lunes, 13 de febrero de 2012

El peligro de los círculos

El hombre es un ser sociable que tiende a agruparse en círculos. Hay círculos de amistades, empresariales, religiosos, de confianza, de lectores,  etcétera. Cada uno de nosotros pertenecemos a uno o varios por diferentes motivos.  En teoría, pertenecer a uno o a otro es una decisión voluntaria. Podemos elegir a cual pertenecer. Sin embargo, esta elección no es tan voluntaria como parece.

Hay tres formas de entrar en un círculo. La primera ya la hemos comentado: por decisión propia. La segunda, por herencia o imposición, y la tercera por inducción o necesidad. Dependiendo del tamaño o lo cerrado, en el sentido de número de personas que pertenezcan a el y de lo hérmetico que pueda ser o lo que es lo mismo, de las “obligaciones” o “compromisos” que hayamos adquirido en el círculo, nos será más o menos fácil salir, entrar, crecer o involucionar: ser nosotros o estar apresados en él. Estar confortables o no.

En el primer y segundo caso es relativamente sencillo manejarse en ellos y, si llega el caso, darse el piro vampiro. En el tercero, en el que muchas veces se entra de forma suave y sin darse cuenta, es más complicado al tratarse de círculos que van enganchando hasta debilitar, modificar o anular el pensamiento propio que acaba poniéndose al servicio del objetivo final del círculo.

No, no estoy hablando de las sectas, que son círculos “heavy metal” en los que la persona deja de ser tal para convertirse en un recurso. Me refiero a esos círculos que se anhelan, se desean o que tienen que ver bastante con el status, el poder, la fama,las apariencias y el dinero: estos si son peligrosos.

A algunas personas les mata como ocurre con alguans estrellas del show business, a otras les convierte en juguetes rotos, a otros corrompe y a otros les convierte en tiranos o símplemente seres insufribles, cansinos e inaguantables. Ejemplos hay a montones: no hay más que leer la prensa o mirar un rato la televisión.

Y lo malo, es que nostros mismos podemos entrar en uno de esos círculos si no estamos avispados, como le ocurrió al protagonista de este conocido cuento.

Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. Un día el rey lo mandó a llamar:

- Sirviente -le dijo- ¿cuál es el secreto?
- ¿Qué secreto, Majestad?
- ¿Cuál es el secreto de tu alegría?
- No hay ningún secreto, Alteza.
- No me mientas, sirviente. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
- No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.
- ¿Por qué está siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿Por qué?
- Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz?
- Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar -dijo el rey-. Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.
- Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando...
- Vete, ¡vete antes de que llame al verdugo! 

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el sirviente estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana. 

- ¿Por qué él es feliz?
- Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
- ¿Fuera del círculo?
- Así es.
- ¿Y eso es lo que lo hace feliz?
- No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
- A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.
- Así es.
- ¿Y cómo salió?
- ¡Nunca entró!
- ¿Qué círculo es ese?
- El círculo del 99.
- Verdaderamente, no te entiendo nada -dijo el Rey-.
- La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos.
- ¿Cómo?
- Haciendo entrar a tu sirviente en el círculo.
- Eso, obliguémoslo a entrar!!
- No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.
- Entonces habrá que engañarlo.
- No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solo en el círculo.
- ¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?
- Si, se dará cuenta.
- Entonces no entrará.
- No lo podrá evitar.
- ¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá salir?
- Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?
- Sí
- Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. ¡99!
- ¿Qué más? ¿Llevo los guardias por si acaso?
- Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
- Hasta la noche.

Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del sirviente. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía: «Este tesoro es tuyo». Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie cómo lo encontraste. Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el sirviente salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados de la puerta y entró a su hogar.

El rey y el sabio se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente ingresó presuroso a su hogar y con su brazo arrojó al piso todo lo que había sobre la mesa dejado sólo la vela. Se sentó y vació el contenido de la bolsa... Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro! El, que nunca había tocado una de estas monedas, tenia hoy una montaña de ellas! El sirviente las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar a la luz de la vela. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas.

Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis... y mientras sumaba 10, 20,30, 40, 50, 60...hasta que formó la última pila: ¡9 monedas!

Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el piso y finalmente la bolsa.

- «No puede ser», pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.
- Me robaron -gritó- me robaron, ¡malditos!

Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro: sólo 99.

