lunes, 19 de noviembre de 2012

Sueños de Antioquia III


Medellin
En el pequeño salón de desayunos era el único turista. El resto de las mesas estaban ocupadas por viajantes que habían acudido a la feria de la moda desde Bogotá, Lima, Córdoba, Santiago de Chile, Guayaquil…

Medellín es una de las capitales americanas de la moda y cuenta con una importante industria textil. Se me hacía un poco extraño ser el único de los presentes cuyo motivo de viaje no eran los negocios, pero esa extrañeza desapareció cuando pensé que, en realidad, lo que ocurría era que no había tenido en cuenta que yo estaba en ese momento haciendo una vida extraordinaria y no la habitual; y eso suele distorsionar la mirada.

La temperatura del día, aunque un poco calurosa, hacía honor al nombre de “La ciudad de la eterna primavera”. Me dirigí andando al metro de El Poblado. El metro de Medellín me gustó mucho. Fácil de entender, muy limpio, eficaz. Me gustó que las llamadas a la urbanidad y buenas maneras fuesen más sugerencias que imperativos. Desde luego que los paisas podían estar orgullosos de su transporte. En la estación sonaba Eric Clapton como música de fondo con una nitidez que ya quisieran otros metros. Tomé la línea que llevaba hasta la parada de Universidad. Durante el trayecto, mirando a uno y otro lado se obtenían buenas vistas de los barrios de la ciudad, pudiendo determinar, a vuela pluma, cuales eran los más pudientes o los menos afortunados: Medellín era una ciudad de contrastes, o una ciudad de ciudades construida por miles de sueños diferentes que al final se encontraban para dotarla de ese carácter único que lo mismo asusta que enamora; que lo mismo deprime que llena de energía.

Me había organizado de tal manera que las primeras horas las dedicaría al Jardín Botánico y  El Parque Explora. Nunca he sido un experto en botánica ni estudioso de la materia: me basta con disfrutar de la belleza de las plantas. Sin ser grande, el jardín merece un buen paseo. Seguí el recorrido que se sugería pasando, en primer lugar por el bosque tropical, donde la umbría exhalaba la podredumbre de vegetación descompuesta y cada una de las plantas y arbustos luchaban por enraizarse y sobrevivir en esa confusión de verdes que en ocasiones parecían caerte encima.  Me acerqué hasta el estanque y estuve un rato sentado en un banco mirando la quietud de una agua que en algunas zonas permanecía alfombrada por el verde de las algas, mientras escuchaba el sonido de los aspersores que regaban otras áreas. A esas horas no había más de dos o tres visitantes lo que permitía escuchar el silbo de los pájaros, de las chicharras y casi el aleteo de un grupo de pequeñas mariposas que en grupo jugueteaban cerca del jardín del desierto. Desafortunadamente, el Mariposario estaba cerrado y al Orquideorama no se podía acceder al estar montando una exposición con motivo de la “Fiesta de las Flores”, una de las manifestaciones tradicionales más hermosas en la que miles de campesinos bajan de las montañas con sus silletas adornadas de flores para desfilar por la ciudad llenándola de colorido.

La visita al Parque Explora fue como volver al colegio, como recordar un tiempo en el que estaba todo por descubrir: una jauría de niños gritaba, reía y se divertía corriendo por el patio entre réplicas de dinosaurios. Ese día había al menos seis excursiones de colegio. Los maestros y tutores se esforzaban en controlar a los de sus uniformes y a que, éstos, permanecieran en la colas de acceso a las salas, formales y sin demasiada algarabía; algo imposible de conseguir cuando la excitación infantil es colectiva y feliz. El parque tenía varias salas interactivas en las que se podía aprender el funcionamiento del cuerpo humano, física, desafiar la inteligencia, además de contar con un vivario, donde se observaban, entre otras especies, pequeñas ranas de colores vivísimos y un acuario bastante entretenido de ver.




Regresé al centro. La siguiente escala sería el Parque Berrío, corazón de la ciudad donde todos los contrastes para bien y para mal volvían a fundirse mostrando el día a día de la ciudad, ese contraste en el que ya las edificaciones reflejaban la opulencia del dinero o el abandono; el cansancio o la eterna supervivencia: lugar de encuentro y referencia para cualquier paisa. 

