jueves, 9 de diciembre de 2010

Noches tristes de la India



Algunos viernes toca Soul India. Hoy un capitulo que habla sobre la soledad en los viajes, sobre esos momentos en los que echas de menos algo o a alguien. En fin, momentos no sé si de bajón, pero si instantes  en los que te sientes solo.

Feliz fin de semana

Noches tristes de la India

Había estado lavando ropa en el cuarto de baño: un baño sin bañera, sin plato de ducha, un baño de ventana arelada y bombilla de luz tenue; un baño indio donde el mayor lujo eran dos grifos de agua fría; la caliente inexistente, a pesar de que el Mandir Palace era un hotel con «Hot water» y «Fully air conditioned». 

Mis coladas rajastaníes eran siempre iguales, metódicas: primero la selección: esto sí, esto puede aguantar, a esto no le da tiempo a secarse, esta camiseta está para tirar... Luego, colmar el lavabo de agua, un agua color arena de playa cuando atardece, y taponar el desagüe con un calcetín para evitar la perdida del agua. Introducía la ropa recordando el principio de Arquímedes, el único que nos aprendíamos aquellos que nacimos de letras: la espolvoreaba con los sobrecitos de detergente que por una, dos o tres rupias adquiría en las tiendas y hundía mis manos en el agua una y otra vez estrujando, retorciendo, golpeando, emburruñando y aclarando una ropa que día a día iba mudando en harapo. Con las manos aún lubrificadas y pegajosas, analizaba la mejor ubicación para colgar la ropa en el improvisado tendedero en que convertía mi habitación.

Ya de noche, y después de reorganizar unas notas y ducharme, salí a cenar. Ese día ya sabía dónde: en un foro de viajes en Internet alguien recomendaba un restaurante en el que se podía disfrutar de excelentes vistas y sabrosa comida rajastaní, y donde, según escribían, se podía tomar la mejor cerveza de Jaisalmer. Era un restaurante conocido, tenía su propio cartel; era un restaurante «recomended» por las más prestigiosas guías de viaje. Yo, que me esperaba un lleno total, ambiente internacional, alguien con quien cenar, algo distinto para variar, me encontré con un establecimiento vacío, desolado, lúgubre, grimoso. No sabía si quedarme o irme, pero al final me quedé, por la admirable perspectiva que la azotea tenía de una calle que lentamente iba bajando su volumen.

La cena, de carta plastificada, de ventilador engrasado; la cerveza, de chico de los recados. El ambiente internacional eran banderas de varios países pintadas en los laterales de unas paredes teñidas de verde cuarto de baño; de bar de botellín, cacahuetes, embutido y queso rancios.

Fue una cena aburrida, desganada, una cena de derrota. Como pájaro que come porque no puede cantar, engullí una especie de alpiste que sirven los indios al final de las comidas para refrescar la boca, pagué sin esperar la vuelta, y bajé las escaleras del destartalado edificio deseando encontrarme a alguien con quien hablar. Nadie, solo las vacas que paseaban o dormitaban en medio de unas vías que como única luz tenían mi pequeña linterna. No había comerciantes, no había tráfico, no había ruido, no se escuchaban voces. Sólo mis pisadas.

El cierre de los comercios, las gradas sin gente, dos metros más de espacio para caminar y el silencio, daban la impresión de que estuvieses no en una ciudad del desierto, sino en el desierto mismo. ¿Dónde estaban las fiestas de los mercaderes?, ¿dónde moraban los músicos?, ¿dónde Scherezade? 

Deambulé una y otra vez con la esperanza vana de tropezar con un refugio, un buenas noches, un hasta mañana, un por favor ven: nadie, sólo la noche y yo. En un intento desesperado, extendí mis brazos en cruz para abrazar a Scherezade, recogerla y arrullarla sintiendo unas mejillas que yo imaginaba de seda. Quería ser yo el que todas las noches contase cuentos, historias bonitas, divertidas, historias perfectas: no mil y una, sino dos mil, tres mil... todos los amaneceres, todos los ocasos, toda la vida... No liberarme nunca de unos labios que acariciaban cuerpo y alma, de unos ojos que inyectaban pasión, entrega, comprensión, devoción, amor. Pero ella no estaba.

