viernes, 5 de noviembre de 2010

Toubab: un diario de viaje en bruto: días inesperados II

 
Cierro esta semana viajera con la continuación del post  de ayer. Fin del experimento. Ahora hay que trabajar.

Feliz fin de semana

Asistía a una discusión, que como alumno no quiere perder la lección  me hacía estar atento a cualquier detalle. Observaba los gestos y los ojos de la gente sin apenas parpadear, porque siempre he creído que es lo que hay que leer y escuchar cuando no se entienden las palabras.

Vi como mi futuro compañero de infortunio entregaba su billete al responsable de la ruta. Lo que en principio me pareció una devolución de dinero, - lo que significaba que ese día no saldría- en la practica fue un cambio de billete hasta Diaoubé. Me acerqué a él y le pregunté qué era lo que pasaba. Me dijo que, efectivamente, el coche a Kolda no saldría, pero si tomábamos el transporte hasta Diaoubé y llegábamos antes de las siete y media, podríamos llegar a Kolda lo cual era positivo, esas fueron sus palabras, para los dos porque él debía, estar en Kolda esa noche. 

Pensé que si así era no habría que preocuparse mucho pues su urgencia estaba más justificada que la mía.

La razón de tener que llegar antes de esa hora es que una vez que anochece se corta la carretera por motivos de seguridad. Una vez que se hace de noche y hasta que no amanece no se puede circular, al menos en la región de la Casamance, debido a la guerra o guerrilla que mantienen el Movimiento de Fuerzas Democráticas de Casamance (MFDC) - que desea una mayor autonomía o la independencia de esta región del país – y el gobierno de Dakar.

Para acelerar la partida tuvimos que pagar la última plaza que quedaba por ocupar. Salimos como aquel que dice, escopetados por una pista de tierra que parecía en buen estado. Consciente de la que nos jugábamos, el conductor marchó a la mayor velocidad que había circulado hasta entonces en Senegal. Daba la impresión de que finalmente conseguiríamos nuestro objetivo y podríamos enlazar con nuestro destino; pero prepararse para lo inesperado es necesario y más en Senegal, o quizás en África donde todo sucede o deja de suceder con la misma intensidad.

Llegamos  Diaoubé a las siete y cuarto. Era día de lumo, de mercado semanal y atravesar las calles, infestadas de vendedores, de idas y venidas de mercancías, de puestos callejeros que estrechaban más, si cabe, nuestro camino hasta el próximo coche, ralentizaba nuestra marcha. El mercado, uno de los más importantes de Senegal atrae a gente de Malí, Gambia y Guinea debido a la cercanía de las fronteras.

Ante la imposibilidad de circular en esas condiciones, descendimos de la furgoneta y caminamos a paso demasiado ligero, esquivando personas y bultos, los últimos quinientos metros donde encontraríamos nuestro salvoconducto a Kolda o nuestros problemas.

A veces diez minutos no son nada o lo son todo. Cuando llegamos, la carretera ya estaba cortada y la noche había decidido no ya caer, sino aparecer de forma súbita. Hasta en eso África no avisa. Cuatro coches esperaban que el oficial de guardia hiciese manga ancha y les dejase pasar. El responsable del puesto de mando, se mostró inflexible: Nada que hacer.
Alahou que así se llamaba mi compañero de infortunio, decidió tomarme bajo su tutela en un pueblo en el que escasamente hay hoteles, y posiblemente estuviesen llenos; un pueblo que cada vez se hacia más negro.

Hasta el amanecer, seis de la mañana, hora en la que supuestamente partiríamos, estaríamos inmovilizados. Quedaba mucho tiempo, casi doce horas horas en las que me veía pasando la noche bajo un triste soportal o mendigando una cama o un espacio donde dormir.

Era uno de esos días que la resignación te lleva a relativizar todo y piensas que a pesar de estar donde no quieres, sin tener ni idea de lo que va a pasar o como te las vas a arreglar, eres feliz: porque una noche africana, oscura, sin más protección que el sentido común te ayudará a saber cuales son tus límites en eso que llamamos viajar.

