sábado, 10 de noviembre de 2012

Sueños de Antioquia II


Medellín 
Hay ciudades que no albergan grandes monumentos ni miles de años de historia, pero guardan esperanzas en sus rincones; hay ciudades que por su pasado son ignoradas; ciudades que un día fueron malditas y hoy resurgen de sus miserias. Hay ciudades a los que todo viajero debería dar una oportunidad. Medellín, “Medallo”, “Metrallo”, “La ciudad de la eterna primavera”, era una de ellas. Medellín la merecía.   

Había leído que la ciudad había cambiado, que la situación era muy distinta a la de finales del siglo pasado cuando el narcotráfico y la violencia habían destrozado los sueños de los paisas convirtiendo varios puntos de la ciudad en un infierno, en un nido de desarraigo donde se engendraba el dolor y la desesperanza: en una ciudad que sólo evocarla acojonaba y que era mejor evitar.

Había reservado por Internet una habitación en un pequeño hotel situado en El Poblado, una zona bien de Medellín, bastante cerca del metro y de la “Zona Rosa” donde a buen seguro encontraría un montón de bares y restaurantes para la noche. 

A mi llegada, mientras me registraba, me ofrecieron un café.

-¿Viene a la Feria de la Moda?

Me extraño la pregunta, pues una vieja mochila y una camiseta y unos vaqueros no me daban el aspecto ni de comprador ni de vendedor. Negué.

- Sólo turismo, ¿qué me sugiere hacer durante mi estancia? – indagué

- Observo que estará con nosotros tres noches. No es mucho tiempo. Hay mucho que ver en Medellín, pero también en los alrededores se pueden visitar lugares hermosos como El Peñol, Guatapé o Santa Fé de Antioquía. Podría empezar temprano visitando el Parque Explora, el Jardín Botánico y el Parque de los Deseos, muy cerca de los anteriores. Luego puede ir a pasear por el centro, al Parque Berrío, a la Plaza Botero, al museo de Antioquia…Se unieron dos empleados más a la conversación que aportaron su granito de arena a la ruta que me estaba montando el recepcionista.

Mucho que ver y poco tiempo. El eterno e inevitable inconveniente con el que se encuentra el viajero. Casi me arrepentí de haber reservado desde Madrid, el vuelo a Cartagena pero el horario y el precio eran tan razonables y la escasez de plazas tan probable que no quise arriesgarme a quedarme sin asiento. Por otro lado no me seducía la idea de pasar la noche en un autobús. Viajar en avión te priva de la cercanía de los paisajes, viajar de noche en un autobús directamente te priva de ellos y del necesario descanso.

Subí a la habitación a organizarme un poco y, de paso, el equipaje. La ropa sucia o sudada pesa más. Me había propuesto no sobrepasar hasta el final del viaje los catorce kilos de equipaje (los doce con los que salí de Madrid y dos más que suelen aparecer como consecuencia de alguna compra, o el misterioso engorde que sufre cada maleta o mochila con el paso de los días). Se hacía necesario por tanto, que parte del equipaje pasase por la lavandería no sólo por evitar cargar con más peso sino por la incomodidad que siempre me ha producido viajar con ropa cansada. Me dirigí a la recepción para saber si disponían del servicio y el coste del mismo, pues en casi todos los hoteles el servicio de lavandería suele ser un “atraco” o un “rejonazo en todo lo alto”. Me quedé asombrado cuando el recepcionista después de haber confirmado que si disponían de dicho servicio, (aunque era externo), me sugirió que en lugar de dejarles a ellos la ropa, la llevase a la lavandería de la esquina y les dijese que iba de parte del hotel con lo que ahorraría tiempo y dinero. No debía preocuparme de nada: la lavandería mandaría la ropa al hotel y ellos la subirían a la habitación.

Me gustó el detalle: no por que me ahorrase un montón de pesos, que también, sino por la actitud y el espíritu de colaboración que desde el momento que pisé el hotel, él y sus compañeros habían tenido conmigo, muy alejados de la amabilidad distante, la sonrisa aprendida o los gestos estudiados de numerosos empleados de hotel que creen que el servicio consiste en seguir escrupulosamente el manual de atención al cliente sin importar si la norma genera una emoción o una buena experiencia: si hay alma.

Al caer la noche me acerqué al famoso Parque Lleras donde el Medellín pudiente se da cita para beber, comer y divertirse. Aún era pronto para que los bares y restaurantes que abrigan el parque se llenaran de clientes, pero el espacio en sí rebosaba de vida. 

