jueves, 6 de septiembre de 2012

En el corazón del Quindío II


Caminos del Quindío
No existe mayor satisfacción que estar conciliado con el mundo y con uno mismo. Y eso ocurre cuando uno reconoce sus defectos e imperfecciones aceptando de buen grado que, en el fondo, uno es el resultado de múltiples erosiones emocionales. Eso es lo que pensaba a medida que abandonaba el pueblo y mis ojos se regodeaban en una naturaleza, que no por tuneada por los siglos y maltratada por el capricho de los hombres dejaba de ser magnifica.

Una acuarela de tonalidades verdes, salpicada de algún que otro marrón, moteada de casi imperceptibles rojos o amarillos, acompañada de fondos azules y blancos, avivaba cada uno de mis sentidos. Por momentos, me reencontraba con el olor de la hierba que habita en la umbría, con el aroma dulzón que emanan las flores deseosas de ser libadas; con la mierda fresca dejada por un caballo, una vaca o una mula; pero también con olores nuevos, 
irreconocibles, fugaces, o que quedaron en el olvido.

El sonido de mis pisadas crujiendo la arena, el plof plof de una pequeña mochila golpeando mi espalda, el zumbido de los insectos, la lejana tabarra de un motor, el susurrar de las hojas… eran escuchados por mí con la misma intensidad, atención y nitidez de un animal salvaje.

Paseaba sin prisa, siguiendo un camino bien trazado que descendía por un valle en el que algunas laderas estaban tapizadas de cafetos o bananos. De vez en cuando me cruzaba con algún lugareño que me daba los buenos días o respondía a los míos. Tras pasar por un humilde colegio llamado Palestina, en el que me detuve a escuchar la algarabía infantil que salía de su interior,- quizás por recordar otros tiempos, seguramente por nostalgia de inocencia,- llegué a la Finca Cafetera el Ocaso.

Como suele ser habitual en mí, me equivoqué de camino. En lugar de dirigirme a la entrada, tome la dirección contraria adentrándome en la espesura de una quebrada donde moría el sendero. Vi un pequeño puente hecho con guadua, una especie de árbol de bambú que es muy habitual verlo cerca de los arroyos. Lo crucé pensando que me llevaría a la entrada. Sin embargo, en realidad esa vía ascendía hasta un prado cercado donde pastaban algunas vacas. Al fondo se veía la casa principal de la finca. Dude si atravesarlo – me ahorraría regresar por el complicado camino que acaba de dejar – pero por respeto, opté por desandar lo andado, reírme de mi despiste y tomar el correcto no sin antes detenerme a observar unas heliconas y otras plantas que no recordaba haber visto en mi vida: Colombia es uno de los paises con mayor diversidad de flora en el mundo y ese día yo pude dar fe de ello. 


Finca El Ocaso


Finca El Ocaso
La historia nunca acaba de poner de acuerdo a los hombres. Eso mismo ocurre con la introducción del café en Colombia. Según unos, fueron los jesuitas quienes lo trajeron de la Guayana Holandesa por el Orinoco, otros opinan que vino de Costa Rica o de Centro América hasta la región de Antioquia. Sea como fuere, lo cierto es que su propagación a gran escala y auge económico no se produjo hasta mediados del siglo XIX.  Hoy se exporta casi todo el café que se produce, principalmente a Estados Unidos, Japón y Alemania lo que dificulta, en algunos casos, no encontrar ya un buen café, sino café decente pues en muchos lugares el que se encuentra es el soluble: paradojas de los tiempos modernos, consecuencias del comercio.

Finca El Ocaso

Finca El Ocaso
Cuando llegué a la casa, me senté a esperar a que un alguien viniese a hacerme el tour por la finca. Un empleado, departía con unos franceses mientras estos tomaban el café de la finca que da fin a la visita. El único empleado disponible era un niño que no tendría más de catorce años.

Comenzamos por una zona de pequeñas macetas alineadas que contenían esquejes de la planta a los que llamaba chapola.

- Luego, cuatro o cinco meses después se plantan en la tierra y el árbol empieza a crecer - explicó. Antes de continuar, señaló una zona cercana y me estuvo contando como preparan el abono mezclando plantas y hojas podridas, con excrementos de las vacas y cerdos que había en la finca.

Me entregó un pequeño cestito para que recogiese mis propios granos de un café que aún estaba verde y continuo con su charla, hablando de granos rojos y amarillos de granos maduros listos para la recogida. Yo me sentía ridículo con el cestito, pues para la recogida del café utilizan cestos más grandes y no ese juguetito que llevaba entre mis manos.