- 99 monedas. Es mucho dinero-, pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo -pensaba- Cien es un número completo pero noventa y nueve, no. El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del sirviente ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que se asomaban los dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien? Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario. «"Doce años es mucho tiempo», pensó. Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo. Y él mismo, después de todo, él terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero.

¡Era demasiado tiempo! Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender...Vender... Vender...
Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno? ¿Para qué más de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien. 

El rey y el sabio, volvieron al palacio. El sirviente había entrado en el círculo del 99... Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el sirviente entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando de pocas pulgas.

- ¿Qué te pasa?- preguntó el rey de buen modo.
- Nada me pasa, nada me pasa.
- Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
- Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?

No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente.

No era agradable tener un sirviente que estuviera siempre de mal humor.




9 comentarios:

JLMON dijo...

Hola Fernando
Bueno, comparto círculo virtuoso (qué menos!) contigo.
No sabemos, queremos, podemos estar sólos, no se si es extraordinariamente bueno o una debilidad pero... A mi personalmente me encanta!
Cuidate

Katy dijo...

Genial Fernando y real como la vida misma.
Al leer tu post irremediablemente me ha llevado a recurrir a mi experiencia vital.
Me gustado descubrir que dentro de las cadenas que me atan la mayoría de las veces he podido usar mi libertad para escoger a dónde he querido pertenecer, y sobre todo salir cuando no me ha convencido.
En el tercer supuesto no caí en la tentación cuando de joven tuve la oportunidad y la suficiente lucidez de no hacerlo.
Hoy ya no tengo ni oportunidad ni ganas. Solo soy fiel a la amistad.
Bss

Myriam dijo...

Tienes razón, hay círculos que son peligrosos... El relato que traes da buena cuenta de uno de los más peligrosos.

besos

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: será que hay círculos y círculos. Creo que cuando ya tienes unos años, la experiencia te ha ido moldeando hacia aquello que deseas. Todos pertenecemos a grupos o círculos como dices. Particularmente me he introducido en algunos y he sabido salir de otros; claro que no siempre se acierta, digo yo. Entretenido el cuento, pero no sé si muy real. Un abrazo.

Asun dijo...

Entramos en distintos círculos. A veces permanecemos largo tiempo incluso no estando del todo a gusto o percibiendo que más que beneficiarnos nos perjudica, y otras tal cual entramos salimos.
Es difícil mantener siempre la cabeza en su sitio y recabar el valor para abandonar en el momento adecuado.

Besos

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Sólo es necesaria tocar algunas de nuestras "fibras" sensibles y aparece nuestra capacidad de autodestrucción.
No sé si es nuestra naturaleza, pero hemos conseguido que lo parezca.
Un abrazo.

MaS dijo...

Querido Fernando,
intuyo que la cuestion no es estar o no en un círculo, porque todos y cada uno pertenecemos a alguno; la miga está en si la pertenencia al mismo ha sido una decision voluntaria.
Ahora bien, salir se puede.
un abrazo, M.

MTTJ dijo...

La vida misma te va introduciendo en los diferentes círculos y sin darte cuenta, zas! ya estás dentro. Pero tal como dices, lo importante es poder salir cuando no te interesa o darte cuenta que no te interesa. Y esta decisión la tiene que tomar uno mismo, de nada sirven los buenos consejos si uno no está autoconvencido.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

@JLMON - Siempre se comparte un círculo aunque a mi me pasa lo mismo, estar sólo tiene sus ventajas no creas. Un abrazo

@Katy - Eso es lo bueno, ser conscientes de la libertad de elección y no de la necesidad de elección. Besos

@Myriam - Hay círculos muy peligrosos y viciosos añadiría. Un beso

@Rafa Bartolomé - Más real de lo que puedes llegar a creer. Un abrazo

@Asun - también pasa eso, que no sabemos muy bien por qué y para qué nos metemos en un círculo. El tiempo generalmente da las respuestas.

@JavierRodríguez - Eso pienso también que nuestra capacidad de autodestrucción es ilimitada. Un abrazo

@MaS - Por ahí van un poco los tiros María. Hay veces que parece voluntaria pero, en realidad, es inducida. Un abrazo de miércoles.

@MTTJ - Como bien dices y apuntan otros comentaristas al final es una decisión nuestra estar o salir y, además, estar convencido de ello.
Un abrazo

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