Mucha gente, mucho ruido y sobre todo, mucha incertidumbre, no nerviosa pero tampoco relajada del todo.

Nos refugiamos en una gargotte de dos platos y dos guarniciones donde la dueña servía de dos cuencos carnero o cous cous a los que allí se acercaban. Seleccionaba con sumo cuidado lo que servía a cada comensal revolviendo bien en un puchero, bien en una cuenco de metal amplio y hondo. En este último, reposaban trozos de cabra o carnero aceitosa hecha con cebolla guisada, pimienta y vaya usted a saber qué. En la otra un pobre cous cous en el que abundaba la sémola y poco la verdura. A sus pies, en el suelo, una bandeja con patatas fritas bastante sospechosa y una fuente de espaguetis excesivamente cocidos. 


En el interior una mesas bajas y varias sillas, algunas de ellas mutiladas por el respaldo o mancas, y poco más; o más bien nada más. 


Nos sentamos a cenar tras lavarnos las manos con jabón en polvo y aclararlas hasta que dejasen de estar preguntosas.

Nuestra fuente contenía varios trozos de carne gruesos que reposaban sobre lo que los cursis dirían un lecho de espaguetis. Alahou despedazaba la carne con la mano derecha con gran maestría y al ver que yo no me defendía bien, me iba ofreciendo trozos, arrojándolos cerca del borde de la fuente que se encontraba más cerca de mi. Debía estar muy atento a utilizar solo la mano derecha, para no ofender a mi acompañante y sólo utilizaba la izquierda para partir el pan. Yo, intentaba corresponder arrancando también trozos de carne, pero mis dedos resbalaban cuando intentaba separarla del hueso. Era para mí, casi imposible y Alahou tomaba la iniciativa. Impregnábamos con el pan la salsa, capturando los trozos de carne más pequeños y algo de pasta. Al rato, una chiquita , depositó en la bandeja parte del hígado y los riñones del animal que me fueron ofrecidos como si de un manjar se tratase. Comí más con prudencia que con desgana. Al finalizar la cena, otra vez sesión de lavado.


Salimos al exterior. Me senté en un camastro que se encontraba a la puerta. A pesar de que el mercado había  acabado, aun se veía mucho movimiento en las calles. Apenas unas bombillas iluminaban algún punto del pueblo. Se veían bultos que se movían, más que personas. A medida que pasaba el tiempo, las calles se iban apagando y aumentaba mi incertidumbre.

Aun quedaba lo más difícil. ¿Donde dormir? Eran las nueve y media de la noche e ignoraba que iba a ocurrir antes de las seis mañana. El único temor que tenía era que me venciese el cansancio. Si debía permanecer en la calle, tendría que estar muy pendiente del equipaje, de posibles ladrones y de las más que probables picaduras de variados insectos que a buen seguro vendrían a hacerme una visita de cortesía.

Inesperadamente Alahou encontró un sitio para dormir y fuimos llevados a una especie de patio cerrado donde se encontraba la casa, “la maison”, como decía Alahou, que mas parecía una sucesión de compartimentos estancos donde se guardaba un poco de todo.

En el espacio que nos dejaron para dormir había un gran camastro con un mosquitera y poco más; unas vigas de madera, unos sacos y unas lonas. Allí pasaríamos la noche. El hombre que nos había conducido a través de callejas de barro nos dejó un ventilador y se marchó sin decir ni adiós.


Uno, con el tiempo, ha afianzado sus manías y la perspectiva de compañía en una habitación con un desconocido nunca me ha seducido, pero dadas las circunstancia no quedaba más remedio. Creo que los dos estábamos un poco incómodos y aunque el cansancio empieza a aparecer alargamos la velada fuera de la habitación para ir dormir.

El lugar donde nos encontrábamos  se asemejaba más a un corral  que a una casa.  El baño, estaba situado a varios metros y consistía en un retrete a la turca que exhalaba olor a orines, al lado, otra pequeña estancia que se suponía era donde se lavaban.

