sábado, 25 de agosto de 2012

En el silencio de la noche

No tengo miedo a volar pero tener la sensación de que vuelas a empellones, como si cabalgases en un caballo desbocado sobre el que no tienes ningún control asusta, y más, si cabe, cuando las sacudidas son de noche, continuas, cada vez más bruscas y parecen no remitir.

Las turbulencias del vuelo Bogotá – Armenia habían mudado las sonrisas y conversaciones del pasaje en silencios de preocupación, algún llanto y manifestaciones aisladas de histeria. El miedo enmudecía las palabras de una cabina tensa y contrariada en la que ya sólo se escuchaba el rugir de los motores, el chocar de los equipajes en los compartimentos y la lucha del avión contra una atmósfera encabronada. Esa intranquilidad, esa posibilidad de que algo realmente no funcionase bien, arrojaba al pasaje a refugiarse en sus pensamientos, en el pasado más que en el futuro, en lo que pudo ser y no fue: un presente que era más de revisión y esperanzas que de sueños.

Son momentos en los que acabas enfrentándote a tu realidad, a la consciencia de tu fragilidad, certificando, una vez más, que no todo depende de uno como muchas veces nos quieren hacer creer; instantes en los que comprendes con humilde rotundidad el significado de la palabra desamparo. Te sientes contrariado al observar como una situación desagradable e imprevista, que puede llevarte a la muerte, te aferra más a la vida, y te asombras de cómo conservas las suficiente claridad para entender que los segundos, los minutos, el tiempo… son contados por nuestra mente que actúa como motor y único reloj de nuestra vida; que es ella la única que nos puede confortar ayudándonos a serenar el ánimo, a afrontar situaciones que nos incomodan o escapan a nuestro control: la que te hace confiar o te entrega a la desesperación y el sufrimiento; a la victoria o a la derrota.

Yo, en esas circunstancias, le daba vuelta a varias cosas. Una de ellas, la posibilidad de que finalmente nos estrelláramos y nos fuésemos todos al carajo. Independientemente de que la idea no me sedujera, - pues uno siempre cree aunque sea erróneamente que le quedan cosas por hacer y aportar a este mundo-, lo que realmente le molestaba a mi ánimo viajero era haber volado diez horas desde Madrid para perderme, por esas bromas del destino, todos aquellos lugares por los que tenía intención de pasear.

El alivio de una voz que anunciaba un próximo aterrizaje nos alejó de los temores y de las abstracciones en las que nos habíamos metido forzados por el rumbo de un vuelo desagradable, devolviéndonos esa seguridad, temporal y absurda que nunca se hace preguntas y olvida esos necesarios diálogos con la conciencia y el alma.  

Llegamos a Armenia cerca de la medianoche. Al descender las escalerillas del avión tuve realmente la sensación de haber llegado a Colombia, pues la escala previa en Bogotá con el tiempo justo para hacer la conexión se había convertido en una especie de gymkana en la que en menos de una hora tuve que pasar la aduana, cambiar algo de dinero, volver a sacar la tarjeta de embarque del vuelo a Armenia, -la original la había perdido en Madrid-, enterarme de donde salían las lanzaderas para mi terminal  y conseguir tomar una a tiempo. Viendo que éstas se demoraban, opté por tomar un taxi que dejaba pasajeros y llegué por los pelos a la hora marcada como tiempo límite: el vuelo salió casi con una hora de retraso. Cosas de aeropuertos.

Lloviznaba ligeramente, el frescor de la noche había acentuado el olor de la tierra, de las montañas, de una naturaleza que quedaba oculta a los ojos pero tan presente que se superponía al olor del queroseno gastado. Esa primera bocanada de aire borró de golpe el cansancio acumulado llenándome de energía para afrontar el último tramo de una singladura de más de doce horas que había sido por momentos aburrida y movidita.

