lunes, 7 de febrero de 2011

Cuando las percepciones te juegan una mala pasada


Una historia, creo que de Jorge Bucay, no estoy seguro, cuenta lo siguiente:

A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación.Un poco fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.

Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer de cuenta que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.

Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galletita.

La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho.

El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.

Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. " No podrá ser tan caradura", piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas.

Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

- ¡Gracias! - dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.

- De nada - contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.

El tren llega.

Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: " Insolente".

Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas... ! Intacto.

La historia acaba ahí. No nos desvela cual fue la reacción de la señora ante su equivocación y si se arrepintió de pensar como lo hizo o no, aunque seguramente debió sentir vergüenza, que es lo lógico cuando te la tienes que envainar porque las “percepciones” te han jugado una mala pasada. 

Más tarde esto se olvida y se vuelven a cometer los mismos erorres, juzgando personas y momentos según no lo que vemos, sino lo que creemos ver. Quizá esto lo podría explicar Josep Julian que de emociones sabe un rato, y todo tiene su relación, pero yo que soy más prosaico - y a veces más simple que el mecanismo de un sonajero-, creo que es consecuencia de la educación que hemos recibido.

A menudo pienso que no hemos sido educados para discernir y sí para juzgar, como si nuestra mente estuviese programada de antemano, como si no necesitase más información para dictaminar si lo que estamos percibiendo es nuestra realidad o “la realidad” entendiendo como tal el todo y no sólo la parte.

Percibimos a las personas según clasificaciones: raza, credo, nacionalidad,estatus social, edad; en guapas y feas, gordas y flacas; según vistan o hablen. Basándomos en todo ello, mezclamos, agitamos y juzgamos, pero somos incapaces de percibir la esencia de la persona, sólo su circunstancia, con lo cual podremos saber mucho de “estereotipos”, pero poco de la persona en sí.

Como le ocurrió a la pobre señora (y la llamo pobre por su estrechez de percepción) que solo vió la realidad que quiso ver.

Feliz Lunes
  

22 comentarios:

Katy dijo...

Hola Fernando esto ocurre con más frecuencia de lo que parece. Somos especialistas en formar juicios equivocados, rechazar, poner etiquetas, juzgar, poner en tela de juicio, pero jamás poner una interrogación en lo importante, "¿Estaré equivocada?, ¿estaré siendo injusta...
Nos falta la humildad para aceptar que los otros están tan en lo cierto, y que de vez en cuando nos equivocamos también. Y cuantas veces esta equivocación es irreversible.
Buena reflexión para empezar bien la semana.
Un beso y que disfrutes de los 7 días

Myriam dijo...

Conocía esta historia que me aprece excelente para lo que quieres ilustrar.

EStoy de acuerdo contigo: es que para discernir hay que hacer el nimio trabajo de usar las neuronas, facultad con la que pereceamos al actuar de forma automática (desde nuestros prejucios y visión estrecha)

Un abrazo

"Pereceamos": de hacer pereza pansa arriba.

Josep Julián dijo...

Hola Fernando:
Gracias por la mención. La historia que nos cuentas en sumamente reveladora de nuestro concepto de verdad. Solemos ver nuestra verdad como absoluta mientras que la de los demás no suele merecer mejor opinión que "punto de vista interesante" pero en modo alguno como verdad o alternativa posible.
Los conflictos arrancan del choque entre dos verdades pretendidamente absolutas cuando la verdad es que lo primero qua habría que investigar es si hay conflicto. La mayor parte de las veces no lo hay pero aún y así no estamos dispuestos a "negociar". Me pregunto lo que pensaría el joven de la anciana.
Un abrazo.

Astrid Moix dijo...

Me ha gustado esta historia que no conocía, pero que ilustra muy bien la fuerza que tienen nuestros prejuicios en la percepción de la realidad: vemos lo que queremos ver, pero (generalmente) no por una mala actitud consciente, sino porque es a lo que de una forma natural nos lleva nuestra socialización anterior. La mujer de tu ejemplo probablemente se mueve en un entorno que siente la juventud como una amenaza, quizás porque no tiene trato con gente joven, quizás porque representa la añoranza de lo perdido. Aunque también puede ser que se trate de un mal bicho, porque también hay que decir que la socialización no nos determina, solo nos influye...

Un saludo,

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Estamos educados para los prejuicios, sí señor. Y a partir de ahí somos capaces de imaginarnos cualquier cosa. Eso sí, siempre perversa y retorcida.
Un abrazo.

Asun dijo...

Nos resulta más cómodo prejuzgar que observar y conocer, para a partir de ahí formarnos una opinión.
Y como el ser humano es especialista en tropezar dos (y tres e infinidad) de veces en la misma piedra, no acabamos de aprender.

