domingo, 27 de enero de 2013

Días de ojos rasgados: 36 calles, mil caras



 La mejor forma de encontrar es perderse. La mejor forma de perderse es intentar comprender demasiado rápido.


Desorientado a propósito, camino con paso lento por el antiguo Hanoi con el ánimo y la esperanza de intentar leer el alma vietnamita pero ésta, sutil y recelosa,( posiblemente por las invasiones china, portuguesa, francesa o americana), se asoma y esconde al extraño mostrando sólo la cara más amable, la más costumbrista o la mercantil y, al mismo tiempo, ocultando el secreto de su esencia. He recorrido apenas unos centenares de metros y ya estoy confuso: quien se dirige a mi busca dinero, a quien me dirijo parece ignorarme o rápidamente me pregunta si busco hotel o transporte.

Una señora me invita a sujetar una de esas típicas balanzas que tanto se ven en Asia. La lleva llena de plátanos. Le agradezco su interés pero me niego. Me pide con una sonrisa que le haga una foto, pero también me niego porque sé o intuyo que después de la solicitud de la foto vendrá la de un dólar. Se marcha resignada. Segundos después es un motorista quien se ofrece a llevarme a cualquier lugar; luego será otro y más tarde otro hasta que no sé por qué dejan de ofrecerme sus servicios, y es en ese momento cuando tengo la sensación de que he estado de alguna manera vigilado hasta que han sopesado mi capacidad de compra o candidez.

Aventurarse en el laberinto que conforman las 36 calles del viejo Hanoi no es como retroceder en el tiempo, sino que éste parece fluir en lugar de pasar. Allí convive, con más o menos acierto lo tradicional y lo moderno; los antiguos gremios con los negocios del gusto occidental; la quietud silenciosa, de cámara lenta, con el atronar de motores que rugen escupiendo un humo que acentúa el olor dulzón que deja una humedad y calor contaminados; el golpeteo cadencioso de los artesanos con los esporádicos bocinazos de las motos y carromatos que piden paso.


En esa cuadrícula imperfecta, llena de árboles que flanquean las aceras y que ofrecen un aire de ciudad de provincia, cada calle se relaciona con un comercio, de tal manera que existen calles para el bambú, para la plata, para cachivaches de metal para la seda, las hierbas medicinales; incluso el negocio de la muerte tiene su espacio, aunque por lo que se observa, este batiburrillo de comercios antiguos, donde la competencia se encuentra y coexiste, está siendo mancillado por otros negocios como agencias de viajes, hoteles, restaurantes y, en general, cualquier tipo de negocio dirigido al turista. Lo único que se me hace evidente es que el pueblo vietnamita es un pueblo avispado obligado, quizás, por el devenir de su historia de continua supervivencia.

Abundan los vendedores ambulantes que instalan sus míseros negocios en cualquier rincón que dejan libre las decenas de motos que se aparcan en las aceras y que obligan a descender a la calzada cada dos por tres y a esquivar con igual parsimonia a motoristas y transeúntes. En alguna de las callejuelas parece que la gente vive a ras de suelo. Sentados en pequeños escaños de plástico o en cuclillas venden, charlan, comen, miran y sobre todo ven pasar la vida. Todo queda a la vista como si la palabra intimidad no existiese aunque en el fondo, intuyo que lo que se muestra de manera tan explicita y natural, solo alcanza para tener una visión de ojos medio cerrados, una visión parcial y bastante sesgada de una realidad, la vietnamita, que escapa al entendimiento de quien no la vive de forma cotidiana. 




