lunes, 10 de septiembre de 2012

En el corazón del Quindío III


Wyllis en Salento
El reposo y la ilusión habían obrado el milagro. Si bien me había levantado con molestias y la hinchazón del pie no había desaparecido del todo, mi ánimo se encontraba en plena forma, deseoso de experimentar una vez más la agradable sensación de ser yo y dejar mis circunstancias para otra ocasión, como cuando de niño creaba un mundo íntimo, inocente y a la medida en el que sólo la imaginación y las cosas buenas y bellas de la vida tenían cabida.

Me encantaba la hora del desayuno no por su abundancia de fruta fresca, tostadas y buen café – suelo desayunar frugalmente – sino por el buen rato de conversación que tenía con Luis y Enrique, que más que hosteleros parecían viejos conocidos a los que se les podía hacer confidencias.

Durante el desayuno Enrique me estuvo orientando sobre el valle del Cocora y la ruta que debía seguir para no perderme, utilizando para ello el plano que habían dibujado en el hostal para los huéspedes. Me señalaba los puntos de interés, la distancia y la dificultad de cada tramo. De vez en cuando intervenía Luis aportando alguna sugerencia, asintiendo a las palabras de Enrique o matizándolas.

Insistió mucho en que tomase la dirección adecuada, pues aunque la ruta era circular,  las posibilidades de extraviarse en una de las bifurcaciones que aparecían en el camino eran altas. Podía acabar en la espesura de los bosques de niebla dando vueltas sin sentido, podía acabar a hacer puñetas lejos de la civilización o lo que era peor; meterme en una de las fincas donde había ganado bravo y acabar corriendo delante de las vacas y los toros, montándome mi propio encierro como si fuese un mozo de San Fermín: no era para tomarlo a broma, más de un turista se había llevado un buen susto y alguno que otro una cornada.

Dudaba si acercarme a la reserva de Acaime lo que supondría un mayor número de kilómetros o hacer la versión corta de la ruta. Sabiendo como me encontraba, me sugirieron que quizá fuese excesiva la caminata, sin llegar a aconsejarme que no la hiciera. No es que no se “mojasen”: creo más bien que el profundo respeto que sentían por “sus viajeros” les impedía condicionar sus elecciones.

En la plaza aguardaban los “Willys”, unos coloridos y vetustos jeeps que se utilizan para el transporte público por la zona. Conseguí acomodarme en el primero que salía, apretujado entre lugareños y bultos. Una vez estuvo a rebosar, partimos. Durante el trayecto el jeep se detuvo para recoger algún pasajero más que se dirigía al valle. Al no haber más espacio en el interior, se iban situando en la parte posterior y viajaban de pie agarrándose a la barra superior que servía para cerrar la capota. El anciano que tenía enfrente me comentó que él había llegado a ver más de veinte personas en un mismo willys.

A pesar de la incomodidad, la gente charlaba animadamente de las cosas del valle, de los últimos sucesos y de los chismes sobre tal o cual persona, con la normalidad y aceptación de quien vive el día a día, sin preocuparse en exceso del mañana y, desde luego, sin esa saturación de información a la que en otros lugares estamos sometidos y que acaba por atenazar los sueños.

Al llegar al valle, para variar, me despisté y tomé la otra ruta. Una vez anduve unos cientos de metros, me di cuenta de la confusión, pero no estaba dispuesto a dar marcha atrás: el alma te dicta cuando avanzar y cuando recular, cuando dejar las cosas atrás y cuando se hace necesario volver sobre el camino andado, o cuando hacer revisión: para casi todo, no existe una única vía, ni una única respuesta. Y eso, en los viajes, es lo habitual.

Sabía que iba contra corriente: el resto de turistas y viajeros caminarían con paso firme y sin dudas, como manadas que se dirigen a un objetivo; con la seguridad que da la protección del grupo y con la certeza de encontrar todo aquello que prometen las guías o la sensación de haber aprovechado el tiempo, pero también sabía que, precisamente, esa pérdida de referencias, ese abandono voluntario a mi suerte, era lo que buscaba.

