viernes, 16 de abril de 2010

Chicken bus tour



Hace justo un mes. María Hernández, que por cierto tiene una habilidad especial para utilizar la imaginación y para reciclar como podréis  observar en su T-Koso, escribió en su blog un post llamado Espacio vital que es pura observación. Me encantó, entre otras razones, porque me gusta la gente que juega con la mente y es capaz de sacar excelentes lecturas de todo. 

Como el tema iba de tranvías y lo que contaba no me era ajeno, le comenté que un día hablaría sobre los Chicken bus, uno de los medios de transporte más populares de Guatemala. Así que hoy, dedicado a ella, Chicken bus tour, del diario de viajes Los Sueños Perdidos, que espero ir acabando poco a poco.

Chicken bus tour

Los cielos grises entristecen las mañanas provocando que la pereza envenene las neuronas y aletargue los músculos.  

Quetzaltenango había amanecido así: de día aburrido, sosón y lluvia molesta. Pasear por la ciudad no me seducía.  Dudaba si subir a la estación termal de las Fuentes Georginas enclavadas en lo alto de una montaña,  en las cercanías  de Zunil o acercarme a San Andrés Xecul, a unos treinta y tantos kilómetros de Quetzaltenango.  Decidí ir a Zunil. Si el tiempo mejoraba, a las Fuentes. Si no, ya vería.       

Una de las ventajas que tienen - si es que tienen alguna- los países pobres es que las paradas de autobuses no consisten solo en marquesinas ni apeaderos ni estaciones, sino que las paradas también, pueden ser cualquier lugar donde las  manos se alcen, se observen carreras jadeantes hacía el vehículo, o gritos, gestos y voces que serán atendidas con más o menos resignación por el conductor o el cobrador de turno.  

Y de esa manera, en una bifurcación en la que me había detenido a preguntar a dos lugareños por un autobús que se dirigiese a Zunil, paramos con aspavientos  uno de esos amarillos «Chicken Bus» que no son ni más ni menos que antiguos autobuses escolares de los que se usaban en Estados Unidos en los años 50 del siglo pasado, y que son llamados así porque los pasajeros en ocasiones suelen ir acompañados de aves: empezaba mi Chicken bus tour.

En el camino a Zunil, cada pocos metros subía y bajaba la gente de un valle rodeado de montañas; un valle manchado de aldeas y casas solitarias. Cada parada llevaba su tiempo, como si esperásemos a alguien que estuviese a punto de llegar. Nadie protestaba por esos retrasos que consumían la mañana y mi improvisado itinerario del día. Mi mente los empleaba en mirar por la ventanilla regodeándome en esos instantes que nos regala la  vida y que rara vez aceptamos. Regalos visuales que te arreglan con el mundo: como los abrazos de dos amigos en medio de una calle; la imaginación de los niños jugando a inventar su mundo; o el mimo con el que un tendero ordena su mercancía; o ese letrero escrito con faltas de ortografía que expresa un sentimiento; o un paisaje que se convierte por momentos en un lienzo que guardarías con celo en el museo de tus recuerdos: momentos e instantes que dejan de forma discreta poso en tu vida, pero que cuando pasaron te hicieron snetirte el hombre más afortunado de la tierra.

Es curioso comprobar como el comportamiento humano es muy parecido en todos los lugares a la hora de abordar un autobús.  Por lo general, las mujeres se sentaban en las primeras filas, familias en el medio y solitarios en el fondo.

Desde mi perspectiva de asiento trasero observaba como las mujeres, con sus trabajados y exclusivos huipiles, iban involuntariamente entretejiendo un mosaico multicolor al apretar sus cuerpos en esos asientos que fueron creados para transportar niños y no adultos. Muchos de los que subían llevaban consigo el olor de haber dormido junto a una hoguera, aromatizando con el frío de sus cuerpos y ropas el autobús, dejando en el ambiente esa sensación de agotamiento sucio que deja el humo muerto.

