lunes, 12 de septiembre de 2011

Estación de Satna

Estación de Satna - India

Como esta semana la tengo un poco complicada iré dejando post sobre Soul India. En esta ocasión carretera, paisajes, estaciones de tren y sobre todo personas.

Feliz martes

A las siete de la mañana me estaban esperando ya mis nuevos compañeros de viaje. Había alquilado un coche para ir hasta Satna, donde tomaría el tren a Varanasi, y aunque en principio tenía pensado hacerlo en autobús, los horarios de éstos impedían cualquier conexión con el expreso Bombay–Varanasi, tren en el que había conseguido una plaza.

Así que allí estábamos los tres: el conductor, el dueño del coche y yo dispuestos a hacer un viaje de ciento treinta kilómetros por una carretera que ellos mismos catalogaban como infernal, con tramos en muy mal estado. El coche, un Ambasador sin aire acondicionado, sin cinturones de seguridad; con el cuentakilómetros e indicador de velocidad estropeados. El conductor, muy joven, estaba más asustado que yo. En ese escenario, sólo faltaba la «L» para que me hubiese bajado en ese momento.

El sonido ronco y sucio del motor tampoco acompañaba, haciendo constantes amagos de griparse en cualquier cuesta de la montañosa carretera. Contra todo pronóstico, el viaje fue muy placentero: la temprana hora de salida evitó encontrarnos demasiados camiones, lo que tranquiliza bastante cuando se circula en la India. Atravesamos el Parque Nacional de Panna, una reserva de tigres cuyo paisaje podría haber sido perfectamente el de El libro de la Selva.

Al bajar del parque, paramos para revisar el coche: el esfuerzo de la subida había calentado demasiado el motor. Aprovechamos también para fumar un cigarro de carretera y descansar un rato de los continuos baches que habíamos soportado. Por lo visto, quedaba lo peor, me decía Hussain, el dueño del coche, moviendo la mano derecha de una forma que anunciaba un cuerpo envejecido. El mío.

Durante más de veinticinco kilómetros fuimos dando botes: socavones, baches, pistas de tierra y asfalto envejecido impedían que el coche se moviese con normalidad. La llegada a Satna, una antipática ciudad industrial, se convirtió en anhelado alivio para nuestros cuerpos, a pesar de soportar la hora punta de una ciudad que era imposible de manejar por la misma policía de tráfico. 

Como aún tenía tiempo antes de tomar el tren, invité a mis acompañantes a un refresco en un dhaba situado a escasos cincuenta metros de la estación. El dhaba tenía un suelo pegajoso por los restos de comida que habían arrojado anteriores clientes. El «zumbivuelo» continuo de las pesadas moscas no invitaba a la conversación. Apuramos nuestras bebidas en menos de dos minutos, y me despedí de ellos para recordar lo que era la espera en una estación.

Las estaciones de tren siempre me han gustado; a diferencia de los aeropuertos tienen vida. Son más cercanas, más humanas. Son hierro y piedra, olor a sol contaminado por fuego de fábrica; grasa ferroviaria que hierve en los raíles y que impregna los andenes de melancolía.

Al llegar a la estación de Satna, intenté averiguar de qué anden salía mi tren. Era imposible, no entendía el hindi. Afortunadamente, el número del tren aparecía disimulado entre las letras de un cartel escrito en sánscrito. Poco a poco, me fui hacía al lugar, y descubrí un panel informativo traducido al inglés en el que se anunciaba el retraso de mi tren. Solo una hora. Busqué un hueco donde poder sentarme y dejar una mochila que empezaba a pesar de polvo y arena; pero no encontré un sitio ni en el suelo. Vagué con mi carga por todos los rincones de la estación, y me angustié viendo las caras agotadas de la gente que esperaba trenes que seguramente nunca llegarán a coger.

Estas almas han creado un hogar en los andenes, un hogar inmóvil donde habitan la miseria y famélicas figuras que huelen ya a cadáver. Lisiados por errores que no cometieron, peregrinos de dioses sin memoria, viven melancólicos la hora de escapar de los andenes de la pobreza. Sentados como los monos, te recorren con la mirada de la desesperación. Se arrastran hacia ti con un gesto de pintura de Goya, pidiendo, temblorosos, una moneda con la que poder llenar una mano de comida.

Los viajeros deambulaban con enormes bultos y maletas viejas, maletas que se hicieron cuando el mundo era en blanco y negro, mientras un megáfono ronco avisaba de las próximas llegadas y salidas. Las moscas completaban el decorado. Conseguí aposentare en un banco de piedra, entre dos indios que dormitaban la espera de su tren. Inmediatamente y frente a mí, se colocaron tres o cuatro hombres que me fijaban en su mirada. Sólo me miraban de arriba a abajo, de abajo a arriba preguntándose, supongo, qué carajo hacía allí. Cuando intentaba hablar con ellos, tímidos, bajaban la cabeza. No sabían inglés, nunca lo aprendieron y tampoco lo necesitarán. Llegaba un momento en el que tenías la sensación de ser una atracción de feria y cerrabas los ojos para desaparecerlos.

Era casi la hora de subir al tren. Los moribundos aguardaban bajo el sol su cita con la muerte. Su cita en Varanasi. 
 

17 comentarios:

Myriam dijo...

¡Qué buena descripción! me parece estar ahi contigo y ellos en ese tren, con olor curry y sudor.