Se veía mucha juventud, mucha reunión de amigos, mucha alegría que se contagiaba. No puedo precisar si se debía a la mezcla de músicas que se escuchaban de fondo, a la viveza con la que se expresaban los vendedores ambulantes, a ese aire pacífico y concentrado de un artesano que elaboraba pulseras y collares, a la exposición de pintores sin fortuna que imitaban los óleos de Botero o a la ausencia de inquietud, de cualquier tipo de obsesión por la seguridad, pero todo el parque destilaba una vitalidad serena que invitaba a pasear sin más brújula que la intuición. Durante un buen rato estuve deambulando por la zona, perdiéndome por calles y bocacalles, circunvalando una y otra vez el parque a la búsqueda del primer refugio de la noche, el primer descanso del día.  Lo encontré en un bar que aún estaba medio vacío.

En mi soledad pensaba que apenas llevaba una semana en Colombia, pero todo me era tan cercano que, a pesar de las diferencias, tenía la sensación de no ser un turista, ni un viajero; tampoco un extranjero: sólo un alma mestiza que en cada paso se enriquecía. Soulombia, el alma colombiana, ya formaba parte de la mía.

Me equivoqué al elegir el restaurante de la cena. Había estado echando un vistazo y me decidí por uno que parecía tener más éxito. No tenía mala pinta y a diferencia de otros que se encontraban próximos, estaba lleno de locales. Pensé que si había turnos de espera era porque tendría una buena cocina. Sin embargo, a pesar de no ser barato para los estándares colombianos, la comida no era nada de particular. Mucho ejecutivo con corbata, mucho grupo de amigos, mucho pecho operado, mucha cirugía y mucha ceremonia por parte de los camareros, pero la comida… 

Dejé la mitad de la “Picada” que había pedido. Pedí la cuenta. El camarero me preguntó si no me había gustado y si añadía el “servicio”, un porcentaje del 10% que, en casi cualquier restaurante o bar que no sea muy humilde, suelen añadir a la cuenta: aunque no obligatorio, puede considerarse como la propina que en teoría se repartirán cocineros, camareros y personal del establecimiento pero que, en la práctica, muchas veces sirve para que el dueño pague el sueldo a los empleados o asigne parte de la misma a la reposición de menaje, uniformes etcétera. Asentí. La cena no había sido de mi gusto, pero tampoco quería privar a nadie de su fuente de ingresos.

El día me había dejado agotado. Aunque la mente me pedía adentrarme en un bar al que le había echado al ojo que tenía toda la pinta de solicitar dejar las armas a la entrada, opté por retirarme. Me tumbé en la cama, desplegué el mapa de la ciudad para planificar los paseos de mi estancia sabiendo que me dejaría muchas cosas sin ver y que, otras, las iría cambiando sobre la marcha. Encendí  el televisor más como acompañamiento que por ver nada en concreto. No recuerdo cual era la película que ponían en el canal que por azar apareció. Seguí a lo mío hasta que hubo una interrupción publicitaria. Fue entonces cuando dejé de señalar puntos de interés en el mapa y fijé la vista en el televisor.

Si los paisajes, los monumentos, las ciudades ofrecen la visión de un pais y la historia, su comprensión, la publicidad aporta varias claves del presente. Los anuncios o “comerciales” (como llaman a los spots de televisión en numerosos puntos de América y en Colombia) que se pasaban esa noche desvelaban, no sólo algunos de los anhelos, de los sueños  – ciertos o forzados por la técnica publicitaria - de la sociedad colombiana, sino también sus problemas.

Como en cualquier país del mundo, el detergente, las chocolatinas, los yogures, la telefonía… eran promesas de felicidad, de emociones agradables y perfectas. El consumo de tal o cual producto transportaba, de inmediato a un mundo ideal, a la ausencia de preocupaciones…Sin embargo, hubo algunos que revelaban la cara menos amable de Colombia. Uno de los anuncios trataba sobre el robo de “celulares” o teléfonos móviles. En el spot se invitaba al espectador a no comprar aparatos robados. Lo argumentaba con la crudeza de la muerte y la violencia por medio: por lo visto se reportan más de cien mil robos al mes en todo el país, y varios de los atracos acababan con la víctima herida, apuñalada o muerta.  En esa Colombia amable, tu vida podía valer lo que un celular. Otro pretendía concienciar a la sociedad sobre la necesidad de exigir una factura oficial y no aceptar una “pre cuenta” para que realmente se pagase el IVA y así aminorar el fraude fiscal, lo que de alguna manera venía a certificar que los trapicheos y escamoteos, como en España, están a la orden del día. No me extrañó tampoco ver uno sobre el ejercito, pues en de vez en cuando tienes la sensación de encontrarte en un pais militarizado. Las imágenes, que invitaban a inscribirse en la escuela militar de cadetes “General José María Cordova”,  parecían haber sido sacadas de una película “Made in USA”, tipo “Oficial y Caballero”, todo muy aséptico y aseado, con soldados súper equipados y caras circunspectas, sin rasguños ni síntomas de sufrimiento, como si a los futuros militares al final de su formación les esperase un baile de gala en lugar de un encontronazo en la selva las FARC.

