lunes, 10 de enero de 2011

Lo que me enseña la lluvia



A mi regreso de vacaciones, Madrid me ha recibido con lluvia. Después de dejar las cosas en casa me he ido a dar un paseo. Debo ser un tipo raro porque mientras otros transeúntes se refugiaban bajo las marquesinas y los portales yo continuaba andando sin importarme lo más mínimo el que me estuviese calando. Los paraguas y yo no nos llevamos muy bien. Suelo dejarlos olvidados en cualquier lugar y se me hacen incómodos para caminar. Esa es la razón de que casi siempre salga sin paraguas a la calle. Además, me gusta sentir las gotas de agua en la cara aunque en ocasiones sea un poco molesto. 

No sé, la lluvia me da vida. La he experimentado en todas sus versiones: tormenta, tromba, aguacero, llovizna, chubasco… y bajo diferentes temperaturas. El caso es que me gusta porque me hace sentir vivo, activa mis neuronas, me ayuda a generar ideas y sobre todo a reflexionar. Debo ser rarito, ya digo, pero la lluvia, para mi no es sólo un fenómeno atmosférico sin más. 

La lluvia me ha enseñado y me enseña muchas cosas. Me enseña que en la vida no basta con sembrar sino que hay que regar constantemente; me enseña que por mucho que queramos tunear la tierra hay cauces que no debemos modificar pues si lo hacemos el agua se volverá contra nosotros; me enseña que su ausencia, como otras cosas en la vida puede ser dañina, pero que su exceso, como otras en la vida, puede ser muy perniciosa y peligrosa para nuestra existencia; me enseña que debemos tener cuidado al caminar para no resbalar, que por mucho que planifiquemos y creamos tener todo controlado siempre puede caer una tromba que desbarate todo lo construido obligándonos a comenzar de nuevo; me enseña que todo se puede hundir, pero también me enseña que después de la tormenta viene la calma y que siempre acaba por salir el Sol, aunque como os dejo en este capítulo de Soul India esto no ocurre al mismo tiempo ni para todos por igual.

En fin, cada uno tiene sus fuentes para aprender.

Feliz lunes


Lluvia

Amritsar me estaba encantando. Supongo que, Templo Dorado aparte, el que no te abordasen ni te diesen la brasa —la gran brasa india— contribuía a ello. Se podía pasear sin ningún temor a ser interrogado de forma involuntaria; se podían examinar telas y chales sin una legión de curiosos alrededor; se podía, en fin, respirar. 

Marujeé un buen rato por el bazar textil, un enorme laberinto de telas estampadas que hacían complicada la elección. Los grandes y enormes rollos de las telas parecían apuntalar los muros y tabiques del bazar. En mi vida había visto tal cantidad de comercios que vendiesen lo mismo. En el lugar más recóndito, encontrabas un tenderete, una galería sin salida en la que se exponían los más variados tejidos que yo suponía podían vestir a media India.

Me adentraba en las tiendas y allí, medio tumbados sobre un suelo enmoquetado de sábanas, el dueño y yo comentábamos las calidades, los precios, las posibilidades de los lienzos, en tanto que un empleado se afanaba en desenrollar los grandes cilindros de mil colores y motivos extendiéndolos por el local: «que no te convence esto, ¡niño, trae los chales!», vociferaba el dueño, contento de tener un cliente extranjero, un cliente de postín: un «mirlo blanco» en su establecimiento con el que haría el día. Me divertía muchísimo: fingía entender, ser un experto en materia textil cuando la realidad es que me costaba diferenciar las calidades: la experiencia de haber visto y sobado telas en otros lugares, junto con el análisis de los gestos del dueño y del personal, que a mis comentarios cambiaban el semblante, me ayudaban a decidir. A veces no era suficiente y, si no timado, seguro que alguna vez me llevé algo bien pagado.

Así transcurría la mañana, feliz de estar en una ciudad amable en la que la gente ofrecía su hospitalidad desinteresadamente. Cuando abandoné el templo Dorado y antes de perderme en el Bazar, callejeé por los suburbios próximos al centro de la ciudad, mirando los oficios, escuchando los trabajos, viviendo la ciudad. Descansé en una carpintería que olía a viruta y goma fresca; charlé, sin saber cómo, con un sastre que no sabía inglés y bebí agua en un pequeño puesto donde el propietario y sus amigos me quisieron regalar chocolatinas y otras chucherías como muestra de hospitalidad: tenía mi propia pandilla india. El día era perfecto. Me encontraba muy bien.