Recuerdo una experiencia similar en un tren en Coplombia hace 30 años. Los pasajeros subian con gallinas y cantidades de bultos. En el andén se amontonaban los pedigueños y los vendedores de chantaduros y huevos de iguana, que por cierto probé.

Y tasn amontonada iba la gente entre parada y sentada, que no podía ir al baño para no perder el asiento. Cuando ya no pùde aguantar más el que estaba sentado a mi lado se acostó en el asiento para guardármelo y yo también lo hice por él...

En fin, toda uan experiencia.
Aquí ando antre familia y amigos castigándome con carne y morcillas.
Besos

Myriam dijo...

Colombia, dice ¡obvio!

Katy dijo...

Lo tuyo es la aventura pura y dura. Según lo contabas me venías algunos cortometrajes que de películas y videos que nos trajo mi hija cuando estuvo trabajando con Manos Unidas alli un tiempo.
Vivi 20 años en Sudamérica y no un vi un tren hasta llegar a Europa:)
Me encantan tus historias, podrías escribir un libro.
Bss

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: Estoy con los tres indús: ¡qué carajo hacías allí! Por la confianza que te tengo te diré que estás como un cencerro, ja ja Siempre he dicho que me encantan tus descripciones, tengo que leer lo atrasado pues me parece que merecerá la pena. Un abrazo

Asun dijo...

Me ha resultado curioso lo de "el conductor y el dueño del coche", vamos que el dueño no era quien conducía.

La verdad es que tus viajes son una auténtica aventura cargada de anécdotas.

Tiene que ser una sensación extraña sentirse el único diferente y como fuera de contexto.

Besos

MTTJ dijo...

Precioso relato y fabulosa descripción, como siempre.
Es curioso ver los sentimientos que despiertan en las personas las estaciones de tren o los aeropuertos. A diferencia tuya, prefiero los aeropuertos ... los asocio indiscutiblemente con vacaciones, con el lugar que me permitirá dar el salto a un destino soñado. Las estaciones de tren, en cambio, despiertan en mí un sentimiento triste y melancólico y no sé bien por qué. Quizás porqué durante mi época universitaria, los domingos por la tarde dejaba con pena a los amigos y familia para ir a coger el tren en destino a Barcelona. Estoy segura que si por motivos laborales tuviera que moverme mucho por aeropuertos, los sentimientos no serían los mismos.
Tengo que reconocer también que las estaciones de tren en algunos países son todo un espectáculo y es donde se puede sentir mejor el latido de una ciudad.

Un abrazo

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hace muchos años pero yo también he conocido esas estaciones. Todavía las recuerdo como si hubiese sido ayer. Me ha guestado mucho la cita en la que dices: "...Lisiados por errores que no cometieron, peregrinos de dioses sin memoria...".
Es perfecta.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

@myriam

Pues ya nos dirás que tal estaban los huevos de iguana. las incomodidades a veces nos enseñan mucho y nos hacen ver las cosas de otra manera. Me imagino la escena de trabajo en equipo para no perder el asiento.

Sigue disfrutando de las vacaciones y castígate lo que quieras ja ja
besos

Fernando López Fernández dijo...

@katy

que va, que va no son aventuras son experiencias y, desde luego, muy enriquecedoras. En sudámerica, slvando distancias, es muy parecido.
Besos

Fernando López Fernández dijo...

@Rafa

Pues que voys a hecer? disfrutar de la vida. Y si, en lo de como un cencerro no te quito razón, ja ja
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

@asun

Es muy habitual en india encontrarte en esas situaciones de que el dueño no sea el chofer, pero también en otros lados. Como le decía a Katy, más que aventuras experiencias. Y, efectivamente, a veces tienes esa sensación rara de sentirse muy diferente, pero forma parte del viaje.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Maria Teresa:

tendemos a asociar sitios con experiencias y es lógico que tu prefieras los aeropuertos, pero como dices si fuese por cuestión de trabajo te ocurriría lo mismo que con las estaciones. Totalmente de acuerdo en que hay estaciones espectáculares como por ejemplo la de Mumbai.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:

Para mi, desde luego, mucha estaciones tienen alma. Me alegra que te haya gustado ese párrafo.
Un abrazo

Fernando dijo...

Tremendo, Fernando, y fantástica redacción. Como te he dicho en alguna ocasión, tienes un gran talento para contar historias. De verdad que me dejas siempre en vilo mientras leo tus viajes, jeje.

Ahora sigo con el resto de la trilogía.

Un fuerte abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Fernando:

Pues muchas gracias, pero lo voy contando tal como lo veo y lo siento. me alegro que te gusten mis diarios de viaje.
Un abrazo

María Hernández dijo...

Hola Fernando:
Te debo varias lecturas, a ver si me pongo al día.
Me ha encantado la descripción de tu aventura.
"Maletas que se hicieron cuando el mundo era en blanco y negro". ¡Genial!.
Aquí, esos bultos, cajas o maletas destartaladas acabaron siendo conocidos como "cartonite", hermanos pobres de las samsonite. Eso sí, ya se rodaba en color, jeje.
Besos y feliz día.

Fernando López Fernández dijo...

Hola María:

A mi no ,me debes nada je je, ya sabes que aquí la puerta está abierta.

me ha gustado eso de la cartonite ja ja, no lo había escuchado antes. Qué bueno.¡¡¡

Un beso

Soul Business

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