domingo, 4 de noviembre de 2012

Sueños de Antioquia I


Salamina 

El pequeño autobús de “La Sideral” partió sin demora con medio pasaje. Dimos un pequeño rodeo al estar la calle principal cortada al tráfico debido al trabajo de unos operarios que se afanaban en pintar pasos de cebra en la calzada. Antes de abandonar el pueblo, paramos en dos casas a recoger más pasaje. En una de ellas, el padre se despedía de su hijo abrazándolo y acariciando su cara con la ternura de quien sabe y acepta que la vida más que recuerdos nos va dejando ausencias.

Seis horas, en el mejor de los casos cinco y media, me separaban de Medellín: una cantidad de tiempo considerable para cubrir los apenas ciento setenta kilómetros de distancia entre ambas localidades; pero en el viaje, no es el destino sino el camino lo que realmente dota de sentido a los sueños del viajero y éste sabe que el tiempo, con frecuencia, no se mide en segundos ni en minutos sino en emociones: no hay paisajes ni trayectos monótonos, sólo pobrezas de espíritu que se dejan atrapar por el tedio y la ansiedad de llegar a la meta; ciegos, sordos y mudos ante la múltiples oportunidades que les son ofrecidas; fugitivos emocionales de cuanto les rodea: almas perdidas y errantes que nunca encontrarán su sitio porque no hicieron camino.

A un par de kilómetros del pueblo nos esperaba un control del ejercito. Dos soldados nos dieron el alto. Uno de ellos subió solicitando que todos los varones colaborásemos y bajásemos del bus con la cédula en la mano para una identificación (las mujeres, no se por qué quedaron exentas del tramite). Ignoraba si era un control rutinario o si tenía que ver algo con la presencia de algunos elementos de las FARC en la zona. Mientras uno de los soldados recogía los documentos, el otro nos cacheaba suavemente; uno comprobaba cantando por radio la numeración de los documentos y el otro iba repartiendo los ya verificados. Todo muy natural, con mucha corrección, sin ningún tipo de nerviosismo ni tensión por ninguno de los allí presentes.

Enfilamos la carretera de la Merced, una carretera “destapada” con tramos en los que asomaban, por sorpresa, socavones que obligaban al conductor a continuas y complicadas maniobras para evitar quedarnos atrapados o ser precipitados al abismo que quedaba siempre a un lado de la vía; en otros trechos, la arena se convertía en polvo a nuestro paso dejando una estela grisácea y densa que ensuciaba la naturaleza; en los repechos, el motor rugía y jadeaba exhalando aliento de gasolina y goma quemada. Ascendíamos por un bosque de coníferas en el que de vez en cuando se veían eucaliptos, bananos y de forma muy aislada heliconias. Tras subir dos empinadas crestas pude apreciar la magnitud de unos valles en los que se divisaban solitarios caseríos, plantaciones de café, ganado… A lo largo de la carretera también se veían pequeñas edificaciones de madera que más parecían galpones que casas donde descendían o subían pasajeros o se dejaban encargos.  Cuando mi vista se perdía en los desniveles del terreno, en las montañas que siempre ocultaban otra, en la tierra horadada, en las plantaciones, en los pequeños campos labrados…cuando, en fin, era consciente de la enorme dificultad a la que se habían enfrentado todos esas generaciones de hombres para abrir camino, para asentarse, no podía sentir más que admiración, más que un profundo respeto por la determinación del hombre y también tristeza porque esa vida quedará devorada en unos pocos años por aquello del tamaño, la globalización y la falta de escrúpulos de unos cuantos.

La Merced 
El pueblo de La Merced me pareció deslucido, pero quizás fuese por los negros nubarrones que lo oscurecían. Incluso la iglesia que en otro momento me hubiese parecido curiosa me decepcionó por su frialdad.

Cruzamos el río Cauca por el puente de hierro de “La Felisa”, un área de descanso y encrucijada de caminos en la carretera Manizales - Medellín donde la gente hacía transbordos, comía o compraba alguna de las chucherías que se ofrecían en las decenas de tenderetes que flanqueaban la carretera. La temperatura en esta zona era cálida sin ser agobiante. Se notaba la humedad por la cercanía del río y la vegetación era de un verde más vivo. El tráfico había aumentado considerablemente. Me llamó la atención la enorme cantidad de camiones cisterna que circulaban en uno y otro sentido.

Pasada “la Pintada”, donde se podían observar de soslayo los railes del Ferrocarril del Pacífico nos detuvimos en medio de una recta de la carretera ante los aspavientos de un grupo de personas. Bajó el conductor, abrió el maletero y sacó dos enormes fardos recubiertos de arpillera que fueron recogidos y trasladados por dos hombres a una furgoneta Chevrolet que partió segundos después perdiéndose en la lejanía. Otro hombre, intentaba junto al cobrador, acoplar varios bultos y dos ruedas en el interior del maletero ante la mirada de su familia: cinco minutos de “quita y pon, de ahí no, espere un momento, de a ver si así, páseme el saco…”: cinco minutos en los que se sucedieron los besos, abrazos y lágrimas de una familia que despedía a su hija que subió al autobús sollozando de una manera inconsolable y que continuó haciéndolo durante gran parte del viaje, gimoteando y sonándose los mocos cada pocos kilómetros con una aflicción tal que su alma parecía haber quedado desbaratada por el amor a lo dejado, o atormentada por lo que la esperaba.

Le daba vueltas a ello y concluía que el alma viajera nunca podría encontrarse en ese dilema, con esa desazón, ya que el viajero nunca se encadena a ningún lugar y anhela, más que teme, lo desconocido.