Desperdigados por varios puntos, los vendedores de “minutos a celular” mostraban en carteles colgados de su pecho, o pegados a sus chalecos, las ofertas disponibles. Las tarifas variaban según el operador elegido. La competencia era feroz, tan intensa que allí se podían ver desplegadas todas las técnicas de mercadotecnia, todas las estrategias de ventas replicadas de las mejores escuelas de negocio: un vendedor sólo ofertaba llamadas a uno de los operadores; otro establecía tarifas diferentes si se trataba de llamadas a fijo o a celular; otro, un poco más alejado, discriminaba precios por operador y dispositivo; pero el más avispado, o quizás el de más posibles, el que compró mejor los minutos, el que consiguió engañar a la operadora o el que revende con menor margen pero más volumen, - podría tratarse de cualquiera de ellos- exhibía un letrero en el que los precios estaban unificados para cualquier operador, tanto para fijo como para celular, atrayendo y arremolinando junto a él a un mayor número de clientela que renunciaba a la intimidad de la palabra por unos cuantos pesos menos.

Varias mujeres llevando unos pequeños termos en las manos iban deambulando en recorridos irregulares a la búsqueda de transeúntes a los que servir un vasito de “tinto” bien caliente. Alguna de ellas permanecía junto tres músicos, que con sus guitarras cantaban boleros o viejas canciones románticas,  esperando la pobre mujer, quien sabe, si unas monedas o unas baladas. Abundaban los vendedores de golosinas y cigarrillos; los que vendían chicles por sólo cien pesitos, los lustradores de calzado y los vendedores de lotería. El parque parecía, era, una especie de universo de la micro venta, pero también un lugar en el que con total nitidez afloraba la desigualdad, la sordidez o la miseria: la cara menos amable de la ciudad.

Allí habían encontrado refugio a su tristeza los campesinos que en su día huyeron de las montañas por la guerra o para buscar una vida mejor: por uno de esos sueños que nunca se cumplieron. Se les veía vagar desubicados de los hombres y de ellos mismos como si se preguntaran que pudo fallar o resignados a la invisibilidad que produce la desdicha. Su único consuelo parecían ser las tonadas de las músicas; sus únicas posesiones, los recuerdos. Los descuideros vigilaban a sus futuras victimas De soslayo yo hacía lo mismo con ellos – se les suele reconocer fácilmente - mientras me daba una vuelta por la plaza intentando evitar ser una de ellas.

Echando un vistazo a la fachada de la Iglesia de la Candelaria, dos jovencitas se situaron a mi lado mirándome con provocación y descaro, invitándome con sus gestos a perderme en alguna calleja con alguna de ellas. Eran casi unas niñas pero, en el fondo, sus miradas eran tristes: de putas viejas y resignadas. Me encaminé a la puerta principal de la iglesia. Allí se acumulaban mendigos y pedigüeños de todo pelaje: necesitados de verdad, caraduras de manual, vagabundos de parada ocasional, supervivientes, profesionales del asunto; amables, insistentes, tímidos, rudos… La pobreza y el dolor tenían mil formas de mostrarse.

No me detuve mucho en la iglesia. Era hora de culto y simplemente estuve unos minutos. Salí por uno de los laterales y atravesé el parque de nuevo para adentrarme en la Casa de la Cultura Rafael Uribe, un palacio construido al estilo europeo en el que hay varias exposiciones y documentos sobre la historia de Colombia. Me sorprendió que apenas fuéramos tres o cuatro los visitantes que caminábamos por sus pasillos y estancias. Después del ajetreo de Berrío, las instalaciones eran un remanso de paz.