En un pequeño poblado subió un hombre que no vestía la más tradicional chamarra. Comenzó a repartir octavillas entre los viajeros menos a mí. Debió verme cara de gringo, o simplemente pensó que en esa estampa desentonaba.  Una vez hubo terminado, comenzó su perorata hablando con una convicción y entusiasmo como sólo los predicadores y charlatanes lo saben hacer. Habló del perdón, del amor, del poder de Dios, de los milagros de «Su Señor Jesucristo», de las flaquezas de los hombres. Su particular homilía era escuchada con atención y respeto porque los indígenas miran a los ojos, a diferencia de los primer mundistas que cerramos los oídos y evitamos la mirada en situaciones similares. Se bajó con una despedida suave bendiciendo a los parroquianos después de recoger los panfletos y unas monedas cerca de Almolonga, un lugar que en las últimas décadas se había  transformado gracias a la «intervención divina», pues se cuenta que esta ha  fertilizado la tierra y «curado a los hombres» para convertir la localidad en la huerta de las Américas, según había leído cuando planificaba mi viaje al país. De hecho, algunos de los que subieron allí, llevaban cestas con enormes zanahorias o pimientos tan grandes que las primeras parecían calabacines y los segundos calabazones.


Llegando a Zunil, paró de llover. Las calles permanecían solitarias y sólo cuando llegué a las puertas de la Iglesia, ví algo de movimiento en el pequeño mercado de granos de maíz donde, principalmente mujeres, compraban y negociaban el precio del grano mientras hurgaban con las manos en los sacos que estaban alineados a sus pies y discutían sobre cantidades, calidades y quetzales en español y en su idioma materno.

La iglesia, de silencios mañaneros, estaba impregnada de esa solemnidad que tienen los templos vacíos que invitan a buscar un punto de encuentro entre Dios y los hombres en el caso de que se sea religioso, o de conexión con el Yo más profundo en el caso de que no se crea. 

Continué paseando por un pueblo que parecia haber surgido del desorden porque las calles se cruzaban a varias alturas y las casas eran una sucesión de estilos y posibles, como si cada uno de sus habitantes hubiese diseñado el mismo su  vivienda. De vez en cuando acababa en un callejón o en la valla de una huerta y notaba las miradas vigilantes de quien piensa que se le ha perdido a ese allí.   

Desde Zunil regresé a la estación Minerva. No subí hasta las Fuentes Georginas. El clima no acompañaba y la opción era visitar la iglesia de san Andrés Xecul.

En los alrededores de la estación el gran mercado era un atasco continuo de gentes, carretillas y vehículos. En la terminal de autobuses unos hombres organizaban el caos de buses que partían hacia todas las zonas: Huhuetenango, Panajachel, Guatemala. Los destinos se voceaban por triplicado: Hue Hue Hue, Pana, Pana, Pana, Guate, Guate, Guate…

Compré el periódico. Las mismas noticias de días anteriores con distinto titular y victima;  pero la misma tragedia de la violencia en Guatemala. Esta vez el motivo había sido por robar una escopeta a un guardián de una finca. Además, otra avioneta caída y varios casos de corrupción.


Mientras esperaba la salida del autobús iban subiendo vendedores ambulantes que pregonaban su mercancía de helados baratos, frutos secos, pasta de dientes, periódicos,  y un curioso personaje que por 10 quetzales vendía  un tónico de amplio espectro que curaba todo. A mi me recordaba a esos personajes que iban de pueblo en pueblo en el Oeste américano vendiendo ungüentos y bebedizos. Repetía una y otra vez: «Adultos deben tomar dos cucharadas, niños una. Un tónico que cura los trastornos intestinales, hepáticos, arregla la próstata cura los nervios y mejora  la potencia sexual y todo por 10 quetzales»

Mi Chicken Bus se iba llenado de  colegiales ruidosos que regresaban a sus aldeas, de mujeres cargadas que volvían del mercado. El cobrador gritaba ¡hagan lugar en el centro¡ En cada parada más gente, más bultos, más asfixia y el barullo histérico que dejaban los apretones y la incomodidad.  En un autobús que oficialmente tiene sesenta y alguna plazas viajábamos más de noventa y el único cinturón de seguridad que llevábamos era un cartel donde se rogaba a dios nuestro señor que velase por todos.

Al descender en San Andrés,  el humo sucio del Chicken Bus, el agotamiento del motor y unas piernas y cuerpo entumecidos me recordaron que en la vida, a pesar de las estrecheces, de las incomodidades… lo importante es disfrutar del viaje  no importando lo lento que sea el trayecto sino que finalmente puedas llegar a tu destino.