Apagué las luces, los ojos y el televisor. En los sueños de Hispanoamérica siempre había un hueco para la violencia, la desigualdad, la injusticia y dolor. Colombia no era una excepción.

Diario de viajes Soulombia: continuará


14 comentarios:

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

"¿qué me sugiere hacer durante mi estancia?" Una sencilla pregunta que te puede ayudar mucho más que la mejor guía turística.
Un abrazo.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Javier Rodríguez: A veces cambiando la pregunta se encuentran las mejores respuestas.
Un abrazo

Katy Sánchez dijo...

Sin duda alguna el país que yo conocí en Colombia se parece al de aquí, aunque en aquella época los robos, atracos empezaban ya.Lo que contabas el otro día de los controles de los autobuses ya era vigente sobre todo en la frontera con Venezuela. Lo que está claro es tu frase final
"siempre había un hueco para la violencia, la desigualdad, la injusticia y dolor" Yo ampliaría Hisponoamérica por todos los países por desgracia. Los paraísos solo existen en nuestros sueños.
Me encanta viajar contigo aunque sea hasta la lavandería.
Bss y feliz semana

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando:"Viajar con ropa cansada". Me ha encntado. Tus viajes siguen dando mucho de sí, y nos llevan a la realidad por tu forma de exponerlos. Veo aquí las dos caras de la moneda (quizás siempre exista), por una parte la alegría de vivir de la gente y por otra ese "murmullo" que nos llega hasta aquí sobre la inseguridad. De cualquier forma me gusta mucho leerlo. Un abrazp

Elsa dijo...

Me han hablado mucho de Medellín, de la "vida" que tiene, a pesar de la violencia que hay y que sobre todo hubo. Tengo entendido que el Botánico es fantástico y como estoy segura que lo visitaste espero con impaciencia la continuación del viaje.
Un abrazo

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy - Si, claro que se podría ampliar, pero Hispanoamérica, quizá por la cercanía acaba doliendo más, Besos y feliz semana

@Rafa Bartolomé - Hay tantas caras como miradas Rafa. al final se trata de eso, de mirar. Un abrazo

@Elsa - Es una ciudad fantástica, muy especial y el botánico, ya os hablaré de él. Un abrazo

M. Teresa dijo...

En casa miro muy poco la tele y cuando lo hago, soy de las que se levantan cuando hacen los anuncios y aprovecho esos minutos para hacer otra cosa. Por el contrario, cuando estoy en otro país me gusta ver los anuncios, precisamente por lo que tú comentas. Analizando un poco, se pueden sacar conclusiones interesantes sobre el lugar.

Un abrazo y feliz semana

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Maria Teresa

Pues ya somos dos. Yo no veo nada de tele, pero si que hago los de los anuncios cuando viajo por lo que hemos comentado. Se sacan unas cuantas conclusiones.

Un abrazo y feliz semana para ti también

Jose Luis Montero dijo...

Hola Fernando
Mi prima está casada desde hace muchos años con un colombiano y me ha contado con "alegria" ese milagro que quizás no nos asombre al no haber conocido su pasado inmediato.
cuidate

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@José luis Montero - Por loq ue sé ha cambiado mucho, pero no es oro todo lo que reluce. Un abrazo

Merche Pallarés dijo...

Llego tarde como siempre, pero me pongo al día con tus estupendos relatos. Medellín me gustó cuando lo visité hace unos años. Sobre todo me hizo gracia los parques "temáticos". Muy interesante el museo de Antioquia y la plaza Botero. Sigamos viajando. Besotes, M.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Merche Pallarés- Tarde pero llegas y eso es lo importante. La verda es que Medellín tiene una muy buena oferta cultural. Besos

Myriam dijo...

ay, me haces revivir recuerdos. Hace mucho que estuve en Medellín, a donde fui entonces, con mi marido y mi hija, a visitar amistades...

Me gustó la amabilidad sincera que te mostraron los paisas del hotel. Se nota siempre cuando alguien hace algo de corazón.

Besos y sigo a la III parte.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Myriam

Son amabilisimos sin duda. Tienen el don de hacerte sentir bien. besos

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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