miércoles, 8 de febrero de 2012

Jugando con la nieve


Burgos by Rafa Bartolomé


Una conversación telefónica con una de mis hermanas, unas fotografías que ha dejado en su blog Rafa Bartolomé, unas imágenes por televisión me han llevado a ella otra vez.

Nací y me crié en Ávila, una ciudad fría, castellana y previsible en la que solía nevar dos o tres veces al año: buenas nevadas, de las que cuajaban y entre pitos y flautas, fríos y heladas, no desaparecía la nieve en una o dos semanas; incluso en algunos parques, en zonas umbrías, podía alargarse la visión.

Para mí la nieve no era un simple fenómeno atmosférico con el que divertirse haciendo guerras de bolas, muñecos de nieve o improvisadas pistas en la que te deslizabas subido a un cartón o, simplemente tomabas carrerilla y tus botas o zapatos hacían la función de esquíes: Significaba mucho más.

Como ya he contado en otras ocasiones yo a la naturaleza o a los fenómenos atmosféricos le suelo sacar mucho juego. Me inspiran, me hacen pensar, sentir y me sugieren. 

Podía pasarme no horas (que no voy exagerar) , sino un buen rato disfrutando de la caída de los copos de nieve. Si era de día, el cielo gris que antes de empezar la nevada me parecía triste y anodino por instantes se convertía en un fondo perfecto para acompañar esa blancura abundante y poderosa que se desperdigaba más allá de donde mis ojos alcanzaban. Con el negro de la noche me sucedía lo mismo; la nieve dulcificaba la oscuridad; con la neblina que dejaba las farolas su visión me regalaba un cuadro impresionista.

Otra de las cosas con las que me entretenía era con la cadencia, frecuencia de caída, o con el grosor y tamaño del copo de nieve. Me gustaba observar como tras los primeros copos, que descendían de forma anárquica, poco a poco iban tomando velocidad de crucero hasta que caían de forma uniforme, simétricos, perfectos, como si de un desfile militar se tratase: los últimos perdían el paso desapareciendo en la nada y esa parte del espectáculo acababa. 

Os parecerá extraño, pero a mi me gustaba musicar mentalmente la escena. Adecuaba la pieza musical: si la nieve caía lentamente era un adagio, si aumentaba el ritmo pasaba al allegro y si posaba mi vista en un detalle (pongamos por caso un árbol) introducía una aria.

¿Por cierto, habéis intentado comer nieve mientras cae?

Luego el mundo cambiaba. Una vez todo blanco llegaba el silencio. El silencio que nos regala la nieve es de los que se escuchan. Es complicado explicarlo, como es complicado explicar las emociones propias: es un silencio que se mete dentro de uno invitándole a la reflexión y la soledad.

Caminar en ese silencio, escuchando únicamente la respiración y el crujir de las pisadas por esa blancura virgen sobre la cual trazabas un camino convertía el simple acto de pasear en una delicia Si la capa tenía varios centímetros y te hundías, te mojabas los pies y pasabas frío podía ser algo incómodo o una aventura sugerente: siempre elegí ser explorador.

También cambiaba el olor. En las tiendas no se vende perfume de nieve, pero sin duda es uno de los olores más agradables, y para quienes nos gusta, paradójicamente más calidos como por ejemplo me ocurre con el olor de la tierra mojada.

Y la belleza…¡ah, la belleza!: la belleza de lo puro, la belleza que oculta las imperfecciones, la belleza que te ofrecía ese lienzo blanco que invitaba a crear nuevas posibilidades, a redecorar el entorno, como si la naturaleza, por unos instantes, te ofreciese la posibilidad de ser un pintor o un escultor de nuevas realidades.

Mis juegos llegaban a su fin, cuando la nieve se agotaba y endurecía, cuando había sido prostituida por el paso de los días y cuando se derretía formando esos desagradables puches de agua y hielo que acababan con tus sueños de explorador.

Echo de menos esos días y ya veis, una llamada y unas fotos me han llevado otra vez a aquellos días en los que no se necesitaba Televisión ni Internet ni costosos juguetes ni video consolas ni la madre que las parió para jugar, divertirse, no aburrirse y sentirse feliz.

Pero claro, lo mío no debe ser normal.

Feliz día
  

8 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: lo tuyo es de lo más normal, lo que no lo es, es "lo otro". Me encanta como has explicado tus juegos con la nieve, porque así son los míos, sólo que tú has sabido poner letra, música, olor, sonido, tacto...Todas esas sensaciones las sentí yo ayer paseando y haciendo fotos(gracias por la presentación). Un abrazo

JLMON dijo...

FERNANDO
Poesia...
No eres el únioco, comparto punto por punto esos sentimientos y vivencias...
Cuidate

Fernando López Fernández dijo...

@Rafa Bartolomé - Pues me quedo más tranquilo, porque a veces llego a pensar que lo mío no es normal.
un abrazo

@JLMON - Pues es gratificante saber que hay que somos muchos los que experimentamos estas cosas.
Un abrazo

Myriam dijo...

Te me has vuelto nostálgico y me estás haciendo revivir mis inviernos suecos, de más grande que tú en tu relato, pero jovencita y con mi hija pequeña, a la que le encantaba comer nieve...

Besos

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Siento decepcionarte, pero somos multitud :)
Yo sigo haciendo el ganso, todo lo que puedo, en cuanto veo cuatro copos de nieve por ahí.
¡Qué le vamos a hacer!
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

@Myriam - Es que la nieve siempre lleva a la nostalgia. . Un abrazo

@JavierRodríguez - Pues más que decepcionarme , me alegro de que seamos muchos los gansos. Sin duda todo es más fácil y divertido.
Un abrazo

Asun dijo...

No te creas que lo tuyo es tan raro. Todas las sensaciones que has contado –excepto la de la música– las experimento cada vez que nieva en condiciones, cosa cada vez menos frecuente, por cierto. Y disfruto como una niña.
El domingo yo también me eché a la calle a pesar del frío a disfrutar de esos momentos que vete tú a saber cuando se volverán a repetir

Uuuuyyy... y eso de captar los copos en la boca según van cayendo es toda una experiencia. El sentir la suave caricia al hacer contacto con la lengua, cómo se va derritiendo. Una gozada.

Besos, y feliz fin de semana.

Katy dijo...

Se me pasó este post porque estuve fuera, no así las fotos de Rafa. Te comento que no tengó estas experiencias, porque las mias están conectadas con el Mar Caribe:-)
Descubrí la nieve con 21 años por primera vez fuera de una postal en Navacerrada. Subí una vez, y hasta hoy:-) jajaja.
Totalmente bucólico lo tuyo.
Bss

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