miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cuando la avaricia te juega una mala pasada


Una de las cosas que siempre me han llamado la atención es ver como muchas personas, a medida que se enriquecen (afortunadamente no todas) se vuelven más rácanos al tiempo que crece la ambición insana. Uno, que es cortito, no alcanza a comprender ese deseo de tener más y más: tener por tener. No entiendo ni el por qué ni el para qué. Nunca he entendido lo de guardar y guardar, ya sea bajo el colchón o en la cámara acorazada de un banco; no entiendo ese afán de acumular por acumular tipo Tío Filito que tienen algunos; y entiendo menos aún, que estos mismos tipos siempre se hagan los longuis a la hora de pagar unas cañas o pretendan que todo les salga gratis. Curiosamente, el avaro, además de cutre, suele gastarse mala baba; suele estar medio encabronado o encabronado del todo part time o full time y para rematar, es desconfiado, no por naturaleza sino por convicción. (cree que todo el mundo quiere su riqueza) Sólo ama sus posesiones. Ni a él mismo se quiere: Un cutre y un cansino.

Pero a veces la vida se burla de su avaricia y le pega un revolcón quitándole todo o parte de lo más precioso que cree tener. Lo que se llama ponerle en su sitio. Como le ocurrió al califa de la historia de hoy que se encuentra en el libro el Circulo de los Mentirosos, del cual ya se ha hablado aquí en varias ocasiones. Que lo disfruteis.

Feliz día

Un califa avaro y cruel tenía verdadera pasión por las apuestas. Era tan avaro y tan cruel que él mismo fijaba las normas de las apuestas, para no correr el menor riesgo. Se decía que sólo apostaba cuando tenía la certeza absoluta de que iba a ganar. Los cortesanos encontraban mil pretextos para evitar jugar con él.
El califa se veía reducido a apostar con comerciantes, con sus mujeres, con sus guardias e incluso con sus sirvientas. Una mañana, mientras atravesaba el patio principal, vio una enorme pila de ladrillos que unos albañiles acababan de apilar. Al instante gritó:

- ¿Quién quiere apostar conmigo?

Ninguna persona de las que se encontraban en aquel momento en el patio contestó. El califa repitió su pregunta en medio de un repentino silencio:

- ¿Quién quiere apostar conmigo?

Y precisó:

- ¡Apuesto a que nadie es capaz de transportar esta pila de ladrillos con la única ayuda de sus manos, de un lado al otro del patio, antes de que el sol se ponga! ¿Quién quiere apostar?

Todos los allí presentes se mantenían cabizbajos porque la tarea parecía imposible. Pero de repente un joven albañil avanzó unos pasos y preguntó:

- ¿Cuál sería la apuesta?

- Diez tinajas de oro si lo consigues.

- ¿Y de no conseguirlo?

- Una cabeza cortada.

El joven albañil pensó un instante y dijo:

- Estoy listo a aceptar esa apuesta, pero con una condición.

- Te escucho.

- Podrás detener el juego en cualquier momento y, en caso de hacerlo, sólo me darás una tinaja de oro.

El califa hizo que se le repitiese aquella singular condición y se quedó pensativo un momento, temiéndose una trampa. Podía detener el juego en cualquier momento y sólo perdería una tinaja de oro. ¿Qué sentido tenía aquella cláusula? ¿Qué escondía? El albañil se negó a decir más e hizo un movimiento para retirarse. El califa, movido por la pasión del 
juego, aceptó.

El joven se puso a transportar los ladrillos de un lado del patio al otro, con sus manos, observado por el califa y toda la corte. Después de una hora de trabajo, sólo había transportado una ínfima parte de la pila de ladrillos. Y sin embargo, sorprendentemente, sonreía.

- ¿Por qué sonríes? -le preguntó el califa-. ¡Está claro que has perdido! ¡Nunca lo conseguirás!

- Te equivocas –contestó el joven albañil, mientras atravesaba el patio-. Estoy seguro de ganar.

- ¿Cómo?

- Porque te has olvidado de algo. Y por eso sonrío.

- ¿De qué me he olvidado?

- Oh, una cosa muy sencilla.

El joven prosiguió con su trajín, dejando al califa con sus oscuros pensamientos. ¿De qué se había olvidado? Recordó las frases exactas pronunciadas y no vio ninguna posible trampa. La pila de ladrillos, después de tres horas de trabajo, seguía allí, apenas disminuida. Tres o cuatro días no bastarían para transportarla de un lado del patio al otro. Y sin embargo el califa se sentía inquieto.

Al principio de la hora cuarta, viendo que el joven albañil seguía sonriendo, le preguntó:

- ¿Sigues estando seguro de ganar?

- Seguro.

- ¿De qué me he olvidado? Dímelo. ¿He evaluado mal el volumen de esa pila de ladrillos? ¿Soy víctima de una ilusión?

- ¡Oh, no! –contestó el joven-. Es algo mucho más simple.

Y prosiguió con su tarea.

Al principio de la quinta hora el califa, que mostraba signos de inquietud, preguntó:

- ¿Sigues estando seguro de ganar?

- Lo sigo estando.

