martes, 16 de octubre de 2012

Miradas de Caldas IV

Terminal de Manizales


Antes de partir, di buena cuenta de un taza de chocolate - que me pareció un poco aguado - y un pedazo de queso blanco que me habían servido en una salita que casi se integraba con la cocina del hostal. A mi lado desayunaban dos alemanes que no tenían ninguna intención de relacionarse. La contestación a mis buenos días fue silencio. Simpáticos o agradables, desde luego, no eran. A menudo me pregunto la razón por la cual muchos viajeros no se relacionan con otros viajeros o lugareños, aunque sea por mera cortesía, o por qué limitan la comunicación a gestos, a síes o noes privando a sus almas del enriquecimiento y poso que dejan las palabras, las ideas o el conocimiento de los demás: ¿Miedo? ¿timidez? ¿precaución? ¿xenofobia encubierta? No sé.

La terminal de autobuses estaba medio vacía. Saqué mi billete y subí al autobús. Apenas unos cuantos pasajeros que me miraban un poco extrañados. Antes de arrancar subió un hombre que llevaba un megáfono. Pensé que sería uno de esos predicadores que tanto abundan en la tierras de América, y que nos iba a dar una buena tabarra durante el viaje. Sin embargó, permanecería bien callado hasta que llegamos a Salamina. A medida que íbamos saliendo de la ciudad nos deteníamos a recoger más pasajeros y antes de enfilar la carretera a Neira, el pequeño autobús estaba completo. 

Los ojos capturan emociones y el alma las interpreta. El día había amanecido tan claro, con una nitidez tan inusual, que los paisajes asomaban a mis ojos perfilando, de manera inequívoca, el relieve de las montañas, los cortes de roca de las quebradas; los árboles que se diseminaban en ese irregular terreno protegiendo los prados donde pastaban algunas vacas… Tenía la impresión de que todo aquello era una invitación al cambio, al abandono de las complejidades de un mundo que cada día desborda más para retornar a la sencillez que perdimos en alguna etapa de nuestra existencia. Sin embargo, sabía que rechazaría la invitación: si algo me ha enseñado la vida es que pasamos con suma celeridad del deseo a la duda y de ésta a la asunción de nuestra realidad: podría ser como uno de aquellos colonos antioqueños que con sus mulas abrieron nuevos caminos buscando asentamiento y futuro, ligando su destino a un lugar, pero el alma del viajero, a diferencia de la del colono, es infiel, errante: no busca seguridades ni construir ni permanecer; sólo fluir y experimentar.

Después de Neira, donde bajó gran parte del pasaje, hicimos una parada en Aranzazu. El pueblo era pura vida y a punto estuve de quedarme allí  a pasar el día pero las empinadas cuestas me dieron tanta pereza que opté por seguir. 

Aranzazu

Aranzazu
A media mañana llegamos a Salamina. La buseta se detuvo en un costado del mercado. Descendimos en medio de una aglomeración de gente y carros que circulaban lentamente por una vía colapsada. El hombre del megáfono se fue haciendo hueco hasta llegar a una de las esquinas del mercado y comenzó a hablar. El ruido de los motores, el anuncio de las próximas salidas de taxis y buses hechos a viva voz, el continuo murmullo del enjambre que transitaba por la calle y las esporádicas músicas, dificultaban la escucha de unas palabras que habían sido transformadas en metálica y estridente voz que suplicaba con exquisita educación y cortesía un poco de atención. Pasados un par minutos consiguió crear un corro. Había ido hasta Salamina a invitar a todos los caficultores de la zona a que se unieran a una movilización que tendría lugar el trece de agosto en Manizales para pedir al gobierno que tomase urgentemente medidas con el fin de detener la grave crisis que estaba afectando al sector cafetero. Se presentó como miembro del Movimiento por la Defensa y la Dignidad Cafetera. Por lo que comentaba, el precio del grano estaba en unos niveles tan bajos y los costes de producción eran tan altos que miles de familias que se dedican a su cultivo estarían al borde de la ruina y otra gran parte de ellos no podrían hacer frente a los créditos. Insistía en que no debía aumentar la Contribución Cafetera - aportación económica que realizan los productores al Fondo Nacional del Café - porque ello llevaría a la quiebra al sector. Aseguraba que la caficultura necesitaba plata y que la Federación Nacional de Cafeteros, entidad que engloba a todos los productores, apoyaba a las grandes multinacionales y a los comercializadores y no hacia mucho por las más de quinientas mil familias que tenían unas pocas áreas de cultivo: los abonos habían subido, la sequía de años anteriores había mermado la producción y el peso se había revalorizado lo que provocaba una escasa rentabilidad… De vez en cuando era interrumpido por algunos aplausos. También había momentos en los que parecía que en lugar de dirigirse al conjunto de la audiencia lo hacía a algún corrillo, como si solicitase su aprobación.