Me llevó hasta la despulpadora donde se les quita la cáscara, a la sala de lavado y fermentación y, finalmente al lugar de secado. Todo ello, en apenas media hora. Le hice varias preguntas que no obtuvieron respuesta. Acabó reconociendo, con ojos que solicitan perdón, que era el primer día que enseñaba la finca, la primera vez que lo hacía solo.

No me molestó en absoluto. Yo había visto todo el proceso y palabra más, palabra menos, ya me hacía una idea de cómo era. Además, creo que a la gente hay que darles una oportunidad y es necesario ser benévolos con aquellos que empiezan. La soltura, las tablas o el conocimiento son el resultado de la experiencia y ésta, sólo se adquiere, después de muchas derrotas, miedos y sinsabores: después de salvar muchas inseguridades. 

No recuerdo su nombre, pero sé que será un buen guía, siempre y cuando no pierda la ilusión o se convierta en uno de esos papagayos que en los lugares turísticos recitan una y otra vez la misma historia.


Finca El Ocaso

Finca El Ocaso
Salí de la finca en dirección Boquía por un sendero resbaladizo por la humedad que exigió, hasta la llegada al río, máxima prudencia y un sobre esfuerzo muscular a mis piernas. A lo largo de la orilla del río se veían diferentes campings y albergues. Parecían vacíos. En uno de ellos, en un jardín, un niño jugaba al Tejo, un popular juego colombiano que consiste básicamente en lanzar e introducir una pieza de metal en un pequeño espacio y hacer explotar las pequeñas cargas que allí están colocadas.

Al llegar a Boquía tomé una buseta que me dejó en la plaza de Salento. Se acercaba la hora de comer y decidí dejar para más tarde la visita del pueblo. Anduve por la calle real hasta uno de los restaurantes que me habían sugerido. Elegí una mesa sombreada con vistas al valle dispuesto a relajarme. Pedí una cerveza y una trucha con su patacón, tal y como me había recomendado Luis. Me gustó más el patacón que la trucha, pero nada excepcional.

La verdad es que una de las cosas que no me sedujo de Colombia fue su gastronomía: la carne, el pescado: todo lo hacen demasiado.

Unos minutos después de haber tomado el último bocado empecé a encontrarme mal. Una especie de hormigueo y un sudor frío invadieron mi cuerpo. Notaba como un progresivo mareo me nublaba la vista difuminando el valle en un cuadro de Monet; notaba como las conversaciones de las mesas cercanas se iban ahogando hasta parecer susurros. Sabía que las consecuencias de estos síntomas podrían ser un desmayo, como el qué sufrí en el Atlas marroquí o una caída al suelo con taquicardia incluida como me sucedió en Veracruz tras una intoxicación por comer cangrejo. También sabía que no debía perder la calma, que era necesario controlar la respiración; y que me diese más aire, para lo cual recogí la carta del restaurante y la utilicé a modo de abanico. Una vez que pasó el susto y me encontré estabilizado pagué la cuenta dispuesto a seguir con las visitas: no pude hacerlo.

Al levantarme de la mesa noté un fuerte pinchazo en el pie derecho. Lo tenía muy hinchado, tan rígido que pensaba que si forzaba un poco más, en cualquier momento algún hueso podría crujir dejándome lisiado para el resto del viaje. Cada vez que lo apoyaba el dolor era insoportable. No había calculado bien. Mi avidez por saborear la tierra no había tenido en cuenta ó mejor dicho, había obviado a propósito, que muchas horas de vuelo hinchan los pies, que una larga caminata sin apenas descanso, en la que algunos tramos exige un esfuerzo extra a los músculos, cansa. Tampoco, que la mayor altitud a la que me encontraba no favorecía el andar de un cuerpo desentrenado.

Tenía intención después del almuerzo de haber subido al Mirador Alto de la Cruz, para lo cual debía ascender por una empinada cuesta con más de doscientos escalones pero la prudencia y un ánimo derrotado y preocupado aconsejaron el regreso al hostal al que a duras apenas llegué andando a pasitos cortos y deteniéndome cada poco metros.

Pasé la tarde tumbado en la cama leyendo, esperando que el hinchazón y el dolor disminuyesen. Confiaba en que no fuera nada grave, pues al día siguiente me esperaba el Valle del Cocora y la ruta era bastante más exigente.

Continuará


13 comentarios:

FAH dijo...