- Sin embargo, mira, la pila sigue estando muy alta, y apenas te quedan cuatro horas antes de que el sol se ponga. ¿Cómo esperas ganar tu apuesta?

- Te lo repito –dijo el albañil mientras transportaba un montón de ladrillos-, te has olvidado de una cosa muy sencilla.

La frente del califa se arrugó y los ojos se le enturbiaron. Reviso todos los elementos del problema sin llegar a ninguna conclusión que hiciese peligrar su tesoro. Pidió la opinión de sus consejeros sin obtener respuesta.

Al principio de la sexta hora el califa, al ver que el joven albañil, a pesar del cansancio, seguía sonriendo, le preguntó:

- ¿Por qué sonríes?

- Sonrío porque voy a ganar un tesoro.

- ¡Eso es imposible! ¡El sol está en la segunda mitad del cielo y la pila sigue siendo muy alta! No puedes ganar.

- Has olvidado algo muy sencillo –le dijo el albañil.

- ¿qué? ¿Qué he olvidado? –grito el califa levantándose, acalorado, las manos temblorosas-. 

¿Vas a utilizar alguna clase de sortilegio?

- No –contestó el albañil-, es mucho más sencillo que eso.

El califa convocó a los matemáticos y a los astrólogos, hizo medir las dos pilas de ladrillos, hizo observar que el sol seguía con su curso regular. Al principio de la séptima hora, viendo que el joven albañil seguía sonriendo, gritó:

- ¿Sigues estando seguro de ganar?

- Seguro.

- ¡Apenas te queda una hora y los ladrillos que has transportado forman una ridícula pila comparado con la otra! ¡Mira! ¡Compara las dos pilas! ¿Cómo puedes decir que estás seguro de ganar esta apuesta?

- Te lo repito –contestó el joven-, has olvidado una cosa muy sencilla.

- ¿De qué me he olvidado?

- ¿Decides detener el juego?

- ¡Sí! ¡Lo detengo!

- ¿Y darme una tinaja de oro?

- ¡Sí! ¡Te la doy! Pero dime, te lo pido, ¿qué ese eso tan sencillos de lo que me he olvidado? ¿Cómo te las habrías apañado para librarme de mis tesoros? ¿Qué preocupación no he tomado?

El joven albañil dejó en el suelo los ladrillos que transportaba y, como el juego acababa de terminar y él había ganado, le dijo al califa:

- No has prestado la atención necesaria a la condición que he puesto.

- ¡Sólo he pensado en esa condición! –contesto el califa.

- Sí, pero sin comprender que para mí una tinaja de oro, sólo una, es un inestimable tesoro. 

Desde el principio sabía que no podía ganar las diez tinajas. Yo sólo quería esa tinaja, esa única tinaja. Tú te jugabas diez tinajas de oro y yo sólo me jugaba una.

- Pero, ¿cómo has conseguido ganar? ¿Cuál es esa cosa tan sencilla de la que me he olvidado?

- Te has olvidado –le dijo el joven-, de lo más sencillo. Te has olvidado de que podías perder la confianza en ti mismo.

El califa quedó en silencio.

El joven albañil cogió la tinaja de oro que unos sirvientes acababan de traer. Se la cargó al hombro, cruzó el patio entre las dos desiguales pilas de ladrillos y se fue a otro reino.

6 comentarios:

Katy dijo...

Se dice que la avaricia rompe el saco. Tu post toca una de los temas que más escuece. ¿por qué ambicionar y acumular si no se neceita tanto? Y no me refiero solo al dinero y posesiones, sino a cosas pequeñas. Eso es lo que produce más angustia e infelicidad.
Me ha encantado. Bss

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: Pues les has puesto de vuelta y media en tu post. ¡Se lo merecen! Ya sabes cuanto más tienen más necesitan. Como bien dice Katy no sólo es el dinero, a veces el poder por el poder tambien es muy avaricioso. Me ha gustado el ejemplo del califa. Un abrazo

Myriam dijo...

Me encantó tu cuento.

¿No es la avaricia uno de los 7 pecados capitales? Como Rafa dice, posesiones y poder.... ajaaajjjjj

Un beso

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Lo de hoy es la otra cara de tu entrada del otro día, donde los que no tienen nada sonríen y sonríen.
Un abrazo.

Asun dijo...

Hay avariciosos en todos los campos, que se aferran a sus posesiones, a sus logros, a su despotismo, y pierden la cordura.

Un cuento aplicable a muchos ámbitos.

Besos

Fernando López Fernández dijo...

@Katy - Es extraño ¿verdad? El avaricioso lo quiere todo o si no lo tiene que tampoco lo tenga el otro ahí ya entra la envidia a jugar. besos

@RafaBartolomé - La avaricia se manifiesta de muchas maneras como apuntas. Una de ellas es el egoismo, que es una manifestación m´ás de la avaricia. Un abrazo

@Myriam - Si, es uno de los siete. si ya lo juntas con la envidia....ajjjjjjjj. Un beso

@Javier - Ya sabes que la vida ofrece dos caras, hoy tocaba la otra. Un abrazo

@Asun - El avaro suele aferrarse a cosas materiales porque las espirituales le quedan lejos, muy lejos.
Un beso

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