sábado, 20 de octubre de 2012

Miradas de Caldas V


Salamina
Cientos de casas diferentes, construidas la mayoría en Bahareque, se alineaban de manera armoniosa y compacta a lo largo y ancho del pueblo. Se veían grandes caserones con bellos balcones de madera de los que colgaban maceteros con flores; casas más pequeñas con coloridos portones y ventanas en los que había dibujadas flores, arabescos y filigranas, que mostraban la impronta personal de cada propietario como si cada uno de ellos  estuviese orgulloso de su contribución al pueblo. Las  fachadas, las tejas de barro, alguno de los patios que se dejaban entrever, los picaportes …me resultaban tan familiares que por momentos tuve la sensación de estar en uno de esos escasos y escondidos pueblos españoles que aun mantienen su identidad y carácter. Sólo la presencia de soldados, muy jóvenes, que vigilaban o patrullaban con despreocupación rutinaria por algunas calles, la visión de los valles que rodeaban el pueblo y esa policromía alegre me situaban en Colombia. 

Me acerqué al cementerio, que tiene fama de ser muy bello. No me llamó mucho la atención. Lo realmente hermoso, lo que me asombró fue su ubicación, con unas vistas al valle espectaculares que paradojas existenciales solo los finados pudieron disfrutarlas en vida. 

Salamina 

Salamina 

Salamina

Salamina

Salamina 
Cuando el sol se ocultaba fundiendo el cielo en naranjas estriados y las luces de la noche comenzaban a encenderse me fui a una taberna a la que había echado el ojo. Me acodé en la barra y pedí una cerveza bien fría. La penumbra del local impedía ver con claridad los rostros de los parroquianos. En una mesa, un grupo charlaba animadamente mientras daba cuenta de un buen número de cervezas; en otra, un trío bebía ron de caldas acompañando con sus tarareos, canciones melódicas, tangos, corridos o rancheras que sonaban a todo volumen. El camarero iba cambiando el registro a petición de los oyentes: canciones de amor, de desamor, de fracasos o intenciones, cursis o antiguas, cantadas por voces masculinas, de Jorge Negrete, Carlos Gardel, José Luis Perales, Julio Iglesias, Vicente Fernández…; canciones con un denominador común: la melancolía y la nostalgia; la queja o el reproche.

Reflexionaba sobre ello y llegaba a una de esas particulares conclusiones mías: el gusto por este género de canciones en Hispanoamérica, en España, la colectiva identificación de mucha parte de la población, no era más que el reflejo del devenir de su historia: una historia de sufrimiento, de continua búsqueda de esperanzas en el que la suma de muchas promesas incumplidas, de muchas soledades forjadas por el desamor o la decepción, la nostalgia o los sueños perdidos quedaron grabadas en esas estrofas musicadas en las que buscan consuelo las almas que se niegan a morir a pesar de sentirse derrotadas.

- ¿Le gusta la música? – preguntó el camarero.

- Sí, mucho – contesté, sin especificar que precisamente la que sonaba no estaba entre mis preferidas.

- Estos si saben cantar y las canciones son muy bacanas. ¿no le parece? ¿El de antes es español si, no? ¿Es famoso allá? ¿Le conoce usted personalmente? – preguntó sin darme tiempo a contestar.

- Sí, es muy famoso, pero no lo conozco. 

Continuó hablando de canciones y cantantes, de lo bonitas que eran las letras y de lo mucho que le gustaban los tangos. Lo hacía con un entusiasmo sereno, fijándome los ojos, como si buscase más que aprobación sinceridad en mi mirada.

Pedí otra cerveza. ¿conoce el ron de aquí? – preguntó

- Aún no lo he probado.

Puso una botella sobre la barra y sirvió dos pequeños vasos.

- Es un poco fuerte, pero quita muchas penas – justificó.

Di un pequeño sorbito y el resto lo apuré de un trago. No me pareció excesivamente fuerte, me recordó a un chinchón seco mal destilado pero no estaba tan malo como para no volver a tomarlo ni tan bueno como para conversarse la botella. Siguieron más canciones y más tragos de cerveza mientras me refería cosas del pueblo: lo bonita que era la Semana Santa y el día de la “Noche del fuego” en la que miles de faroles iluminan las calles del pueblo y hay muchas actividades.

No quería ser descortés pero la vejiga demandaba alivio. Me excusé y me dirigí al baño que se encontraba en una sala anexa y que en realidad no era más que una pared que hacía de urinario, que quedaba medio escondida por un muro que apenas sobrepasaba mi cintura. Nada de extraño habría en ello si no hubiera sido porque en esa misma sala, a escasos metros, había un par de reservados oscuros en los que en uno de ellos, una pareja se estaba haciendo carantoñas y en el otro charlaban en voz baja un par de hombres. Yo podía verlos a ellos y ellos me podían ver a mi en plena faena de tal manera que podían escuchar mi micción y apreciar el hedor de las anteriores. No lo pude evitar, me dio la risa: desde luego no era el lugar ideal ni para romanticismos ni para que prosperasen negocios.

