domingo, 24 de febrero de 2013

Días de ojos rasgados: La vida sobre dos ruedas



La vida esta llena de contrastes. A poco de salir del Templo de la Literatura, donde la serenidad se encuentra en cada rincón, me topo con uno de los habituales galimatías circulatorios que se multiplican en diversos puntos de la ciudad. Si bien los coches no abundan, entre otras razones por los impuestos de importación que los hace prohibitivos a la gran mayoría de los vietnamitas, en Hanoi se tiene la sensación de que hay tantas motos como habitantes y que éstas parecen regir sus vidas: son razonablemente económicas, fáciles de mantener y sirven para desplazarse, cargar mercancías o utilizarlas de moto taxi ya que en Vietnam, cualquier persona que posea una, es un taxista o mensajero en potencia.

Quiero cruzar una calle y no veo la manera de hacerlo por el aluvión de motocicletas que surgen y van en cualquier dirección: Como en su día hice en India, invierto mis buenos minutos en conocer las claves para hacerlo: en lugares donde el cumplimiento de las normas es una quimera o queda subyugada a la costumbre, la prudencia invita a la observación; a aprender bien la lección al no haber apenas margen para el error.

Como si de un documental se tratara, filmo y hago zoom de cualquier plano, de cualquier secuencia, locutando para mis adentros todo lo que mi campo visual permite. Comento la velocidad a la que se circula; si es constante, si se producen parones; también si influye el hecho de que se tome una u otra dirección; si los hombres son más agresivos que las mujeres conduciendo o si guardan una distancia sensata entre vehículo y vehículo. Me fijo especialmente en cómo los peatones, vayan en grupo o en solitario, cruzan las calles; en cómo reaccionan cuando se ven atrapados en esa vorágine de tubos de escape y pitidos… La clave es hacerlo “sin prisa, pero sin pausa”: caminar lentamente con paso firme hasta “la otra orilla”, sin detenerse ni asustarse ni intentar esquivar lo que en ocasiones parecerá una estampida que viene hacia ti; en definitiva, mantener la calma y confiar en que los conductores no se pongan o les pongas nerviosos. Al principio no es fácil. Las imágenes no son tranquilizadoras:  muy poco motoristas llevan casco, muchos van hablando por el móvil al tiempo que conducen, otros van comiendo, unos cuantos se saltan los semáforos, giran hacia cualquier dirección o se dan la vuelta; o se paran y ponen a charlar con cualquiera.


Cuando llego a la vía del tren que cruza el centro de la ciudad, camino cerca de los railes, pensando es improbable encontrarme con más motocicletas; pero me equivoco una vez más: incluso en ese pequeño y estrecho espacio se las ve circular de forma parsimoniosa. Unas van sobrecargadas de patos, otras de cajas y bultos; en algunas van familias enteras; niños y padres, padres y abuelo, como si lo natural fuese siempre el sobrepeso y el aprovechamiento al límite del espacio.

Mi rumbo ahora lo marca el sendero de la vía. La atención, la sosegada actividad que descubro a cada paso: los sombreros cónicos se multiplican; sencillos talleres en los que se trabaja el metal o la madera conviven con pequeños chamizos que albergan recambios y piezas de segunda mano; con humildes moradas en las que se escuchan conversaciones incomprensibles, el sonido metálico del mover los cacharros, el suave correr del agua que ha dejado la última tromba; la estridencia de una radio a todo volumen que va perdiendo intensidad a medida que avanzo. Pero esas estampas de diario, de pura cotidianidad están llenas de ausencias. Echo de menos la música, la alegría o el estruendo del chocar de las voces y tengo la sensación de que la vida en ese corredor ferroviario, además de no ser fácil, arrincona el alma.  

Me siento algo extraño, como si hubiese invadido un lugar muy personal, como si violase algo íntimo, pero la curiosidad me impide regresar sobre mis pasos. Poco a poco me voy sintiendo más confortable al comprobar que en las miradas que me dirige la gente no hay reproche ni se atisba hostilidad, sino más bien indiferencia o curiosidad. Algún anciano me saluda o me sonríe tímidamente. Tan sólo unos niños se acercan y me enseñan sus juguetes para instantes después salir corriendo. Salgo por una bocacalle y aparezco en una amplia avenida flanqueada de árboles que parecen custodiar lo que a mi me parecen edificios oficiales. Me encuentro en un Hanoi con un marcado aire francés: Otro Hanoi.

Paso el resto del día visitando varias agencias de viajes para planificar la escapada a Hanoi y a Sapa: alguna de ellas tienen cafetería, ofrecen biblioteca y wi fi gratis y sirven de consigna para guardar pesados equipajes durante unos días. Todas más o menos ofrecen lo mismo, aunque solo unas pocas ofrecen pasajes aéreos. Reservo en una la excursión a Halong y en otra, que es un cuchitril, el tren nocturno a Sapa y un vuelo hasta Hue, la antigua ciudad que sustituyó a Hanoi como capital imperial.



