sábado, 24 de marzo de 2012

La ceguera de nuestras verdades


Todos los habitantes del poblado al que se refiere la narración, eran ciegos. No muy lejos de allí pasó un rey increíblemente bien vestido. Este rey viajaba a lomos de un elefante, animal desconocido en aquel lugar de la tierra.

Varios ciegos, al oír hablar de un nuevo animal, al parecer formidable, se presentaron en delegación ante el rey y su séquito. Les autorizaron a tocar el elefante, el cual no opuso ningún tipo de resistencia. Cuando regresaron a su pueblo, un gran número de ciegos los rodeó y les pidió una descripción del extraordinario animal. 

El primer ciego, que sólo había tocado la oreja del animal, dijo:

- Es un animal ancho y liso, un poco rugoso, como un viejo tapiz. El segundo, que había tocado la trompa, les dijo a los otros ciegos: - Es largo, móvil y hueco; además tiene mucha fuerza. El tercer ciego, que había tocado una pata del elefante, dijo: -Es sólido y estable, como una columna de un templo.

Obviamente los habitantes del pueblo no quedaron satisfechos y demandaron más detalles, pero los tres ciegos fueron incapaces de ponerse de acuerdo. El tono de la discusión aumentó, el ambiente se fue caldeando. Empezaron a pelearse a puñetazos, a golpes de bastón, y se lastimaron mucho.

Algunos ciegos, más sabios que los otros, sugirieron que, para poder obtener una descripción más completa del animal, se enviase una nueva delegación para conversar con el rey. Para formar la delegación, lo que llevó bastante tiempo, se escogió a los ciegos más inteligentes. Pero, cuando llegaron al campamento del rey, él y toda su corte ya se habían ido.

La historia que abre hoy el post viene de India, aunque podría ser originaria, sin ninguna duda, de España: solo se necesita cambiar el elefante por un burro. Si hay una cosa que sabemos hacer estupendamente los españoles, es discutir: no en el sentido de dialogar, o en el de contender y alegar razones contra el parecer de alguien, sino más bien en el sentido de llevar la contraria por llevarla; por dañar, por quedar por encima de los demás, por humillar o simplemente por joder.  

Cómo en el caso de los ciegos, lo hacemos a menudo basándonos simplemente en nuestra percepción o la que nos han “calzado” a través de los medios de comunicación, o a través de nuestro entorno más cercano: es decir, sobre todo lo que tiene influencia sobre nosotros. Con esas “verdades” vamos funcionando, creyendo que con nuestra razón alumbramos la ignorancia ajena, cuando en realidad lo que en la mayoría de las veces nuestras palabras no pretenden convencer sino vencer.

¿Vencer a quien? ¿a qué? ¿por qué? y ¿para qué? son preguntas que rara vez nos hacemos cuando entramos en una de esas discusiones absurdas en las que tarde o temprano, como el toro, entramos al trapo: un poco de polémica previa, un tocarte las narices más de la cuenta, un ataque a lo que quieres, a lo que crees y un poco más de soberbia desequilibran las emociones siendo suficiente para que una persona se encienda, caliente motores y comience a discutir y defender una causa de la que rara vez conoce la amplitud de los detalles, ya se trate el tema de fútbol, política, religión, fusión nuclear o la vida de los otros. Si la discusión no es de tú a tú y tiene espectadores alrededor, lo más probable es que ésta se convierta en un diálogo de besugos.

Somos un país de lengua fácil en el que cada parte de la discusión suele dirigir sus esfuerzos no a escuchar y rebatir los argumentos de la otra sino a aniquilarlos: somos especialistas en ello y muy competitivos. Se discute en todos lados: en el bar, en el trabajo, en la calle, en casa, en la tele, con los amigos y los enemigos, en Internet y donde se tercie.

Las técnicas más habituales para conseguirlo son no escuchar ni oír, interrumpir constantemente y subir el tono de voz. Si esto no resulta y la cosa se pone fea y se va “perdiendo a los puntos”, se utiliza la comparación para apoyar la verdad, se insulta o se lleva la discusión a la confrontación personal. Lo que sea para que la “verdad” se imponga.

A todos, en alguna que otra ocasión nos ha sucedido: nuestra percepción, “nuestras verdades” nos han hecho mucho daño por no querer ver otros puntos de vista , por cerrarnos, por no juntar y no sumar quedándonos sin una solución, una conclusión lógica y aceptada como en el relato de arriba. Todo ello nos lleva a evaluar las cosas mal y a juzgarlas peor; a perder oportunidades de conocer, de comprender, a no tener claridad de ideas. En definitiva, a dar palos de ciego por el mundo.

Por eso lo mejor no es tener verdades ni certezas: solo ganas de conocer

7 comentarios:

Katy dijo...

Aunque conozco la historia me encantado lo del burro:-) Y la frase final no tiene desperdicio.
Pero creo que no solo en España ocurre esto Fernando, lo que pasa que aquí se grita mucho y por eso se nota más. No solemos escuchar y seguimos en nuestro trece queriendo convencer al otro a veces sin argumento.
Tenemos dos orejas y una boca y sin embargo parece que en vez de boca tenemos una trompa.
Bss y buen domingo

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Muy bueno lo del burro, sí señor. Otra cosa que suele pasar es que cuando empezamos a defender un argumento, aunque nos demos cuenta de que es erróneo, lo defendemos de manera numantina hasta el final... del otro a ser posible.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

@Katy - Como ve, he hecho un enfoque diferente de la historia. (lo bueno que tiene estas es que se pueden adaptar). También es cierto que esto ocurre en muchos lugares, pero estarás de acuerdo conmigo en que aquí somos verdaderos especialistas. Besos y buen domingo.

@JavierRodríguez - Eso es Javier, no luchamos o discutimos por una causa pérdida (que podría tener su lógica) sino por no quedar por debajo. raritos de narices.
Un abrazo

Myriam dijo...

Conocía este excelente cuento y que cierto, entre todos hacemos el elefante completo.

Besos, Fernando y ¡Feliz Primavera!

JLMON dijo...

Quien no se escucha a sí mismo, es difícil que algún día pueda llegar a hablar consigo mismo.
Cuidate

Fernando López Fernández dijo...

@Myriam - Si, lo que pasa es que en lugar de elefantes muchas veces hariamos jirafas. Un beso

@JLMON- Sabías palabras amigo. Un abrazo

Myriam dijo...

jajajajajjajajaja

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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