domingo, 23 de diciembre de 2012

Sueños de Antioquia VII

Medellín 
Tras regresar de Santa Fe de Antioquia me subí a una buseta para ir al Poblado. En una de sus improvisadas paradas, subió un joven con un pequeño equipo de música. Pulso el reproductor. Sobre una base musical comenzó a rapear. Era un rap que hablaba de dolor, de protesta, de pasado, pero también de sueños y de esperanzas, de futuro. Era un rap que contaba hechos, pero a diferencia de otros que sólo aportan queja, la pieza que recitaba versaba sobre la importancia de no rendirse, sobre la búsqueda de soluciones, sobre el amor y la solidaridad: era un rap inspirador que sugería que soñar no es más que luchar por hacer realidad los deseos: los propios y ajenos.

Al acabar, hizo la colecta entre los que allí estábamos. Un montón de monedas y algún billete se precipitaron en la pequeña bolsa negra donde guardaba lo recaudado. Me llamó la atención el gran número de personas que contribuyeron con su pequeño óbolo, aunque bien mirado, el intercambio había sido justo: aquellas caras de media tarde, cansadas, que volvían de sus trabajos, por unos minutos, quizá volvieron a recordar sus sueños, a crearlos o a atreverse con ellos: siempre hay alguien que te empuja a soñar.

El rapero, por su lado sonreía y agradecía la generosidad de los presentes inclinándose levemente, orgulloso de quien sabe que la dignidad y la ilusión alimentan los sueños.

Medellín estaba despertando de una pesadilla que se coló en sus sueños; una pesadilla que durante unos años convirtió la ciudad en cementerio de ambiciones, en ausencia de futuro y refugio de almas derrotadas y aunque hoy, todavía queda mucho por hacer, hay una voluntad general por cambiar las cosas, por hacer una ciudad mejor en la que la cultura, la educación y la determinación emprendedora paisa sean las verdaderas palancas del cambio: creo que lo conseguirán.

A la mañana siguiente pedí un taxi en la recepción del hotel para ir al aeropuerto. En un par de horas estaría volando hasta Cartagena de Indias. 

Diario de viaje Soulombia: fin de la primera parte: continuará.

Feliz navidad a todos

domingo, 9 de diciembre de 2012

Sueños de Antioquia VI


La brisa caliente entraba por la ventanilla llenando mi rostro de vida. La vista de una sucesión de paisajes alegraban el alma de tal manera que en varias ocasiones estuve tentado de pedir al conductor que aminorase la marcha. Había tenido suerte. Nada más llegar a la terminal norte de Medellín encontré un asiento al lado del conductor. Abandonaba la ciudad por unas horas para disfrutar del calor del trópico y viajar por la historia colonial de América. 

En menos de una hora entrábamos en Santa Fe de Antioquia, antigua capital de Antioquia y origen del sueño paisa, que fue fundada por Jorge Robledo, un militar  jienense con larga experiencia en eso de conquistar y subyugar al haber participado en la conquista de Guatemala y Perú.

Desde que los españoles pusieron los pies en América, el oro se había convertido en el sueño a perseguir y alcanzar: soldados sin nada que perder, jóvenes en busca de aventuras, hidalgos venidos a menos que menos, huidos de la justicia, pobres de solemnidad, futuros traidores, pícaros de vivir al día y alguna que otra alma cándida, se apuntaban a alguna de las numerosas expediciones en busca de “un Dorado” que les procurase fortuna. Las expediciones eran financiadas en su mayor parte por capital privado: comerciantes, banqueros europeos, nobles e intermediarios: la Corona española, en los primeros años de la Conquista, prácticamente se limitaba a la negociación de las “Capitulaciones”, es decir a firmar contratos con “inversores” particulares, (que eran los encargados de poner ejercito y medios) en los que se reflejaban una serie de acuerdos por los cuales el territorio conquistado pasaba a pertenecer a la Corona. A cambio de ello y un quinto del botín conseguido, que debía ser entregado a la Hacienda Real, el promotor recibía el título de Gobernador, el de Adelantado, o amplios poderes para administrar y ejercer su autoridad; o lo que es lo mismo, libertad para aplicar un gobierno casi feudal complementado por la práctica de la economía del expolio; un modelo que a día de hoy sigue resultando bastante familiar, aunque se disfrace de buen rollito y globalización.

