domingo, 9 de diciembre de 2012

Sueños de Antioquia VI


La brisa caliente entraba por la ventanilla llenando mi rostro de vida. La vista de una sucesión de paisajes alegraban el alma de tal manera que en varias ocasiones estuve tentado de pedir al conductor que aminorase la marcha. Había tenido suerte. Nada más llegar a la terminal norte de Medellín encontré un asiento al lado del conductor. Abandonaba la ciudad por unas horas para disfrutar del calor del trópico y viajar por la historia colonial de América. 

En menos de una hora entrábamos en Santa Fe de Antioquia, antigua capital de Antioquia y origen del sueño paisa, que fue fundada por Jorge Robledo, un militar  jienense con larga experiencia en eso de conquistar y subyugar al haber participado en la conquista de Guatemala y Perú.

Desde que los españoles pusieron los pies en América, el oro se había convertido en el sueño a perseguir y alcanzar: soldados sin nada que perder, jóvenes en busca de aventuras, hidalgos venidos a menos que menos, huidos de la justicia, pobres de solemnidad, futuros traidores, pícaros de vivir al día y alguna que otra alma cándida, se apuntaban a alguna de las numerosas expediciones en busca de “un Dorado” que les procurase fortuna. Las expediciones eran financiadas en su mayor parte por capital privado: comerciantes, banqueros europeos, nobles e intermediarios: la Corona española, en los primeros años de la Conquista, prácticamente se limitaba a la negociación de las “Capitulaciones”, es decir a firmar contratos con “inversores” particulares, (que eran los encargados de poner ejercito y medios) en los que se reflejaban una serie de acuerdos por los cuales el territorio conquistado pasaba a pertenecer a la Corona. A cambio de ello y un quinto del botín conseguido, que debía ser entregado a la Hacienda Real, el promotor recibía el título de Gobernador, el de Adelantado, o amplios poderes para administrar y ejercer su autoridad; o lo que es lo mismo, libertad para aplicar un gobierno casi feudal complementado por la práctica de la economía del expolio; un modelo que a día de hoy sigue resultando bastante familiar, aunque se disfrace de buen rollito y globalización.

Conquistar un lugar no era sencillo. A la resistencia y hostigamiento de los pueblos locales y una orografía que dificultaba el avance, se unían las escaramuzas y combates entre los diferentes ejércitos que pululaban por la zona y reclamaban para sí los territorios explorados. Jorge Robledo fue una de las víctimas de estas luchas entre españoles que, en ese lugar y en esas circunstancias, no conocían más patria que la ambición.

Hoy, paradojas de la vida, Santa Fe, como muchas otras ciudades y pueblos diseminados por América, recibe numerosos visitantes e importantes ingresos gracias a su pasado colonial, a una herencia que no por cruel dejaba de ser tremendamente bella: por ese paso de la historia que tuvo luces y sombras; sueños y pesadillas.

Pensaba en ello mientras caminaba por unas calles empedradas y limpias que habían nacido al amparo de la minería y las encomiendas. El aspecto del pueblo no es que recordase a España, es que era la misma España la que se reflejaba en todas esas edificaciones: las casas blancas con sus verjas y portones de madera; la teja, el hierro, las plazoletas, el sol, las flores, todo, se parecía a alguno de esos pueblos andaluces o extremeños que en su día cumplieron su sueño y que hoy malviven de sus recuerdos porque ya no llegan las “divisas” de América o porque quizás los sueños no fueron más que una quimera.




En la plaza principal se sucedían los puestos de dulces, muchos de ellos hechos con Tamarindo. El olor de la fruta, del café, del azúcar se mezclaban con el de la madera y el plástico vencido por el calor. En el centro de la plaza las ceibas, las palmeras y otros árboles de los que desconocía el nombre, ofrecían una sombra agradable a los ancianos que conversaban con esa serenidad que sólo el paso del tiempo otorga; la pileta se mostraba orgullosa en uno de los costados de la plaza y enfrente, la Basílica de la Inmaculada Concepción, herida, vendada de andamios, a la espera de lucir mejor cara.

Hubo un época en la que la importancia de los pueblos se medía por el número de iglesias y en Santa Fe abundaban. La Iglesia participó en la aventura americana unas veces como vigilante de valores, otra para buscar oportunidades de conversión y, a menudo, para sacar su propia tajada del asunto. Especialmente bella me pareció la iglesia barroca de Santa Bárbara y su placita en la que permanecí sentado unos minutos reviviendo historias que quizá nunca hubiesen ocurrido pero que a mi imaginación y mi conocimiento eran testimonio de la historia: América fue el sueño roto de una España que nunca supo ser madre, sino madrastra.



