lunes, 24 de septiembre de 2012

Miradas de Caldas I

Manizales - Caldas 

Gracias al retraso en la salida del autobús a Manizales, Pereira no fue más que una brevísima escala técnica. Minutos después de llegar a la terminal me encontraba en un cuidado y nuevo autobús, sentado al lado del conductor lo que me permitía ampliar considerablemente mi campo de visión y por consiguiente la capacidad de disfrute. Este hecho de “llegar y besar el santo”, me sugería, de alguna manera, que, a menudo, es más provechoso fluir que planificar y que el tiempo, lejos de responder a una sucesión de unidades cronometradas, en realidad lo hace a los momentos o las oportunidades: en teoría dispondría de una hora más y una de espera menos. En la práctica me daba exactamente lo mismo porque hacer camino es tan gratificante como llegar al destino y una espera en una estación puede llegar a ser muy entretenida.

Al salir de Pereira el cielo se entristeció. El esplendido sol, que hasta ese momento había acompañado el día, quedó oculto por un lienzo ceniciento que presagiaba una de esas jornadas de tránsito en las que no esperas nada notable y son más de pasar página que de vivirlas, pero tan necesarias, que sin ellas, el viaje no tendría razón de ser.

Las excursiones al Nevado del Ruiz, uno de los motivos principales por el cual los turistas visitan Manizales, habían sido canceladas por los vomitones de ceniza que había expulsado el volcán unos meses atrás y que había puesto en alerta a la región.  Atractivos como la visita del parque de los Yarumos o el Recinto del pensamiento me habían dado pereza y acercarme hasta la zona de Chipre para tener unas buenas panorámica hubiese sido inútil debido a una nubosidad que ponía telón a los paisajes. El plan era sencillo: acomodarme, comer, darme una vuelta por Manizales y descansar.

El trayecto en el taxi que me llevaba hasta el hostal me dio una idea de lo que podría encontrarme en Manizales: una ciudad fatigosa de pasear por la gran cantidad de cuestas que subían o bajaban a nuestro paso en una suerte de laberinto urbanístico; una ciudad en la que se vislumbraban y se hacían patentes las diferencias económicas y sociales que vi, más que en los ambientes rurales, en las ciudades medias y grandes de Colombia. Por mi retina pasaban míseros barrios de feas y pequeñas casuchas humilladas por la cercanía de nuevos edificios de pisos con vigilancia 24 horas, pequeños colmados desafiando a los grandes centros comerciales, flamantes carros seguidos de los viejos “cuatro latas”; ricos vestidos de domingo y pobres vestidos de andar por casa.  Pasaban muchas cosas por mi retina y otras tantas por mi cabeza.

Una de ellas tenía que ver con la distorsión viajera. Se tiende a pensar que el viaje, por ese componente de idealización que lo envuelve, nos muestra siempre su mejor cara, cuando en realidad, no es el viaje sino nuestra mirada más íntima la que se encarga de retener o ignorar aquello que vamos viendo, de ensalzar o deslustrar, de aceptar o negar la realidad: de intentar comprender o empecinarse en no comprender nada.

Cuando fui a registrarme en el hostal me dijeron que lo sentían, pero que estaban completos. La persona que me había hecho la reserva telefónicamente se había equivocado y no disponían de ninguna habitación. Podía haberme enfadado, intentar que cambiasen de opinión y dejar a otra persona sin habitación o buscar una solución a algo, que lejos de ser un contratiempo, en el fondo no dejaba de ser una anécdota más del viaje.

Ésta llegó minutos después. Las chicas de recepción me invitaron a sentarme en un sofá y me sirvieron un café; también a que participase en una fiesta que habían organizado con motivo de la fiesta de la independencia en la que habría juegos tradicionales colombianos como el tejo, la rana, cerveza a raudales y sancocho, (la sabrosa y espesa sopa colombiana que más parece un guisote) hecho al fuego de leña y muchas otras sorpresas. De un inconveniente surgía una propuesta para pasar la tarde. Si me aburría y el día salía soso no sería por falta de planes.