Apuré la cerveza y salí con la intención de dar otro paseo antes de cenar por la calle principal. En una bocacalle se habían instalado unos tenderetes de comida en los que comenzaban a freírse arepas, revolver tocineta con cebolla y queso o servir perritos calientes; algunos comercios se preparaban a echar el cierre; en otras tiendas las últimas compras se embellecían con relajadas conversaciones; en la pastelería los clientes salivaban instantes antes de ordenar sus pedidos; al pasar por los billares se escuchaba el múltiple chocar de las bolas dando a entender que todas las mesas de billar estaban ocupadas; los jóvenes, acicalados de sábado noche lucían sus más brillantes vestidos, la zona del mercado se apagaba…procuraba retenerlo todo porque un viaje no es solo ver y sentir, admirar y fluir: también es apresar lo evidente, lo cotidiano, aquello  que forma parte del viaje y que pasa desapercibido si la mirada solo busca fugacidad, si es ciega ante la realidad de cuanto la rodea.

Estaba un poco mamado, en el sentido colombiano: es decir, estaba cansado y quería retirarme cuanto antes a dormir. Me detuve en uno de los supermercados a comprar algo para cenar. Antes de decidir el qué, estuve curioseando los anaqueles, entreteniéndome en observar  cómo organizaban las mercancías, qué tipos de envases se utilizaban, cuantos productos de la oferta estaban, - como los Zaras o los Starbucks- globalizados, cuantos de ellos sólo cambiaban el nombre, cómo presentaban las ofertas y cuales eran los niveles de precios (muy similares e incluso más caros que los que se encuentran en los supermercados españoles), mientras afinaba el oído y con el rabillo del ojo miraba el proceso de compra de otros clientes. Todo este cotilleo, este ejercicio de análisis, permite ampliar el conocimiento sobre un pueblo y sobre el coste real de las cosas, lo que a efectos prácticos es de gran utilidad a la hora de moverse por un país.

Compré una lata de sardinas, un poco de queso blanco, un pequeño paquetito de pan de molde y la habitual botella de agua. Cené fuera de la habitación, en una especie de hall que tenía un mirador hacia los valles. La noche cerrada solo permitía la visión de algunas luces asiladas que quedaban lejos, en las montañas y que se iban apagando mientras el  viento, el cimbrear de los pinos arrullaban los sueños de Salamina.

Diario de viaje Soulombia: continuará

12 comentarios:

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Un día normal, un día más en la vida.
Sí señor. Una experiencia única.
Un abrazo.

Katy dijo...

Es curioso esto de sentarse al mirar el paisaje lejano y apenas unas luces en el horizonte. Yo lo hacía también.
Te das cuenta de la pequeñez y de lo inmenso que te rodea en todas partes del mundo. Algunos lugares mas tranquilos que en otros. La vida.
Bonitas fotos de ventanas. Es otro de mis caprichos. Me encanta pensar que ocurre al otro lado.
Bss

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Javier Rodríguez - De la normalidad surge la excepcionalidad. solo es cuestion de mirar. Un abrazo

@Katy - Es eso, Katy percibir esa grandeza. Me alegra que te gusten las fotos. Besos

Rafa Bartolomé dijo...

Holq Fernando. me han encatado el colorido de las casas. Se nota que hy ganas de vivir en esa tierra. Los comentarios como siempre me han llenado de placer. Se puede seguir tu ruta sin esfuerzo. Un abrazo

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Rafa Bartolome. Es un lugar muy recomendable Rafa. Gracias pro acompañerme en el viaje.

Un abrazo

Elsa dijo...

¡Me encantan esas casas! es increíble cómo un colorido tan alegre puede dar tanta vida a la casa más sencilla.
¿continuamos el viaje?

Jose Luis Montero dijo...

La arquitectura es el reflejo de la sociedad. Una casa es el fiel espejo de quien la habita para bien o para mal...
Y estas casas muestran un pueblo humilde en sus posibilidades pero tremendamente luchador y esperanzado, casi nada!
cuidate

cincuentones dijo...

Me encantan los ambientes como el de este bar que describes. Una música nostálgica muy acorde con este pequeño pero hermoso pueblo.

Saludos.

Myriam dijo...

Bueno, aqui estoy saboreando tus reflexiones y esas sardinas con queso y pan, con litros de agua.

Este recorrido por tus experiencias y observaciones ha sido encantador
(fuera claro, del olor a orines).

No hay nada como viajar y experimentar el contacto real con las personas y lugares para ampliar el horizonte mental a lo largo y a lo ancho.

Besos

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@elsa Esa es la magia, la sencillez puede llegar a ser muy bella. Feliz fin de.

@jlmon53 - El siguiente capitulo va un poco de eso José Luis, de la lucha y la esperanza. Un abrazo

@cincuentones - Así es, hay ambientes que no podrían tener otra música. Feliz fin de semana.

@Myriam ja ja , no creas Myriam al final todo tiene su "sabor" o precisamente ese olor es el que da parte del sentido a lo vivido. Bsss

www.thewotme.com (The world thru my eyes) dijo...

Wowwwwww!! me he quedado fascinado con esas pendientes, esas calles inclinadas ... una pasada de vistas verdad ...
Me imagino por otro lado ... que put@d4 debe ser que a los niños se les vaya el balón para abajo :-p

Gran post y gran lugar que lo merece.

Un saludo viajero.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@thewotme - La verdad es que todo el pueblo está lleno de pendientes y supongo que los niños se cuidarán mucho de que no se vaya la pelota por una de ellas porque ésta acabaría a hacer puñetas. Muchas gracias por pasarte y el comentario. Un saludo y buen fin de.

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