lunes, 8 de noviembre de 2010

Las miradas perdidas.

Acababa de anochecer. Estaban sentados en un banco de la calle Carranza o Alberto Aguilera. No lo recuerdo bien; pues caminaba como un autómata, abstraído en reflexiones, pensamientos, deseos y recuerdos. Fue tan sólo un instante, apenas unos segundos: lo que tardé en pasar delante de ellos. 

Miré primero a uno, luego al otro. Se conocían, eso era evidente. No conversaban, estaban muy callados, cada uno con la mirada perdida en su infinito, como si todo lo que ocurría a su alrededor les fuese ajeno. Daba la sensación de que ni coches, ruidos, murmullos, o luces pudiesen alterarlos. Los miré tan sólo un instante, pero lo suficiente para saber que sus ojos no expresaban derrota sino pérdida y nostalgia.

Estaban juntos, pero estaban solos. Seguro que se apreciaban, se notaba; sus rostros no mostraban animadversión, ni enfado ni se les veía incómodos; pero estaban solos. 

El mayor era español y rondaría los ochenta años; su acompañante unos cincuenta y tantos y era hispanoamericano. Uno era el cuidado y otro el cuidador.

Seguí caminando. A partir de ese momento, y hasta mi destino, todo lo que pasó por mi cabeza tuvo que ver mucho con esas miradas perdidas. Las reconocí: vi en la del anciano, la del hombre que ha perdido ya sus referencias más importantes, las únicas que le mantenían con ilusión, que a esos años salvo raras excepciones, son las afectivas; y vi en sus ojos la espera resignada de quien ya ha cerrado cuentas con la vida y sólo espera que la parca le presente la factura final;  vi el íntimo y dulce dolor que deja la nostalgia de lo perdido, de aquello que un día se amó y se quiso, y ya queda lejano.

Su acompañante fijaba la mirada en América, o al menos así me lo pareció. Quizás, en ese momento estuviese viendo corretear a sus hijos por cualquier calle de su ciudad, quizás estuviese pensando en su juventud, en el día que tímido decidió pedir a su mujer que se casara con él, o en la próxima navidad junto a los suyos.

Los dos, ya digo, estaban absortos en sus propios mundos, acurrucándose en aquellos visiones perdidas, en esos afectos perdidos o lejanos que les confortaban en esa tarde de soledad. Nadie, excepto yo, reparaba en ellos; ellos no reparaban en nadie. Sólo existían sus miradas a la nada o a su todo.

Eso imaginaba yo en mis nuevas reflexiones.

Todo esto viene a cuento de que la escena me recordó años pasados. Durante algún tiempo estuve realizando la PSS (prestación social sustitutoria, lo que unos llamaban objeción de conciencia y yo, una forma de evitar ir a cumplir con el ejercito) en la Cruz Roja. He de confesar que no elegí el destino y que me quise escaquear del tema, pero al final “pringué”. 

En ese año mi labor consistió en visitar a ancianos con pocos recursos, a hacerlos compañía, a pasearlos, a hacerles los recados, pero sobre todo a procurar darles, en la medida de lo posible, el afecto que habían perdido. Y paseando con ellos, me encontraba con otros ancianos acompañados que miraban igual que los que comentaba. Luego me enteraba o me contaban cosas de su vida: esposas muertas, otras derrotadas por el Alzheimer; hijos en la cárcel, otros yonkis por galopar con el caballo equivocado, o simplemente cabrones que ni siquiera les visitaban o les llamaban: sólo cuando recibían la pensión o necesitaban dinero. Engañados por constructores sin escrúpulos, alguno incluso timado (varias veces) por el truco del tocomocho; gente, en definitiva, a los que la vida les había dado de frente, de costado y por detrás; almas a las que la vida, siempre caprichosa, les machacó dejando en cuerpo y alma cicatrices que nunca conseguirán curar.

