sábado, 27 de octubre de 2012

Miradas de Caldas VI


Salamina - Caldas
Antes de comenzar mi paseo diario tomé un par de tintos de café granulado que me recordaron otros viajes, otros lugares y otros momentos: a inicios de la mañana en tierras extrañas que prometían aventura, descubrimiento de tesoros, sorpresas, encuentros con otras almas o mucho diálogo interior. Cada sorbo me llevaba, más que al pasado, a un estado muy próximo a la felicidad, a esa sucesión de fugaces instantes en los que alma y cuerpo se unen cubriendo todo su ser de serenidad, orden y equilibrio.

La luz de un domingo claro iluminaba las calles vacías de un pueblo que comenzaba a desperezarse. La soledad matutina ofrecía una perspectiva diferente del pueblo regalando a mi ojos y a mi mente viejas postales en sepia, en las que mi imaginación se esforzaba en filmar un histórico y emotivo documental de Salamina.

Retrocedía de forma voluntaria en el tiempo creando mis propios espejismos: arrieros con sus sombreros y mantas al hombro, transportando en fornidas mulas o en pequeños borricos, mercancías o aperos; gente esperando noticias de las distintas guerras civiles que sufrió el país, o preparándose para acudir a ellas; familias construyendo sus hogares, esperando la llegada de un carro rebosante de guadua; agricultores vendiendo sus primeras cosechas o ganaderos haciendo tratos; colonos abriendo senderos o buscando un lugar donde asentarse; poetas, escritores, músicos, actores… futuros hombres ilustres que serían orgullo local al conseguir que Salamina fuese llamada la “Ciudad Luz” (nada enaltece más a un pueblo que el gusto por el arte); maestros y aprendices; hombres con ilusiones…vigilados de cerca todos por la Iglesia y por aquellos que en su día hicieron, por las buenas o las malas, fortuna y acabaron imponiendo las leyes y el orden.

Esa era la historia de Salamina, la historia de tantos pueblos, de tantos sueños que fueron construidos con luces y sombras, con esfuerzo, con dolor, pero también cimentados gracias a la pasión, a un amor que se reflejaba no solo en las calles y carreras. El parque principal era una muestra de ello: en un costado de la plaza se erguía el Templete, ágora de Caldas, que fue  testigo de conversaciones, de confidencias o de arengas; escenario para bandas y orquestas que en días de fiesta aliviaban los sinsabores diarios. En el centro, la Pila certificaba con su presencia el símbolo del progreso y la importancia del pueblo en la región; la mirada a la Europa de la que salió: una pila que antes de su asentamiento definitivo, navegó por el río Magdalena en un humilde bongó, atravesó valles, montañas y quebradas a lomos de mulas o bueyes: una pila que era metáfora viva del esfuerzo y la determinación de los hombres de Caldas.


Salamina Caldas

Salamina Caldas 

Salamina - Caldas 
Aproveché para visitar en soledad la iglesia de la Inmaculada convertida en Basílica menor y de la que tan orgullosos se sienten los salamineños. A menudo, la sencillez es lo que otorga hermosura a las cosas: Construida a finales del siglo XIX, la Inmaculada Concepción constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura antioqueña en la cual se entremezclan varios estilos. El blanco frontispicio de cuatro cuerpos, rematado con una torre que alberga un coqueto reloj, tiene influencias renacentistas, románicas y griegas.

El interior, de una sola nave sin columnas, en lugar de las tres habituales, no sobre cargada de santos y vírgenes pero con un artesonado de madera y algunas vidrieras notables aguardaba a los primeros feligreses para la misa.

Bajé las escalinatas y me senté en un banco a la sombra amable que proyectaban los árboles. Saqué de mi pequeña mochila “El amor en tiempos del cólera” y estuve leyendo un buen rato hasta que la plaza se llenó de murmullos de la gente que acudía a misa. La mayor parte de los que entraban a la iglesia lo hacían luciendo sus mejores ropajes de domingo, con andares y porte elegante.  

A escasos metros de la entrada a la iglesia se ultimaba en silencio la instalación de una carpa en cuyo interior había un tablero con casillas numeradas. Se trataba de una tómbola benéfica que organizaba la parroquia para conseguir fondos. A la salida de misa, un hombre tomó un micrófono y comenzó a alentar a los allí presentes para contribuir a una buena causa: “Por solo dos mil pesitos puede ayudar a la gente más necesitada. Hay un montón de regalos: un peluche, una pelota de plástico, un estupendo par de zapatos que no son de segundas, miren esta preciosa figura de porcelana, un lindo vestido de niña por sólo dos mil pesitos; la generosidad tiene premio anímense y Dios se lo agradecerá”.

