miércoles, 24 de agosto de 2011

Kawah Ijen: Por un puñado de rupias I

Ijen -Java 

Aún no ha amanecido cuando me dispongo a encarar los tres kilómetros de ascensión que me llevarán al cráter del volcán Kawah Ijen. Las primeras luces del día van asomando despacio, acompañando mis pisadas y el sonido de una naturaleza fresca y poderosa que parece desperezarse por segundos. Durante un buen rato camino en solitario – he sido de los primeros en salir del hostal –  recreándome en la vegetación, en el cielo, en los lejanos volcanes; absorbiendo cada instante que me ofrece el paisaje, como si de esa manera estuviese reconciliándome con una naturaleza que muchas veces tengo abandonada, aún a sabiendas de que en ella está la esencia de la vida.


Ijen Indonesia 

Metro a metro, el recorrido se va haciendo más sinuoso, con empinadas rampas que demandan pequeños descansos en los que poder jadear sin forzar, en los que apaciguar el sofoco, con tramos en los que un suelo resbaloso, por la humedad del bosque tropical, obliga a clavar el paso más que a andar, al menos, hasta alcanzar el primer kilómetro y medio del trayecto.

En la subida, antes de cubrir los primeros doscientos metros, veo un hombre sentado que parece estar descansando. A medida que me acercó, me doy cuenta que es uno de los doscientos y pico mineros que todos los días bajan al cráter del Ijen para extraer el azufre que de la misma forma que sustenta sus vidas, las apaga. Al llegar a su altura, se incorpora e inicia una conversación cuyo prolegómeno anticipa un mayor interés en mi bolsillo que en mi persona.

Se llama Wayan, tiene 37 años y dos hijos. Es muy moreno, de mediana estatura y cuerpo fibroso. Desde luego, su rostro aparenta más edad. Quiere saber de dónde soy, cuántas horas de vuelo hay a mi país, si estoy casado, tengo niños, si tengo tabaco.

Me cuenta que todos los días hace dos o tres viajes al cráter mostrándome unas cestas unidas por una vara de Bambú que usa para transportar la carga. Por el sendero encontramos cestas que contienen bloques de azufre. Apenas huelen. Son desiguales, de un intenso amarillo que parece cobrar más fuerza cuando contrasta con el verde umbrío de esas horas de la mañana.


Azufre - Kawah Ijen Java

Se coloca una a la espalda y me invita a que pruebe a llevarla, pero declino amablemente la invitación pues tan temprano no estoy para cargar con cerca de 60 o 70 kilos a mis espaldas. Además, la operación requiere tanto de fuerza como de maña, cualidades que son escasas en mi persona. A medida que ascendemos me va mostrando un volcán lejano, una perspectiva. Señala con el dedo hacia arriba varias ramas de los árboles y me muestra como los monos juguetean entre las ramas. Luego sonríe.




Es un tipo simpático, que acompasa su paso al mío, al tiempo que su oratoria acelera el ritmo buscando mi compromiso para descender con él al cráter, lo cual no tengo previsto hacer y así se lo hago saber en varias ocasiones. En una de las paradas le ofrezco un cigarrillo. Somos alcanzados por la familia francesa con la que compartí transporte. Intercambiamos unas palabras sobre la belleza de lo que estamos viendo y continúan el ascenso con un nuevo acompañante: Wayan, que viendo que conmigo tenía poco que rascar, traslada su entusiasmo y objetivo hacia mis compañeros de viaje.  Sigo a mi ritmo y los veo alejarse en la siguiente curva, aunque al final, alcanzaríamos la cima casi a la vez.


 Kawah Ijen

Me cruzo con varios mineros que descienden con sus cargas o soy adelantado por los que suben con las cestas vacías. Unos saludan, otros saludan y piden tabaco, que les haga fotos a cambio de dinero: casi todos intentan venderme figurillas hechas con azufre que esconden en sus cestas: una tortuga, una flor, algo indescriptible…

Están acostumbrados a los turistas, viajeros, caminantes o peregrinos de las bellezas del mundo y no se molestan por su presencia. Es más, gracias a ellos, consiguen, si la suerte, o su simpatía acompañan, sacarse un sobresueldo que puede llegar a ser superior a su salario habitual.  Un salario, por otra parte, que dobla el de los agricultores de los cafetales y campos próximos y que en el mejor de los casos, no sobrepasará los ocho o nueve euros diarios correspondientes a dos viajes diarios cargados con más de setenta kilos de azufre a la espalda por unos parajes que en tramos son duros y venenosos.

Se me hace complicado el explicar lo que se siente en un sitio así, tan bello como cruel, un lugar donde uno se convierte en mero espectador de lo caprichoso que puede llegar a ser el destino que nos hace nacer a cada uno en una frecuencia; que a unos regala, a otros desprecia y a otros exige.

Kawah Ijen Java 

Al observarlos como se dejan, la vida en cada trayecto por un puñado de rupias, conscientes de que la vejez es una quimera, uno no puede más que sentir admiración por ese esfuerzo resignado, por esa pasta tan especial de la que están hechos muchos hombres.

De vez en cuando, vuelvo a quedarme solo en el camino. Escucho la naturaleza. En esa nitidez sonora, también llegan a mis oídos las pisadas de los mineros que aparecerán unos segundos después de cada curva descendiendo a una buena marcha, como si diesen pequeños saltitos que provocan un chirrío irregular en el bambú de la vara que une las cestas que da la sensación por momentos de que no soportará más peso y quebrará.