Había quedado con el dueño de la tienda en recoger mis compras al día siguiente: no es práctico patear una ciudad cargado de bolsas y menos, en ciudades donde el espacio para pasar en determinadas calles es para dos personas o una vaca. De todos modos en Amritsar se veían pocas.

Las nubes comenzaron a descargar agua. Primero, unos gotitas, luego un chaparrón y finalmente la lluvia del monzón en todo su esplendor. Al principio, no había dado mucha importancia a la lluvia. Me encontraba cerca del bazar textil, fisgando en un entramado de callejuelas donde se vendían cacharros de menaje, pucheros de cobre y metal, y no imaginaba, que el aguacero durase más de quince minutos. Sin embargo, la lluvia seguía cayendo, y busqué refugio en un portalón de una casa abandonada. Pasó una hora, pasaron casi dos, cuando viendo que no paraba de llover, decidí regresar al hotel. Como no tenía ni idea de dónde me encontraba, me metí por la primera calleja que tenía más de tres metros de anchura. Estaba inundada, viré en la siguiente; también. 

Regresé chapoteando sobre mis pasos, explorando nuevas calles por las que poder escapar; pero estaban anegadas. Volví a la casa abandonada y esperé un tiempo más. Fue peor: la riada de agua amenazaba con llegar a mi arruinada guarida. El nivel de las aguas iba subiendo hasta originar pequeñas «Venecias» sin góndolas, pero con mendrugos de una porquería que navegaba incontrolada, de «rafting», en los canales formados por la tromba de agua. Había leído en el Times of India que en una zona del norte de India habían muerto cuarenta y dos personas por los efectos provocados por la lluvia. Y, en Amritsar, la lluvia iba a más. 

Como no quería ser número anónimo de portada de periódico, salí de allí hundiendo mis piernas en un agua chocolateada que me llegaba por encima de los tobillos: conseguí alcanzar una pequeña glorieta, en la que un «todo terreno» remató la faena equilibrando, en un derrape que hizo de surtidor con chorro a presión, la cantidad de agua en mi cuerpo. Mi cuerpo cada vez era más blanco, más grimoso; era agua vestida. Derrotado por la lluvia, convencí —en realidad fueron mis rupias— a un conductor de auto rickshaw para que me llevase al hotel. Encerrado en el vehículo, al que habían colocado en los laterales dos trapos hechos jirones a modo de cortinas, pude observar que toda la ciudad era un parque acuático y la entrada del hotel, una laguna. 

Desembarqué como pude por una puerta lateral, con el agua por encima de las rodillas. Ya en mi habitación, tomé una ducha caliente. Me puse cómodo. Con un cuerpo menguado, fofo y estriado, telefoneé al servicio de lavandería y al de habitaciones. Sabiéndome seguro, mientras sorbía el humeante té, reflexioné sobre el día, llegando a la conclusión de que a veces es necesario hundirse para poder reflotar, en lugar de esperar que los problemas se resuelvan por sí solos, que amaine el temporal. 

Porque en la vida, el Sol no sale ni al mismo tiempo ni para todos igual.

16 comentarios:

Katy dijo...

Me has deleitado con tu post, y he saboreado la ducha con el agua limpia y el té humeante. Comparto que la lluvia es vida más a diferencia tuya adoro ver la lluvia desde detrás de los cristales en puerto seguro. No salgo nunca sin paraguas, y recuerdo la vivencia de aquellas tormentas tropicales, cuando a diferencia de otros niños nunca me ha gustado chapotear bajo ella.
Prefiero bañarme bajo los rayos del Sol:)
Un beso

JLMON dijo...

He disfrutado unos minutos con tu lluvia Fernando, gracias.
Estoy leyendo Inundación de Baxter y ni al pelo...
Cuidate y feliz año!

