domingo, 17 de febrero de 2013

Días de ojos rasgados: Ideas y creencias



Bajo a desayunar con una idea más o menos clara del programa que haré durante una buena parte del día. Hoy toca darse una vuelta por el mausoleo de Ho Chi Minh y por el Templo de la literatura. A partir de ahí, lo que la brújula del instinto decida. Aún es temprano. El pequeño comedor permanece vacío y debo esperar unos cuantos minutos antes de que alguien note mi presencia y me pregunte si tomaré el desayuno vietnamita o el occidental. Elijo el local solicitando que añadan un café. En unos minutos llega un enorme y humeante cuenco rebosante de Pho Bo, un caldo de ternera acompañado de fideos de arroz, verduras y variadas especias que es devorado a diario y a cualquier hora en las ciudad de Hanoi. No sé si es por lo temprano de la hora o por el exceso de hojas de menta y jengibre con los que la cocinera ha condimentado la sopa, pero mediada la misma, doy por finalizado mi desayuno vietnamita concentrándome en dar sorbos a un café instantáneo que me trae recuerdos de otros viajes y otros momentos. Dos franceses se sientan a mi lado, más con el ánimo de chulearme un par de cigarros que de conversar. Llevan quince días en Vietnam y están deseando tomar un vuelo a Bangkok: Dicen que los vietnamitas no son de fiar y que en todos los lugares que han estado han intentado engañarlos; piensan, que como son franceses, los vietnamitas les odian y en cuanto tienen una oportunidad les quieren timar. En Bangkok será diferente sentencian.

Pueden haber tenido mala suerte, pero me da la impresión de que esa percepción es fruto de la paranoia de muchos viajeros occidentales que creen que a ojos de los locales no son más que “dólares con patas full time”, cuando en realidad lo que ocurre es que la ceguera viajera impide ver con normalidad el hecho de que allí donde hay un viaje hay cientos de oportunidades de negocio de las que, lógicamente, el local, de buenas o malas maneras, intentará aprovecharse. Les dejo con sus lamentos y salgo a la calle.  

La noche ha sido lluviosa. El tráfico y el calor aún son soportables. A mi nariz llega el olor de un vaho de agua templada que progresivamente se ensucia a medida que en las calles asoman las primeras cocciones de col, los efluvios acres que desprenden los despojos de las hortalizas muertas y amontonadas en alguna esquina o  los regueros de humo que dejan las motocicletas. El viejo barrio se despereza a cámara lenta, con esa parsimonia que en ocasiones parece regir la vida vietnamita y que no es más que un espejismo que enmascara el despertar de un nuevo dragón asiático que nunca imagino Ho Chi Minh, el mayor prócer de la patria, al cual iba a visitar en su mausoleo, más por cortesía y curiosidad que por el deseo morboso de ver el cadáver embalsamado de quien venció a franceses y norteamericanos.

Todos los pueblos tienen sus héroes, sus referencias. Unos quedan para siempre, otros son revisitados y defenestrados y la mayoría acaban siendo hiperbolizados o tuneados en el imaginario de los pueblos que acaban dotando al personaje de un halo de divinidad que exige culto, devoción y entrega, sin cuestionar si todo lo que rodea al ensalzado se ajusta a una realidad o es fruto de una imposición de creencias que se hace necesario mantener. Pienso en ello a medida que me voy acercando al Mausoleo de Ho Chi Minh, un enorme complejo en el que hay varios edificios que preside el un megalómano edificio de corte clásico en el que más que reposar, se expone, al más puro estilo soviético, el cadáver embalsamado de Ho Chi Minh contraviniendo su última voluntad de ser incinerado, de ser ceniza desparramada por todo el país, en lugar de exposición permanente. Mientras aguardo en la cola que da acceso a la entrada pienso en el pobre tío Ho, como popularmente se le llama, y me da un poco de lastima: tanto años de lucha, tantos esfuerzos en buscar aliados, tantos pactos, tantos obstáculos para independizar el país para al final ser desobedecido y verse relegado a un cubículo fuertemente vigilado. En ocasiones el hombre es ingrato hasta con sus héroes ignorando sus deseos, convirtiéndolos en meros comparsas de un poder que los utiliza para sustentar, más que sistemas, la sucesión y funcionamiento de un engranaje que no debe ser cuestionado: llega un momento en el que el que los regímenes olvidan sus ideales si con ello se protegen. 

