viernes, 19 de noviembre de 2010

Cosas que no me traigo de los viajes


No soy muy aficionado a los souvenirs, nada diría yo. Es más, mucho de los que veo cuando viajo me horrorizan y me hacen tal daño a la vista que acostumbro a salir escopetado de aquellos lugares donde abundan esas esculturas que representan el monumento de turno que se visita o el emblema de la ciudad o ese sinfín de máscaras, miniaturas, platos con fotos, cerámica en serie varia con la leyenda de turno etcétera. 

Tampoco soy un apasionado de las compras y éstas, las suelo dejar para los últimos días, no muchas y preferiblemente cosas que vayan a ser útiles o que sepa que les va hacer ilusión, o al menos no te las van a tirar a la cara, los receptores de las mismas. Comprendo y entiendo que haya gente que su principal objetivo del viaje sea comprar. Cada cual es cada cual.

Todo esto viene a cuento de que el post de hoy se iba a titular “Cosas que me traigo de los viajes”, pero como son tantas las que me traigo, voy un poco mal de tiempo y estoy muy cansado le he dado la vuelta a la tortilla y he escrito esta pequeña introducción para dejaros otro capítulo de Soul India donde cuento una experiencia en la ciudad de Jaipur donde si te descuidas acabas más timado que los clientes de Madoff.

Feliz fin de semana


¿Compras? No, de momento

En la Ciudad Rosa vuelves a un pasado que alguna vez creíste haber vivido. En las cuadriculas de los barrios, diseñados de acuerdo a las castas, a la religión, en los ordenados bazares, rememorabas cosas que hacía muchos años desaparecieron de tu mente. Se veían cachivaches que ignorabas para qué servían. Aún haciendo un tremendo ejercicio de imaginación, no te explicabas qué utilidad podían tener determinados artilugios. Cuando preguntabas su utilidad, la población no sabía responder porque no te entendían. Si insistías en saber, en segundos tenías dos o tres niños, vigilados de cerca por sus madres, que te tiraban de cualquier parte para que entregases unas monedas; o tres ricksawhs wallash que se disputaban el honor de pasearte por la ciudad; o un amable y risueño jaipurense que, después de poner la ciudad a tus pies, quería hacerte millonario escoltándote a un taller de joyería —«el negocio del siglo»— de donde seguro saldrías con menos de lo que entraste.

Dinesh, en no pocas ocasiones, insistía en llevarme a tiendas. Lo sugería de una forma discreta porque sabía que no le iba a hacer caso. Aún así, y mientras circulábamos por las saturadas avenidas de Jaipur, apuntaba señalando con el dedo índice: «aquí se venden las mejores alfombras, en este taller de joyería trabajan mis primos, este el mejor emporium de Jaipur; todo bueno, nada falso, barato, very cheap».

En Jaipur, percibí alguna de las diferencias que existían entre los pueblos y ciudades. Si bien en los pueblos tienes menos actividades para realizar, ya que prácticamente no hay nada, el ambiente que se respira es mucho más sano. Las miradas son hospitalarias, la vida es más natural. En las ciudades es diferente, y muchos ojos esconden la codicia; son miradas que esperan turno para intentar una venta. 

Yo, que no soy un gran comprador —al contrario que mi amigo Paco, uno de mis maestros en eso de la vida; un negociador capaz de desquiciar a los mercaderes de medio mundo—, y que para comprar me vuelvo loco hasta que encuentro algo que me guste, me metí en una tienda con el objetivo de tener referencias de precios para mi hermano. Por supuesto, fui acompañado del estudiante de turno en su día libre que sólo pretendía practicar inglés conmigo. Y practicar inglés conmigo es como practicarlo con los indios Tabajara: era obvio que el único interés que tenía en mí era el de mi cartera. El caso es que accedí; ese día por lo visto necesitaba marcha.

 De vez en cuando viene bien ir a esas escuelas de ventas que son los zocos, los bazares.

Me mostraron tres destartalados pisos repletos de todos los tejidos imaginables, al tiempo que el dueño, simpaticote a más no poder, me agasajaba y halagaba su mercancía: «¿Quiere un té?, ¿quizá un refresco?, ¿bonito eh? Esta calidad no se encuentra en otros lugares de Jaipur, ¿cuántas se lleva?, precio indio, me ha caído bien». Unos minutos más y me sacan el género de la tienda de al lado.

Aburrido de tanta sin razón en los precios, de ser percha de vestidos, maniquí de pasminas y Aladino de alfombras, decidí irme. No era posible; seguían desplegando mercancías para ver y regatear. Tejidos, por otro lado, que parecían bastante falsos; tan falsa como la afectación de los comisionistas de «no comprar, solo mirar, es gratis».

Los precios de las alfombras y textiles en India, más asequibles que en España, son elevados para presupuestos escasos sin son buenos, y el que pretenda venderte una pasmina de cachemira por menos de tres euros te la está colando. Eso es imposible allí y en Sebastopol. En India se puede adquirir de todo; pero también es cierto que para hacer una buena compra hay que entender bastante; que no era mi caso. Las calidades pueden variar considerablemente, lo que dificulta la distinción de la mercancía.