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
No hay como mojarse en casa. Al menos no se corre tanto peligro y se disfruta más... aunque sólo sea por el hecho de sentirse seguro.
Precioso relato.
Un abrazo.

Asun dijo...

A mi no me importaría mojarme y sentir la lluvia en mi cara y chorreando por mi cuerpo si no fuera por los catarrazos que me pillo cuando me sorprende sin paraguas.

Me ha gustado mucho estar en ese bazar con tanto colorido y sobre todo la reflexión del último párrafo: "a veces es necesario hundirse para poder reflotar, en lugar de esperar que los problemas se resuelvan por sí solos"

Besos

Begoña Gamonal Flores dijo...

Hola, Fernando.

He disfrutado mucho con tu paseo sobre mojado. La incomodidad queda superada por la vivencia improvisada del momento, único, diferente, y hasta el caos transitorio que se supone en algún instante debió invadirte, luego fue reemplazado por la satisfacción de haber superado esa incerteza y, ante todo, de explorar una situación singular y diferente.

A mí también me fastidian los paraguas, por eso cuando llueve poco salgo también sin paraguas, aunque el descubrimiento de los cortavientos de alta montaña impermeables y transpirables con capucha son muy amenos y te facilitan el ir con los brazos desocupados para poder fotografiar lo que sucede alrededor:-).

Un beso.

Myriam dijo...

Bienvenidoo de tus vacaciones, querido Fernando.

Me has hecho pensar un montón con tu lluvia y estoy muy de acuerdo con lo que dices. La lluvia enseña mucho, es cierto. ¡Qué experiencia la tuya de Amitzar!

He vivido lluvias tropicales en Colombia y algunas islas del Caribe que me han revivificado y que he gozado muchísimo.

También he vivido horribles inundaciones en Buenos Aires producidas por no haber hecho los gobiernos de turno las obras de canalización y desague necesarias. Eso si que me molesta e indigna.

En Israel ahora en invierno estamos en época de lluvias y me encanta. La ciudad se respira limpia y el enorme parque frente a mi casa con mi río, reverdece.

Un abrazo y te sigo leyendo para abajo.

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando: comparto contigo el gusto por la lluvia, sentir como se desliza por mi cara; nunca huyo de ella, claro que la tormenta que cuentas, de forma tan sabrosa, supongo que son palabras mayores. Me ha encantado este post. Un abrazo

Josep Julián dijo...

Hola Fernando:
Me siento vinculado a tus sensaciones bajo la lluvia porque a mí me han pasado cosas parecidas si bien en territorios más cercanos.
Recuerdo que cuando era adolescente esperaba las primeras lluvias de finales de agosto para salir a la calle y no dejar de mojarme hasta que terminaba el chaparrón para gran disgusto de mi madre. Claro que esas eran lluvias mediterráneas que levantaban un olor a tierra mojada conocido y entrañable, el mismo que nota mi hija cuando se moja bajo esa lluvia (cosa de genes).
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy
Ja ja, cada uno ve la lluvia como prefiere Katy, a mi también me gusta verla así, no te creas. Todo tiene su momento.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola José Luis:

Pues me alegro que te haya gustado. Ya me dirás que tal es Inundación.
Un abrazo y feliz año

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:

Como le decía a Katy, también eso tiene su punto, pero como soy rarito, pues a mi me gusta mojarme je je.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Asun:

Ese es el pequeño inconveniente además de que la ropa queda empapada y tarda horas en secarse.
Me alegra que te haya gustado el relato.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola begoña:

Has captado perfectamente la esencia del relato. Veo que coincidimos en gustos lluviosos. Ir con las manos libres siempre es mejor para fotografiar o lo que sea.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myriam_

Gracias, veo que a todos nos gusta la lluvia. El problema es como dices, que pasen cosas como las que cuentas de Buenos Aires por no respetarla.

La lluvia también trae limpieza, se me olvido comentarlo. Gracias por recordarlo.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa;

Es que la sensación es genial ¿verdad? . Me alegra que te haya gustado el post.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Josep:

Si es que hay cosas que merecen mucho la pena aunque no se entiendan. El olor a tierra mojada es una de las sensaciones más placenteras. ¿sería eso un símbolo?
Un abrazo

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