viernes, 25 de mayo de 2012

Los mismos perros con distinto collar

Que los errores se repiten es de todos conocido, que nunca aprenderemos las lecciones que nos deja el paso del tiempo, más que probable. Ayer os hablaba de  "La ciudad automática" de Julio Camba, del cual anoche ya leí unos cuantas páginas: lo bueno que tienen los artículos de Camba es que no son nada densos y bastante coloquiales, lo que facilita enormemente la concentración.

Es curioso como determinadas conductas humanas no cambian con el paso del tiempo y como volvemos a repetir una y otra vez los mismos errores. Y es más curioso aún como nos autoengañamos y justificamos colectivamente nuestra propia estupidez. Luego, como siempre, se busca a quien echar la culpa, se mira para otro lado y se proclama alta voz eso de “yo no sabía”, “yo no quería”, “a mi me dijeron” y no somos capaces de reconocer que la “viruta”, como la noche, nos confunde: Muy poco hombres saben llevar una relación sana con el dinero y se dejan arrastrar por el.

Julio Camba lo contó estupendamente en su libro y leyendo el artículo que reproduzco gracias a la editorial Alhenamedia que lo ha rulado por Internet, uno se da cuenta de que en realidad, al final, somos todos el mismo perro con distinto collar. Merece mucho la pena leerlo porque no sólo es una crónica sino también una reflexión sobre los que fuimos, somos y podemos ser.

Feliz fin de semana

La orgía bursátil

¡Magnífica orgía aquella orgía de la Bolsa neoyorquina, de donde han salido tantos hombres a vender manzanas en medio de la calle! Entonces todo el mundo jugaba. Con cien dólares en efectivo se podían manejar muchos miles en acciones, y a veces no hacía falta si quiera efectivo ninguno. El que tenía una profesión o un empleo, echaba una firma, y en paz. La Bolsa de Nueva York admitía toda suerte de boquillazos, y, al facilitar de este modo la compra de acciones, la demanda aumentaba, y, al aumentar la demanda, las acciones subían, y todos ganaban; y, como ganaban, compraban más acciones, y las acciones volvían a subir, y las gentes volvían a ganar, y el globo se iba dilatando, y, cuanto más se dilataba el globo, ascendía aún mucho más alto, y nadie pensaba en el reventón inevitable. Ésta es, en su primera parte, la historia de la última catástrofe bursátil que ha ocurrido en Nueva York. 

Segunda parte: un bell-boy del hotel, que acaba de traerme hielo, me ha dicho que tiene que apartar veinticinco dólares cada semana para cubrir su déficit en la Bolsa. Los chicos de los ascensores están en el mismo caso, y el jefe del limpiabotas paga doscientos dólares al mes. Sólo me falta por interrogar a una negra que me limpia el cuarto todos los días cantando unas canciones del Sur al ritmo del aspirador eléctrico, pero temo que, si la interrogo, se ponga triste y deje de cantar.

Todos estos pequeños menestrales —los limpiabotas, las criadas, los chicos de recados, etcétera— se sacaban por aquel entonces sus buenos cien o doscientos dólares una semana con otra, y la vida no tenía limitaciones para ellos. ¿Que el «dulce corazón» quería un abrigo de pieles? Pues allá iba el abrigo de pieles para que el dulce corazón no se enfriase. ¿Que en qué restaurant se cenaba? Pues en el que tuviese la mejor revista de todo el Broadway. ¿Que si el elevado o un taxi? Desde luego, un taxi, pero para la próxima ocasión convendría ir pensando si era preferible comprar un Buick de segunda mano o un Ford nuevecito del último modelo. Nadie reparaba en los precios de las cosas, porque todo se vendía a cualquier precio que fuese. Los comerciantes se hacían de oro, y Nueva York parecía una ciudad de las mil y una noches.

Pero no crean ustedes que Nueva York se ha achicado mucho con la catástrofe. Al contrario, Nueva York ama el peligro y adora las catástrofes, que constituyen, en último término, una de sus mejores formas de publicidad. Si las gentes no pudieran arruinarse aquí de la noche a la mañana, tampoco podrían enriquecerse de la mañana a la noche. La segunda posibilidad lleva implícita la primera, y a la hora actual Nueva York sigue lanzando nuevos negocios e inflando nuevos globos. El globo de la crisis comercial, por ejemplo, el globo de la desocupación y la miseria, no sería extraño que llegase a adquirir un volumen comparable al del globo de la prosperidad.

En España no ocurren catástrofes. Nadie se arruina en nuestra tierra de una manera colectiva; pero si se arruinase alguien, ¿en qué se lo íbamos a conocer? Tendríamos que esperar hasta que se le rayera el traje y se le torciesen los tacones, porque, en fin, yo no sé de ningún ciudadano que pague ahí 20.000 duros mensuales de alquiler para que, verdaderamente, pudiera suponer una diferencia notoria su tránsito del estado de inquilino al estado de vagabundo. Claro que a veces, y de un modo individual, se arruina un rico en España o se enriquece un pobre, pero también a veces nace una ternera con cinco patas o le brotan a una mujer unas barbas hasta la cintura. Cuando se enriquece un pobre en España o cuando se arruina un rico parece que se hubiera subvertido no ya el orden social, sino el propio orden de la Naturaleza. Es algo así como si un braquicéfalo rubio, después de treinta o cuarenta años de ser braquicéfalo y de ser rubio, se transformase inopinadamente a la vista del público en un dolicocéfalo moreno. En España uno es rico o es pobre como es alto o bajo, chato o narigón y de ojos negros o de ojos azules. Es rico o pobre, generalmente por herencia, y por una herencia que tiene todos los caracteres de la herencia fisiológica.

7 comentarios:

Katy dijo...

Agudo Julio Camba. Ciertamente es un refrán casi iternacional como es darle la vuelta a la tortilla. Pero siempre queda un franja intermedia.
Pero ya sabes aquella frase tan manida de "Spain is different"
Vaya si lo es.
Bss y buen finde

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: en principio creí que el dicho en cuestión sólo se aplicaba a los políticos y gentes de mal vivir, pero ya veo que se puede trasladar a todas las situaciones de la vida. El artículo de Camba fenomenal en su agudeza y percepción. Aquí para arruinarse hay que ser rico de nacimiento. Un abrazo.

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Vamos, igual que las castas de la India. Y luego les criticamos por arcaicos.
Un abrazo.

Myriam dijo...

Luego paso a leer el artículo, que no me quiero amargar el fin de semana. Ahora te dejo un fuerte abrazo


...

Pd. ¿recibiste el correo que te envié hace unos días?

JLMON dijo...

MAGNIFICO FERNANDO!!!

Marta dijo...

Hola Fernando,

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Fernando Lopez Fernandez dijo...

@Katy - Camba es de esos escritores que te hacen reir y pensar, de los que te descubren cosas. besos

@Rafa Bartolomé - A todas Rafa, a todas las situaciones de la vida. Camab se limitaba a contar lo que veía. Un abrazo.

@Javier Rodríguez Abuquerque - ya ves que raritos somos. Un abrazo.

@Myriam. pasa cuando quieras. besos

@JLMON . Muchas gracias. Un abrazo

@Marta - No se preocupe, si estoy interesado, reclamaré mi bono. saludos

Soul Business

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