viernes, 20 de agosto de 2010

Los sueños pérdidos: Mérida en domingo


 
Como decía en mi anterior post, toca reconectarse y volver a esta era en la que vivimos a toda leche. Hoy, mientras pensaba en ello, y en la pereza que a veces da, me he pegado un viaje al pasado para rememorar cosas, viajes y gentes y me he acordado de uno esos buenos momentos. Lo viví hace un par de años en Yucatán, en la ciudad de Mérida y fue uno de esos regalos que de vez en cuando nos deja la vida para recordarnos que, de vez en cuando, este mundo de la supervelocidad nos tiene medio engañados.

Se trata de la iniciativa Mérida en domingo organizada desde hace años por el Ayuntamiento de la capital de Yucatán. Durante todo el domingo, el centro histórico se cierra a la circulación de vehículos y se ofrecen espectáculos gratuitos al aire libre en el centro de la ciudad. Pasear por sus calles, le transporta a uno a un mundo en el que la cultura, la comunicación, la música y la gente parecen haberse puesto de acuerdo para que no olvidemos nunca quienes somos y lo felices que éramos y podemos llegar a ser si de vez en cuando nos salimos de ese mundo de urgencias que artificialmente hemos creado con la excusa del progreso y bienestar.

Os dejo, para el fin de semana: Mérida en domingo del diario de viajes  Los sueños pérdidos, que espero acabar antes de fin de año. Por su extensión lo divido en dos partes. La semana que viene la segunda.

Mérida en domingo I

Al sol le quedaban aún unas horas para despedirse y el Zócalo continuaba  abarrotado de olores, de música, sonrisas y calor. Ante los soportales del Ayuntamiento se sucedían los bailes ante la atenta y regocijada mirada de cientos de personas que hacían corrillo sentadas en parcas sillas o permanecían de pie siguiendo el movimiento de la jaranas yucatecas en las que parecían  fundirse las danzas y sones mayas con las nostalgias de España.  

Porque eso es México, el Yucatán: una fusión de dos mundos hecha con dolor, pero también con amor; con crueldad y con exceso, pero también alimentada  por una curiosidad que fue dejando poso, asimilación, aceptación y creación mixta que fueron forjando un nuevo carácter al país o al territorio. Un territorio, en los que, como ese domingo abundaban los reposos, los momentos de tregua donde el rencor, el rechazo y el desafecto de muchos de sus moradores a la conquista española quedaban, si no olvidados, sí perdonados.

Y eso se reflejaba en los sones mestizos que inundaban la plaza, interpretadas por la Charanga, la típica orquesta formada principalmente por instrumentos de viento, trombones, trompetas, saxofones… que en esa tarde de sol animoso, desparramaban notas alegres que incitaban al baile y a no ser mero observador de una fiesta que cada vez convocaba a más gente. 



Al lado del Ayuntamiento en la calle 62, delimitadas por la 61 y la 63 tenía lugar esa representación de bailes folklóricos que cada domingo recuerdan a los que se realizaban en las haciendas en siglos XVII y XVIII, en las vaquerías, periodo en el que se marcaba el ganado y solía coindicir con las fiestas locales. 

La Jarana, baile típico del Yucatán, parece tener su origen en la jota aragonesa, en el fandango y otros bailes de la península ibérica. El mestizaje está presente en cada aire, en cada rincón. Lo impregna todo y yo creo que acerca más que separa a los hombres. 

Los zapateados de los hombres se sucedían mientras mantenían erguido el tronco, como si fuesen toreros que permanecen quietos ante la embestida del toro. Las mujeres zapateaban acompañando el compas de la orquestilla. Se movían de  forma graciosa, de una forma sensual que atrapaba la vista, fijándola en los giros de los cuerpos, en el volar de los pliegues de las telas que parecían muletas blancas que jugaban con el aire. En ocasiones, los hombres bailaban con botellas de licor en la cabeza manteniendo un perfecto equilibrio,  sin dejar caer el vidrio, sin derramar una gota. Otras todos, con bandejas y vasos en la cabeza; pasos pequeños y arriesgados.

Música y bailes de fiesta, de romería gallega, de jota aragonesa que eran amenizados por un presentador con voz de tómbola. De vez en cuando una voz gritaba “bomba” y la música paraba. Uno de los bailarines recitaba una pequeña poesía, o unas sencillas redondillas a su pareja y cuando finalizaba atronaban los aplausos, los bravos, se multiplicaban la miradas cómplices y la música continuaba. Otras, la mujer replicaba. Eran versos románticos, pícaros, pero inocentes a los oidos.

Pregunté la razón de aquello más tarde mientras me trasegaba una cerveza en un bar. El camarero me contó que es una tradición y que se trata más bien de un piropo que de una poesia con la que agasajar a la pareja. Me recitó dos o tres y le pedí que me las repitiera para poder anotarlas.

“Quisiera ser zapatito
que calce tu lindo pie,
para ver de vez en cuando
lo que el zapatito ve.”

“En esa boquita en flor que te ha regalado Dios no hay ningún labio inferior. ¡Son superiores los dos!”



Era una fiesta pura, blanca, como los ternos que llevaban las mujeres: un vestido de fiesta campesino de tres piezas en el que el huipil  está finamente bordado con motivos florales de todas las tonalidades: azules, amarillas, moradas, rosas, rojas, violetas, naranjas, verdes…como si cada mujer hubiese sido engalanada por la misma naturaleza incluido el pelo que se albergaba un tocado de flores. Ellos, vestían  con trajes de lino, guayabera y pantalón blanco, sombrero y alpargatas. Ese gusto por la sencillez hacía el cuadro más hermoso. 



La luminosidad del sol reforzaba las ganas de disfrutar de la tarde. Una tarde en la que predominaba el blanco, el blanco de las calesas llenas de  flores blancas, calesas de caballo blanco cuyo trote sobre el empedrado se asemejaba a un zapateado perfecto, elegante y sobrio que parecía competir con el más alegre  de los bailarines que había dejado minutos antes y que fundido con la música todavía oía en la lejanía. (continuará)



6 comentarios:

Katy dijo...

Precioso reportaje que ha hecho evocar los trajes que visten los hombres en Venezuela. La guayaberea ahi se llamaba liki-liki. Me encantan todas las iniciativas para conservar estos recuerdos de pasado. Que aunque a veces dolorosos como la vida misma tienen vida en si.
"este mundo de la supervelocidad nos tiene medio engañados"
Me ha gustado esta frase porque vivimos tan de prisa que nos olvida disfrutar y vivir lo que realmente importa.
Un beso y buen finde
P.D. Lo releere. Es muy poético

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

Muchas gracias, me alegra qiue te haya gustado. La guayabera también la llaman filipina que intuyo de donde viene el nombre.

La verdades que todo lo que sea conservar recuerdos a mi me parece bien porque es una forma de tener referencias que siempre son necesarias.

Feliz fin de semana

MTTJ dijo...

¡Qué ciudad tan bonita Mérida!
Ufffff y pensar que me queda un año antes de volver a pensar en vacaciones.
Un abrazo

M.Teresa

Fernando López Fernández dijo...

Hola María Teresa:

A mi me gustó mucho y piensa que ya queda menos para las vacaciones. Esto se pasa rápido.
Un abrazo

Myriam dijo...

Me has transportado a Mexico con tu maravilloso relato. ¡Qué ganas!

Besos

Fernando López Fernández dijo...

Hola de nuevo Myriam:

Además tu tienes familia allí, así que no lo pienses mucho.
un beso

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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