jueves, 1 de noviembre de 2012

Miradas de Caldas VII

Salamina

Quedaba poco tiempo para abandonar Salamina y tenía la impresión de que mis miradas no habían sido más que pequeños esbozos, retales visuales y emocionales de algo que se me antojaba más profundo; de algo que pedía más; pero uno sabe que siempre debe partir y que el desasosiego que produce el anhelo de conocimiento nunca deber ser grillete que nos esclavice pues a mayor conocimiento, mas sabiduría, más grande será nuestra futura ignorancia: el viaje siempre deja una sensación de inconclusión en el alma que debemos aceptar con humildad y naturalidad.

De todos modos, aún tuve tiempo de aprender y disfrutar un poco más sobre el lugar, como el origen de “Niguateros” que es como se conocen también a los salamineños. 

Un ácaro, la nigua, dio apodo a los habitantes de Salamina, alimentando una leyenda que explica por que los nacidos en la región tienen fama de espabilados e inteligentes. La nigua es un pequeño parásito que hasta mediados del siglo XX, cuando se comenzaron a pavimentar las calles, tenían la manía de cobijarse bajo las uñas de los pies de los salamineños originando unos molestos picores que, según se creía, estimulaban las neuronas. Sin embargo, los salamineños no fueron los primeros niguateros, pues por lo visto en la zona de Popayán también abundaba el bicho como pudieron comprobar los conquistadores españoles; aunque por esos lares se les llamaba “patojos” en lugar de “niguateros” ya que las molestias impedían andar con normalidad.

No sé hasta que punto guarda relación el bicho con la inteligencia pero me hizo recordar vagamente una historia en la que el protagonista, un pintor, un escritor o un músico, (que la memoria ya va fallando) para concentrarse en su trabajo y que fluyese toda su creatividad, se calzaba unas zapatillas de menor tamaño que sus pies con el fin de estimular el sistema nervioso. Lo justificaba diciendo que el dolor y la molestia que le producía esa pequeña tortura activaba todos sus sentidos.

Tras tomar un café en los billares, me adentré en un pequeño y oscuro bar que hacía esquina en la plaza. Me acomodé en una pequeña mesa redonda con dos sillas que pegaban a la pared. La intención era tomarme un par de cervezas, cenar algo e irme a dormir; pero los planes, las intenciones, en los viajes se desbaratan con suma facilidad, y como fue en este caso, con gusto.

Un hombre vestido con una chaqueta clara, camisa de cuadros tocado por un bonito sombrero se acercó a mí: “¿Puedo sentarme?” Asentí. Rondaría los sesenta o sesenta y cinco años; de tez bronceada, con arrugas bien definidas en la cara y mirada algo pícara, me pareció uno de esos tipos que albergan cientos de historias que nos acercan y nos ayudan a comprender la naturaleza humana,

- Ayer le vi a usted en el otro bar hablando. Yo estaba allí.  ¿Es español? ¿Si… no? ¿No me vio?

Antes de que me diese tiempo a responderle continuó hablando. “Tengo dos hijas viviendo allí, en un estado cerca de las islas”. “Los estados se llaman de otra manera allí ¿si, no?” Le aclaré que se llamaban Comunidades Autónomas pero por no liarle le dije que sí, que podían ser como estados. No tenía muy claro en cual de ellos vivían sus hijas aunque por las pistas que me dio podría tratarse de algún lugar de la Comunidad Valenciana, Cataluña o la Región de Murcia.

- Hace diez y siete años que no las veo – continuó: se casaron con españoles, tienen la nacionalidad y su vida hecha allí. Tengo tres nietos que espero conocer algún día. ¿Cuántos estados tienen ustedes?

Hablaba sin nostalgia, sabedor de que la emigración, el abandono de los orígenes es consecuencia de la eterna búsqueda de una vida mejor, tal como había ocurrido en los siglos pasados; algo natural para un pueblo que en su momento buscó su sitio en Caldas.

