lunes, 12 de marzo de 2012

Una mirada viajera

Mount Abu - India 
Cuando viajamos miramos con ojos de forastero. Cuando observamos, nos damos cuenta de que hay muchas cosas que nos son familiares. Hoy os dejo una de esas escena, que sucedió en Mount Abu, en India pero que podía haber sucedido en cualquier lugar de el mundo. Así, la viví, así la sentí y así la cuento: una mirada viajera que siempre implica más que ver.

Día de playa

A ultima hora de la tarde, en el crepúsculo, cuando el día anaranjeaba, Mount Abu se disfrazaba de población de playa, de día de agosto de verano, de crema solar, ropa nueva y maquillaje. Hordas de familias se paseaban en los alrededores del lago Nakki. Las calles que desembocaban en el lago eran tenderetes de estío y puestos de verbena, donde las músicas atronaban en cualquier rincón. La vía principal, un improvisado bazar que ofrecía mercancías de días de vacaciones, de esas que adquieres sin tener en cuenta las recomendaciones del ministro de economía de turno; de esas que endeudan hasta las cejas: mercancías caprichosas. Las mujeres se detenían en las joyerías con premeditación, alevosía y casi nocturnidad, persuadiendo a unos maridos que intentaban escaquearse de soltar unas rupias que, con seguridad, desestabilizaría la economía familiar. No lo tenían nada fácil: los niños, aliados con sus madres, demandaban un helado de color chillón, un plastificado juguete, tirando con insistencia del bolsillo del paterno pantalón. Al final, una mano mostrando una sortija y una lengua lamiendo un helado. ¡Qué se le iba a hacer! Él se desquitaría durante la cena.

Los adolescentes se reunían en torno a la orilla del lago, envidiando a esa pareja de novios, de enamorados que se posaban en mitad del lago embarcados en un hortera patín de cisne, emulando a los actores de películas «Made in Bollywood».

También se veían otras parejas que andaban hacia ninguna parte: eran parejas de recursos limitados que carecían de dinero para comprar. Lo habían gastado todo en el viaje, en el hotel y se conformaban con pasear por la orilla. En su fuero interno reinaba el sinsabor de quien se sabe fuera de lugar: él, apenado por no poder ofrecer nada mejor a su mujer. Ella, por ver la desazón en el alma rasgada de su marido. Los dos, porque en ese momento hubiesen deseado ser otras personas.

Los olores de las fritangas se mezclaban con el de las pastelerías, los restaurantes voceaban los menús: la competencia obligaba a los camareros a aventurase en las calles para convencer a un risueño gentío de que la mejor comida se servía en su local. Los vendedores ambulantes agitaban con insistencia sus mercancías, ante los ojos seguros y duros de un padre de familia que más que rechazar, las despreciaba.

La ropa se podía encontrar en el mercado tibetano. Con expresiones cansinas, de llevar toda la existencia encajados en pequeños cubiles, los tibetanos despachaban ropa falsa occidental. Todo a precio fijo, como sus caras que no concedían una oportunidad a la mueca, a la sonrisa: eran hielo.

En mi décima vuelta por Mount Abu —era un pueblo de circuito—, presencié la única bronca seria entre indios. Sucedió en un vulgar restaurante que servía thalis vegetarianos a discreción por veinte rupias, bebida aparte. Ese día había decidido arriesgarme, exponerme a una diarrea, castigarme un poco, solidarizarme con aquellas parejas de presupuesto escaso y futuro repleto de ilusiones: durante la cena, imaginaría violines, pondría las velas, vestiría las mesas y serviría los lassis en vasos de plata.

Esto que imaginaba hacer, se fue al traste cuando un hombre de mediana edad, casado con esposa y suegra, se enzarzó en una discusión tan absurda como las reverencias que me hizo el camarero al entrar en el cochambroso restaurante. Por lo que pude entender, el jaleo se había iniciado por el punto de cocción de unos chapatis y, a pesar del cambio y las disculpas del dueño —que se preocupaba más por lo que yo pudiera estar pensando que del gilipuertas fanfarrón en cuestión—, el sujeto insistía en no sé qué gaitas, llegando a arrojar infantilmente la bandeja del thali contra el suelo. Provocó tal estruendo que el restaurante entero enmudeció. Un hasta aquí hemos llegado, un tú de qué vas, paga y vete, cuatro gritos y doce brazos para ayudar, hicieron reconsiderar su actitud al cliente pendenciero. Aún así, continuaba despotricando, buscando apoyo en una suegra que le reprendía con la mirada —«anda deja de hacer el canelo Lalit»— y una mujer abochornada, de esas que ruegan comprensión por la estupidez de su marido.

Cuando afiné el violín, las parejas habían huido. Y es que hay gente que no se relaja ni estando de vacaciones. 
 

8 comentarios:

Asun dijo...

Es que los hay que sólo ya por el hecho de estar de vacaciones se crecen hasta el punto de creerse superior a los pobres desgraciados que les toca atenderlos, y eso les hace sentirse con derecho a exigir sin respetar las mínimas normas de respeto y educación.

Canelos los hay en todas partes.

Besos

Myriam dijo...

¡jajajajajajajaja mira que tu arriesgarte a entrar en un cochambroso restaurante!

(Adopto "cochambroso" es muy gráfica)

Besos

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Vamos, que me he imaginado la foto porque me has puesto en antecedentes, que sino podría haber sido cualquier calle de cualquier ciudad... con río. Igual hasta los alrededores del retiro.
Buena mirada, sí señor.
Un abrazo.

JLMON dijo...

No se por qué me ha recordado a una tarde memorable en Bani Waled, una pequeña isla en medio del Sahara, practicamente igual, pero sin agua, claro...
Son esos recuerdos que calman...
Cuidate

Katy dijo...

Es una falta de respeto a los que están en algún local formal este guirigay. No es que no se relajan es que son unos maleducados.O es que se recrecen cuando están de vacaciones.
Seguro que fue desagradable pero si es para darse cuenta que los humanos tenemos mucho en común en cualquier parte del mundo. Estamos hechos de la misma pasta.
Te saltaste la norma: "Juntos pero no revueltos" Te podía haber tirado la bandeja:-)
Bss

Fernando López Fernández dijo...

@asun - Así es, eso dice mucho del carácter de las personas. Suelo huir de ellos como de la peste. Besos.

@Myrian - Pues aunque no lo creas sí ja ja, uno es sibarita, pero tambien se adapta a todo. besos.

@JavierRodríguez - Gracias Javier, como apuntas, al final todo nos es muy familar. Un abrazo.

@JLMON - Ya sabes que unas experiencias llaman a otras, me apunto el sitio que seguro merece la pena. Un abrazo

@Katy- Si es que el que es maleducado lo es en todos los lados, y, desgraciadamente abundan. Besos

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: quizás por la anécdota final se nos vaya el hilo de tu soberbia narración: eres un gran observador; ya sabes que me encantan estas vistas de tus viajes. En cuanto al energúmeno los hay en todas partes; últimamente nosotros hemos dejado de salir con un "amigo" por un comportamiento similar en un restaurante (el camarero era vasco y ya te puedes imaginar de que fue el incidente; un fiasco de "amistad"). Me ha gustado mucho. Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

@Rafa Bartolomé - Ya ves que cazurros hay en todos los lados. Un amigo que falta el respeto a los demás no es un amigo.
Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...