jueves, 25 de agosto de 2011

Kawah Ijen: Por un puñado de rupias II




Me siento en una especie de banco de madera y paso observando un buen rato como pesan el azufre. Lo hacen de una manera muy rudimentaria - nada de tecnología-, confiando en la precisión de una balanza que van ajustando muy pausadamente hasta equilibrar el peso. De repente, mi cabeza se va al pasado. Me sorprendo sonriendo, recordando las antiguas “romanas” que hace décadas se veían en muchos mercados de los pueblos y ciudades españolas y que hoy sólo se ven en determinados ambientes rurales.

Van haciéndolo por turnos. Después anotan la cantidad para saber cuantas rupias percibirán exactamente y colocan la carga en unas pequeñas explanadas adyacentes. Una vez hecho esto, encienden sus cigarrillos de Kretek, el famoso cigarrillo de clavo y tabaco, cuyo aroma se entremezcla con el olor de una montaña que se va templando y charlan un rato antes de volver al trabajo: todavía les resta una dura jornada.



En los últimos quinientos metros el verdor desordenado y los árboles van desapareciendo. El paisaje se torna yermo, regresa el frío y se escuchan ráfagas de viento que parecen advertir que estoy próximo a coronar los 2.300 metros de altura que tiene el “cráter verde”.

Aparecen ante mis ojos las primeras columnas de humo, la primera visión de las laderas erosionadas que se asemejan a pequeños cañones, a cauces de arroyos secos: tierra cuarteada y hostil. Lo voy bordeando hasta que empieza a asomar un lago de pálido color turquesa tan hermoso que suaviza la visión. Dicen que es el lago sulfuroso más grande del mundo.


Más adelante, la visión es sobrecogedora: En la base, en una de las orillas del lago, enormes masas de intenso amarillo veladas por intermitentes fumarolas muestran el lugar donde se desarrolla uno de los trabajos más duros y peligrosos que se realizan hoy en día.

Desde la lejanía, los mineros parecen hormigas, puntitos negros moviéndose de forma desordenada: vulnerables. El alma se estremece al verlos y más cuando piensas que se han convertido en una atracción turística. Pero esto no es Disneylandia. Estás viendo a personas que sabes que están muriendo lentamente: el aire allí es irrespirable, el oxigeno escasea, el dióxido de sulfuro quema los pulmones y las mucosas y los ojos se irritan. Aunque intenten protegerse con pañuelos mojados, aunque procuren protegerse de las emanaciones. Las fumarolas las mueve el viento y éste no se puede controlar. Hay momentos en los que el humo súbitamente se convierte en niebla cubriendo el amarillo, ocultando a las personas. Son los pequeños ataques de un volcán asesino que acortará, en muchos años, la vida de todos.




Por lo que me cuenta un chico de Surabaya con el que había estado charlando la noche anterior en el hostal y que ahora encuentro sentado en una roca, a partir de las diez de la mañana la atmósfera se vuelve irrespirable y prácticamente a partir de esa hora la actividad decrece.

Me siento a su lado. Me pregunta si voy a bajar hasta la mina. Le respondo que no. Varias son las razones para no hacerlo. Desde donde me encuentro hay cerca de trescientos metros de distancia. El descenso se realizada por una de las paredes que tiene fuertes desniveles de roca agrietada y no debe ser nada sencillo. El ascenso, viendo la pendiente tampoco invita a ello. 

Por otro lado, no quiero respirar olores nauseabundos e intoxicantes. Definitivamente no quiero toser hasta vomitar y sufrir innecesariamente: prudencia obliga. Pero, además, no quiero ser un estorbo para esos hombres que se están dejando algo más que la piel. No quiero entorpecer su tránsito, obligarles a detenerse o a que me cedan el paso, no quiero interrumpirles ni que desvíen la atención a su trabajo y sé que aunque ya están de vuelta de todo, que no les importa que les miren, les hagan fotos y algunos estén encantados de acompañarte por la propina, me niego a romper el equilibrio. Me merecen un gran respeto.

Admiro su valor, su fuerza de voluntad y su dignidad. Son, como he dicho, de otra pasta y me imagino a cualquiera de nosotros, los del primer mundo, los que creemos que nos la sabemos todas, los mismos que cuando llega una crisis, una dificultad, tiramos la toalla con facilidad o maldecimos nuestra suerte o nos quejamos y andamos por el mundo cabreados intentando aguantar este día a día. Aquí sí se gana el jornal uno con el sudor de la frente.

Por lo que puedo entender a mi compañero de miradas, hay dos tipos de trabajadores. Unos de ellos pasan en la cantera gran parte del tiempo, controlando el proceso de condensación que se hace a través de unas tuberías. Luego lo enfrían y solidifican.  Después, otros mineros con barras de metal picarán la amarillenta masa hasta obtener suficientes pedazos que quepan en las cestas para realizar el camino de vuelta.



El azufre arrancado al volcán, entre doce y quince toneladas diarias,  se enviará a una cercana refinería a 20 kilómetros donde será tratado para su posterior uso en la industria farmacéutica, cosmética, vulcanización del caucho, elaboración de fertilizantes, blanquear el azúcar y un montón de aplicaciones más.

