto o un carro. En ese enjambre se hace complicado pararse a observar o detenerse ante alguna tienda de cachivaches una casa o una persona que te llame la atención, siendo más prudente desviarse por cualquier callejuela, aún a riesgo de extraviarse y acabar en otro lugar.

Tras dos despistes consigo llegar al lago Hoa Kiem, el “Lago de la espada restituida” que hace honor a una de esas leyendas tan fantásticas como poco documentadas o comprobadas que tanto gustan al ser humano; gestas o fábulas que lo mismo sirven para embellecer la historia como para justificarla, sustentar tradiciones o alimentar esperanzas. En el caso de Hoa Kiem, tomando una versión sintetizada fue la siguiente: Según cuenta la leyenda en el siglo XV, una espada mágica fue enviada desde el cielo el emperador Le Loi quien gracias a ella consiguió expulsar a la dinastía china Ming (entre otras razones famosa por sus jarrones) que había invadido el pais. Navegando por el lago, una tortuga de oro apareció ante la embarcación solicitando, en perfecto vietnamita supongo, que la espada fuese devuelta tras la victoria a los dioses al haber cumplido ya su misión, por lo que a Le Loi, no le quedó más remedio que entregársela, eso sí, después de alucinar un rato.

Historias aparte, el lago regala al alma una serenidad amable, casi silenciosa  que contrasta con el continuo ajetreo de los aledaños, ofreciendo una tregua a los oídos y regalando a la vista un lienzo de agua rodeado de árboles que va cambiando de color según el humor de las nubes, pasando lentamente del gris al azul y de este al verde. Paso un buen rato sentado, vaciando el cerebro para llenarlo de mis propias fantasías, imaginando cómo sería mi vida en ese Hanoi que lo mismo enamora que desconcierta o te cambia el paso, que aturde o sosiega, cuestionándome si la imaginación despierta un deseo de cambio o si simplemente es otra suma más en el ábaco del desarraigo que todo viajero lleva encima desde el día que fue consciente de todo lo que enriquece viajar. Ni siquiera la horda de turistas que cruzan el puente Thê Húc para acceder a la pagoda Ngoc Son consiguen ayudarme a encontrar una respuesta que conforte o aclare pues aún siendo como ellos y haciendo muchas cosas como ellos, no me siento parte de ellos como tampoco lo soy de los vietnamitas. Me consuelo pensado que, esa tierra de nadie en la que parezco encontrarme al menos es mía, la única posesión que no desearía perder.

Vuelvo a otras realidades y atravieso el puente para llegar hasta el templo de Ngoc Son, (Montaña de Jade), que me deja un poco indiferente salvo por la buenas vistas que desde allí se obtienen de un pequeño islote donde se asienta la pequeña y graciosa Torre Tháp Rúa (o Torre de la Tortuga) que es símbolo de la ciudad. Ya de regreso, en el puente, me toca hacer de fotógrafo ocasional y casi oficial de parejas de enamorados que van haciendo cola después de que haya aceptado la solicitud de una pareja china.





Todavía  hay tiempo antes de la cena. Me doy una vuelta por varias agencias de viajes para curiosear y comparar precios y posibilidades. Todo Hanoi parece una inmensa agencia de viajes. En cualquier lugar, además de las numerosas agencias de todo pelaje que se encuentran en el Hanoi antiguo, los billetes de autobús, de tren, las excursiones a Halong, Sapa o cualquier circuito son ofrecidos en los hoteles, en los bares, en varios comercios, o por vendedores ambulantes y buscavidas a la caza de mochileros. Los precios son muy similares en todos los sitios. Apenas una diferencia de unos centavos de dólar o de un dólar en la carta de servicios que a mi me recuerda un poco a los panfletos que los restaurantes chinos dejan en los buzones de las casas. No sé por qué, pero tengo la impresión de qué detrás de todo está una única organización.

Ya de noche me adentró en el barrio francés para cenar, en un Hanoi tranquilo y pulcro donde los edificios recuerdan una dominación francesa que quiso quedarse pero no la dejaron, como muestra el bello edificio de la Opera, uno de los pocos, como el hotel Hilton que están iluminados. Me adentró en el restaurante Club Opera de Hanoi del que tengo buenas referencias con el fin de probar una cocina vietnamita más elaborada que la que se puede encontrar en cualquier rincón de la ciudad. Opto por un menú degustación que se compone de una sopa de gambas y verduras, langostinos con salsa picante, vieiras al ajillo, un pescado al horno parecido a la perca y unas crepes de mango. Todo servido en pequeñas porciones y presentado con muy buen gusto.