Me crucé con una comitiva de vacas que cerraba un hombre y un perro. Le pregunté cómo podía llegar hasta la Finca la Montaña, punto intermedio del recorrido previsto.

- Pase la casa que verá más adelante y siga a la derecha. Luego suba un buen tramo, unos cuarenta y cinco minutos y la encontrará.

Sin embargo, no había mencionado nada sobre abrir la puerta de una cerca y adentrarme en la finca,  lo que me hizo continuar hasta el interior del bosque de niebla. En un punto, había que cruzar un arroyo que bajaba bravío, seguramente poco profundo y fácil de atravesar con botas de agua como las que calzaban los habitantes del valle, pero viendo que el sendero al otro lado se diluía en la vegetación opté por regresar y atravesar la puerta de la finca haciendo bueno el dicho de que es mejor perdón que pedir permiso.

Había tenido la oportunidad de ver las primeras palmas de cera, pero sólo cuando comencé a ascender fui capaz de vislumbrar la majestuosidad de un valle en el que cientos de palmas se erguían diseminadas, altivas y triunfadoras de la eterna lucha del hombre contra la naturaleza.

La palma de cera es el árbol nacional de Colombia. Es la única palmera que crece en la alta montaña. Puede superar los cincuenta metros de altura. Cada uno de los anillos marcados en su tronco representan un año de crecimiento y pueden llegar a vivir más de cien años. 

Hubo una época en la que estuvieron a punto de desaparecer y aún están en peligro de extinción a pesar de las leyes que la protegen. La tala indiscriminada para obtener su codiciada madera, las heridas causadas al raspar el tronco para la obtención de la cera que durante siglos alumbró el corazón del Quindío o la Fe de los hombres y la utilización de las hojas para la fabricación de ramos de Semana Santa casi la hacen desaparecer. Y con ella hubiesen desaparecido otras especies como es el caso del Loro Orejiamarillo cuya supervivencia depende de los frutos de la palma y anida en su tronco.

Me emocionaba verlas asomar al levantar la niebla. El día parecía subir un telón en el que ellas eran las protagonistas absolutas de una de esas obras maestras con las que nos obsequia la naturaleza.

Palma de Cera en Valle del Cocora

Valle del Cocora

Valle del Cocora 

Valle del Cocora 

Valle del Cocora 

Valle del Cocora 
 
Continué la ascensión. Sabía que iba por buen camino. En la tierra había pisadas de calzado a contrapié. Deduje, por las huellas, que pertenecían a un grupo de visitantes por ser éstas de diferentes tamaños y tratarse de calzado deportivo o de senderismo y no el de los ganaderos ni el de los guías de montaña, que todos, sin excepción, calzaban botas de goma.

Traspasé otra cerca y continué caminando. Desde las alturas se podía observar la otra cara del valle, el río Quindío y la piscifactoría de truchas. Escuché el ruido de un motor. Giré la cabeza.  Una camioneta se acercaba lentamente. Cuando apareció a mi vista levanté el brazo y se detuvo a mi altura. Conducía un hombre mayor. Le consulté si quedaba lejos la Finca la Montaña.  Negó con la cabeza y me invitó a subir.

- ¿Español, sí, no? – preguntó. Asentí. Tengo un hijo en Alicante, lleva años allí. ¿Está usted de paseo?

Le conté que había llegado dos días antes y lo impresionado que estaba con los paisajes y lo que estaba viendo.

- ¿Bonito, verdad? la naturaleza es muy rica. Aquí hay mucho pino, y más allá cerca del Parque de los Nevados es muy hermoso. A mi me gustan mucho las orquídeas. Si quiere le mando unas fotos.

- ¿Vive usted aquí? – indagué.

- Vivo en Armenia, pero vengo todos los días. Hoy voy con prisa y debo regresar pronto. Si tuviera tiempo le enseñaría algunos lugares del bosque.