Para echarle un vistazo, hay que someterse a una inspección ocular y seguir una serie de normas que son más de sentido común que estrictas, y que básicamente se traducen en respetar escrupulosamente el lugar: no introducir mochilas, hacer fotografías o hablar. Varios militares van acompañándote durante el recorrido recordándote, con sus gestos y con sus armas, que tonterías las justas. En el habitáculo, tengo ya una sensación de deja vu: sospechosamente se parece mucho al de Lenin de la Plaza Roja de Moscú; el mismo frío, la tez cetrina, la expresión hierática…  

Un poco destemplado salgo con la intención de visitar el museo Ho Chi Minh pero está cerrado. El calor comienza a apretar y a humedecer mi camiseta. La Pagoda del Pilar Único, cercana al mausoleo está atestada de gente y no le dedico más que un par de vistazos dirigiéndome en zigzag y dando un par de rodeos adicionales hasta el Templo de la Literatura.

Hanoi no es una ciudad monumental, pero hay algo en ella que le confiere un extraño atractivo que poco a poco te va atrapando al tiempo que te desconcierta. En unas pocas manzanas se puede pasar de tranquilas y elegantes calles de casas y mansiones ordenadas, donde se encuentran algunas embajadas y apenas se ve gente, a un desorden de casuchas y personas que transitan hacia cualquier parte; se puede pasar de un silencio solo roto por tus pisadas a un conglomerado de ruidos que chocan en el aire; del olor a pan francés a fritangas de muchos aromas. Una ciudad que puede o no gustar, pero que es difícil que deje indiferente por la cantidad de matices que en cada mirada, en cada guiño  ofrece.

Casi llegando a mi destino, el cielo se oscurece súbitamente vomitando un fuerte aguacero del que me resguardo por los pelos bajo un toldo de una tienda de electrodomésticos. Es época de Monzón y, éste, siempre fiel a su cita, convierte la ciudad en una enorme ducha de la que pocos consiguen escapar a pesar de los impermeables y plásticos que en cuestión de segundos se sacan de cualquier lugar. Yo hago lo propio con el mío y avanzo hasta la entrada del Templo de la Literatura, que en realidad fue el mayor centro de conocimiento y la primera universidad de Vietnam hasta que la corte imperial se traslado a Hue.

El templo, construido para rendir homenaje a Confucio fue construido a finales del siglo XI y en el se formó la élite vietnamita durante siglos. En el se enseñaba filosofía, composiciones literarias y en general cualquier conocimiento que preparase a los futuros mandarines o funcionarios imperiales. Por lo visto el centro era bastante exigente con los alumnos e incluso el mismo emperador realizaba en persona los exámenes finales.






Cuando paseo por los laterales de los patios y veo las estelas, apoyadas en tortugas de piedra, en las que se recuerdan los nombres de los estudiantes que superaron sus exámenes, sólo puedo sentir admiración y respeto por todos ellos. Y pienso que el verdadero mausoleo no es aquel que acabo de visitar sino éste donde el hombre rinde homenaje al conocimiento, como también a Confucio que más que religioso fue un filósofo. Llama la atención que un pueblo gobernado por un régimen comunista (que de espiritual tiene poco) y tan poco religioso como el vietnamita, se siga rindiendo culto a Confucio, aunque no debería extrañarme si hasta el momento, en esas pocas horas que llevo en el país, me ha dado la impresión de que el vietnamita es un pueblo eminentemente práctico, que no descarta ninguna posibilidad terrenal o espiritual si con ello consigue aquello que está buscando o le conviene.

Diario de viaje: Días de ojos rasgados; continuará



12 comentarios:

Katy Sánchez dijo...