Charlamos un rato, era militar y regresaba de un permiso. Su familia vivía en Tamba. Había estudiado económicas pero había ingresado en el ejercito tras acabar y llevaba allí 19 años . Le pregunté si le gustaba la vida militar y me contestó que por fuerza tiene que gustar, porque es una vida difícil, lejos de la familia, lejos de todo. Lo decía perdiendo la mirada, sin ninguna pasión. Hablamos del país, me contó que muchos de los problemas tiene su origen en que la gente quiere salir de Senegal. Apenas hay industria. Solamente algunas empresas de transformación agropecuaria y la pesca; pero no es suficiente.

En la noche africana hace calor. En la habitación contigua a la nuestra se escuchaba una animada charla de las mujeres, y a pesar de no entender woolof, la conversación se me hacía familiar. Alahou me contó que casi todo el mundo habla woolof, incluso los que son de la etnia peul o diola. El francés, que es idioma oficial, no lo habla todo el mundo y está más reservado a la clase intelectual. En el colegio como segundo idioma se puede elegir entre árabe, inglés y español. El estudió español, pero se le había olvidado y recita, divertido algunas frases sueltas.

De repente otro de los habituales cortes de luz. Nos fuimos a dormir iluminados por mi linterna. Tomamos nuestro espacio del camastro, el pared, yo pasillo y en posición quieta permaneceríamos hasta las cinco de la mañana. Me desvelé varías veces por el ruido que producían los animales que caminaban por el techo y que bien podía ser pájaros o ratas; y por el asfixiante calor que hacía en la habitación.


En unas horas intentaríamos pelear y conseguir una plaza en el primer transporte que saliese para Kolda. Costó dormir, pero al final el sueño y el agotamiento me derrumbó. Mañana sería otro día.

16 comentarios:

Nela dijo...

Me alegro de haberte descubierto y mucho más de haberte leído.
Besos
Nela

Katy dijo...

Bueno verdaderamente esto no es un relato de un viaje de placer, parece más bien la crónica de una supervevivencia o una novela de intriga y de aventuras a lo Indiana Jones, de donde saco la conclusión de que eres un valiente o un aventurero o ambas cosas. Tengo que viajar asi y me quedo en casa. ¡¡¡Que asco de comida!!!! eso es lo que pero habría llevado. Porque lo de la incomodidad ha sisdo mucho tiempo compañera.
Me ha encantado este relato más que ninguno. Aunque digas que no soy objetiva:)¿Será por lo llevaba de intiga?
Un beso y un buen finde

MaS dijo...

Magnifique!
Me sonrio imaginandote (es una de las ventajas de no conocerse personalmente_ algo, que aprovecho para decir, que algun día habremos de solucionar_) con una camisa verde militar mugrienta y sudorosa, y un bolso bandolera al hombro de color gris mohoso, tambien mugriento y sucio del uso, y tu, atento a la oscuridad, a los ruidos,..."protegido" por ese ángel de la guarda, Alahou.
Feliz finde, y un beso.
M.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Nela:

Bienvenida a Soul Business. Gracias por tus palabras, ya sabes que aquí tienes tu casa.

Feliz fin de semana

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

Pues es un viaje de placer, y te aseguro que no soy ni valiente ni aventurero, pero las circunstancias obligan. Lo de la comida, pues no quedo otra, pero las cosas saben mejor cuando estás feliz.

Feliz fin de semana

Fernando López Fernández dijo...

hola MaS

Ja ja Maria, está bien eso de imaginar (es como crear otra versión), pero había ánge de la guarda y lo de conocernos en persona se solucionará estoy seguro.

Pasa un genial fin de semana

MTTJ dijo...

¡Vaya si son calurosas las noches africanas!Muchas veces me he preguntado ¿quién me ha mandado meterme ahí? pero con el tiempo esos momentos bajos quedan en una simple anécdota.
Bonito final para la primera parte del experimento.