Besos

Fernando dijo...

Gran post, Fernando. ¡Enhorabuena! Estoy muy de acuerdo contigo: juzgamos antes de pensar, valorar y reflexionar. Tendemos a poner etiquetas, como bien apuntas, y nos cuesta hacer autocrítica porque a menudo nos creemos en posesión de la verdad más absoluta.

Un fuerte abrazo

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: conocí una historia similar, entre una joven española y un inmigrante; creo que hasta la comenté en el blog hace tiempo. No por ello ha dejado de gustarme porque es cierto que sólo vemos lo que queremos ver, y prejuzgamos con mucha facilidad. Fíjate que creo que hasta el que escribió la historia del paquete de galletas estaba prejuzgando, pues no se le ocurrió que la historia pudiese ser al revés. Era lo raro, claro. Quizás me equivoque. Un abrazo

JLMON dijo...

Hola Fernando
El aprendizaje es individual e intransferible por mucho que los sesudos catedraticos de Derecho Penal se empeñen en lo contrario. Y la interpretación de ese aprendizaje, es decir su conversión en conocimiento, es total y absolutamente subjetivo. Nadie en este mundo mundial tiene la misma percepción de, digamos, un gato. Cada uno tiene su gato, real o virtual.
Cuidate

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:
Dices algo que para mi es importante. La falta de humildad no nos deja ver las cosas de una forma más amplia y luego pasan cosas que como apuntas son irreversibles.
Un beso y disfruta tu también

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myriam:

Lo de utilizar las neuronas no es tan nimio. Si lo hiciesemos nos iría mejor a todos, pero éstas las hacemos funcionar de forma selectiva y, generalmente, mal.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Josep:

Me parece muy interesante lo que apuntas. La mayoría de las veces quiza no haya conflicto, pero mi pregunta es ¿por qué lo creamos? Es un mecanismo de autodefensa o un problema de orgullo? No lo sé muy bien.

un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Astrid:

A medida que voy leyendo vuestros comentarios voy uniendo ideas. Falta de humildad, pereza de las neuronas, conflicto y socialización. Puede ser una mezcla de todo lo que lleve a esa mala actitud consciente de la que hablas, aunque en cualquier caso coincido contigo en que la socilización nos influe, pero no nos determina.
Un saludo

Fernando López Fernández dijo...

Hola javier:

Así es, lo veo un poco en la linea de Astrid que tendemos por esa educación, socialización, a esa mala actitud consciente.

Somos raros de narices.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Asun.

No tengo yo tan claro que eso sea lo cómodo, sino más simple. El que no se plantea nada es porque quizá esté demasiado "socializado" por su circustancia y no ve más de lo que le han enseñado o "aprendido" lo que puede llevar a que esa mala actitud consciente de la que hablabamos en realidad sea una percepción errónea nuestra. Un poco lioso verdad?

Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Fernando:

Gracias. la autocrítica es saber mirarse dentro. Eso si que no es cómodo. Entonces confundimos percepciones con verdades y eso , creo, es muy peligroso.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola rafa:

Otro punto de vista. Quizá los dos paquetes eran de la señora. Quien sabe, pero si somos muy dados a juzgar, sobre todo lo que no comprendemos porque sólo hemos visto nuestra verdad.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola José Luis:

pues fantástico resumen el que haces y con el que creo que todos estamos de acuerdo. Cada uno tenemos nuestra objetiva subjetividad y viceversa. Otro asunto, es la percepción que tengamos en concreto de la historia contada que si te das cuenta nos lleva a todos a conclusiones parecidas.
Un abrazo

MTTJ dijo...

La mayoría de veces juzgamos precipitadamente en base a unos criterios muy superfluos y en muchas ocasiones nos equivocamos. Lo peor del caso, es que somos tan prepotentes que en muchas ocasiones ni tan siquiera nos damos cuenta de que hemos juzgado mal, y si nos damos cuenta nos cuesta reconocerlo.
La historia que nos has contado es muy ilustrativa.
Saludos

Fernando López Fernández dijo...

Hola María Teresa:

Totalmente de acuerdo contigo, pero sabes que eso también se cura viajando al poder conocer otras personas, otras ideas y otras educaciones.

Un abrazo

Jorge dijo...

Bonito post!

Está claro que no somos perfectos... precisamente.

Bueno... menos yo! :)

¿Veis el problema?

Fernando López Fernández dijo...

Hola Jorge:

Gracias por pasarte. No somos perfectos "definitivamente"...

Un saludo

Soul Business

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