Conquistar un lugar no era sencillo. A la resistencia y hostigamiento de los pueblos locales y una orografía que dificultaba el avance, se unían las escaramuzas y combates entre los diferentes ejércitos que pululaban por la zona y reclamaban para sí los territorios explorados. Jorge Robledo fue una de las víctimas de estas luchas entre españoles que, en ese lugar y en esas circunstancias, no conocían más patria que la ambición.

Hoy, paradojas de la vida, Santa Fe, como muchas otras ciudades y pueblos diseminados por América, recibe numerosos visitantes e importantes ingresos gracias a su pasado colonial, a una herencia que no por cruel dejaba de ser tremendamente bella: por ese paso de la historia que tuvo luces y sombras; sueños y pesadillas.

Pensaba en ello mientras caminaba por unas calles empedradas y limpias que habían nacido al amparo de la minería y las encomiendas. El aspecto del pueblo no es que recordase a España, es que era la misma España la que se reflejaba en todas esas edificaciones: las casas blancas con sus verjas y portones de madera; la teja, el hierro, las plazoletas, el sol, las flores, todo, se parecía a alguno de esos pueblos andaluces o extremeños que en su día cumplieron su sueño y que hoy malviven de sus recuerdos porque ya no llegan las “divisas” de América o porque quizás los sueños no fueron más que una quimera.




En la plaza principal se sucedían los puestos de dulces, muchos de ellos hechos con Tamarindo. El olor de la fruta, del café, del azúcar se mezclaban con el de la madera y el plástico vencido por el calor. En el centro de la plaza las ceibas, las palmeras y otros árboles de los que desconocía el nombre, ofrecían una sombra agradable a los ancianos que conversaban con esa serenidad que sólo el paso del tiempo otorga; la pileta se mostraba orgullosa en uno de los costados de la plaza y enfrente, la Basílica de la Inmaculada Concepción, herida, vendada de andamios, a la espera de lucir mejor cara.

Hubo un época en la que la importancia de los pueblos se medía por el número de iglesias y en Santa Fe abundaban. La Iglesia participó en la aventura americana unas veces como vigilante de valores, otra para buscar oportunidades de conversión y, a menudo, para sacar su propia tajada del asunto. Especialmente bella me pareció la iglesia barroca de Santa Bárbara y su placita en la que permanecí sentado unos minutos reviviendo historias que quizá nunca hubiesen ocurrido pero que a mi imaginación y mi conocimiento eran testimonio de la historia: América fue el sueño roto de una España que nunca supo ser madre, sino madrastra.



Contraté una moto taxi para visitar el Puente de Occidente que se encuentra situado a unos seis kilómetros de la localidad. De 291 metros de longitud, fue construido a finales del siglo XIX para unir los municipios de Santa Fe y de Olaya y es considerado como una de las obras de ingeniería más bellas de América. Al llegar, pedí a Eusebio, mi conductor, que me recogiese al otro lado. Quería caminar por los tablones de madera, casi deslizarme por ellos, recreándome en la estructura llena de cables de acero que lo sostenían; en el curso del río Cauca cuyo pobre caudal dejaba al descubierto alguna calva; en los cercanos bosques y montañas en los que se divisaban estrechas veredas: si el puente colgante era bello, la ubicación era perfecta.

- Aguanta más de 180 toneladas. Antes podían pasar carros pero ya no – dijo Eusebio al verme. Las torres sostienen los cables. ¿Se ha fijado?  ¿En España tienen algo así? ¿Hace calor sí, no?

Le comenté que el calor era bastante tolerable y que posiblemente en Madrid hubiese unos cuantos grados más. Como a otros colombianos con los que había charlado y no conocían España les llamaba la atención la diferencia de climas que había en el país y la variedad de regiones y gentes que lo forman.

Muchas conversaciones viajeras escapan a toda lógica al pasar de un tema a otro aparente inconexos y mi conversación con Eusebio no era una excepción,

- ¿Comen ustedes frijoles?

- Sí, los hay de muchos tipos y se comen de muchas maneras; dependiendo de la región se preparan de una forma u otra.