- ¿A quien pertenecen los terrenos? – pregunté. Son del gobierno que se encarga de protegerlos. Mire allí. Esa montaña es el cerro Morrogacho, por allí se accede al Parque Nacional de los Nevados. Hay un cementerio indio, es un lugar sagrado, pero hace mucho frío.

Detuvo el carro. Un formidable arco iris que quedaba bajo nuestros ojos se había formado en la mitad del valle. Los dos tomamos nuestras cámaras y estuvimos haciendo algunas fotos en silencio, sabedores de que esos instantes, aunque compartidos, pertenecen a la retina de cada uno.  

Valle del Cocora
Al llegar a la finca, me presentó al guardabosques y a la familia que la guardaba. Tomamos un tinto, que así es llamado el café solo. Nos despedimos con un apretón de manos, y comencé el descenso hasta el río por un bosque muy cerrado y húmedo en el que se encontraban pinos, arbustos leñosos, helechos, musgo, setas parecidas a las amanitas, pequeñas mariposas que revoloteaban entre la vegetación...Había árboles cuyos troncos parecían chirriar como si todo el bosque fuese un cúmulo de puertas mal engrasadas. En un repecho, a escasos metros una pava andina se paseaba despreocupada. Al verme echó a volar.

Me hubiese gustado tener los conocimientos del naturalista alemán Alexander de Humboldt, que gracias a la ayuda de la corona española en la época de Carlos IV, que facilitó sus movimientos por las colonias, realizó varios y estudios y expediciones que permitieron conocer miles de especies que eran desconocidas o no estaban catalogadas. Muchas de ellas en el Quindío. Me hubiese gustado, pero carezco de la pasión y amor desmedido que lleva a los hombres a entregarse a una sola causa  y conseguir algo excepcional.

Una vez hube llegado al río, decidí tomarme un descanso. Otra vez tenía las piernas bastante cargadas. Me descalcé e introduje los pies en el agua, primero los dos juntos, luego alternando derecho e izquierdo en series de dos o tres minutos. Poco a poco iba notando un gran alivio y aún estuve un buen rato haciendo mi particular tratamiento  observando el alegre y ruidoso curso del río.

Valle del Cocora 
Regresé bordeando el arroyo. A medida que me acercaba al punto de partida iba encontrándome varios grupos de gente que avanzaban en dirección contraria a la mía. Unos y otros cruzábamos puentes, (algunos en muy mal estado que demandaban equilibrio y serenidad); sorteábamos las piedras y vegetación de un firme desnivelado. El ambiente era festivo. Muchos iban a caballo, acompañados de un guía, los más a pie y también se veían familias con niños pequeños que yo dudaba si aguantarían la marcha.

Valle del Cocora

Valle del Cocora 
El último tramo era un camino bien señalizado pero lleno de socavones, muy molesto de andar que había que transitar con cuidado pues una mala pisada llevaba a una torcedura segura. A pesar del cansancio, aceleré el paso cuanto pude, para intentar volver a Salento en los willys que salían a la una de la tarde, pues los siguientes no lo harán hasta las tres y deseaba aprovechar parte de la tarde para continuar con la visita del pueblo. Llegué un minuto antes de que partiesen y en apenas veinte minutos me encontraba en la plaza de Salento.


Continuará: Diario de viaje: Soulombia  


16 comentarios:

FAH dijo...

Magnífico Fernando. Sensacional. Enhorabuena. Lo del arco iris, una maravilla, y las fotos de las palmeras impresionan. Abrazos.

Elsa dijo...

Me encantan las fotos de las palmas ¡impresionantes!. Y la del arcoiris!! mágica!
Te sigo;)) Buen día!

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@FAH - Muchas gracias Francisco, me alegro que te esté gustando el diario. La verdad es que es un lugar muy recomendable. Un fuerte abrazo.

@Elsa - Como le decía a Francisco me alegro de que os gusten, Gracias por acompañarme.Ten un buen día

JLMON dijo...

