miércoles, 11 de enero de 2012

Soul India: Títeres


Udaipur -India 

Este año acabaré de publicar todo el diario de viaje Soul India en el blog. Como sabéis, el diario se está publicando de forma aleatoria, sin un orden cronológico. Para leerlo entero hay que pulsar el enlace de arriba. Hoy, le toca el turno a Títeres, que trata de turismo, recuerdos y realidades humanas.
Feliz día

Llamaron a mi habitación. Tres toc-toc y un «¿se puede señor?», interrumpieron mi ducha de agua fría. Ciego de jabón, enrollado en una toalla colocada de griego, de romano en las termas de Caracalla, me deslicé como patinador hasta la puerta, dejando tras de mi un reguero de agua y espuma que sugerían hubiese sido babosa en mi anterior reencarnación. Una avergonzada voz se escuchó cuando entreabrí la puerta:
— «Mister no sé qué» desea hablar con usted. En el hall del hotel, a las nueve. Al lado de la recepción.
Sin tiempo a reaccionar solté dos «okey». No sabía quien era «Mister no sé qué», no había escuchado bien el nombre. ¿Quién sería? Especulaba sobre la identidad del desconocido personaje. ¿Sería el jefe de Dinesh?, ¿el jugador de ajedrez?, ¿el anciano de Shilpgram?, ¿el Armani de Udaipur, que había intentado venderme trajes de seda por doscientos dólares, y al cual ayudé a escribir una carta en español para un cliente que tenía en Barcelona...? La policía no podía ser, y el alcalde de la ciudad tampoco: demasiado honor. Dispuesto a salir de dudas me reduché, me vestí y aparecí puntual en el hall donde se encontraba «Mister no sé qué», que resultó ser Mister Sachin, el dueño del hotel: alguien le había soplado que había trabajado en el sector turístico y quería intercambiar impresiones sobre el mismo conmigo. Compartimos un té profesional, de trabajo, en el que Mister Sachin comentaba que el turismo en Udaipur en general y el español en particular había caído en los últimos años. Lo achacaba al «11-S», a la guerra de Irak, al Sars, que si bien eran razones suficientes para desviar los flujos turísticos a otros países, él ignoraba que un destino turístico se conforma no sólo con monumentos e infraestructuras hoteleras, sino también con una oferta complementaria adecuada y, sobre todo, con una correcta comercialización: lo que no ocurría con el destino India. A pesar de tener el hotel al diez por ciento —es decir, dos franceses y yo—, era optimista y estaba renovando algunas zonas del hotel. De vez en cuando, se ausentaba para dar órdenes a unos albañiles y pintores que yo hubiera jurado eran los camareros que me servían el café por la mañana en la azotea del hotel.
Era mi tercer día en Udaipur y, prácticamente, me orientaba sin ninguna dificultad por la ciudad. Recorría las calles como un udaipurense más, sorteaba los auto rickshaws en el último momento y me acodaba parlanchín en las pequeñas tiendas donde repostaba de agua mi cuerpo y mi garganta. 

Me acerqué a Bharatiya Lok Kala, el museo folclórico de Udaipur. Allí, en una pequeña sala, asistí a una representación de títeres: el espectáculo, sin complicados argumentos, como deben ser las historias de títeres, consistía en la representación de una fiesta en el palacio del maharajá en la que títeres de madera con vestidos enjoyados de purpurina, bailaban y cantaban con movimientos casi humanos, al tiempo que el maharajá y sus súbditos comentaban con escandalizados gestos las ocurrencias y libidinosas posturas de los títeres–bailarines: un alborotador niño no paró de reír y gritar durante la función y esto, en un país como India, era un lujo. Me divertí mucho.