Excelente Fernando. Me ha encantado. El parón del blog ha sentado estupendo. Las fotos geniales. Felicidades por el trabajo. Me ha gustado la anécdota del chaval, 14 años... pero un valiente por dar la cara... Me tendrás que contar los pormenores en 1.0. Fuerte abrazo.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

Gracias Francisco. La verdad es que los viajes dan mucho para pensar y reflexionar sin ruidos, se toma perspectiva y eso siempre ayuda.
Un abrazo

M. Teresa dijo...

Hola Fernando,
Respecto a lo que cuentas del joven guía, he recordado un caso similar en Costa Rica. Era también una finca privada, cerca de Rincón de la Vieja, un lugar que no se acostumbra a visitar pero los locales acuden por sus aguas termales ya que hay una importante activida volcánica. Una niña de esa edad, quizás más joven, nos hizo un recorrido espléndido por el lugar y pensamos lo mismo que tú, que seguramente se convertiría en una buena guía.
Me has dejado intrigada... te recuperaste? Pudiste hacer la excursión? A veces salen imprevistos con los que no contábamos pero forma parte también del viaje. Espero el próximo capítulo!

Un abrazo

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Pues me has dejado "en ascuas", con eso de "continuará".
¿No podrías hacer que los capítulos tengan final feliz, como las teleseries? :)
Un abrazo.

Katy dijo...

Después de haber degustado el patacón unas de las delicias, menudo susto el tuyo, Es que no se puede abarcar todo. A mi me pasa también, al final el resultado suele ser peor. Ya sabes pasitos cortos:-)
El café de Colombia es el es mejor del mundo en cuanto a sabor. Lo suelo comprar en comercio justo y todavía es bastante auténtico.
Recuperado ya te sigo en el continuará...
Bss

Myriam dijo...

¡Qué valiente, Fernando! Admiro tu capacidad para una aventura semejante, sin el descanso previo adecuado. Menos mal que no te accidentaste la pierna, no solo te hubieras perdido el viaje, nos hubieras privado de estas magníficas crónicas tuyas.

Nunca estuve en una finca cafetera, si en ingenios de azúcar y fincas bananeras y plataneras. Incluso llegué a conducir a buen puerto un tractor que transportaba una carga de estiércol, mejor dicho, de abono. Por eso, te agradezco especialmente las fotos de las maquinarias de café.

Besos y ¡¡espero ansiosa la continuación!!

Merche Pallarés dijo...

¡Lástima lo de tu percance! Espero que ya estés mejor. Estuve buscando entre mis papeles la información del hotel rural donde estuvimos que era una finca cafetera pero no los encontré (es que desde mis viajes a Colombia, me mudé de Ibiza a la península y en esa mudanza los debí de perder...). Recuerdo que también nos enseñaron todo el proceso de la recolecta y el tostado del café. Muy interesante. Besotes, M.

Elsa dijo...

Sigo tu viaje como si lo estuviera haciendo yo... La verdad es que tienes un don literario.
No tenía ni idea de que en Colombia es difícil encontrar un buen café!el comercio in-justo conlleva este tipo de paradojas...
Un saludo

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Maria Teresa – Muchas veces los guías como dices no son profesionales y de vez en cuando se agradece por la ilusión que le ponen. Cuando se empieza, siempre hay que dar una oportunidad. Al final no fue nada grave aunque algo limitó, Los imprevistos en los viajes, y tu lo sabes bien, forman parte del mismo viaje. Un abrazo

@Javier Rodríguez Albuquerque

Hombre Javier, tampoco es tan triste, solo un inconveniente ja ja. Procuraré cortar en finales felices. Un abrazo.

@Katy – Si, pero mientras tanto que nos quiten “lo bailao”, eso sí repetimos el error. En cuanto al café, totalmente de acuerdo. La variedad arábiga que es la que se planta en los mejores sitios, es espectacular. Bss

@Myriam – De valiente nada, temerario puede. Uno empieza a ser consciente de sus limitaciones físicas, pero de vez en cuando sigue pensando que es un chaval. Ja ja, habría que verte en el tractor, eso sí es valentía. Besos

@Merche Pallarés – Me alegra que estos post te sirvan para recordar tu viaje y supongo que buenos momentos. Gracias como siempre por pasarte y si lo encuentras dínoslo. Un saludo

@Elsa - La verdad es que la compañía es grata. Si es difícil porque no es barato y casi todo se exporta, pero cuando lo encuentras es excelente. Cuando estuve se estaba preparando una concentración en Manizales de todos los agricultores que viven del café. El precio nunca se decide en el lugar de origen. Cosas del comercio.Un saludo.

JLMON dijo...

Sólo quienes equivocan el camino tienen la fortuna de descubrir nuevos mundos
Buen finde Fernando

Fernando Lopez Fernandez dijo...

Esa es la verdad José Luis, equivocarse muchas veces sale a cuenta. Feliz fin de

Remei dijo...

Me gusta leer tu libro de viajes, parece que uno se encuentra a uno mismo en lugares lejanos, fuera de casa...aunque la casa es el mundo.

Seguiré leyendo.

Un abrazo.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@remei. Gracias por pasar. Como bien dices la casa es el mundo. Buena semana

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...