Los mausoleos tampoco son mi fuerte, ni con o sin cuerpo. Me dan escalofríos.
Bellas fotografías. No me extraña que ellos admiren a Confucio, sus enseñanzas perduran en el tiempo.
Un desayuno que yo nunca pediría:-) Eres un lanzado.
Traes muy buenas fotos que acompañan espléndidamente tu texto.
Bss y buena semana

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Sospecho que tienes mucha razón cuando dices que es un pueblo eminentemente práctico. Si vemos su historia vemos que no les ha quedado otro remedio. Cuestión de superviviencia.
Un abrazo.

Pedja P dijo...

Enhorabuena Fernando, un objetivo que tengo es visitar Vietnam algún día, y contigo lo he empezado a cumplir, fantástico post, gracias, Pedro.

Elsa Rodriguez dijo...

Leyéndote es como si visitara Hanoi yo misma. Eso sí, aunque me encante la comida vietamita yo no podría desayunarla. Para mí, el desayuno tiene que ser occidental:))
Buena semana!

Elsa Rodriguez dijo...

Leyéndote es como si visitara Hanoi yo misma. Eso sí, aunque me encante la comida vietamita yo no podría desayunarla. Para mí, el desayuno tiene que ser occidental:))
Buena semana!

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy - ja ja, de lanzado nada, hay que experimentar de vez en cuando. Besos y buena semana

@Javier Rodríguez - Esa sensación tuve y se fue acrecentando durante el viaje, quizás por lo que apuntas, por que no les quedó más remedio. Un abrazo

@pedja siempre es un placer verte por aquí. Si puedes no lo dudes, te encantará. Un abrazo

@Elsa Rodríguez - Yo también prefiero el occidental, epro de vez en cuando hay que probar. me alero que te esté gustando el viaje. Buena semana para ti también.

cincuentones dijo...

Nosotros tuvimos ocasión de ver el mausoleo de Mao en Pekin y el de Lenin en Moscú y no la aprovechamos, tal vez nos perdimos poder contemplar la devoción que despiertan estos personajes a sus súbditos. La sensación que prometía la visita no nos entusiasmó.
Saludos.

M. Teresa dijo...

Tu visita al mausoleo de Ho Chi Minh me recuerda cuando fuimos el verano pasado a ver el mausoleo de Mao en Pekín. Allí estábamos nosotros entre miles de chinos que demostraban un gran respeto y emoción. Nos dijeron que con chanclas no podíamos entrar pero .... no problem! al momento apareció un chino que nos vendió unas alpargatas con un olor a plástico inaguantable y tres números más del que calzamos. Con las pintas de Cantinflas que llevábamos mi hija y yo tuvimos que contenernos las risas, no pensaran que no estábamos respetando el lugar y el momento... Con eso no se juega ;)

Un abrazo

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@cincuentones - Tampoco es nada del otro mundo, lo que si llama la atención es como los regímenes comunistas utilizan al personaje aunque su forma de operar actualmente nada tenga que ver con el personaje. Gracias por pasaros

@Maria Teresa - No me extraña que casi os diese la risa. Debió ser uno de esos momentos estelares de los viajes que trascienden la pura anécdota y que uno recuerda sonriéndose. Evitar la risa en ocasiones , es difícil.
Un abrazo

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: Sigo de viaje contigo. Me encanta; haces que uno lo viva. Ya sabes el poder siempre nos utiliza en todas las partes. Me ha gustado mucho El Templo de la Literatura, que entrañable me ha parecido. Un abrazo

Myriam dijo...

Espectaculares las fotos Fernando. Muy interesante lo que cuentas de Ho Chi Minh, endiosado en Vietnam, demonizado en USA. Cierto, se debería respetar la última voluntad en cuánto a la forma de disponer de su sepelio.

Un beso

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Rafa Bartolomé - Te encantaría el sitio, es pequeñito, pero invita al paseo y a la reflexion. Un abrazo

@Myriam - Así es , en unos sitios odiado y otros amado. Todo depende de como se le mire o se le manipule. Besos

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