Ya de noche, y antes de cenar, me tomo un par de buenas cervezas en un pub regentado por australianos en el que calman la sed o abrevan numerosos extranjeros mientras la música de Jack Johnson suena de fondo y las camareras vietnamitas muestran ademanes totalmente occidentales, más como autoafirmación personal, que como signo inequívoco de cambio social, porque a pesar de esa fusión de culturas, de mezcla de negocios orientales y occidentales, de esa teórica flexibilidad y laxitud con el foráneo, en el fondo los vietnamitas siguen siendo muy tradicionales; o muy suyos.

Paseando encuentro una calle cercana al lago en el que en ambas aceras se han instalado varios improvisados puestos de comida, mientras en el centro de la calle se ha instalado un mercadillo nocturno donde se pueden encontrar hilos, ropa, calzado, juguetes, dulces y mil cosas más. Decido cenar picando un poco de aquí y de allá. Antes de hacerlo, merodeo por las aceras observando las diferentes especialidades que se ofrecen y el grado de aceptación que tienen. Cada tenderete ofrece una o dos especialidades. Verduras salteadas en woks y sartenes que se manejan a toda velocidad, caracoles, pescado frito, pasteles de gambas, rollos vietnamitas fríos o fritos Bún Chả, una especie de albóndigas que se cocinan a la parrilla y que es fácil localizar donde se sirven porque el humo te guía hacia ellos, pinchos de pollo…En ninguno faltan varias salsas, especialmente el Nuoc Mam que es una salsa fermentada de pescado; muchos inclusos tienen baguettes o pan francés con los que se preparan bocadillos de cualquier cosa.  Un poco de carne y verduras son suficientes para saciar mi apetito. Mientras mastico, me quedo asombrado con el trepidante ritmo al que se cocina y despacha y más aún con la velocidad a la que se devoran los alimentos. Parece que la hora de comer es el único momento en el que Hanoi abandona su imperturbabilidad para convertirse en una ciudad frenética y viva que, una ve más, te vuelve a descolocar.

Diario de viajes: Días de ojos rasgados: continuará



   

8 comentarios:

Katy Sánchez dijo...

No creo que pudiera sobrevivirentre esa vorágine de motos. Recuerdo El Cairo y casi me da algo. Necesito los pasos de peatones para sobrevivir:-) Por lo demas como siempre he disfrutado del viaje. Por cierto no creo que esa vía de tren esté operativa. ¿O si?
Lo que si he observado es siempre encuentras el modo y la manera de tomarte unas cervecitas frescas:-)
Bss y buena semana

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy Sánchez - Todo es acostumbrarse. La via de tren está operativa y circulan varios trenes al día. Y lo de las cervezas, pues claro, tambien forman parte del viaje.

Besos y buena semana

Myriam dijo...

Que bien lo has retratado. Fernando. Te iba leyendo y veía ese enjambre de Bicis y motos.

Que valiente comer el los puestos callejeros ese pan con "Cualquier cosa" (Supongo que no insectos como en Laos, pro ejemplo).

Pero claro, contra el hambre, si te has pateado la ciudad todo el día.... jajajajajajaja


Besos

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Myriam- de valiente nada, no te puedes imaginar lo frescos que son los productos y uno también selecciona je je.

besos

Gildo Kaldorana dijo...

Supongo que es cosa de las grandes capitales del Sudeste Asiatico, antes la bicicleta, ahora la moto es el transporte del pobre.
Aquí en Yakarta se calcula que hay más de 9 millones de estos vehiculos con dos ruedas y creciendo....
Saludos

cristal00k dijo...

Parece fácil cuando tu lo explicas... pero te imagino súper atento a todo... empapándote de ese exotismo desbordante.

M. Teresa dijo...

Leyendo la primera parte del relato, he recordado la "hazaña" de unos compañeros y amigos que recorrieron el Norte de Vietnam en motocicleta.
Me comentaba que conducir una motocicleta en Hanoi, en medio de las miles que circulan es el "deporte de aventura" más excitante que ha practicado jamás, una experiencia única! Uffff...yo no me veo capaz.

Un abrazo

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Gildo - Por lo que he leido y oido lo de Jakarta debe ser infernal, eso fue una de las cosas que me hiceron que nada más llegar a Jakarta buscase un vuelo a Yogyakarta. Aún así, habrá que ir por allí. saludos

@Cristal00k - Al final todo se hace menos complicado si uno no se agobia. Un abrazo

@Maria Teresa - Yo desde luego no me atrevería a llevar una moto aunque si he ido como paquete y te aseguro que la experiencia es uf¡¡¡ el dragón kan de port aventura es una broma. Un abrazo

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