miércoles, 14 de septiembre de 2011

Lluvia en Amritsar


Amritsar India
Continuamos con Soul India. Hoy cuento la experiencia de un día en Amritsar, en el Punjab indio, cerca de la frontera con Pakistan y lugar de peregrinación Sij.  Un día en el que el monzón hizo de las suyas calando por igual lugares y personas. Incluido un servidor.

Amritsar me estaba encantando. Supongo que, templo Dorado aparte, el que no te abordasen ni te diesen la brasa —la gran brasa india— contribuía a ello. Se podía pasear sin ningún temor a ser interrogado de forma involuntaria; se podían examinar telas y chales sin una legión de curiosos alrededor; se podía, en fin, respirar. Marujeé un buen rato por el bazar textil, un enorme laberinto de telas estampadas que hacían complicada la elección. Los grandes y enormes rollos de las telas parecían apuntalar los muros y tabiques del bazar. En mi vida había visto tal cantidad de comercios que vendiesen lo mismo. En el lugar más recóndito, encontrabas un tenderete, una galería sin salida en la que se exponían los más variados tejidos que yo suponía podían vestir a media India. Me adentraba en las tiendas y allí, medio tumbados sobre un suelo enmoquetado de sábanas, el dueño y yo comentábamos las calidades, los precios, las posibilidades de los lienzos, en tanto que un empleado se afanaba en desenrollar los grandes cilindros de mil colores y motivos extendiéndolos por el local: «que no te convence esto, ¡niño, trae los chales!», vociferaba el dueño, contento de tener un cliente extranjero, un cliente de postín: un «mirlo blanco» en su establecimiento con el que haría el día. 

Me divertía muchísimo: fingía entender, ser un experto en materia textil cuando la realidad es que me costaba diferenciar las calidades: la experiencia de haber visto y sobado telas en otros lugares, junto con el análisis de los gestos del dueño y del personal, que a mis comentarios cambiaban el semblante, me ayudaban a decidir. A veces no era suficiente y, si no timado, seguro que alguna vez me llevé algo bien pagado. 

Así transcurría la mañana, feliz de estar en una ciudad amable en la que la gente ofrecía su hospitalidad desinteresadamente. Cuando abandoné el templo Dorado y antes de perderme en el Bazar, callejeé por los suburbios próximos al centro de la ciudad, mirando los oficios, escuchando los trabajos, viviendo la ciudad. Descansé en una carpintería que olía a viruta y goma fresca; charlé, sin saber cómo, con un sastre que no sabía inglés y bebí agua en un pequeño puesto donde el propietario y sus amigos me quisieron regalar chocolatinas y otras chucherías como muestra de hospitalidad: tenía mi propia pandilla india. El día era perfecto. Me encontraba muy bien.

Había quedado con el dueño de la tienda en recoger mis compras al día siguiente: no es práctico patear una ciudad cargado de bolsas y menos, en ciudades donde el espacio para pasar en determinadas calles es para dos personas o una vaca. De todos modos en Amritsar se veían pocas.

Las nubes comenzaron a descargar agua. Primero, unos gotitas, luego un chaparrón y finalmente la lluvia del monzón en todo su esplendor. Al principio, no había dado mucha importancia a la lluvia. Me encontraba cerca del bazar textil, fisgando en un entramado de callejuelas donde se vendían cacharros de menaje, pucheros de cobre y metal, y no imaginaba, que el aguacero durase más de quince minutos. Sin embargo, la lluvia seguía cayendo, y busqué refugio en un portalón de una casa abandonada. Pasó una hora, pasaron casi dos, cuando viendo que no paraba de llover, decidí regresar al hotel. Como no tenía ni idea de dónde me encontraba, me metí por la primera calleja que tenía más de tres metros de anchura. Estaba inundada, viré en la siguiente; también. Regresé chapoteando sobre mis pasos, explorando nuevas calles por las que poder escapar; pero estaban anegadas.