Desde hace varios siglos, desde que se pusieron en marcha “las bolsas”, quizás desde siempre, la agricultura ha sido un trabajo ingrato en el que los beneficios retornan de forma mísera y desigual para el agricultor y extrema generosidad para aquellos que cultivan la especulación lo que demuestra que el vasallaje disfrazado de libre mercado sigue funcionando en pleno siglo XXI. Los caficultores colombianos no eran la excepción.

Salamina había sido uno de los dos “caprichos” del viaje. Aún formando parte de la red de pueblos patrimonio de Colombia, apenas es visitado por los extranjeros y la “contaminación turística” no parece haber modificado en absoluto la vida del pueblo, lo que hace sentirte como un forastero que despierta la curiosidad respetuosa y honesta de unos habitantes que se alegran de tu presencia y que procuran en todo momento hacer que tu estancia sea lo más agradable posible como pude comprobar cuando pregunté por la dirección del hostal, al llegar al mismo y en cada uno de momentos que pasé con sus vecinos.  Apenas llevaba treinta minutos y Salamina me estaba gustando mucho.


Salamina

Salamina

Tras un rápido vistazo a la plaza del pueblo, (ya habría tiempo para perderme) empecé la visita por la zona del mercado. Tenía dos poderosas razones para ello. La primera de ellas era que siendo sábado, después del mediodía el ritmo del mercado bajaría de intensidad y mucha de la actividad moriría despojándome del placer de observar las lonjas de alimentos, la habilidad de los vendedores y el ajetreo vital que todo mercado local alberga: la otra era una razón práctica: tan importante es llegar a los sitios como salir de ellos; al lado del mercado podía informarme de horarios, precios y posibilidades y llegado el caso dejarlo todo más o menos planificado.

Había más actividad en los aledaños del mercado que en su interior, quizás porque el pueblo colombiano es madrugador y a esas horas gran parte de las mercancías frescas estaban vendidas. Aún así pasé un buen rato charlando con los carniceros y clientes que se acercaban a escuchar o a estrechar mis manos. En el exterior se veían willys que buscaban pasajeros, hombres montados a caballo, mulas atadas a un poste, paisas con sombreros de ala charlando, haciendo tratos o bebiendo botellas de cervezas en pequeños cubículos de madera.

Salamina

Salamina
En ese ambiente despreocupado, pleno de una naturalidad abrumadora que parecía haber salido de una película del Viejo Oeste pregunté por una barbería donde afeitar una barba dura de varios días. Me indicaron que cerca del mercado había un hombre que “mutilaba” barba, (expresión que me gustó por el sabor añejo que tenía), y al que no encontré a pesar de que buscarlo por muchos rincones. Definitivamente Salamina me estaba gustando

Diario de viaje Soulombia: Continuará

12 comentarios:

Myriam dijo...

Que injusto es que los agricultores ganen tan poco y los especuladores tanto...

Da gusto encontarrase esos rinconcitos del mundo no contaminados por el turismo y los grandes centros comerciales ¿verdad?