Estaba asombrado con la cantidad de fruta, de verdura, de carne y de pescado que le recitaba; por la variedad y la cantidad de tantos alimentos que le eran desconocidos. Cuando describía como se hacían algunos platos, muy similares  en la técnica de preparación que otros colombianos, me miraba con una cara que parecía estar diciendo ¿No me estará vacilando?

Sabía que había muchos colombianos en España y muchos españoles en Colombia y que cada vez llegaban más. Me preguntó si estaba casado y si lo esperaba hacer para a continuación hacer una de esas inocentes y típicas preguntas de taxista que si no respondes adecuadamente te pueden buscar un lío. 

- ¿Le gustan las mujeres paisas? Aquí la mujer es caliente, brava y muy lista; hay que ser bien hombre para gustarle.

No tenía dudas sobre ello y así se lo hice saber a Eusebio cuyo rostro mostró una mueca de satisfacción, pasando a otro asunto como el de las batallas y la guerra de la independencia. 




Durante el camino de regreso a Santa Fe, Eusebio me iba contando cosas sobre las FARC, sobre muertes y miedo, sobre esperanzas perdidas y sueños rotos; sobre lo mal que había estado todo años atrás. En los últimos años, las cosas habían cambiado y ahora estaba todo más o menos tranquilo. Me señaló una montañas en dirección al Pacífico, a Turbo: “Detrás de esa cima hay un pueblo en el que muchos eran muy malos, pero entró el ejercito y la cosa cambio; ya casi no quedan malos: queremos vivir en paz”.

Un poco más adelante, ya cerca de Santa Fe, nos detuvimos en una quebrada en la que había un pequeño arroyo casi seco. Un grupo de personas, la mayoría con el torso desnudo y una gorra en la cabeza, se afanaba en lavar la tierra sacada por los mineros en las montañas cercanas haciéndola oscilar en cadenciosos y precisos movimientos para separar el oro de la tierra.

-¿Cómo verá – dijo Eusebio en un tono socarrón – los españoles no se llevaron todo. Les ocultaron muchos lugares y muchas minas; no eran tan listos; ahora son los gringos quienes lo buscan y lo compran en las joyerías de Santa Fe. Se hacen cosas muy lindas. ¿Le provoca visitar una?            

Intuyendo que me iba a hacer la de “sólo mirar” le hice una corta cambiada preguntándole cuanto ganaban al día esos barequeros: “Entre veinte y treinta mil pesos por día. No es mucho, pero a veces hay suerte y se saca más”.

Eusebio era un buen tipo, buen conversador, amable y perro viejo; uno de esos tipos que con tiempo y dos botellas por medio te hacía comprender el alma paisa al tiempo que sugería un negocio.

-¿De verdad no quiere que paremos? ¿Se aloja en el pueblo?

Negué a las dos preguntas. Me contó que si volvía otra vez me alojase en su casa, que se encontraba a pocos kilómetros del pueblo. Era mucho más barato que los hoteles y podría disfrutar del bosque y bellos paisajes. Un holandés, por lo visto, pasaba largas temporadas allí y el estaba orgulloso de que así fuera porque eso le permitía mostrar todo lo que la región podía ofrecer: por un pequeño precio, ofrecía cama y transporte y si se solicitaba, también auténtica comida.

Nos despedimos en la plaza y continué dando un paseo hasta la hora del almuerzo. Santa Fe era España con alma colombiana o Colombia con alma española. La estatua del Mariscal Robledo lo certificó.

Diario de viajes Soulombia: Continuará





domingo, 2 de diciembre de 2012

Sueños de Antioquia V


Medellín 
 Después de haber dado un largo paseo por El Poblado decidí ir a cenar a un restaurante griego. Mientras esperaba que saliesen de cocina unos pulpitos salteados, me acordé de uno de esos “dogmas viajeros” que gustan de repetir hasta la saciedad aquellos que se consideran “viajeros auténticos”, y que básicamente viene a decir que sólo debes comer la cocina local: probar otras cosas, casi, se considera un sacrilegio; propio de un “viajero garrafón”. Me sonreía para mis adentros por lo absurdo de la afirmación: sí, yo sería un “viajero garrafón”, pero no me cerraba a ninguna posibilidad (al igual que no la cierro en Madrid comiendo solo cocina española), ni tampoco entendía qué había de extraño en ello pues desde que se inventó la Coca Cola y después la Pepsi; o la Hamburguesa y la Pizza, lo del beber y el comer, como el resto de las cosas, se han globalizado.   

