miércoles, 23 de marzo de 2011

Los post perdidos y III: Cuentos de las noches tristes



Llevo unas semanas en las que a pesar de intentar planificarme lo mejor posible me faltan horas. De vez en cuando no es que no quieras escribir cosas nuevas, es que materialmente no puedes. Por eso, esta semana he republicado varios post. Para cerrar la semana, os dejo tres cuentos de las noches tristes que se publicaron hace tiempo y que seguro que muchos no conoceis. A vuestra bola, ya sabéis.

Feliz lo que queda de semana y fin de semana


Invariablemente, cuando llegaba el mes de abril, Paquillo sacaba de debajo de la cama una desvencijada caja roja de madera cuyo fondo se dividía en pequeños e irregulares compartimentos. La limpiaba, barnizaba y le daba una mano de pintura. Una vez seca, colocaba con mimo las chucherías que había comprado tras ahorrar durante todo el invierno las pocas monedas que le sobraban de la exigua pensión que su trabajo como bedel de la oficina de correos le había dejado. Se pasaba horas ubicando y reubicando las bolsas de pipas, las piruletas, los ositos de goma, los chicles por unidades, las barras de regaliz y las pastillas de leche de burra. (sigue)


El vuelo a Ámsterdam había sido interminable, y aún le quedaban cinco horas para llegar a su destino; dos de espera en unos asépticos bancos de plástico, y casi tres de vuelo a Madrid.

Los preparativos habían sido largos. Cinco años ahorrando cada una de las monedas que los clientes dejaban como propina en el pequeño café de la Plaza de la Iglesia donde trabajaba doce horas diarias sirviendo y limpiando mesas después de acudir al Mercado Central donde con las primeras luces del día descargaba a destajo enormes fardos que contenían hortalizas, frutas o verduras de los valles próximos (sigue)



Todos los años, cuando los días comenzaban a alargarse, llegaba a la ciudad el viejo Circo de la Luna. El Circo de la Luna era un circo pequeño, viejo que algunos calificarían de vulgar. Muchos años atrás había sido un circo importante: La ciudad por la que pasaba se engalanaba de coloridos carteles en los que el dibujo de la cabeza de un payaso sonriente en primer plano, y tigres y elefantes y trapecistas en un segundo, invitaban a ver lo nunca visto en «El mayor espectáculo del mundo.» (sigue)

5 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: recordé el cuento de Paquillo nada más empezar a leerlo y me sorprendió como la primera vez. Escribes hermosos cuentos, y además con moraleja, deberías hacerlo con más frecuencia.
Un abrazo y feliz semana también para ti

Rafa Bartolomé dijo...

Hola otra vez Fernando: se me olvidó comentar los otros dos estupendos cuentos. ¿Porqué no te dedicas a esto?
La emigración es triste para quien la sufre: salir de tu tierrea, dejar tu cultura, tu gente... Al final lo resuelves con la vuelta, aunque quizás no cumpliera sus sueños.
Sueños que se repiten el el circo con el niño zanahoria. Habrá que mirar a la luna con más detenimiento. Un abrazo

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Yo tmbién me quedo con Paquillo. Triste historia llena de soledades y de sentimientos.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa:

Gracias, por tus amables palabras pero no me veo escribiendo cuentos, aunque quien sabe je je. Gracias por los comentarios.
un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:

Pero si te fijas, también está lleno de matices de cosas pequeñas que nos hace felices.
Un abrazo

Soul Business

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