Contraté una moto taxi para visitar el Puente de Occidente que se encuentra situado a unos seis kilómetros de la localidad. De 291 metros de longitud, fue construido a finales del siglo XIX para unir los municipios de Santa Fe y de Olaya y es considerado como una de las obras de ingeniería más bellas de América. Al llegar, pedí a Eusebio, mi conductor, que me recogiese al otro lado. Quería caminar por los tablones de madera, casi deslizarme por ellos, recreándome en la estructura llena de cables de acero que lo sostenían; en el curso del río Cauca cuyo pobre caudal dejaba al descubierto alguna calva; en los cercanos bosques y montañas en los que se divisaban estrechas veredas: si el puente colgante era bello, la ubicación era perfecta.

- Aguanta más de 180 toneladas. Antes podían pasar carros pero ya no – dijo Eusebio al verme. Las torres sostienen los cables. ¿Se ha fijado?  ¿En España tienen algo así? ¿Hace calor sí, no?

Le comenté que el calor era bastante tolerable y que posiblemente en Madrid hubiese unos cuantos grados más. Como a otros colombianos con los que había charlado y no conocían España les llamaba la atención la diferencia de climas que había en el país y la variedad de regiones y gentes que lo forman.

Muchas conversaciones viajeras escapan a toda lógica al pasar de un tema a otro aparente inconexos y mi conversación con Eusebio no era una excepción,

- ¿Comen ustedes frijoles?

- Sí, los hay de muchos tipos y se comen de muchas maneras; dependiendo de la región se preparan de una forma u otra.

Estaba asombrado con la cantidad de fruta, de verdura, de carne y de pescado que le recitaba; por la variedad y la cantidad de tantos alimentos que le eran desconocidos. Cuando describía como se hacían algunos platos, muy similares  en la técnica de preparación que otros colombianos, me miraba con una cara que parecía estar diciendo ¿No me estará vacilando?

Sabía que había muchos colombianos en España y muchos españoles en Colombia y que cada vez llegaban más. Me preguntó si estaba casado y si lo esperaba hacer para a continuación hacer una de esas inocentes y típicas preguntas de taxista que si no respondes adecuadamente te pueden buscar un lío. 

- ¿Le gustan las mujeres paisas? Aquí la mujer es caliente, brava y muy lista; hay que ser bien hombre para gustarle.

No tenía dudas sobre ello y así se lo hice saber a Eusebio cuyo rostro mostró una mueca de satisfacción, pasando a otro asunto como el de las batallas y la guerra de la independencia. 




Durante el camino de regreso a Santa Fe, Eusebio me iba contando cosas sobre las FARC, sobre muertes y miedo, sobre esperanzas perdidas y sueños rotos; sobre lo mal que había estado todo años atrás. En los últimos años, las cosas habían cambiado y ahora estaba todo más o menos tranquilo. Me señaló una montañas en dirección al Pacífico, a Turbo: “Detrás de esa cima hay un pueblo en el que muchos eran muy malos, pero entró el ejercito y la cosa cambio; ya casi no quedan malos: queremos vivir en paz”.

Un poco más adelante, ya cerca de Santa Fe, nos detuvimos en una quebrada en la que había un pequeño arroyo casi seco. Un grupo de personas, la mayoría con el torso desnudo y una gorra en la cabeza, se afanaba en lavar la tierra sacada por los mineros en las montañas cercanas haciéndola oscilar en cadenciosos y precisos movimientos para separar el oro de la tierra.

-¿Cómo verá – dijo Eusebio en un tono socarrón – los españoles no se llevaron todo. Les ocultaron muchos lugares y muchas minas; no eran tan listos; ahora son los gringos quienes lo buscan y lo compran en las joyerías de Santa Fe. Se hacen cosas muy lindas. ¿Le provoca visitar una?            

Intuyendo que me iba a hacer la de “sólo mirar” le hice una corta cambiada preguntándole cuanto ganaban al día esos barequeros: “Entre veinte y treinta mil pesos por día. No es mucho, pero a veces hay suerte y se saca más”.

Eusebio era un buen tipo, buen conversador, amable y perro viejo; uno de esos tipos que con tiempo y dos botellas por medio te hacía comprender el alma paisa al tiempo que sugería un negocio.

-¿De verdad no quiere que paremos? ¿Se aloja en el pueblo?

Negué a las dos preguntas. Me contó que si volvía otra vez me alojase en su casa, que se encontraba a pocos kilómetros del pueblo. Era mucho más barato que los hoteles y podría disfrutar del bosque y bellos paisajes. Un holandés, por lo visto, pasaba largas temporadas allí y el estaba orgulloso de que así fuera porque eso le permitía mostrar todo lo que la región podía ofrecer: por un pequeño precio, ofrecía cama y transporte y si se solicitaba, también auténtica comida.