Ante la ausencia de transporte público, debido a la tardía hora de llegada y las más que probables dificultades para encontrar un taxi que me llevase hasta Salento, el hostal donde me alojaría, se encargó de proporcionarme un taxista amable y de confianza.

Eladio me estaba esperando a la salida, preparado y a la orden, con esa buena predisposición que, como comprobé, tienen los colombianos cuando ofrecen sus servicios. Antes de partir, le dije que esperase unos minutos para fumar un cigarrillo y ver el ambientillo de esos reencuentros de aeropuertos pequeños que me gustan porque casi siempre son felices. En ese tiempo, el bueno de Eladio había conseguido un pasajero más: Me pidió permiso para que le llevásemos hasta Armenia. No sé lo que le cobró, ni me importa. 

Es curioso observar como se presentan, en ocasiones, las oportunidades en la vida: si yo no hubiera decidido fumar y demorar la salida unos minutos, seguramente Eladio no hubiese aumentado sus ingresos esa noche. ¿suerte? ¿azar? ¿destino? ¿fluir?

Recorrimos las calles vacías y silenciosas de Armenia hasta dejarlo en la puerta de su casa, una de las mejores zonas, según me contó después Eladio, que apenas había hablado hasta que nos despedimos de nuestro pasajero. Continuamos hablando de generalidades de Colombia y de España; de temas banales, que no sé por qué, son temas que, como si tratara de un guión son utilizados por todos los choferes del mundo para “romper el hielo”,  y que a menudo, están relacionados con las temperaturas – alucinaba cuando le decía que en Madrid en verano estábamos sobre los 34 grados y en invierno bajo cero -, el número de habitantes, las cosas de la economía y el estado civil de cliente.

Ascendimos a Salento por un carretera en buen estado con muchas curvas. El aire entraba suave por las ventanillas bajadas. La humedad, la vegetación y  el olor de la noche, me llevaron a Galicia, a otros veranos, a otros viajes.

Salento dormía. El silencio en el pueblo era casi monacal, sólo roto por el sonido del motor del coche y un lejano aullido de un perro.  Enrique, uno de los dueños del hostal abrió la puerta y me ayudó con el equipaje. Me preguntó si había cenado, si necesitaba algo y me mostró mi habitación . Nada más cruzar el umbral de la puerta, supe que había acertado en la elección del hostal: amabilidad, cuarto acogedor y una buena cama. Antes de dormir, abrí la ventana. Quería seguir respirando el silencio noche.

Inicio del diario de viaje a Colombia 2012. Volvemos en septiembre




17 comentarios:

Katy dijo...

Bienvenido después de ese azaroso y accidentado viaje, a unos de mis amores de juventud, mi querida Colombia dónde aún conservo amistadés. Estaré impaciente para conocer tus impresiones.
Bss

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Disculpa: ¿este es el blog que había cerrado por mediocridad? ¡venga ya!

Elsa dijo...

Suscribo íntegro el comentario de Javier;)))
Es un placer leerte de nuevo. BIENVENIDO!!

JLMON dijo...

¡FERNANDO!
Primero: BIenvenido, again!!!!
De verdad, qué bien tenerte otra vez en esta pensión virtual.
Ya veo que no has perdido el tiempo este verano, espero tus nuevas entregas.
Un abrazo

Fernando dijo...

¡Excelente post, Fernando! ¡Ya te echaba de menos por estos lares! Me agrada comprobar que vuelves pleno de forma. Como siempre que escribes sobre viajes, he sentido que iba contigo en ese avión y que casi conocía a Eladio de toda la vida.

El silencio de la noche resulta siempre evocador y misterioso, fuente de inspiración y magnífico para la reflexión y el encuentro con uno mismo.

¡Enhorabuena!

Disfruta del viaje

Un fuerte abrazo

Myriam dijo...

¡Bienvenido de regreso! Seguiré con expectación este diario tuyo de viaje. Me alegro infinitamente de que hayas llegado de regreso a casa sano y salvo, después de semejantes peripecias.

