martes, 27 de abril de 2010

Cuentos de las noches tristes: El cielo de África


Hacía mucho que no publicaba un Cuento de las noches tristes. Tenía ganas de escribir uno sobre África, y el domingo me salió esto. Mañana Thinking Souls. Feliz martes.

El cielo de África

A Bara el agua de lluvia le sabía dulce. Le gustaba sentir como resbalaba por su cara hasta alcanzar la comisura de los labios. Entonces los entreabría y se relamía apresando las pocas gotas que llegaban de forma desigual a su boca. Le recordaba los días de junio, cuando la estación de lluvias pintaba el cielo color violeta y descargaba sobre la aldea breves pero intensos chaparrones. Nada que ver con la fría agua salada del mar que escocía en los cortes de la mano que se hizo cuando buscó su sitio en la patera.

Lo había pasado mal: había sentido miedo, vomitado por el mareo y por el hedor de las heces que se acumulaban bajo los pantalones de hombres tan asustados como el; se había calentado con sus orines y secado sus lágrimas con unos puños llenos de impotencia.


Llovía y Bara pensaba en el cielo de África. En los días que cambiaba varias veces de color. Primero un azul intenso, sin una nube, un azul que parecía agrandar la tierra como si invitase a corretear como cuando era niño hasta el fin del mundo; luego verlo en movimiento cuando el viento las acercaba rápidas e imponentes hasta que se amorataba; ya con la lluvia gris y de noche, ¡ah de noche! negro y lleno de estrellas.

Llovía, y Bara permanecía de pie en la puerta de un supermercado de barrio. Sostenía un ejemplar plastificado de un periódico que movía mientras saludaba con la esperanza de recibir unas monedas para poder comer y pagar la decimoctava parte del alquiler de la casa donde dormía.

Llovía y a Bara casi nadie le devolvía el saludo y aún menos le miraban. ¡Cuan diferente de su aldea!, donde todo el mundo reía y se saludaba. Se preguntaba por qué las personas de este lugar parecían estar enfadadas todo el tiempo. Ellos lo tenían todo. El, casi nada. No entendía por qué caminaban tan rápido: en su poblado todo transcurría de forma pausada y rara vez se cambiaba el ritmo que marcaba la madre naturaleza.

Llovía y Bara recordaba las tardes en las que  los únicos sonidos que se escuchaban eran el de las chicharras que cuando callaban advertían de los peligros, el graznar de los pájaros que migraban en bandadas hacia el sur o los cánticos de las mujeres mientras molían el grano. Ahora en sus oídos atronaban las sirenas, las bocinas, el Chun Chun de la música, las voces y los gritos: sonidos que nunca había escuchado.

Llovía y Bara pensaba en el día que le convencieron para salir de su casa, de su familia, del cielo de África. Fueron aquellos hombres que llevaban esas ropas y ese calzado tan extraño; fueron esas palabras que hablaban de un lugar donde se encontraba en abundancia la comida, un lugar donde había cosas mágicas que permitían moverse sin andar, volar. Un lugar donde había hombres encerrados en cajas, que eran como hechiceros ya que la gente se pasaba el día atenta a lo que decían; un lugar mágico donde  los ríos se apresaban, los caminos eran de piedra y había chozas altísimas donde manaba el agua el agua voluntad, no hacía falta fuego para cocinar ni para hacer luz. Si, todo eso estaba muy bien, pero allí no estaba el cielo de África: no era un lugar mágico, ni bonito.

Paró de llover. El día se despejó y los rayos de sol comenzaron a calentar la mañana. Bara miró al cielo y quiso buscar su cielo, su cielo de África. No le dio tiempo. Se derrumbó y murió sobre el asfalto como un número más, como un sueño menos.

En Senegal, a muchos kilómetros de Dakar, en el sur del país hay una pequeña aldea, muy cerca de la frontera con Mali, aislada y solitaria.  Los habitantes están maravillados porque ha crecido, en muy poco tiempo, un árbol altísimo que parece querer tocar el cielo.