Contestando a la pregunta de ayer, cuando viajo normalmente escribo en libretas pequeñas tipo bloc. Hace un par de años me regalaron un portátil pero para los viajes no es tan práctico como puede parecer, a pesar de ello lo cargo casi siempre. Eso sí, tampoco he abandonado mis blocs.

Buen fin de semana

M.Teresa

Asun dijo...

Bufff. Me he quedado exhausta de tantos nervios. Parecía una etapa de Pekin Express: suena la alarma y ya no se puede circular en vehículo, sólo caminar, búscate la vida para cenar y buscar alojamiento.

Esta serie me ha enganchado. Estas aventuras atrapan.

Por un momento me ha recordado a una anécdota de mis vacaciones de hace un par de años en Rumanía, pero nosotros íbamos con coche.
Se nos echó la noche encima perdidos por unas carreteruchas que más se asemejaban a caminos, atravesando pequeños poblados donde creo que nunca había pasado un extranjero, con unas pintas que ciertamente no inspiraban ninguna confianza, y una iluminación escasísima. Lo de buscar allí alojamiento impensable. Finalmente llegamos a una población algo más grande cercana a la frontera con Bulgaria, y visto que eran ya las diez y pico de la noche, y que no nos atrevíamos a volvernos a aventurar por esos caminos buscamos allí alojamiento. Curiosamente, lo único que vimos abierto era un hotelucho colindante con una casa de alterne (del estilo rumano, claro). Vamos que yo creo que era el negocio conjunto, de hecho una de las chicas que vimos en una ventana después de terminar su sesión, estaba luego cenando un par de mesas más allá de la nuestra. Vamos, que tuvimos suerte de que no nos pusieran a trabajar esa noche.

Perdona por la extensión y por haberme ido del hilo, pero es que no he podido evitarlo.

Besos, intrépido viajero.

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
Una noche así, en la inmensidad de áfrica tiene que hacerte sentir como una cosa minúscula en medio de la nada.
Digo yo.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola María Teresa:

Pero es que al final compensa como bien sabes, cuando cambiamos el chip y salimos de nuestra zona de comodidad es cuando realmente empezamos a disfrutar porque los malos momentos se convierten en circunstancias que uno va asumiendo.
Veo que coincidimos con o de las libretas, yo lo del portatil lo veo útil para aquellos sitios donde hay wifi y tienes que planificar alguna cosa, sino puede ser un engorro, además de que las temperaturas pueden estropearlo.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola asun;

Pues gracias pr el comentario largo y por haberte ido del hilo, porque nos has dejado una experiencia viajera desde mi punto de vista más compleja que la mía porque la mentalidad e la gente del este es muy diferente a la de los senegaleses y aunque allí muchos hoteles son lupanares creo que es más peligroso occidente en ese aspecto.

Un beso y gracias por compartir la experiencia

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:

Pues así es , lo has descrito perfectamente.

Un abrazo y feliz fin de

JLMON dijo...

Te admiro Fernando
Lo comentas como si tal...
Como si hubieras ido a VillaConejos y te hubieras quedado a pasar la noche.Pero, en el fondo, creo sospechar que un plato es un plato aquí y en Sousse y una buena conversación de amistas se valora más en Kardouf que en Salamanca.
Cuidate chavalon

Fernando López Fernández dijo...

Hola José Luis:

Siempre digo que viajar es vivir desplazado, y en este caso, allí, pero podía haber sido villaconejos. Lo importantees disfrutar de esos momentos que nos regala la vida.

Un abrazo

Myriam dijo...

¡Esto sí que es turismo aventura y de la más pura! Y que peligro con los rebeldes...

Excelente crónica llena de suspenso.

Besos y Feliz domingo, que tu no trabajas mañana. YO sí, jejejeje

Fernando López Fernández dijo...

hola Myriam:

Que va, yo lo llamaria turismo inesperado. Lo de los rebeldes no le suele tocar a los guris porque en Casamance viven mucho del turismo.

Un beso y feliz domingo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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