Nos despedimos en la plaza y continué dando un paseo hasta la hora del almuerzo. Santa Fe era España con alma colombiana o Colombia con alma española. La estatua del Mariscal Robledo lo certificó.

Diario de viajes Soulombia: Continuará





16 comentarios:

M. Teresa dijo...

Aunque he viajado poco a Latinoamérica reconozco que es un gustazo poder tener esas largas conversaciones con los "Eusebios" de turno sin problemas de idioma.

Un abrazo y feliz semana

Jose Luis Montero dijo...

Efectivamente Santa Fe es la mismisima Andalucia...
Cómo disfrutas bellaco!!!

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Maria Teresa - Parecerá una tonteria, pero precisamente uno de los atractivos de Latinoamérica es que la conversación mejora el viaje al captar más matices. En ese sentido somos privilegiados.
Un abrazo y feliz semana.

@José Luis Montero - La verdad es que te quedas asombrado y piensas que ya has estado allí. Y lo de disfrutar, para eso estamos no?
Un abrazo

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: primero suelo ver las fotos y luego con más tranquilidad ataco el texto que siempre me llena de satisfacción. Relatas que me parece estar viéndolo todo. En efecto las casas recuerdad algunos pueblos de Andalucía. Me gusta tu viaje...nuestro viaje, ya. Un abrazo

Katy Sánchez dijo...

Me “provoca” un montón comer el tamarindo. Hacen una especie de membrillo que está delicioso.
Que recuerdos me remueves mientras te leo. Suelo hablar con bastante colombianos y concretamente nuestro guarda es de Medellín, pero nacionalizado español. Y hace 15 años que no va, porque tenía miedo a las FARC y ahora está pensando en volver.
Bonitas fotos y como siempre muy contado el viaje. Un pacer seguir contigo.
Bss y buena semana

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Los buenos de los taxistas...
Nada sería igual sin ellos. ;)
Un abrazo.

Isidro Jesus Cedrés González dijo...

Precioso viaje, preciosas fotos e inmejorable redacción. Es un placer leerte. Como siempre diré que tu blog es mi enciclopedia, y tus letras mi diario. Gracias por compartir tanta belleza. Querida amiga todos te estamos muy agradecidos por dejarnos viajar contigo. Un abrazo. Isidro.

Isidro Jesus Cedrés González dijo...

Precioso viaje, preciosas fotos e inmejorable redacción. Es un placer leerte. Como siempre diré que tu blog es mi enciclopedia, y tus letras mi diario. Gracias por compartir tanta belleza. Querida amiga todos te estamos muy agradecidos por dejarnos viajar contigo. Un abrazo. Isidro.

fus dijo...

Tiene que ser un viaje maravilloso por esas fotos que nos muestras.

un saludo

fus

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Rafa Bartolomé – Ya sabes que cada uno usa sus métodos. El caso es que te siga apeteciendo venir de viaje. Muchas gracias y un abrazo

@Katy – Ja ja, es curioso como una palabra puede significar varias cosas ¿verdad? Fíjate, a mi el Tamarindo más que rico me pareció especial. Están cambiando cosas en Colombia pero queda mucho camino por recorrer .Besos

@Javier Rodríguez – Pues el último de Medellín era espectacular. Un abrazo.

@Isidro Jesús Cedrés González : Me alegro de que te guste y disfrutes con el viaje. Ahora bien, eso de querida amiga…Un saludo

@fus – Si lo es, si lo es. Un saludo.

Merche Pallarés dijo...

Sigo empapándome de tu maravilloso viaje por Antioquia... Besotes, M.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Merche Pallarés - me alegra que disfrutes. Besos

Myriam dijo...

¡Qué delicia de crónica! Ese puente es una maravilla. Tu chofer Eusebio me recuerda al chofer que tuve por un tiempo que se llamaba Arcadio. Mi querido Arcadio, era todo un personaje, no solo me levantaba el ánimo en una época muy doloroosa, tanto que no podísa conducir para evitar estrellarme en un muro o desbarrancarme en los muy tentadores precipìcios. Hasta me hizo reir en un velorio, con eso te digo todo. Y que no haya olvidado su nombre y aprellido te puede dar cuenta del enorme cariño que le tenía....

Besos

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Myriam - Los viajes también son la gente que conoces, y lo bueno son todos esos arcadios que aparecen en ellos. Besos y buena semana

cincuentones dijo...

Leer tus narraciones nos hace comprender que en los viajes, tan interesantes son las panorámicas que contemplamos como las vivencias que las acompañan. Gracias por enseñarnos tanto.
Saludos.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@cincuentones ya sabéis que para los que nos gustan los viajes, viajar es vivir. Muchísimas gracias por el comentario y por vuestro blog que me parece excelente.

Un saludo y feliz navidad

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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