Te cuento igual, que los pilotos colombianos son de los mejores del mundo, si te fijas por las estadísticas de incidentes aéreos y los aviones siempre está muy bien mantenidos.

Te enlazo en mi blog y publico este miércoles 29.

Besos

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy - Gracias KAty, espero que te gusten. Besos.

@Javier Rodríguez - Pues sí, era este. Un abrazo.

@Elsa - Muchas gracias Elsa. el placer es recíproco.

@JLMON - Gracias José Luis, la verdad es que se os echaba de menos. Un abrazo

@Fernando - Gracias Fernando, eres muy amable, espero que me acompañes durante el resto del relato. Un abrazo.

@Myriam - Gracias. Si sabía lo de los pilotos colombianos y eso dentro de lo que cabe tranquilizaba un poco. besos


M. Teresa dijo...

Hola Fernando!!!
Menudo rato debiste pasar. He vivido dos vuelos algo más que moviditos y realmente ves el final muy cerca, te pasan mil cosas por la cabeza y repasas en cuestión de segundos todo lo que queda por hacer. Aún así volvemos a volar hacia el destino felicidad

Se te echaba mucho en falta!
Y me alegro de que hayas empezado con ganas explicando lo que estoy segura dará mucho de sí, porqué Colombia debe ser un país fascinante.

Un abrazo


Fernando Lopez Fernandez dijo...

Hola Maria Teresa:

Gracias por pasarte. Como dices, es una situación bastante extraña, aunque como dices seguimos volando al destino Felicidad. Por cierto, me estás haciendo descubrir China que, como sabes, me daba un poco de pereza.
Un abrazo

Santiago López dijo...

Si ya decia yo. Hay cosas que cuando se hacen bien en complicado dejarlas. Bienvenido de nuevo y un abrazo.

mj dijo...

Siguiendo el consejo de mi queridísima amiga, de muchos años, Myriam, aquí estoy leyendo tu "En el silencio de la noche". De igual modo, seguiré con todo gusto las crónicas de este viaje.
Un placer conocerte Fernando

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Santiago López. Gracias Hermano, pero sabes que siempre hay que intentar mejorar. Un abrazo.

@Mj : Bienvenida y gracias por pasarte. la verdad es que Myriam es muy generosa. Un saludo

Remei dijo...

Será un placer seguir tus caminos.
Myriam me llevó hasta tu casa.

:)

SEGUIRÉ TUS CRÓNICAS...ME GUSTA COMO NARRAS LO VIVIDO...PERFECTO!
Un abrazo.

m.p.moreno dijo...

Por Myriam he llegado hasta aquí y ya ves me he quedado. ¡Menudo vuelo!

Un abrazo :)

www.thewotme.com (The world thru my eyes) dijo...

Te has reinventado con éste estupendo artículo!, muy profundo, muy personal !! Me ha absorvido desde el primer párrafo ...

Un abrazo!

Merche Pallarés dijo...

Yo también he venido de parte de MYRIAM y me ha encantado tu relato de ese viaje azaroso a la zona cafetera--Armenia, tan bella. He estado dos veces en Colombia, la primera en Medellín y la zona cafetera y la segunda en Cartagena de Indias y las islas Barú. Volveré a leer tus peripecias viajeras tan bien escritas y descritas. Todo un placer haberte descubierto. Besotes, M.

Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Remei- Gracias por pasarte y por el comentario. Espero que te guste el resto. Un saludo.

@M.p. Moreno- Gracias por pasarte. Quedate el tiempo que quieras, eso sí, ya no hubo más vuelos movidos. Un saludo.

@Thewhotme - Me alegra que te haya gustado. Ahora, tu post sobre La Habana es genial. Un abrazo.

@Merche Pallarés - Genial Merche, siempre es bueno tener a alguien que conozca la zona y opine. Un saludo.

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