Llamaron a otro hostal que se encontraba enfrente, a unos cincuenta metros y reservaron la última habitación que quedaba libre. Me acerqué a verlo antes de aceptar definitivamente. No era el habitáculo soñado. Se trataba de un cuarto interior en el que la poca luz que entraba lo hacía por una cubierta de cristal traslucida, pero no estaba mal. Además, quería aprovechar el día y no tenía intención de permanecer en la habitación más que el tiempo imprescindible.

Diario de viaje Soulombia: Continuará 

12 comentarios:

JLMON dijo...

Fernando
tú si que sabes convertir el tiempo en oportunidad antes que dejar que se agote en una planificación perdida.
Un abrazo

Myriam dijo...

Tienes mucha razón: "no es el viaje sino nuestra mirada más íntima la que se encarga de retener o ignorar aquello que vamos viendo..."

Un beso, Fernando

Katy dijo...

Buen resumen y real hasta dónde yo conozco y mis vivencia recuerda. Que bueno poder degustar el sancocho. En el cole lo comíamos todos los domingos.
Y que verdad es que antes de la experiencia es nuestra mirada la encargada de retener o ignorar aquello que vamos viendo. Muy buena frase.
Bss

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@JLMON - Se hace lo que se puede, aunque a veces tampoco sale bien del todo la cosa. Un abrazo.

@Myriam - Me alegra que te haya gustado. ten un feliz viaje

@Katy - la verdad es que, desde mi punto de vista, es uno de los platos más ricos y contundentes de la gastronomía colombiana. Me alegra que te hay gustado el párrafo. Besos

M. Teresa dijo...

Tengo como norma no enfadarme cuando estoy de viaje (al menos lo intento)porqué creo que no sirve para nada hacerlo. Cualquier contratiempo se convierte en una anécdota y en tu caso tuviste la oportunidad de pasar un buen rato con aquella gente del hostal.

Siempre con actitud positiva!

Un abrazo

Elsa dijo...

Yo también intento no enfadarme con los contratiempos! Estamos de viaje, hay que disfrutarlo!
Además,parece ser que tú sí sacaste partido a ese contratiempo;))
Saludos

Elsa dijo...

Yo también intento no enfadarme con los contratiempos! Estamos de viaje, hay que disfrutarlo!
Además,parece ser que tú sí sacaste partido a ese contratiempo;))
Saludos

Yo adoro viajar. I love travelling! dijo...

Quien no ha tenido contratiempos viajando es porque ha viajado muy, muy poco. A todos nos pasa alguna vez y hay que tomárselo bien. No queda otro remedio. Además casi siempre da una nueva oportunidad, como te ha sucedido a tí.
Sigue compartiendo...
Gracias. Saludos,

Trini
www.yoadoroviajar.blogspot.com

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Maria Teresa, Así es , cualquier contra tiempo no deja de ser una anécdota. Cabrearse es un asunto la mayor de las veces inútil, sino que además es delicado dependiendo de la cultura visitada. Un abrazo.

@Elsa - Como le decía a María Teresa es lo mejor que podemos hacer y, al final le sacas partido si quieres. Un saludo.

@Yo adoro viajar Gracias por pasarte. Los contratiempos son una cuestión de estadísticas o suerte y así hay que tomarlos. Forma parte de la esencia del viaje. Un saludo

Merche Pallarés dijo...

¿Qué tal te lo pasaste en la fiesta? No hay mal que por bien no venga... Sigo disfrutando con tus relatos. Besotes, M.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

He de reconocer que te envidio. Esto sí es un viaje hacia fuera y hacia dentro.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Merche Pallarés_ Al final cambié de planes una vez más. feliz semana

@Pedro Ojeda Así es , un viaje hacia fiera y hacia dentro. Buena semana

Soul Business

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