La animada conversación de una mesa cercana interrumpió las traviesas risas que me estaba echando a costa de las incongruencias viajeras que tenemos. Un grupo de matrimonios colombianos que pasaban los sesenta hablaban sobre un próximo viaje al norte de España para realizar un viaje en “El Transcantábrico”, (un tren de lujo que recorre la cornisa cantábrica), el cual conocía bien al haber trabajado en FEVE en prácticas durante unos meses, en el área relacionada con trenes turísticos.

Uno de ellos les explicaba el recorrido, lo que visitarían, lo que encontrarían, con la ilusión de quien quiere compartir algo extraordinario. Los demás escuchaban atentamente o hacían alguna pregunta. Colombianos pensando en España y yo español pensando en Colombia: habíamos cruzado los sueños. Hubo un detalle que me gusto: Tras un brindis por el éxito del viaje, la mujer que parecía tener mayor edad tomó la mano de su marido y la apretó fuerte mientras le miraba a los ojos mostrando una de una de esas sonrisas que son la culminación de un sueño. El la devolvió llena de ternura, e amor: Les deseé con la mente un buen viaje, que ya parecía hubiesen comenzado pues no en vano un viaje comienza cuando la imaginación anticipa futuras emociones.

A la mañana siguiente, tuve que enfrentarme a uno de esos dilemas que a todo el que viaja le hace dudar hasta minutos antes de partir. Es el momento en el que debes elegir entre dos opciones que apetecen por igual: por un lado podía acercarme hasta el Peñol y el embalse de Guatapé, pasando un día de espectaculares paisajes, o acercarme hasta Santa Fe de Antioquía “La ciudad madre” y primera capital de Antioquia donde comenzó el sueño de la civilización antioqueña. Me costó decidirme; más cuando los dos recepcionistas con los que charlaba tenían dividida la opinión y argumentaban con vehemencia sobre la necesidad de que visitara uno u otro lugar: gano Santa Fe con su paseo por la historia y la promesa de buen calorcito. Esta opción, además, me permitiría darme una vuelta por el Metro cable, un sistema de transporte creado para conectar alguna de las comunas más conflictivas y humildes con el resto de la ciudad.

Hay sueños que se construyen y sueños que se esperan. Los primeros suelen cumplirse; los segundos rara vez se transforman en realidad. Medellín lleva construyendo el suyo desde hace muchos años. Un sueño de acercamiento, de integración; un sueño que permita disminuir las desigualdades y erradicar las fábricas de sicarios y guerrilleros que albergan algunas comunas o distritos de la ciudad donde habitan la violencia y el desarraigo impidiendo que, definitivamente, el miedo se transforme en esperanza. El anterior alcalde y actual Gobernador de Antioquía, Sergio Fajardo puso todo su empreño en ello realizando bastantes iniciativas sociales, invirtiendo en grandes parque bibliotecas, renovando escuelas o facilitando el acceso a Internet en barrios populares, de pocos recursos. Los resultados han sido un descenso de la criminalidad, una mejora de las condiciones de movilidad reduciendo el asilamiento social (algunos moradores de las comunas no habían visitado el centro de Medellín), lo que viene a demostrar que la cultura y educación son las verdaderas palancas del cambio. Además, como excepción que confirma la regla política, dejó las finanzas saneadas y consiguió aunar voluntades de diferentes grupos políticos, empresarios y fuerzas sociales, fomentando la participación y no la exclusión de los ciudadanos.

Elegí la línea K, la que llegaba hasta Santo Domingo, situado en una de las laderas nororientales, una  barriada que no es precisamente Disneylandia y que en día fue uno de los lugares más peligroso del mundo. Era paradójico: para llegar a los barrios bajos, uno debía subir a lo más alto. Y extraño: la pobreza era una atracción turística a la que costaba llegar sólo mil quinientos pesos. A cambio, la visión cercana de cientos de pequeñas casuchas apretadas, calles de cemento, laberínticas escaleras, techumbres oxidadas, ladrillo, pocas flores; a cambio, la triste realidad de que el esfuerzo no es suficiente mientras el dinero del narcotráfico, de los turbios negocios pueda seguir comprando la vida de los que viven en esa cárcel de desesperación en la que los sueños son quimeras y en la que sobrevive no el que mejor se adapta sino el que pasa inadvertido o el que tiene la suerte de no ser balaceado, extorsionado o coaccionado para tomar partido por alguna de las bandas criminales que dominan la zona: la muerte violenta en estos lugares es una lotería que directa o indirectamente siempre toca. Y lo peor de todo es que a veces no se elije el número.