Al llegar al hotel, al lado de mi habitación, en un patio, dos muchachos dormían al aire libre bajo un techo de estrellas mustias. Como cama la insensible piedra, como sábanas sus manos cruzadas. Con apenas quince años, eran los que de alguna manera custodiaban el hotel y hacían funciones de botones.

Dicen que el desierto del Thar tiene uno de los cielos más estrellados del mundo; pero ese día las estrellas estaban  muertas, apagadas, recogidas en las dunas de la tristeza al ver la soledad de las calles negras. 





15 comentarios:

Katy dijo...

Se ve que el hotel solo tenia de lujo el nombre de Palace. Lo de la colada tenía que ser un poema, seguro que la ropa saldría más sucia de la que estaba.
La verdad que tu relato no da ninguna nostalgia de conocer estos paraja dónde tienes que echar mano de la fantasía como única compañera.
Por el contario si exclamar “como en casa en ningún sitio”
Yo también sentí muchas veces esos sentimientos de soledad que tan bien describes, y con el añadido de no tener fecha de caducidad.
Gracias por tu relato.
Un beso y buen finde

Myriam dijo...

Cuanta soledad y tristeza en tu relato. Alpiste creí que comian los canarios... ¿a qué sabe?

(no me digas que a comida d pájaro...)

Myriam dijo...

Abrazo

JLMON dijo...

Mucha soledad Fernando
Conozco la sensación, pero ya sabes...no todos los días amanece por la derecha.
Cuidate

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
En cuestión de soledades puedo destacar la de los aeropuertos. Me parecen terribles. Y menos mal que yo no viajo mucho.
Precioso relato.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:
Pues te aseguro Katy que es uno de los sitios más impactantes de la India, pero esa noche salió rara. Muchas gracias por pasarte.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myriam:

Una sensación extraña. Por cierto ese "alpiste" sabe como a menta.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Así es José Luis, no todos los días amanece por la derecha.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:

Esa es otra, la de los aeropuertos es un mundo. Yo utilicé la película La Terminal para explicar parte de lo que forman los recuerdos d los viajes.

Un abrazo

MTTJ dijo...

Nunca viajo sola pero es algo que quiero hacer algún día. Quienes lo prueban dicen que es la mejor manera de conocerse a uno mismo y de vivir el viaje. El problema es que tengo miedo, miedo a la soledad tal como la describes. Me gusta compartir los buenos momentos con las personas que quiero y sentirme protegida o apoyada en los malos. El relato que nos regalas es precioso, y demuestran una gran calidad humana. Me imagino que cuando viajas no tendrás muchas noches tristes como la que describes. Al fin y al cabo, con la luz del día todo se ve de otro color y en ningún sitio mejor que en la India.
Un abrazo

M.Teresa

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando:
La situación además de triste me parece hasta cierto punto angustiosa por la soledad en una zona que como dices suele estar abarrotada de gente.
Me quedo con el relato, con la literatura. Me ha parecido precioso como escribes.
Un abrazo

Asun dijo...

He experimentado esa soledad muchas veces en mis estancias en el extranjero. Al final una se acaba acostumbrando de tal manera que hasta se vuelve más solitaria.

Fernando López Fernández dijo...

Hola María Teresa:

Yo no se si es la mejor manera de conocerse uno a si mismo, pero desde luego si ayuda porque uno está fuera de su "zona de comodidad" Entiendo perfectamente tu miedo a viajar sola y eso no es malo porque como dices, viajar en compañía también tiene sus ventajas.

Y sí, son pocos los días malos, pero eso nos pasa también cuando no viajamos. En cualquier caso, son pocos y forman parte de la esencia de viajar.

Un abrazo y gracias por psarte.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa:

Triste, nostálgica si quieres, pero no angustiosa. Gracias por tus palabras.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Asun:

Para mi hay dos tipos de soledades. la elegida y la que no lo es. En mi primer viaje a India yo la elegí, pero también como has leido apareció la otra soledad, aunque fue puntual. Un día raro
Un beso

Soul Business

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