Pidió dos cervezas; una de ellas la colocó al lado de la que yo bebía haciéndome el gesto de “toda tuya”.  Tenía ganas de palique y yo también. Me estuvo preguntando cosas de España,- había oído y leído que las cosas no iban bien- y estuvo indagando sobre las razones de mi estancia en Salamina.

- ¿Le ha gustado el pueblo? Es muy tranquilo como habrá comprobado. Yo trabajo en el almacén que habrá visto cerca del mercado. Por eso no puedo quedarme mucho tiempo, sólo hasta las ocho menos cuarto.

Había tiempo para conversarse otra cerveza y pedí que nos trajeran otras dos. Me habló de la historia del pueblo y de cómo había cambiado; de los días que había pasado “más hambre que ratón de ferretería”. Bebía tan rápido como hablaba. De vez en cuando los dos callábamos convirtiendo nuestra conversación en silencio, en pausa necesaria provocada por el barullo que, por exceso de alcohol, inundaba el local dificultando la escucha y la conversación.

Me fijé en sus manos: anchas, nervudas, callosas, de yemas duras. Eran las manos de muchos años de duro trabajo, de quien ha tocado mucha tierra, de quien ha llevado mucha carga, de “muchos fríos”.

- Usted tenía que haberse dado a conocer en el pueblo – me reprochó.  Si lo hace le quieren como a un verraco. Me hizo gracia la expresión, pues en ese momento no conocía el sentido de la expresión y me imaginaba querido cual cerdito al que cuando creciese le darían matarile, cuando en realidad lo que expresaba era un halago: según el diccionario caldense – español yo era un tipo estupendo pero no lo supe hasta varios días después lo que impidió agradecer el cumplido y decirle que el sentimiento era mutuo.

Hizo una seña al camarero y en unos segundos teníamos dos “Póker” más sobre la mesa. Las cervezas se iban amontonando en la pequeña mesa con la misma celeridad que disminuía el interés de nuestras palabras que cada vez eran más inconexas. Eran más de las ocho y media cuando abandoné el lugar prudentemente en previsión de no tener una tremenda resaca al día siguiente: no es nada agradable realizar un trayecto de seis horas en autobús por carreteras llenas de curvas y baches.

En la calle un grupo de muchachos celebraban procesionando y a grito pelado el triunfo del “Nacional” de Medellín en la Copa Postobón. Antioquía me esperaba.

Diario de viaje Soulombia: continuará


8 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando. Pero qué bien se te da lo de conversar cervezas. Me ha encantado la historia. El comienzo genial: esa diatriva entre conocimiento e ignorancia. Sigue, sigue que ya emnpiezo a echar de menos. Un abrazo

Jose Luis Montero dijo...

Hola Fernando
¡Cómo te lo pasas!
esa es la mejor señal de que viajas para vivir
Cuidate

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Rafa Bartolomé - je je, tu lo podrás juzgar que te has conversado unas cuantas conmigo. Los próximos son sobre Antioquia y espero que te gusten. Un abrazo

@José Luis Montero - No lo sabes tu bien, y como dices, viajo para vivir. Un abrazo

Katy Sánchez dijo...

Cuando se está abierto a recibir se recibe a raudales. Conozco este carácter de los colombianos que se forja desde pequeños. Siempre están dispuestos a escucharte. Conozco Antioquía no así Salamina. Bien llevada la converzación a pesar de las cervezas:-)
Bss y buen finde.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy - Un pueblo muy abierto Katy y alegre. eso es importante. la semana que viene seguimos con Antioquía. Besos y feliz finde

Myriam dijo...

Me encanta la luz de la foto. Que gráfico tu relato del encuentro con este personaje, me parece estar ahi viéwndolos conversar. Y lo de los ácaros y etc... ¡ni idea!

Besos

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Recuerdo eso de las cervezas que se amontonan. Muy típico. Y es que hay que tener un cuidado...
Un abrazo.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Myriam: La verdad es que fue una tarde estupenda, la disfrute mucho. Besos

@Javier Rodríguez - Ja ja, si típico pero divertido aunque como dices hay que tener cuidado. Un abrazo

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