Medellín 

Medellín 
Medellín 



Medellín  

Afortunadamente, la lucha por la esperanza continua y yo sé, que un día la batalla se ganará.

Diario de viaje Soulombia: continuará

  

lunes, 26 de noviembre de 2012

Sueños de Antioquia IV

Iglesia de la Veracruz

Aún era temprano para ir a almorzar: la mañana estaba dando bastante de sí y todavía tenía una hora y media por delante ya que procuraba apurar los horarios para ajustarlos a mi horario natural. Me encaminé hacia la iglesia de la Veracruz, una de las iglesias más hermosas de Medellín . Me llamó la atención la cantidad de reconstrucciones por las que habían pasado las iglesias en Colombia (Salento, Manizales, Salamina), y como sus historia siempre habían estado muy ligadas al devenir de cada pueblo.

La iglesia de la Veracruz es uno de los escasos testimonios de la época colonial que se conservan en Medellín. Construida en estilo barroco colombiano, su fachada está coronada por un espadaña que le da cierto aire de ermita. Sobre la iglesia existe una historia que cuenta que una de las campanas fue donada y fundida para construir un cañón para la Guerra de la Independencia; también, por lo visto había sido llamada la “iglesia de los forasteros”: en siglos pasados existía la costumbre de que en las iglesias hubiera cementerios. En la de la Veracruz, éste, se destinaba a los foráneos, a aquellos que no regresarían jamás a su tierra.  Era hora de misa, pero en esta ocasión permanecí un buen rato escuchando y observando la religiosidad de un pueblo que llenaba iglesias no por la costumbre o guardar apariencias sino por pura devoción, con la fe de quien cree que los sueños, por complicados que sean, se cumplen: señoras de misa diaria, viejecitos solitarios que escuchaban atentos al cura; hombres y mujeres de mediana edad rezando a los santos; un joven tatuado en brazos y cuello se persignaba compulsivamente, una adolescente miraba implorante a Cristo crucificado pidiendo, quien sabe, si amor o paz, si por ella o por otros: todos compartían algo  más que un refugio para su alma.

Continué mi paseo por el pasaje peatonal Carabobo. Cientos de personas transitaban en enjambre entre los numerosos comercios de ropa, cafeterías, puestos callejeros y tenderetes diseminados por la calle y sus aledaños, confiriendo al ambiente un aire de mercadillo, casi de bazar asiático. Toda la zona rezumaba una vitalidad caótica, de pasos y palabras provenientes de todas direcciones; de estruendosa y puntual megafonía que vomitaba ofertas y chirriaba en los oídos; de música más para el baile que para acompañar. La cantidad de mercancía que se exponía en cualquier recoveco llegaba a abrumar de tal manera que pensaba que la ropa, los zapatos, los cinturones, los juguetes, en cualquier momento se podrían desplomar de los mostradores o las estanterías que los sujetaban.
Me encontraba en el centro, si no histórico, sí en el de la emprendeduría paisa, aquella que convertía el problema en aventura, la necesidad en oportunidad y el empuje en determinación para hacer realidad un sueño; una emprendeduría que hoy trabaja y sueña para transformar una ciudad que no hace muchos años tenía mala fama y escaso futuro, y que hoy, poco a poco, se está convirtiendo en una de las urbes más prósperas y dinámicas de Sudamérica.

La calle Junín, lugar de encuentro de las clases más pudientes durante los años veinte y treinta del pasado siglo no era ajena a los cambios y había sido recientemente remozada. Se veían comercios, pastelerías y comercios más elegantes, y también más corbatas, y mujeres vestidas con faldas. Almorcé en un restaurante con vistas a la calle. Supe que había acertado aún sin haber pedido ningún plato: si uno quiere saber si va a comer bien solamente tiene que observar, más que a los platos de los comensales vecinos o la carta, a los camareros. La actitud, la forma de moverse y coordinarse en sala te dan una pista. Si a uno de ellos lo ves feliz natural, no forzado o codicioso de una propina, si lo ves orgulloso de su trabajo, lo más probable es que comas bien: quien es verdad rara vez engaña o se presta a una pantomima.