Cada uno de los humildes premios era anunciado con un entusiasmo tal, que ya se tratara de la cursi figurilla que imitaba la porcelana, el par de calcetines, el sombrero, un feo juego de café, unos lapiceros, una olla o un cachivache, eran elogiados como si realmente el afortunado poseedor de la papeleta premiada hubiese sido bendecido por la mano de Dios. Al poco tiempo, la tómbola solidaria estaba rodeada de curiosos, de jugadores compulsivos, de niños que asomaban sus naricitas sobre la mesa de juego y de señoras que deseaban con toda su alma que la suerte pusiese en sus manos aquella sartén o aquella manta. Cuando alguien conocido compraba varias papeletas, se hacía mención a su generosidad y bondad, recalcando varias veces el nombre y apellidos precedidos por el don o doña. El animador sabía lo que se hacía: con una cuidada puesta en escena, apelaba por igual a la divina providencia, a la solidaridad o a la fortuna recalcando en cada frase, en cada gesto, el beneficio social, espiritual y personal se obtenía por tan sólo dos mil pesitos. 

En el parque se veía también un pequeño camioncito tirado por un hombre que por unos pocos pesos, daba vueltas a unos niños que buscaban con la mirada a sus padres o abuelos para mostrarles su habilidad de conductores. Era un domingo de antaño, de esos en los que varias generaciones se citaban para mostrar el orgullo de la unidad familiar, un domingo de comida especial, de verdadera fiesta.

Salamina - Caldas
Salamina Caldas
Como yo también estaba de fiesta decidí celebrarlo con uno de los platos más típicos y contundentes de la gastronomía colombiana: la bandeja paisa. Frijoles, arroz, aguacate, carne en polvo, chorizo, arepa, chicharrones, plátano y huevo frito son algunos de los ingredientes que puede contener la bandeja dependiendo de la zona o el restaurante en el que se pida; pero, en cualquier caso, hipercalórico y no apto para estómagos débiles; un plato para aguantar largas jornadas de trabajo y resultado de la fusión de la cocina indígena, española y africana.

Fui mezclando los sabores y las texturas hasta dar con una secuencia que hizo las delicias de mi paladar. Decidí acompañarla con dos buenas cervezas en lugar de la Mazamorra antioqueña, una sopa elaborada con panela raspada, (jugo de caña de azúcar desecado), agua, maíz y leche, pues no soy muy aficionado a los sabores dulces y lo que realmente me pedía el cuerpo era una buena Club Colombia; otro pequeño sorbo de felicidad.

Diario de viaje Soulombia: continuará


11 comentarios:

Katy Sánchez dijo...

Las tómbolas, los ropajes, la iglesia y la importancia del Domingo en la vida local…
Parece todo sacado del baúl de los recuerdos. De buena gana volvería…
La bandeja paisa. Veo que te has puesto ciego. Que ricas las arepas, los fríjoles y el arroz. nuestra comida diaria en cole.
Con cuanta sensibilidad y riqueza relatas tu percepciones.
Buena fotos acompañan el relato.
Bss y buen Domingo con Soul

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy Sanchez - Como apuntas, el domingo es muy importante en Colombia. Tanto como ciego¡¡¡ pero no me puse mal no. besos y feliz semana.

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Igualico, igualico que aquí hace 50 años. Vamos, digo yo.
Un abrazo.

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: me lo paso estupendamente siguiendo tu camino. Hasta dan ganas de comer, y eso que yo para la comida soy un desastre: no me gusta probar cosas nuevas. Me ha encantado la frase "Nada enaltece más a un pueblo que el gusto por el arte". Un abrazo

Elsa dijo...

A mí también me encanta probar la comida del país y participar en sus fiestas. Es una de las mejores formas de conocer a su gente.
Un abrazo

Jose Luis Montero dijo...

Fernando
LUZ, mucha LUZ, muchisima LUZ....eso es lo que me han transmitido las imagenes así que cómo será en la realidad!
Cuidate

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Javier Rodríguez - Fíjate que no sé por qué alguno de los días que pasé allí la gente y los lugares me recordaron a varios pueblecitos del norte. Un abrazo

@RafaBartolome - Pues aún queda mucho y muy diferente. la bandeja paisa te gustaría y te resultaría muy familiar. Un abrazo.

@Elsa - Desde luego que de esa manera se conoce mucho mejor un país, aunque hay comidas que...Un abrazo.

@José Luis Montero - La luz es vida y te aseguro que ese día fue de esos que salen bonitos bonitos. Un abrazo

M. Teresa dijo...

Después de un tiempo desconectada ya me he puesto al corriente con tus "Miradas de Caldas".
Coincido con el resto de comentarios en que lo que explicas es como trasladarse a la niñez: los vestidos de domingo para ir a misa, las tómbolas benéficas...

Un abrazo


Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Maria Teresa.
Bienvenida de nuevo, se te echaba de menos aquí y en tu blog.

Un abrazo

Myriam dijo...

La bandeja paisa es un petardo jajajaja. Resultaue yo si he probado la mazmorra antioqueña, hiciste bien en pedir cerveza!!!!ajajajajaja

Paso a la siguiente parte que ya me la lei.

Te veo arriba.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Myriam: Claro, lo otro no me seducía nada de nada. besos

Soul Business

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