Besos

¡Qué gracioso el nombre de Salamina!

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
Tengo que decirte que es un auténtico placer leer tus historias, tus viajes, tus reflexiones.
Sí señor, un auténtico placer.
Un abrazo.

Elsa dijo...

Me está encantando el viaje.

Es tan auténtico y alejado de aglomeraciones turísticas! Así es como se conoce un país y su cultura de verdad. Qué pena que muchas veces nos quedemos en el itinerario pre-trazado, en las visitas típicas...rodeados de mucha gente viendo todos lo mismo.

Un abrazo.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Myriam - Asi es Myriam, desgraciadamente pasa en todos lados, en este sentido no se ha mejorado mucho. El nombre de salamina lo pusieron en homenaje a la ciudad italiana. besos

@Javier Rodríguez - Me alegro que te gusten Javier , Muchas gracias. Un abrazo.

@Elsa - Lo ideal es combinar todo, pero de esta manera se disfruta mucho más intensamente. Un abrazo

Katy dijo...

"Los ojos capturan emociones y el alma las interpreta."
Es así, y después las pasa inevitablemente por la experiencia. Y si no eres objetivo ya sabes lo que te espera.
No conozco Salamina pero si te puedo decir que el chocolate allí es bastante aguado. Se parece más a un colacao:-)
El café es otra cosa, pero siempre a vueltas con el precio del mercado.
Dichoso "Money"
Bss

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: ya sabes que siempre me han entusiasmado tus historias sobre viajes. Al parecer allí en Colombia, como en el resto de los lugares del mundo, la agricultura también tiene sus problemas, y parece que muy serios. Con todo me quedo con tus pensamientos sobre el abandono de las complejidades del día a día en nuestro mundo actual, para quedarte con la sencillez que un día perdimos. Me ha encantado. Un abrazo

Jose Luis Montero dijo...

Aranzazu! Salamina!
Qué nombres!
Me encantan, tienen ese regusto...
No te preocupes de los alemanes y otras especies, son mecanoturistas, ya sabes, están programados para no ver, sentir ni padecer, simplemente comprueban que lo que vieron en una guía está en su sitio ok y punto. No viven, comprueban.
Cuidate

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy En realidad nuestra objetividad no es más que subjetividad. Y lo del chocolate es como dices, más ligero que un cola cao normal. Besos

@Rafa Bartolomé - Lo de la agricultura siempre ha sido asi: Muchos curran y pocos se lo llevan. Cosas de la humanidad. Un abrazo¡¡¡

@JLMON - Más de uno alucinaria con esto de los nombres y más sabiendo el por qué de los mismos. Muchos mitos se caerían. En cuanto a lo de alemanes me ha encantado la definición. Un abrazo



mybuscador dijo...

hola, quiero decirte que me gusto mucho tu blog,porque tienes un estilo único. ya tienes un nuevo seguidor.
___________________________________
Fotomontajes Gratis

Asun dijo...

Me resulta curioso que una población de allí tenga el nombre en euskera: Aranzazu. Seguramente tendrá algo que ver con alguien que desde estas tierras recaló por allí.

Viendo esas fotos de Salamina se entiende perfectamente que te gustara.

Besos

Merche Pallarés dijo...

Yo, como ASUN, también me ha llamado la atención lo de Aránzazu. Salamina me ha recordado el libro de Javier Cercas "El soldado de Salamina" (aunque no tiene nada que ver, simplemente me ha recordado...) y lo que dices del precio del café es una injusticia y una aberración que exista el mercado de "commodities" que juegan con el precio de los productos alimenticios más básicos. ¡Indecente! Besotes, M.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Asun - Mucha gente se quedaría sorprendida de la cantidad de vascos que participaron en la conquista y colonizacion de América. El sitio merece mucho la pena. Besos

@Merche Pallarés - Siempre se ha jugado y se seguirá haciendo. No le veo yo solución a esto. besos.

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