Comienzan a llegar grupos de turistas. Empieza a parecer una romería por lo que decido irme. Si la subida cuesta, en el descenso se sufre. Muchas veces debes ir frenando con los pies porque da la sensación de que te vas a precipitar al suelo dándote un golpazo morrocotudo. Los mineros, que ya están acostumbrados saben como hacerlo y bajan en zigzag y a un fuerte ritmo. De no hacerlo así, la carga se volcaría en cualquier momento.

Tengo las rodillas machacadas, estoy cansado. Quiero beber agua y tomar un café caliente, pero no me quejo. No tengo derecho a hacerlo.

Me siento en un cafetín a esperar la hora de mi salida para el puerto de Ketapang, donde tomaré un ferry que me llevará a Bali. Cuando doy los primeros sorbos al café no pienso en que he viajado al corazón de un volcán. He viajado al corazón del alma.


18 comentarios:

Myriam dijo...

¡Impresionante! Gracias por este intenso, vibrante, relato.

Tienes mucha razón y agradezco siempre la suerte (buena o menos buena) que me ha tocado. Las hay peores. Nosotros los del "Primer Mundo" no tenemos derecho a la queja jamás.

Un beso

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

¡Uf!
Cuesta identificarse como parte de la raza humana cuando tomas conciencia de estas barbaridades, ¿verdad?
Un abrazo.

Katy dijo...

Una experiencia inolvidable que es todo un reportaje que denuncia el duro e insano ambiente de trabajo de las minas. En Sicilia nos enseñaron unas fábricas antiguas ya cerradas dónde trabajaban niños hace tan solo 30 años para la industria farmaceútica.
Cuesta creer que esto exista. No me extraña que se te encogiera el corazón y el alma.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myriam

Muchas gracias. Como dices, somos unos privilegiados.

Un beso

Fernando López Fernández dijo...

hola javier:

Lo malo Javier es que lo sabemos y tampoco hacemos mucho la verdad. Y lo pero es que hay tantas cosas que no sabemos...

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

Yo creo que esto pasa en todo el mundo. Lo que ocurre que en en algunos sitios se oculta. Lo de hacer trabajar a los niños lo he visto varias veces y eso aún me parece peo, sobre todo cuando son utilizados y los mayores no trabajan.

Un beso y feliz fin de

andré de ártabro dijo...

Vengo del blog de Myriam y a fe mía que ha valido la pena , por tus situaciones insólitas , por tus narraciones y por tus fotos , la descripción que haces de los entornos dela mina son realistas .
Volveré, a tu casa donde la narrativa tiene muy interesantes viso de reportaje y técnica.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola André:

Muchas gracias por el comentario y bienvenido a Soul Business. Gracias por tu visita.

Un saludo

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Esto sí es aprovechar las vacaciones para conocer lugares interesantes. Gracias por el reportaje, tan cargado de humanidad y proximidad.

S.A.D.E.FILIAL VILLA MARIA dijo...

Estupenda crónica. A través de tu esmerado detalle sobre la vida y trabajo de esta gente podemos conocer un poco más. Muy bueno. Saludos cordiales de la Sociedad Argentina de Escritores Filial Villa María-Córdoba-Argentina.

Pilar dijo...

Usted me recuerda a uno de los reporteros de televisión más concienciados, Vicente Romero.

Muchas gracias por los aportes que hace, por la denuncia y por la gran sensibilidad con que los trata.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Pedro:

Como siempre un placer verte por aquí, esper que hayas tenido un buen verano.

Fernando López Fernández dijo...

S.A.D Filial de Villa MAría

Bienvenidos a Soul Business. Gracias por la visita y el comentario. Saludos cordiales.

Fernando López Fernández dijo...

Pilar:

Muchas gracias por el comentario. Me alegro que le haya gustado. Los viajes se pueden ver y sentir de muchas maneras.
Un saludo

JLMON dijo...

Alguien diría algo así como "es la vida!"
Hay quienes afirmarían con seguridad: "es una cuestión de selección natural"
Y hasta habría quien se escandalizaría: ¡qué horror!
Caminas por el lado oscuro que diría el bueno de Lou Reed y allí sólo hay oscuridad y desesperanza....de momento
Cuidate

Asun dijo...

Es terrible que tengan que trabajar en esas condiciones y el resto del mundo se ponga una venda en los ojos.

Me ha recordado un poco a los curtidores de pieles de Fez, trabajando entre olores nauseabundos y sumergidos en aquellos líquidos algunos altamente corrosivos.

Desde luego que nosotros no tenemos ningún derecho a quejarnos.

Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola José Luis.

Un gusto como siempre verte por aquí. Siempre hay que saber caminar por el lado oscuro de la vida para seguir aprendiendo.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Asun:

No he estado en Fez, pero he leido mucho sobre ello y debe ser algo muy parecido. He visto trabajar a otros curtidores en marruecos, en espacios más pequeños y ya eso me pareció que muy sano no debía ser.
Un beso

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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