Sólo les quedaba la compañía y el cuidado de desconocidos que no son de su familia, ajenos a su transito por la vida. Y estos desconocidos, a su vez, les cuidaban a ellos y no a sus familias lo que les creaba su propia desazón. Mi caso era distinto, no cobraba por ello y siempre me ha gustado dar cuartelillo,  cháchara o simplemente escuchar.

Y recordé esa etapa de mi vida dura pero enriquecedora, pero ya habrá tiempo de hablar de eso.

Por lo que yo viví, creo que unos y otros tenían  la mirada pérdida en algún momento de su vida, en ese instante en el que realmente su existencia fue maravillosa. Y se aferraban  a ese recuerdo como un naufrago a un tablón.

Dicen que siempre hay que vivir en el presente y mirando al futuro, pero a veces, lo mejor que se puede hacer es tener la mirada perdida en el infinito, aunque sólo sea para continuar vivo. Cada uno tiene sus razones. Como estas dos personas sentadas en un banco, en este Madrid otoñal.

Feliz Martes


10 comentarios:

Katy dijo...

El Alzheimer lo arrebata todo, conozco bien estas miradas perdidas...
Pero los que aún no hemos perdido la conciencia a veces también nos quedamos en una capa de nuestro interior buscando el sentido de la vida con mirada perdida, tal vez para poder entendender mejor lo ocurre a nuestro alrededor...
A veces nunca ocurre nada.
Para mi a estas alturas solo existe el hoy. " cada día su propio afán". No me puedo entretener en un futuro que quizás nunca llegue.
Un beso y feliz semana

Begoña Gamonal Flores dijo...

Buenos días, Katy y Fernando.

Todos en algún momento necesitamos esa mirada perdida, a veces simplemente para reencontrarnos con nosotros mismos e inundarnos de paz.
Qué decir de la falta de recuerdos, el alzheimer que tan de cerca viví y vivo de nuevo, por partida doble..mejor poder recordar un momento feliz aunque pertenezca al pasado, que no poder recordar.

Muy bello. Besos a los dos.

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
Lo has narrado estupendamente. Tu relato hace que afloren todos los sentimientos que genera toda este sinsentido social que nos ha colmado de bienes materiales y nos ha dejado en la intemperie afectiva.
Un abrazo.

Asun dijo...

Esta escena que describes, la he visto muchas veces por las calles, y me he fijado también en esas miradas perdidas. He pensado en la tristeza que emana de esos ojos posados en qué o quién sabe dónde. Están juntos pero la incomunicación, al menos en esos momentos, es total. Lo has descrito muy bien, y has sabido transmitir perfectamente los sentimientos de esas personas.

Besos, y feliz semana.

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando:
Muy bello tu post; no se puede explicar mejor. Estoy contigo en que posiblemente sean los buenos momentos los que se nos van quedando en la memoria. No hemos llegado aún, por eso, quizás, somos capaces de captar la esencia de esas miradas que no creo que estén perdidas, sino que se han quedado fijadas en un beso, en una caricia, en un abrazo, en un momento de afecto como bien dices. Me ha encantado. Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

En realidad el post no hablaba del Alzheimer, pero si es cierto que las miradas pueden llegar a ser muy parecidas, sino de lo que hablas del sentido de la vida, que cada cual lo mira de una manera pero que a vecs lo hacemos con la mirada perdida.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Begoña:

Así es Begoña, todos, alguna vez, necesitamos esa mirada perdida que nos llene de paz.

Un beso feliz martes

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:

Me gusta el comentario que has hecho por bello y por real. Estamos a la intemperie como dices.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Asun:

me alegro que hayas reconocido esas mismas miradas, lo que viene a demostrar que abundan más de lo que creemos , aunque es triste verlo. Javier lo ha definido perfectamente.

Un beso y feliz semana

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa:

Es posible que también sea sí, que no se hayan perdido sino que simplemente se hayan quedado fijadas en algo de mucho valor para la persona.

Un abrazo

Soul Business

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