Cada pocos pasos o según el desnivel, los mineros van compensando la carga por los hombros: diagonal pasando uno de los lados por el hombro derecho y dejando el otro a la espalda o viceversa. Siempre la misma rutina.

MInero Kawah Ijen
Imagino sus primeros días: espaldas llagadas, escoceduras, dolor de huesos, rodillas, tobillos y tendones a punto de romperse, jaquecas, quemaduras, pulmones intoxicados, ojos y narices irritados. Con esa sensación de derrota que deja el miedo a lo desconocido, la falta de experiencia y las dudas que seguramente ronden sus mentes sabiendo que han comenzado una carrera que les acortará la vida.

Pienso en todo ello mientras atisbo una gran caseta y algún cobertizo en el que se encuentran muchos mineros descansando, colocando y pesando el azufre.

Aún no había visto casi nada. (continuará)

12 comentarios:

Fernando dijo...

Maravilloso, Fernando, ha sido como estar contigo en Indonesia. Y entiendo los sentimientos que tratas de explicar. Cerca de Atacama, el año pasado, sentí algo parecido, con mineros trabajando en condiciones infrahumanas para suministrarnos de minerales que, sin duda, nos hacen la vida a las millones de personas que vivimos en el llamado primer mundo.

Espero impaciente la continuación!

Un fuerte abrazo

Myriam dijo...

¡Vaya, de saber que andabas por Indonesia te pedía me trajeras unas nueces moscadas!

Tu relato me transportó deliciosamente (sin carga de bloques de azufre a mis espaldas, claro) a esos parajes que recorro de tu mano en esta fabulosa crónica de viaje de la que espero ansiosa la continuación.

Me motivaste a leer sobre los usos del azufre, intoxicaciones por y demás temas relacionados. No tenía ni idea de que el azufre se usa para vulcanizar el caucho o para refinar azúcar...

Un abrazo
Ya veo que por tanto esfuerzo y riesgo esos trabajadores ganan una miseria...

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola de nuevo:
Según iba leyendo me he acordado de las películas de James Bond: el guión siempre se parece, lo que cambian son los escenarios naturales.
Y que conste que no trato de frivolizar. Todo lo contrario. Porque en los países en desarrollo, la vida está diseñada para vivirse con cuentagotas y durante poco, demasiado poco tiempo.
Un abrazo.

MTTJ dijo...

Parece imposible que una persona pueda soportar tanto esfuerzo día tras día. Resulta muy difícil entenderlo desde nuestra sociedad del bienestar.
Me ha recordado mucho la vida de los "hieleros" del Chimborazo en Ecuador. Aunque no he estado allí, he leído varios artículos que me han impresionado.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Fernando:

Muchas gracias como siempre por el comentario. He oidi hablar de los mineros de Atacama y quizá incluso pueda ser más duro lo de allí, pero lo que es cierto es que en cualquiera de los casos da mucho que pensar ¿verdad?
Un fuerte abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myriam

Ya me quise traer yo, pero la zona donde hay más estaba un poco lejos de donde me encotraba y en otros sitios no las vi.

la verdad es que es apasionante. Yo ignoraba también todo lo del azufre. Lo malo es que estos hombres son los que menos ganan con el negocio.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:

Tienes mucha razón y no creo que frivolices. Quizá la única diferencia con otros escenarios es que ellos lo asumen y lo dan por bueno. ¿necesidad? ¿ignorancia? ¿resignación? No lo sé.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola María Teresa

Eso es lo que asombra. La capacidad de aguante del ser humano y como apuntaban Fernando y Javier y tu con lo de los hieleros de Ecuador, la historia se repite.

Un abrazo y este fin de semana me pongo a leer tus crónicas de Grecia que tienen muy buena pinta

María Hernández dijo...

Hola Fernando:
Como siempre tienes ese don de transportarnos hasta donde pisan tus pies para hacernos partícipes de tus andanzas.
En esta ocasión, en cuanto describiste a Wayan, con sus cestas llenas de azufre, recordé haber leído la historia de D. Alejandro Llanos, un paisano mío, nacido en 1917 y que, también, se dedicó al azufre, solo que en esta historia el volcán se llamaba Teide. Ya ves, crónicas parecidas en sitios tan distantes.
Este es el enlace por si te apetece leerlo:
http://www.bienmesabe.org/noticia/2008/Octubre/recuerdos-de-la-memoria-i-alejandro-llanos-recuerdos-de-un-azufrero
Maravilloso tu ascenso.
Un beso.

Asun dijo...

Bien dices que el destino es caprichoso. A uno le da por pensar que bien podía haberle tocado en suerte nacer en uno de esos lugares desfavorecidos. Es entonces cuando nos hacemos conscientes de lo inmensamente afortunados que somos.

Besos

Fernando López Fernández dijo...

Hola María Hernández:

La verdad es que leyendo el artículo que me dejas, uno se va reafirmando en que hay hombres de otra pasta. Desconocía que en el Teide se hubiese recogido azufre, pero lo que de verdad me asombra es como lo cuenta, con esa tranquilidad o naturalidad y todo lo que ha hecho en la vida para ganarse el jornal.
Muchas gracias por dejarnos el enlace.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Asun:

Así es, no asumimos que somos unos privilegiados y que tenemos mucho que aprender.
Un beso

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