Me detengo en un local de Bia Hoi a reconfortar alma y cuerpo. La barata y aguada cerveza local no me seduce mucho. Abundan este tipo de locales en el barrio antiguo y por lo que observo tiene gran éxito pues la cerveza corre a raudales. Aprovecho para coleccionar con la mirada mis primeros tipos. Desde mi posición veo como un hombre se hurga los oídos con la uña extra larga de su dedo índice; otro se toca y manosea los dedos de los pies entre venta y venta; un poco más alejados, en una esquina, a la sombra de un árbol, un hombre dormita sobre su moto mientras espera que alguien lo contrate;  una señora recoge botellas de plástico vacías, otro camina a una inusual velocidad llevando a la espalda un fardo que abulta más que el; un cambista que se me acerca para cambiar dongs por dólares. Enfrente una hilera de puestos de comida improvisados en los que una señoras de pelo blanco y ojos resignados parece instruir a su hija y nieta mientras se abanican de forma graciosa o introducen comida en unos cuenquitos que previamente han sacado de diferentes “tupers”. Me llama la atención un puesto en particular en el que parece comerse cualquier cosa: desde patas de pollo hervidas o chamuscadas a pequeños pinchos que parecen de cerdo o trozos de despojos y despojos de los despojos próximos a la putrefacción.


 

Antes de regresar al hotel para descansar un rato (el cambio horario empieza a hacer estragos) me detengo en un puesto a comer un plato de verduras de las cuales sólo he probado antes un par de ellas. Me las preparan en apenas unos minutos en una plancha que se pone encima de una especie de infiernillo de carbón. Mientras como, reparo en que a lo largo de las cuatro horas que he estado deambulando por el viejo Hanoi no he visto dos edificios iguales y sospecho que probablemente eso es lo que me encontraré en mi periplo vietnamita: mil caras de una misma realidad o una realidad impenetrable que ofrece mil caras.

 Diario de viajes Días de ojos Rasgados



12 comentarios:

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Como siempre, huele a humedad y a comida cocinada en la calle.
Un abrazo.

Elsa dijo...

"La mejor forma de encontrar es perderse. La mejor forma de perderse es intentar comprender demasiado rápido".

Totalmente de acuerdo

¡Feliz semana!

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: las fotos huelen; tus ojos huelen; tu narración huele... Creo que es genial lo de intentar comprender demasiado rápido: supongo que tampoco será suficiente en un viaje de unos días, pero tú sabes extraer el "meollo" de las cosas. Se nota. Sigo el viaje. Un abrazod

Jose Luis Montero dijo...

La mejor forma de encontrar es perderse, ahí has estado iluminado Fernando.
¿Cuándo vas a escribir un libro de viajes amigo?
Cuidate

Katy Sánchez dijo...

Formas de vida totalmente diferentes a nuestro día a día en la ciudad.
Se vive menos de prisa y con más tranquilidad.
Especiales las edificaciones que nos hablas de fragilidad.
Me ha gustado mucho la foto del puesto de verduras debajo de aquel árbol, Muy ecológico.
Bss

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Javier Rodriguez - Así es , los sitios tambien son sus olores. Un abrazo.

@Elsa - Gracias Elsa . Feliz semana para ti también

@Rafa Bartolomé - El objetivo, al final, es disfrutar siempre. Gracias por tus palabras. Un abrazo.

@José Luis Montero- Muchas gracias. Lo del libro?, un día tonto de esos... Un abrazo

@Katy Sanchez Y tan diferentes, otra forma de entender la vida. Mew alegra que te hayan gustado las fotos. Besos y feliz semana.

Myriam dijo...

Me gustó tu percepción de las mil caras y realidades que se ocultan y la apariencia de poca intimidad. Seguramente es así.

Me gustaron las fotos, todas, en especial las que muestran una arquitectura tan variada.

Besos

cincuentones dijo...

Los olores son muy importantes en estos viajes y perdiéndose en las calles es donde mejor se perciben.
Saludos.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Myriam La intimidad en Vietnam, a priori, es poco valorada pero paradójicamente nunca llegas a intimar. besos.

@cincuentones - Los olores en los como apuntáis forman parte de la esencia del viaje tanto como los paisajes, los monumentos y la gente. Gracias por pasaros. Feliz semana

M. Teresa dijo...

Ese ajetreo que se vive en la calle a todas horas es lo que me fascina de esos países asiáticos. Como bien sabes, no he estado en Vietnam pero cuando iba leyendo tu relato recordaba muchas escenas vividas en Camboya, Thailandia, Malasia ...

Un abrazo

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Maria Teresa: Quizás sea ese ajetreo lo que hace que Asia sea tan fascinante y uno se encuentre muy bien allí en medio de ese caos. Un abrazo y feliz fin de

Rany Smith dijo...

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