Siempre me gustaron los títeres. Recuerdo que en casa teníamos un guiñol en el que mis hermanas representaban historias y los pequeños dejábamos nuestra paga de los domingos. Eran funciones de cinco de la tarde, funciones que se hacían con mimo, con cariño: se dibujaban entradas; unos días antes del espectáculo se anunciaba, e incluso se vendían «chuches» contadas. En ellas, lo importante no era la representación, lo realmente importante era el compartir esas tardes de imaginación infantil donde los muñecos siempre eran los mismos; pero las historias diferentes. Años más tarde, supe que las inocentes representaciones infantiles que me entretenían en casa, en el colegio o en las calles escondían, a través de la voz y los gestos de los muñecos, los siete pecados capitales del ser humano: la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia, la pereza. En realidad, las manos que los movían, como si de un espejo se tratará, duplicaban nuestra imagen. Eran reflejos del alma.
Ese día, en la vieja sala del museo quise volver a ser niño, regresar a la infancia, y me olvidé de buscar un sentido a la representación. 
 

9 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando. Ya sabes que tus historias de viajes me encantan. El prólogo no puede estar mejor escrito, al igual que lo que viene después (hasta "inventas un verbo: reducharse, je-ja" me he reído de veras) Lo he dicho siempre tienes verdadero talento para la descripción. Me ha gustado mucho; espero verlo algún día en papel impreso. Un abrazo

cristal00k dijo...

Por un momento mientras te leía, me has hecho pensar en el Harry Haller de Hesse y su Teatro Mágico del Lobo estepario.

Viajar, desde la perspectiva de un trotamundos avezado como tú, tiene el plus de ir más allá de la descripción obvia y captar el espíritu del entorno. Me hubiese encantado estar en esa representación de títeres...

Perfecto, Fernando.

Myriam dijo...

Un relato muy emocionante, Fernando.

No solo me llevaste por India, también por los rincones de tu infancia. ¡Maravilloso!

Ahora los niños pegados alas pantallas de CP o TV, no despliegan toda esa creatividad, tan necesaria. Una verdadera pena.

Un beso

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
No recuerdo haber visto espectáculos de títeres siendo niño, pero sí con mis hijos. Efectivamente te devuelven a la niñez.
Un amaravilla.
Un abrazo.

Asun dijo...

Cuando siendo adulto uno ve un espectáculo de títeres, lo mejor es contagiarse de los niños de alrededor y sacar al niño que llevamos dentro, permitiéndonos disfrutar el espectáculo a tope. Sale uno rejuvenecido.

Un beso.

Katy dijo...

Hola Fernando muy bonito tui relato. Yo si que he visto en mi infancia alguno. Pero siempre que oigo hablar de títeres me acuerdo de Pinocho. La infancia siempre tiene maravillos acordes difíciles de olvidar.
Bss

Fernando López Fernández dijo...

@Rafa - Como siempre, gracias por tu generosidad, me alegra que te haya gustado. Un abrazo.

@Cristalook - Citas a Hesse. (precisamente estoy leyendo ahora el viaje interior) Sólo es cuestión de mirar y sentir. Hubieses disfrutado mucho. Un abrazo.

@Myriam - En los viajes vuelves y viajas a otros sitios, en este caso la infancia. Se disfruta el doble.
Un beso

@JavierRodríguez Nosotros los montábamos, era muy divertido y creativo. Volver a la infancia siempre mola. Un abrazo

@Asun - En alguna ocasión después he visto esos espectáculos en la calle y con un ojo sigi la obra y con otro las expresiones de los niños. Un beso.

@Katy - Así es, Katy, la infancia solo la olvidan los tristes. Besos.

MTTJ dijo...

De niña no tuve la oportunidad de ver demasiados espectáculos de títeres. Los empecé a disfrutar siendo ya una persona adulta. Lo mágico de los títeres es que no tienen edad.

Los títeres de madera de la India son preciosos y no pude resistir la tentación de traerme un par de ellos.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Maria Teresa:

Como apuntas los títeres son para cualquier edad y es cierto en la India son espectaculares.
Un abrazo

Soul Business

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