Estupendas las imagenes Fernando.
casi me he fijado más en ellas que en relato...qué envidia (sana) canalla!
Un abrazo

Katy dijo...

Me alegro que tu pies estuviera dispuesto de nuevo para la marcha. Bellísimas fotos. Hay muchas variedades de esta palmera, También en los andes de Venezuela hay alguna especie. Pero las del Quindío Menos mal que están protegidas.
Estupendo diario de abordo:-)Porque servirse de ambos pies en este caso lo es.
Bss

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@JLMON - Normal, José Luis, ya sabes aquello de que vale más una imagen que mil palabras. Un abrazo.

@KAty - Cierto Katy, hay variedades en Venezuela y en la zona de Santander. Lo único que en esta zona como apuntas, en teoria se las protege más. Bss

M. Teresa dijo...

¡Qué preciosidad! Me alegro de que pudieras recuperarte para disfrutar de este magnífico lugar.
Lo de perderse por ahí también es nuestra especialidad pero muchas veces ir a contracorriente es una gran ventaja!!!

Un abrazo

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Maria Teresa - El sitio, a ti que te gusta la naturaleza , te encantaría. Me alegra saber que compartimos "torpeza" y que precisamente gracias a ello podamos ver las cosas de otra manera. Un abrazo

Myriam dijo...

He disfrutado muchísimo este paseo por el valle de Cocora, sobretodo porque lo hice con la mente, con los ojos, de tu mano y pusiste el esfuerzo físico. Sinceramente a mi me hubiera aterrado perderme en el valle y que luego ni Montoto supiera donde estaba.

EL arcoiris ¡FENOMENAL! ¡Qué regalo del cielo a tu esfuerzo!

Me identifico con esto que dices de que careces de la pasión y amor desmedido que lleva a los hombres a entregarse a una sola causa y conseguir algo excepcional. ES que me gustan o apasionan tantas cosas, que no puedo encerrarme en una cuadrícula.

Besos y te veo en Salento, pero nada de tinto: al menos un aguardiente.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

Gracias Myriam:

Que gracioso lo de Montoto ¿de donde es esa expresión? . Gracias por la compañia. Por otro lado, son muy pocos los que apasionan con algo de verdad o lo mismo lo que ocurre es que somos muy dispersos.

Besos

Myriam dijo...

jajajaja mía personal.... es que soy de perderme más que tú y me tuve que crear una expresión personal.

(Mi ex-marido, que era ingeniero, hasta que me enseñó a usar mapas y brújula, me decía que lo llamara cuando, saliendo en mi coche a la ruta, me cayera del mapa).

La ventaja es que con esas perdidas, descubrí lugares sensacionales a los que nuca hubiera llegado sino, claro que todo dentro de lo urbanizado. (Iba a decir civilizado, pero que va, si eso es lo que menos somos)

Besos, Fernando.

cristal00k dijo...

Vaya fotones!, compañero... y que maravilla de paisaje. Totalmente de acuerdo con Myriam, en que perderse, a veces, es la mejor forma de llegar a parajes de belleza singular. Un privilegio de viajeros avezados y empedernidos como vosotros.
Y ese arco iris un regalo de los dioses, sin duda!

Abrazote!

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@cristal00k - Muchas gracias, pero creo que no reflejan toda la belleza del lugar. lo de perderse es habitual en mi y muchas veces no lo hago a propósito, pero pase lo que pase siempre se disfruta.
Un abrazo

cristal00k dijo...

Pues bienvenido al club de los "perdidos" :)

Merche Pallarés dijo...

He llegado un poco tarde pero veo que ya has publicado varios relatos viajeros. Los leeré con calma y fruición. Precioso ese bosque, ese arco iris y esas palmeras que no vi cuando estuve en el hostal cafetero, de cuyo nombre no me acuerdo, pero que está en la zona de Pereyra. Besotes, M.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@merche pallarés - No queda muy lejos de pereira, pero la verdad es que toda la zona es preciosa.

Un abrazo

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