Nunca le he encontrado el punto a Botero, pero he de reconocer que la visión de una plaza llena de esculturas “gordas” y la posterior visita que hice al Museo de Antioquia cambiaron la forma en la que había valorado a este artista de Medellín. Individualmente, los “gordos” y “gordas” nunca me habían dicho nada, no habían provocado ese sentimiento indescriptible de gusto que produce la admiración de una obra de arte. Sin embargo, al ver el conjunto, el tratamiento del volumen que había realizado en cada una de las esculturas, que ya no parecían deformaciones de una realidad sino armoniosas figuras que encajaban de manera admirable en el entorno, supe que había juzgado solapadamente su obra. Lo confirmé más tarde, cuando después de haber visitado varias salas del Museo de Antioquia llenas de retratos de héroes de la historia de Antioquia, de Colombia, de cuadros y fotografías, visité las salas que alberga la numerosa obra que Botero había donado al museo: podía tratarse de un bodegón, un paisaje de un pueblo colombiano, escenas taurinas, galerías de reyes o del “Cártel de Medellín”, de Pablo Escobar…en todos esos cuadros y dibujos, tras la obesidad, la aparente simpleza de los trazos, las escalas desproporcionadas, lo que realmente expresaban los lienzos era la cotidianidad de la vida, la historia: el alma.

Diario de viajes Soulombia: Continuará


10 comentarios:

Katy Sánchez dijo...

Pero qué bien escribes. Parece que en cada momento estoy viendo y sintiendo lo que tu en cada momento.
"La pobreza y el dolor tenían mil formas de mostrarse." Esta frase siempre me estremece porque en todos los lados lo compruebas y te llena de impotencia.
A mi me encanta Botero. Si te fijas en las caras sus esculturas ves que te habla desde la vida.
Bss y feliz semana. Un placer leerte.

M. Teresa dijo...

Me ha gustado mucho como describes el ambiente en el Parque Berrío. En los parques de las grandes ciudades suelen juntarse las alegrías de una parte de la población y las miserias de los que no saben donde ir.

Un abrazo

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy Sanchez - Gracias Katy, me alegro de que compartas emociones. Botero me gusta más pintura que la escultura, pero como dices transmite. Besos y feliz semana

@Maria Teresa. Es eso que apuntas en esas plazas se dan cita las alegrias y las miserias pero muchas veces ensimismados en otars cosas no somos capaces de verlas. Un abrazo y buena semana

Elsa dijo...

Tiene que ser preciosa esa Fiesta de las Flores! Yo tampoco soy ninguna entendida en plantas, simplemente las disfruto y cultivo las que puedo dejándome llevar más por la intuición que otra cosa.
Respecto a Botero pienso, o mejor dicho pensaba, como tú hasta que hace unos años hizo una exposición enorme (nunca mejor dicho) en el Paseo de los Àlamos de Oviedo. Creo que es un escultor "de calle", su obra me gusta no expuesta en un museo sino formando parte de la ciudad. Es más, en Oviedo tenemos una que se llama "Maternidad" pero todo el mundo la llama "La Gorda" y se ha convertido en toda una referencia... casi tanto como La Regenta.
Gracias por hacernos partícipes de tu viaje.
Un abrazo

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando. ya te lo he comentado más de una vez. Tú, chaval, has equivocado la carrera; debieras de dedicarte a viajar y a escribir. Tus ojos son capaces de ver lo que otros no somos capaces de imaginar (vamos como Guti en símil futbolístico, ja-ja). Me encantan tus viajes. Un abrazo

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@elsa Por lo que comentaron si debe ser magnífica. la ciudad se llena de gente y de flores. En cuanto a lo de Botero es eso que apuntas, es escultura urbana. Gracias por acompañrme en el viaje. Buena semana.

@Rafa Bartolomé - que mas me gustaría a mi tener talento para ello, aunque quien sabe sin con el tiempo y mucho trabajo se adquiere. Un abrazo y gracias por tus cariñosas palabras.

Myriam dijo...

Estoy de acuerdo con Rafa, tus crónicas son increíbles. Talento te sobra. Cuando describes lugares en los que he estado con todas tus sensaciones y emociones asociadas es una delicia y cuando describes aquellos en los que nunca he estado, me parece estar ahí metida en tu relato vivenciando lo que cuentas.

Besos

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Myriam - Gracias, me alegro que te guste y que disfrutes del viaje. besos

Jose Luis Montero dijo...

Ole la crónica Fernando!
Botero es Botero, te gusta o te parece simplemente cursi, a mi tampoco me tira demasiado...
Cuidate

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@José Luis Montero. Gracias por el comentario. A Botero cuesta pillarle el punto, pero al final lo tiene aunque...
Un abrazo

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