jueves, 29 de septiembre de 2011

De una visita al Taj Mahal


Taj Mahal India


Hoy y para dejar algo para el fin de semana he elegido este capítulo de Soul India. En los viajes no es lo que ves, es lo que sientes. Aquí os dejo mi experiencia de la visita de tu a tu que hice al Taj Mahal, sin duda uno de los mausoleos más bellos e impactantes del mundo.

Feliz fin de semana

Alma de mujer encerrada en silenciosa geometría

Había puesto el despertador a las cuatro y media de la mañana para ver amanecer el Taj Mahal. De noche no se ilumina y se eclipsa, como si a la luna se le hubiera denegado el derecho a acariciar su mármol blanco.

Cada minuto que pasaba, la tonalidad del Taj iba alternando hasta que, una vez que el sol sobrepasaba la cúpula principal, el blanco de su brillo y la contaminación de la ciudad difuminaban su figura en un cuadro de Monet. No podía esperar más, y a las ocho de la mañana me hallaba en la puerta. 

Había advertido al conductor del ciclo rickshaw que no era necesario que hiciese guardia hasta mi salida: tenía intención de quedarme varias horas dentro, y no sabía ni la hora aproximada de mi salida del monumento. Él, con la tranquilidad de «más vale pájaro en mano que ciento volando», me dijo:

— No hay problema, yo aguardo allí, al lado de ese árbol.

— No es necesario —insistí—, prefiero pagar el servicio ahora y si a mi regreso todavía estás, prometo hacer el camino de vuelta contigo remunerándote la misma cantidad: —«¿Es okey?»

— «Es okey», ningún problema, yo espero —sentenciaba, sumiéndome en el desconcierto más absoluto. Todo era «okey, no hay problema» y esto, a mí me ponía un poco de los nervios, más que nada por la poca sangre que tenía el pobre hombre. Es como si le dices a alguien: «¿Estas tonto?» y te contesta con un «es okey, no hay problema». ¡Yo no quería engañar ni aprovecharme de nadie! y sabía que iba a estar unas dos o tres horas más que un turista normal.

Fueron cuatro horas. Quería hacer una visita de ritmo suave. Había bebido agua suficiente, pasado por los aseos; me preparé para un largo viaje sobre el mármol. Un viaje que no me iba a decepcionar en absoluto. Hay veces que tenemos tantas ganas de ver algo que luego nos decepciona o no se ajusta a lo que teníamos en mente; lo que teníamos imaginado. El Taj Mahal es como el fuego, como el mar: no te sacias de contemplarlo, te apresa, te borra, y no piensas. No lo hace de una forma violenta ni insultante. Te va atrayendo, te va acercando: «despacio, no corras» parece que va diciendo. Desde cualquier ubicación es perfecto, sin defectos que encontrar porque no los hay. Me senté sobre el mármol, sobre la hierba, en los bancos buscando la clave de los misterios que encierra. Respiraba profundo, no sé si suspiraba: era un acordeón. Su figura era relajante, un bálsamo para los dolores del cuerpo y alma.

El Taj Mahal es un mausoleo construido por amor; quizá una de las pruebas de amor más grande que haya conocido la historia tras la muerte de un ser amado, quizá la única. La perfección de sus líneas, la riqueza de sus relieves tallados con piedras preciosas, la complejidad del interior de la tumba, los constantes cambios de color que parecen darle vida, así lo sugieren. 

Cuentan que el emperador mongol paso sus últimos años contemplándolo con nostalgia desde el Fuerte de Agra, donde había sido confinado por su hijo al acceder al poder. Otras versiones menos románticas indican que el emperador murió como consecuencia de una orgía de sexo y drogas. En cualquier caso, prefiero quedarme con la versión más romántica.

Erraba por los jardines y advertía cómo las dos mezquitas, magníficas por otra parte, que flanqueaban el mausoleo eran ignoradas por los visitantes: eran patitos feos que en otro lugar hubiesen sido cisnes. Para mí eran el complemento ideal al inmaculado mármol de la tumba. En el interior de la tumba los guías hacían demostraciones de la acústica del mausoleo con aires desconsolados, cantos de «blues mongoles».

Puedo asegurar que los lamentos del emperador debieron ser música que intentaba agrietar las entrañas de la tierra para rescatar el alma de su esposa muerta. 
  
Taj Mahal
Taj Mahal
Taj Mahal
Taj Mahal

9 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: no sé si seguir leyéndote, ¡puta envidia das(que diría Santa Teresa)! Creo que cosas tan especiales hay que visitarlas, vivirlas en el lugar en que se encuentran; es lo que haces tú, y de ahí la envidia. Una fotografía por fantástica que sea no es sino una parte de la realidad, eso creo al menos. Me ha gustado mucho. Un abrazo

Asun dijo...

Tiene que ser todo un espectáculo ver amanecer frente al Taj Mahal. Espectáculo que alguna vez me gustaría poder disfrutar.

Un beso.

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
Puedo corroborar lo que dices, porque he tenido la suerte de estar allí.
Lo cierto que eso socedió en otro tiempo y sigue siendo... otro lugar.
Un abrazo.

MTTJ dijo...

Hola Fernando
Con una visita de cuatro horas en el Taj Mahal, seguro que no se te escaparía ningún detalle.
Se dice y tú nos recuerdas, que es el resultado de "una de las pruebas de amor más grande que haya conocido la historia tras la muerte de un ser amado, quizá la única". Estoy segura que las historias de amor como ésta, fueron y siguen siendo incontables... lo único que la mayoría de los mortales no tienen la posibilidad de inmortalizarlo en una obra semejante a la que hizo construir el emperador mogol, una poesía convertida en arquitectura, una maravilla.
Un abrazo

JLMON dijo...

Hola Fernando
Atemporal, verdad?
Podía estar allí o en Anatolia, el lugar poco importa. Lo importante es que es un "lugar emocional" y, como todos, poco importa donde estén.
Cuidate

Fernando López Fernández dijo...

Hola rafa

Pues no creas, que en mi ánimo no está dar envidia pero como dices hay cosas que hay que vivirlas. La fotografía es una parte solo.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Asun:

Si, es algo muy suave, como cualquier amanecer con un fondo bonito. El tiempo parece que va más despacio.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Maria Teresa:

La verdad es que me lo tomé con calma. Coincido contigo en que historias de amor son incontables, historias anónimas que pasan desapercibidas. Lo escribí así teniendo en cuenta el contexto histórico y religioso. No era frecuente que se hiciese.

Fue como dices, poesía convertida en arquitectura
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola José Luis:
me gusta lo que dices de "lugar emocional" porque esos lugares son los que nos "construyen" también.
Un abrazo

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