Volví a la casa abandonada y esperé un tiempo más. Fue peor: la riada de agua amenazaba con llegar a mi arruinada guarida. El nivel de las aguas iba subiendo hasta originar pequeñas «Venecias» sin góndolas, pero con mendrugos de una porquería que navegaba incontrolada, de «rafting», en los canales formados por la tromba de agua. Había leído en el Times of India que en una zona del norte de India habían muerto cuarenta y dos personas por los efectos provocados por la lluvia. Y, en Amritsar, la lluvia iba a más. Como no quería ser número anónimo de portada de periódico, salí de allí hundiendo mis piernas en un agua chocolateada que me llegaba por encima de los tobillos: conseguí alcanzar una pequeña glorieta, en la que un «todo terreno» remató la faena equilibrando, en un derrape que hizo de surtidor con chorro a presión, la cantidad de agua en mi cuerpo. Mi cuerpo cada vez era más blanco, más grimoso; era agua vestida.

Derrotado por la lluvia, convencí —en realidad fueron mis rupias— a un conductor de auto rickshaw para que me llevase al hotel. Encerrado en el vehículo, al que habían colocado en los laterales dos trapos hechos jirones a modo de cortinas, pude observar que toda la ciudad era un parque acuático y la entrada del hotel, una laguna. Desembarqué como pude por una puerta lateral, con el agua por encima de las rodillas. 

Ya en mi habitación, tomé una ducha caliente. Me puse cómodo. Con un cuerpo menguado, fofo y estriado, telefoneé al servicio de lavandería y al de habitaciones. Sabiéndome seguro, mientras sorbía el humeante té, reflexioné sobre el día, llegando a la conclusión de que a veces es necesario hundirse para poder reflotar, en lugar de esperar que los problemas se resuelvan por sí solos, que amaine el temporal.

Porque en la vida, el sol no sale ni al mismo tiempo ni para todos por igual.

11 comentarios:

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Pues sí. Estas situaciones acojonan un poco. Es cuando sientes que la vida no vale nada y que si te pasa algo nadie se va a enterar.
Al menos eso sentía yo.
Un abrazo.

Myriam dijo...

Me gustó la aclaración de la estrechez de las calles: en las que pasaban 2 personas O una vaca. Y eso de que eras agua vestida, que lo dices con mucho humor.

Me imagino que meter las piernas en esa agua fangosa no sería algo agradable en absoluto...

En fin, Fer, que eres un valiente explorador de lugares verdaderam,ente exóticos e inospitos.

¡Chapeau!

Besos desde Argentina ( y yo que portesto por las calles rotas y sucias de Buenos Aires........jejejeje)

Josep Julián dijo...

Hola Fernando:
Cómo he disfrutado con la lectura y la moraleja final. Es obvio que si queremos que nos toque la lotería al menos tenemos que comprar el décimo.
Un abrazo.

Katy dijo...

Me imagino que tomada la distancia esta experiencia puede resultar divertida. Te imagino en esta situción y me hace gracia:) Cuantas veces vivimos amparados en las seguridades y cuando sopla un poco se nos vienen abajo los esquemas.
Bss

Fernando López Fernández dijo...

Hola javier:

Así es, es una sensación en la que ves las cosas quizá con más profundidad.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myriam

Es que es así, calles de dos personas y una vaca. Lo de caminar en esas aguas no es agradable pero en ese momento era necesario.
Besos

Fernando López Fernández dijo...

Hola Josep

ja ja buena manera de verlo. Muchas gracias como siempre por pasarte.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

asi es vivimos amparados en seguridades y se nos rompen las esquemas, pero siempre hay que darle una vuelta a las cosas ¿no crees?

Un abrazo

Fernando dijo...

Brillante, Fernando, y la frase final lo resume todo: a veces es necesario hundirse. Cuando uno toca fondo y es capaz de levantarse, se vuelve a levantar todas las veces que haga falta.

Por cierto, tengo que reconocerte que has redactado tan bien el post, que me sentía como leyendo una novela de acción: ¿llegaría Fernando al hotel?

Un fuerte abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Fernando:

Así es, levantarse incluso en los peores momentos es necesario.

ja ja, me alegra que haya tenido en vilo con lo de la llegada al hotel.

Un fuerte abrazo

Unknown dijo...

Hola Fernando...

Que buen relato el tuyo y ademas divertido, me gustaria preguntarte algo mas de Amritsar si es posible, mi cuenta de correo es elizavb10@gmail.com

Gracias

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