Feliz fin de semana

  





14 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando:
Es un placer comenzar la mañana leyéndote. Ese cuaderno de viaje va a ser maravilloso; no dudes en terminarlo y hacerlo público.
Me ha encantado la descripción de todo lo que cuentas; no es otra cosa como si hubiera estado allí.
Me quedo con la frase (poesía pura): "...el lienzo que guardarías con celo en el museo de tus recuerdos"
Más de un poeta la firmaría.
Un abrazo

María Hernández dijo...

Hola Fernando:
Me ha gustado mucho tu viaje en chicken-bus y espero la continuación de este relato.
La senda de tus palabras nos permiten emprender el mismo viaje, recrearnos en lo visto y, hasta, imaginar esos "calabazones" de las tierras fértiles.
Me quedé con ganas de más, jeje.
Gracias por la mención, pero no se merece. Aquí, todos nos servimos de todos para alimentar la inspiración.
Un beso, Fernando y feliz fin de semana.

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
Como siempre estos relatos huelen a guacamole, a sudor, a humedad, a... vida.
Un abrazo.

MaS dijo...

Buenas Fernando,
no es lo mismo ir en autobus, que ir en autobus.
No es lo mismo.
Gracias por el viaje.
Me ha encantado.
un beso, hoy de viernes, m.

Katy dijo...

Hola Fernando evidentemente lo tuyo son los relatos de tus vivencias. Lo haces como nadie.
Me has recordado lo ya olvidado, lo de levantar la mano en bus para que pare en dónde buenamente podía. Y los taxis que se llamaban "porpuestos" porque recogían gente y paraba en doónde se le pedía.
Segun ibas narrando he sentido el olor, el color y el sabor de lo narrado entremezclado con mis propios recuerdos. La fotos bellísomas que acompañan de maravilla el texto. Da gusto viajar contigo
Un beso y buen finde

Josep Julián dijo...

Hola Fernando:
La ventaja de tener un amigo viajero como tú, es que leyéndote uno ya ha estado un poco en esos sitios sin haberlos pisado nunca aunque ya nunca más vuelvan a ser completamente desconocidos.
Los libros de viaje del pasado cumplían esa función y lo hacían muy bien a pesar de que no contaran historias noveladas. La novela se construía sobre las experiencias y aventuras de los viajeros que viajaban por nosotros de la misma forma que nosotros viajábamos con ellos. Y eso mismo pasa con tus propuestas de lectura.
Eso que dices del olor del humo muerto es algo perfectamente entendible aunque no se haya estado en esos lugares, el traqueteo del chiken bus lo mismo, el frío de las ropas, las campesinas, el predicador o el vendedor de ungüentos.
Esa capacidad de recreación te va invadiendo y te convierte en viajero sin pasaje, de la misma forma que el cine 3D te mete en las escenas.
Muchas gracias por la experiencia.
Un abrazo.

JLMON dijo...

Hola Fernando
¡qué bueno!
Me encantan tus relatos, sobre todo, porque ya sea primavera, verano, otoño o invierno, siempre hay un aire de optimismo que reconforta.
Gracias

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa:
Lo que es un placer es verte por aquí a menudo. Me alegra que te haya gustado. Y terminar lo terminaré, lo que no se es cuando.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola María:
Gracias. Continuará, lo que pasa es que voy terminado los borradores según me de. Me alegra que me acompañis en el viaje y lo disfruteis tanto como yo. Y la mención merecidísima.
Un beso y feliz semana

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:
Muchas gracias. Me limito a expresar lo que veo y siento.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

MaS
Pues no es lo mismo, tienes razón. Gracias por acompañarme. Un beso de sábado

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:
Es que viajar es tan enriquecedor Katy, que en cualquier momento se aprende y se siente algo. Como a los demás, da gusto que acompañéis en el viaje.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Josep
A mi me encantan los libros de viajes por que te descubren sitios, lugares, costumbres etc… pero sobre todo te enseñan a saber quienes somos, de donde venimos y adonde vamos y te permite la oportunidad de empatizar con el resto de las culturas y los pueblos.
Muchas gracias a ti Josep por subirte el bus . Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola José Luis:
Me alegra que te gusten y que te reconforten. Gracias por seguirlos y como les he dicho a los demás, por acompañarme en los mismos.
Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...