En cuanto a la bisutería y artesanía no hay gran cosa que merezca la pena. Supongo que alguien que lea esto no estará de acuerdo con esta afirmación. Es cuestión de gustos y yo de esto, sí que escribo.

En todos los comercios, tenían montañas de artículos para turistas. Comprar esos recuerdos se me hacía ciencia-ficción. Es como si en España me agenciara una muñeca vestida de flamenca, unas castañuelas, o un abanico de mala calidad. Algo que ni en un exceso de Jumilla haría.

Abundaba la horterada y lo de los dioses ya clamaba al cielo. En carteles de colorines, en bronce o plástico inundaban las tiendas y eran una de las preferentes «maravillas» que procuraban colocarte los vendedores: eran dioses de baratillo que parecían sacados de una portada de un disco de heavy metal.

Y es que, a veces, aunque quieras es imposible comprar.


7 comentarios:

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
Con todo lo que viajas, si te gustase comprar necesitarías un castillo.
La verdad es que mucho de lo que se compra, si no se hace con cuidado y convencido de ello, termina arrinconado o en el trastero.
Un abrazo.

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando:
Me pongo en tu lugar: lo debiste de pasar pero que muy bien no comprando pero requerido una y cien veces por el mercader de turno. Me parece estar viendo tu cara bonachona y tu sonrisa de "cuándo se acabará esto por dios".
Un abrazo

MTTJ dijo...

Hola Fernando,
A mi tampoco me gusta comprar y me agobia bastante que me bombardeen por todos lados. A veces ni me atrevo a mirar hacia el interior de una tienda para que no me empiecen con el rollo de "sólo mirar, no comprar, amigo". No sé regatear y siempre pienso que me están tomando el pelo, hecho casi seguro. Lo que más me fastidia es cuando utilizan la palabra hospitalidad: "hospitalidad bereber, sólo mirar para placer de los ojos". Al final, salí con un kilim bajo el brazo y discusión con mi marido.
Ah! y en Jaipur compré una alfombra preciosa de lana de cachemira. Cuando me enamoro de algo me lo llevo y no me importa si pago más de lo que vale pero odio sentirme presionada.
En fin, cosas de los viajes.

Un abrazo y feliz fin de semana

M.Teresa

Myriam dijo...

Bueno, habrás visto que en los Shuks de Turquía es bastante simílar la forma de enjaretarte cosas, aunque también encuentras buenas pasminas...

Katy dijo...

Es lo que peor llevo de los viajes, las compras. Y como te descuides no sabes salir sin algo que te hayan colocado con insistencia. Solo compro algo que necesite de verdad. Traer si traigo las consabidas camisetas para los nietos de todos los viajes. Y para los hijos algún producto típico del país consumir. Casi siempre comprados de prisa y corriendo en las Duty free.
Y recuerdo hoy aún con asombro una pareja que se pasó la semana de en N.Y. recorriendo todas la tiendas de la ciudad. Muy amena tu narración y experiencia:)
P.D. El guia de Egipto nos dijo a todos que no perdiéramos tiempo comprando. Que en el Corte Inglés lo encontrábams todo más barato:)

Asun dijo...

El acoso en Marruecos y Turquía era similar, y los pseudoguías se las apañaban de tal manera que por mucho que les dijeras que no te llevaran a comprar nada, siempre acababas en alguna tienda.
En el Gran Bazar en Turquia me llamó la atención lo guapísimos que eran y lo arreglados que iban los que estaban apostados a la entrada de las tiendas como reclamo y para abordarte. Supongo que estaría todo estudiadísimo.

Si alguna vez me pillaba con ganas de seguirles el juego y decidía comprar algo me quedaba sola regateando. De lo bien que se me daba, en Marruecos me solían decir: Tu no española, tu Fátima.

Y otra cosa es la cantidad de recursos que tienen. Algunos, con tal de vender, hasta algunas frases en euskara se habían aprendido para entrarles a los turistas vascos.

Es todo un mundo el de las compras en estos países.

Un beso

Fernando López Fernández dijo...

@javier Rodriguez
Pues así es, pero además, como dices, acabaría comprando cosas que no necesito o inútiles. Y eso, al final, no sirve para nada.
Un abrazo

@Rafa Bartolomé
Pues para un rato puede ser hasta divertido, pero al final el único objetivo es librarte de tanto sin sentido.
un abrazo

@MTTJ

Hola María teresa, es exactamente lo mismo que me pasa a mí, no me gusta regatear, no me gusta que me dirijan la compra y si compro algo es porque me gusta y no me importa mucho si me están engañando porque cada uno sabe lo que valora cuando compra.
Un abrazo.

@Myriam:
Si, suele ser igual en todos lados, y también hay cosas de calidad en todos los sitios, pero es bastante agobiante sentirse presionado.

@Katy
Es que llega un momento que por las compras se puede perder la esencia del viaje. Soy muy selectivo comprando y generalmente lo que si suelo traerme son especias si me parecen buenas y algunas otras cosas que no voy a encontrar aquí.
Un abrazo

@Asun
Fatima, te deberían contratar para que hicieses las compras a muchos turistas. Por lo que leo, mejor no enfrentarse contigo. Y lo que dices del euskara real como la vida misma.
Un abrazo

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