10 comentarios:

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
¿Cuantos Bara hay desperdigados por el mundo?
¿Cuanto mal estamos haciendo exporatando de esta manera nuestra civilización?
Preciosa historia.
Un abrazo.

Katy dijo...

Hola Fernando, que triste. Cada día que salgo de casa compruebo esta realidad. Muchos como Bara en vez de contemplar el cielo de su patria, contemplan atónitos el trasiego de la gente desde la puerta de un supermercado. Seguro que no entienden nada, el supuesto mundo y sueño de sus nuevas esperanzas, no pasa de unas monedas arrojadas a veces sin mirarles la cara. Sentimos verguenza y dolor ante el hermano. Mientras, cientos de turistas se lanzan a contemplar y disfrutar del cielo de África y sus safaris.
He sentido tu relato en toda su tranfondo humano.
Un beso

JLMON dijo...

Hola Fernando
Me ha gustado mucho, de verdad, tienes una peculiar habilidad para retratar la complejidad de los sencillo y, eso, es un don, cuidalo!
Un abrazo

María Hernández dijo...

Hola Fernando:
¡Qué gran cuento! hilado de la vida misma.
Hace pocos años, a Gran Canaria, llegó “Bara” (sin nombre), procedente de Sierra Leona. Su origen ya era de por sí preocupante, tras tanta guerra, tanto sufrimiento. Su edad, indefinida; igual estaba en la treintena que se columpiaba en los cuarenta; es difícil calcular la edad cuando miras a alguien de una raza distinta.
“Bara” encontró un hueco laboral y se hizo con una buena clientela que, a cambio de unos pocos euros, encontraban sus autos como los chorros del oro, limpios por dentro, limpios por fuera.
Estas navidades le dijo "tal vez compre algo distinto y celebre en casa, pero solo, no me fío de nadie".
Pensamos que muchos tragos amargos tiene que sufrir una persona, en este mundo, para preferir celebrar en soledad.
Hace un par de meses, un lunes en la mañana, “Bara” no estaba en su puesto habitual. ¡Qué raro!. Era puntual como un reloj suizo.
Más tarde llegó la noticia. Lo había encontrado en su casa, muerto. Un derrame cerebral acabó con su vida. Lo que no logró la guerra de su país, la huída, la gran travesía, ser un sin papeles, la marginalidad, el sentirse ignorado, lo consiguieron un derrame y la soledad que le negó el auxilio. Intentó con todas sus fuerzas burlar a la muerte, una y otra vez, hasta cruzó el mar, pero lo alcanzó lejos de su tierra, de su gente, de las lágrimas sinceras, de aquellos que conocían su verdadero nombre. “Bara” murió solo.

Fernando, la advertencia legal de tu cuento de hoy es “Cualquier parecido con la realidad, es verdad”.

Un beso.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier
Muchos, Javier, muchos y no todos vienen en patera ni son negros, pero vienen engañados por nuestra supuesta ideal civilización.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:
Es eso, Katy, sin entender nada, sueños rotos.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola José Luis:
Pues gracias por tu amabilidad, pero no tenía ni idea. Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola María:
Y luego nos quejamos, pero no vemos a los Bara, ni sentimos su sufrimiento, y como le decía Javier, ni muchos vienen en patera ni son negros, Bara representa eso, la soledad, el desprecio de los otros, la vergüenza, la humillación: en fin tantas cosas.
Un beso, María, magnífico comentario

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando:
He leído con atención los comentarios vertidos sobre tu historia, creo que lo habéis dicho todo. Yo me quedo con el cuento, con esa historia que tan sabiamente has hilvanado.
Enhorabuena y un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa:

Pues muchas gracias. Por cierto, te he enviado un correo con una sorpesa.

Un abrazo

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