Al empezar la cena me encuentro con el eterno problema de los palillos. Intento defenderme pero se me hace difícil y si no llego a la desesperación que produce ver como una y otra vez los alimentos resbalan hasta caer otra vez en el plato, se debe a la paciencia y a la firme voluntad de aprender de una vez por todas a hacerlo, aunque sé que lo olvidaré en la próxima ocasión pues la falta de práctica y costumbre siempre entorpece el avanzar. Más en este caso, cuando los palillos no son de madera ni livianos y cuesta conseguir sujetarlos con un poco de dignidad.  Se me van cayendo los trocitos de comida, incluso el rollo vietnamita que a modo de aperitivo me sirven, me cuesta introducirlo en la boca. Observo como lo hacen otros comensales y me asombro de la facilidad con la que manejan los palillos y  como introducen los alimentos en sus bocas de una manera bastante alejada de las normas que me enseñaron de pequeño.

En esas reflexiones tontas que me hago, llego a la conclusión de que dependiendo de la longitud y material con el que están hechos los palillos me defiendo mejor o peor y que siempre, por mucho que se aprendan las cosas, uno nunca acaba de dominarlas.

A poco de haber empezado, un nuevo rico vietnamita se sienta en la mesa de al lado. Parece esperar a alguien porque ordena que no le retiren el otro plato de la mesa. Está borracho, nervioso y, por lo que observo, amargado de la vida. Habla a voces por el móvil sin importarle si al resto nos molesta. Sé que es rico o con posibles porque encarga una enorme langosta que irá haciendo en un pequeño hornillo, que han puesto sobre la mesa, donde acabará de darle el punto. Empieza a comer sin esperar a su pareja que llegará mediada su cena. Mientras tanto, seguirá trasegando, una detrás de otra, copas de vino blanco que irán aumentando su mala educación y su borrachera. Y esa estampa me entristece y pone en alerta al tener la sensación de que en ese Vietnam, en el que conviven el comunismo ultra controlador y el ultra liberal capitalismo, acabaré topándome con un buen montón de indeseables para los que el poder y el dinero acaban siendo un fin y no un medio. 

Diario de Viaje: Días de ojos rasgados: Continuará

  

9 comentarios:

Katy Sánchez dijo...

Una vez se pone de manifiesto que viajamos a lo que sale pero nos podemos dejar nuestro bagaje cultural y experiencias a la ha de analizar con todo lujo de detalles cada situación que volverá enriquecida con nuevas aportaciones.
No te veo yo comiendo
con palillos:-)
Las fotos preciosas. No has dicho si el laf¡go esnatural o artificial.
Bss

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Pues... no sé de qué me suena esto último...
Un abrazo.

Elsa Rodriguez dijo...

Qué ganas de visitar Vietnam...es una de mis asignaturas pendientes.
Y otra: la de los palillos;)) mira qué me encanta la comida del sudoeste asiático pero no tengo nada de pericia por mucho que lo intente. Es lo que tú dices, necesitaría practicar con más frecuencia...¿en un viaje a Hanoi?

Jose Luis Montero dijo...

Hola Fernando
Ah! Vietnam....creo que todos estamos un poco contagiados por la propaganda amarilla de los Rambo y cia. que nos ofrecen un pueblo malvado, gracias por ayudar a cambiar la mirada.
cuidate

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: ya sabes que me encanta como discurre tu vida por esos parajes. Lástima que después de un día tan agradable te toparas con el típico tipejo. Eso te pasa por ir a cenar a sitios de lujo; por cierto la cena me pareció muy apetitosa. Me gusta como describes cada rincón, cada calle. Como urgas en el interior de lo que visitas. Un abrazo

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy – Nuestro bagaje cultural forma parte de nosotros, es imposible separarlo. Lo bueno es que se enriquece constantemente. Lo de los palillos, yo tampoco me veía , pero hay que intentarlo. El lago es natural. Besos

@Javier Rodríguez – Es que en todos sitios cuecen habas, Javier. Un abrazo

@Elsa – Te encantará estoy convencido. Lo de los palillos es que es complicado y más si no son los que se encuentran por aquí. Es bastante complicado y yo soy muy torpe, pero al final me apaño. Un abrazo

@Jose Luis Montero – ja ja , es que más que malvado es un pueblo muy, pero que muy listo. Un abrazo

@Rafa Bartolomé – Son cosas que pasan en cualquier lugar je je: la cena fue muy buena, para repetir. Un abrazo

M. Teresa dijo...

Respecto a tu comentario sobre las diferentes "empresas" que venden excursiones, billetes....tuve la misma sensación en China, con los que venden tours por la ciudad de Pekín y excursiones a la Gran Muralla.
El hecho es que en Asia no hay ningún problema para conseguir algo, sólo es cuestión de desearlo y cincuenta mil te ofrecen lo mismo!!!

Un abrazo

Myriam dijo...

Que bueno que comiste rico en el Club Opera de Hanoi. Jajaja como te hicieron trabajar de fotógrafo, pobre, te habrá quedado el dedo gastado de pulsar.

Tu relato me dejó una sensación entre bucólica y melancólica.

Besos

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Maria Teresa: Muy cierto lo que dices, en Asia es bastante sencillo conseguir las cosas. Yo creo que va en sus genes.

Un abrazo

@Myriam Ja ja , no creas , tampoco fue tanto tiempo. Gracias por pasarte. besos

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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