Pasado el mediodía pudimos estirar las piernas en Santa Bárbara, una animada población en la que muchos aprovecharon para comprar arepas, dulces o fruta, especialmente trozos de piña lo que hizo que las ventas de los numerosos vendedores ambulantes, que subieron cada pocos kilómetros prácticamente hasta nuestra entrada en Medellín, fuesen prácticamente nulas: un par de bolsas de maní, una paleta de coco que lamió con avidez mi compañera de asiento, una chocolatina que compró un anciano…Poca cosa.

Sin embargo hubo uno que consiguió hacer caja. Empezó su perorata con el formal “Buenas tardes damas y caballeros, disculpen la interrupción…” pero Dios, nuestro señor ha querido que hoy tenga la fortuna de presentarles un producto único y novedoso. Pertenezco a un colectivo de artesanos que estaremos en Medellín en dos semanas mostrando diferentes piezas de artesanía únicas. Pero hoy ustedes van a tener la oportunidad de ser los primeros en ver esta novedad que es pura creatividad del pueblo antioqueño. Déjenme mostrarles”.

En los asientos donde había mujeres depositaba una pequeña bolsita que contenía un cordón. El sostenía otro que mostraba estirándolo. “Ustedes pensarán que esto es una cuerda, sin embargo es un bolso. Permítanme que se lo demuestre y vean como los antioqueños hemos conseguido algo útil y práctico”

Comenzó a entretejer el bolso “cosiendo” una cremallera, pues de eso se trataba: el cordón era una enorme cremallera que se iba cerrando a medida que se giraba hasta formar un pequeño bolso que incluso podía cerrarse del todo. Desde luego, el invento era curioso y según decía había diferentes colores para combinar.

- Como queremos promocionar la feria - prosiguió, este invento que dentro de dos semanas se venderá a veinte mil pesos, hoy tienen la chance de adquirirlo por tan solo doce mil. 

Vendió cuatro o cinco despidiéndose amable y con una bendición general para el pasaje. Era puro arte, amable, simpático y muy educado, un vendedor de raza, de aquellos que como única escuela tuvo la calle: un tipo del que aprender.

En una zona industrial, cerca ya de Medellín se veían cientos de containers con caracteres chinos o rotulados en alemán. Pero ese era otro negocio. Llegaba a Medellín

Diario de viaje Soulombia: continuará

  

10 comentarios:

Myriam dijo...

Hoy estoy sensible y con eso de las despedidas y ausencias, me dejase moqueando...

Besos

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

El polvo de este viaje me está comenzando a penetrar por los poros.
Una gozada.
Un abrazo.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Myriam - Bueno, pero ya se te habrá pasado ¿no? Buien viaje por tierras andaluzas. Besos

@Javier Rodríguez - Muchas gracias Javier, espero que el resto te siga gustando. Un abrazo

Katy Sánchez dijo...

La ciudad es notable igualmente por ser uno de los principales centros culturales de Colombia. Es sede de importantes festivales, también un gran centro financiero. En algunas áreas es más importante aún que Bogotá. Tenía grandes amigas que eran de allí. En general los colombianos son muy educados.
Muy conocida desgraciadamente en el mudo el Cartel.
Me encanta tu descripción de los valles que corren a la par de la Cordillera de los Andes y tu especial don de leer las páginas de las motivaciones y actuaciones humanas.
Bss y buena semana

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: en 24 horas las cosas han cambiado para bien. Mi madre está mejorando; a ver si continúa. He encontrado, pues, tiempo para leer tu magnífico post, en línea con los anteriores. Como buen viajero disfrutas de todo lo que ves. Espero la continuación. Un abrazo.

M. Teresa dijo...

Creo como tú que en el viaje no es el destino sino el camino lo realmente importante. Saber disfrutar del camino es muchas veces más excitante que el destino final, por eso me gusta tanto viajar en transporte público, especialmente en algunos destinos donde cada gesto, cada expresión, cada detalle es para mí una clase magistral de conocimiento sobre el país.
Tan magistral como este post, un verdadero placer leerte.

Un abrazo

Jose Luis Montero dijo...

La Sideral me recuerda a La Veloz Sangüesina, mítica compañía navarra....
Ah! Te envidio esa cultura del viaje que has ido atesorando Fernando, Viajar para Vivir...intensamente
Cuidate

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy - Como apuntas, el cambio que ha experimentado la ciudad es impresionante y de ello hablaré proximamente. Muchas gracias como siempre pòr acompañarme en el viaje. Besos

@Rafa Bartolomé - Una buena noticia Rafa. Espero que la recuperación sea rápida y que el susto haya pasado. Me alegra que disfrutes del viaje. Un abrazo.

@Maria Teresa - por esas expresiones, por esos gestos y esos detalles como apuntas, merece la pena viajar haciendo camino. Mucha gracias por tius palabras y por acompañarme en el viaje. Un abrazo.

@José Luis Montero - Me da a mi que tu esa cultura la tienes muy desarrollada que en definitiva como dices es la cultura de vivir. Un abrazo.

Astrid Moix dijo...

Aqui me tienes, uniéndome al viaje. Me ha asombrado la naturalidad con la que describes el momento del control militar, paramiliatar o lo que sea ... Reconozco que no soy valiente.
Buena suerte,

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Astrid Moix - Pues bienvenida a Soulombia. No creas, yo tampoco soy nada valiente, pero es que allí son tan naturales los controles que los ves de forma natural. No como en otros sitios que si he pasado mucho miedo.

Un abrazo y feliz fin de

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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