Un buen filete de res a la brasa me dejó el estómago lleno y contento. Me dirigí al parque Bolívar, una plaza arbolada que, como me estaba ocurriendo durante el viaje con otros lugares, otros espacios y otras personas, me resultó muy familiar, tremendamente cercana, muy española. Sin embargo, la Catedral Metropolitana que quedaba al fondo, salvo por la masiva utilización del ladrillo, recordaba a iglesias francesas o italianas. No pude ver el interior al estar cerrada a esas horas por lo que me tuve que conformar con ver el exterior. En otra ocasión, pensé.

Catedral Metropolitana 
Tomé un taxi en la misma plaza para ir al Cerro Nutibara. Nos adentramos en la Avenida Oriental incorporándonos a un trancón en el que cada carro, cada buseta, peleaba por su espacio rugiendo o haciendo sonar el claxon.  Cada parón suponía una oportunidad para unos avispados y ágiles niños que sorteaban los vehículos ofreciendo, con triste indiferencia, sus pobres mercancías. En sus rostros, en sus expresiones, no había niñez, si no, más bien, la amargura contenida que deja la derrota continua; la resignación dolorosa de la pérdida; la renuncia obligada, a una infancia que no se puede soñar: sólo vivir.
El calor, el  humo negro que escupían los tubos de escape, enrarecía y viciaba un aire que se iba ensuciando y haciendo irrespirable. Algunas personas descendían de sus taxis y continuaban a pie o se perdían por las calles. La gente subía y bajaba por igual de las busetas que se iban situando en fila al no tener oportunidad de maniobrar. En los semáforos, mimos y malabaristas pasaban la gorra tras sus breves actuaciones llenas de fallos. Tras recorrer unos cientos de metros a trompicones conseguimos zafarnos del atolladero del tráfico y comenzamos la ascensión al Cerro Nutibara.
Paseé un rato por la reproducción del pueblito paisa que se encuentra en la cima: la casa del cura, la iglesia, la escuela, la alcaldía, la barbería, la pila …no me sorprendieron: los días anteriores había tenido oportunidad de perderme por pueblos a “tamaño real”; había también pequeñas tiendas de recuerdos que ese día, por la escasez de público, no estaban haciendo mucho negocio.
Cerro Nutibara 
Cerro Nutibara
Cerro Nutibara
La tarde tenía una luz alegre y limpia. Desde el cerro se obtenían unas bellas panorámicas en trescientos sesenta grados del Valle de Aburrá y de la ciudad. Medellín se desparramaba por todo el valle mostrando todos sus contrastes: zonas residenciales bien urbanizadas en las que los edificios mostraban toda su altivez; barrios de caserones y almacenes antiguos, en los que asomaban las calvas de los solares que en otros tiempos albergaron los sueños de Antioquia; laderas alfombradas de casuchas amalgamadas con ladrillo, madera, teja, cemento, chapa, con cualquier material útil con el que construir la esperanza y alojar la dignidad: Medellín no escondía nada.
Medellín

Medellín 
Cada viaje tiene muchos momentos estelares, tantos como la capacidad de disfrute, el ansia de conocimiento y el gusto por la comunicación con la gente, pero hay instantes no esperados ni buscados que acaban incrustándose en la memoria ocupando un lugar preferente en aquellos recuerdos que saboreas con el regusto dulce de las cosas hermosas. Me había sentado en una terraza a tomar un tinto y escribir unas notas sobre lo que estaba viviendo cuando un colibrí de color azulón brillante comenzó a libar una flor a un escaso metro de distancia de donde me encontraba. Aleteaba de manera frenética mientras exprimía el néctar de la flor. Apenas fueron unos segundos, los suficientes para que tuviese la sensación de estar viendo algo que se le niega a la mayoría de los mortales; algo que sólo se puede ver uno de esos documentales de naturaleza; apenas unos segundos para amar más la vida.
Diario de viaje Soulombia: continuará

Soul Business

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