lunes, 15 de febrero de 2010

Negocios que no deberían morir: Las barberías


Una de las cosas que más me gusta hacer cuando viajo es afeitarme en una barbería de las que son de toda la vida, de esas que en años serán de las que fueron; de esas de muebles cansados, de sillas de mil sentadas y espejos que reflejaron ojos de cansancio, de comprensión, de escucha…

Sus direcciones, sus historias, no aparecen en las guías  ni son recomendadas en ningún foro de turismo. Normal. De hecho, casi nadie habla de hacer una excursión al barbero cuando visitas una ciudad. Es más, te miran de un modo raro cuando comentas que has estado afeitándote en una de ellas en lugar de visitar ese museo imprescindible que a ti te importa un comino o un huevo, según el momento y el caso.

A mi me encanta. Es uno de esos pequeños placeres, quizás absurdos, de los que disfruto en los viajes. Deambulo, vigilante, por los pueblos, por las ciudades en busca de estos lugares donde uno, por unos minutos, se abandona dejando en las manos expertas del barbero algo más que la cara.

Me gustan aquellas que ofrecen un aspecto humilde, pequeñas y de barbero viejo; aquellas en las que sabes que recibirás un trato profesional, esmerado; aquellas en las que el afeitado todavía tiene el sabor artesano de las cosas bien hechas; el sabor de cuando el hombre sólo utilizaba cabeza y manos para hacer su trabajo y no sabía de tecnologías ni de tendencias ni de prisas.

Me he adentrado en muchas de ellas: En Esmirna, Wadi Musa, Hama, Hoi An, Madurai, Mérida, Chichicastenango, Estambul, Varanasi, Luang Prabang etcétera etcétera. La última, el miércoles pasado en Marrakech. En todas ellas, en todos esos momentos me he sentido, si no el hombre más afortunado de la tierra, sí el mejor servido.

Me gustan las de silencios de última hora de la tarde, postrer cliente y eterno amigo del barbero, sentado en un rincón observando a los clientes como si fuese un elemento más de la decoración. Me gustan también las alegres, las que son continua algarabía de radio y voces, de conversaciones y discusiones, de réplicas y contrarréplicas. Me gustan las que huelen a alcohol y jabón de pastilla; pero sobre todo, como he dicho, aquellas donde el afeitado es un arte y el barbero un artista que utiliza la navaja como si de un pincel se tratara dejando tu cara como un lienzo blanco, desnuda de impurezas y tu alma limpia, relajada.

El ritual suele ser el mismo en todos los lugares. Primero humedecer la cara, desinfectar la navaja y preparar las cuchillas. Luego enjabonar con la brocha una y otra vez la cara hasta que queda bien lubricada y los pelos de la barba se ablandan. Después, y ya con los dedos, rematar el bigote como si fuesen las últimas pinceladas: el último protocolo antes de que la navaja se deslice por la cara. A partir de ahí, el barbero se concentra en su trabajo, rara vez habla y da la sensación de que al ras ras de la navaja está esculpiendo más que afeitando. Repite una o dos veces la operación y no da por concluido el afeitado hasta que se siente totalmente satisfecho, repasando aquellos pelos rebeldes que se niegan a ser guillotinados. Para finalizar, lociones que abran los poros de la piel, cremas para suavizar o toallas calientes y, en muchos casos masaje facial, de hombros, de brazos, de cabeza, de cuello.

Durante ese tiempo, uno acaba cerrando los ojos, relajándose en estos «Spas» olvidados e ignorados. Son momentos en los que parece que el mundo no es que se haya detenido, es que tu lo has parado y te has dejado llevar.

Todo acaba con un «servido señor», (que allí no te tutean aunque seas cliente habitual), pagar, propinar y agradecer el trabajo. Cuando te despides, asoma siempre en sus rostros una sonrisa tímida y humilde, una sonrisa de satisfacción por el servicio prestado, por el orgullo de haber realizado un buen trabajo.

Sólo por eso no deberían morir estos negocios. Pero morirán: porque la demanda es menor, las prisas se llevan mal con el oficio y ahora cualquiera tenemos nuestro Kit de maquinilla eléctrica, desechable, de una, dos o tres hojas que nos disuaden de invertir en intimar con el Barbero. También, porque muchos trabajos ya no se heredan, no se desean o se pierde la tradición y al jubilarse el barbero, también lo hace su silla.

Supongo que es ley de vida, cosas del progreso o la madre que lo parió, pero a mi me siguen gustando estos sitios entrañables, humanos y profesionales que te recuerdan que hubo una vez, un tiempo en el que los hombres y los trabajos se llevaban bien, con dignidad, con pasión, con orgullo: como debe ser.

20 comentarios:

Vórtice dijo...

"un tiempo en el que los hombres y los trabajos se llevaban bien, con dignidad, con pasión, con orgullo: como debe ser" Ese es el tiempo que debemos rescatar Fernando, porque si uno lo siente también puede ejercerlo. Será la única forma que entre todos revirtamos la gran equivocación del pseudoprogreso.

Excelente post de tu viajero interior.

Abrazo
Luis

FAH dijo...

Fernando, sabes q te sigo x aki y me gusta lo q escribes, ahora este post ha sido de mis preferidos. Básicamente porque siempre he considerado q cualquier trabajo puede convertirse en un arte. Una cosa es el trabajo "objetivo" (lo q hay q hacer) y otra el "subjetivo" (como lo vive cada uno). ¿No es fantástico cuando uno llama a un call center y le atienden educadamente y le solucionan el problema? ¿No es fantástico cuando a uno le atienden bien en un restaurante? Te dejo un post q lleva x título: "Trabajo objetivo vs. trabajo subjetivo": http://franciscoalcaide.blogspot.com/2009/04/trabajo-objetivo-vs-trabajo-subjetivo.html.

1 abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Luis:

Así es , si todo fuese así nos iria mejor a todos. Sabes que admiro a la gente que tiene pasión por lo que hace y como lo hace. El progeso es necesario, pero que no nos haga perder la esencia.

Un abrazo amigo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Francisco:

Gracias como siempre por seguirme. Es precisamente eso que comentas, el sentir que erers bien atendido y que la persona que lo hace lo hace con pasión, lo vibve. Muy bueno tu post que retuiteo.
Un abrazo

Formación y Talento dijo...

Hola Fernando, magnífico post. Pienso que nos puede servir de reflexión a todos los profesionales, en la medida en que deberíamos volver todos a ser un poco más "artesanos". En los tiempos en que nos atienden robots telefónicos o e-mail automatizados, es una maravilla comprobar cómo se mantienen estos profesionales haciendo lo que mejor saben hacer: dar lo mejor de sí mismos al cliente. Un saludo, Oliver

Fernando López Fernández dijo...

Hola Oliver:

Creo que es como tu dices, para mi son un ejemplo, un espejo en el que mirarse. En definiticva, dar lo mejor.
Un abrazo

Katy dijo...

Bueno Fernando no puedo opinar sobre sensaciones porque afortunadamente he carecido de barba. Si se que eran negocios heredados y que en una época hasta te savaban una muela sin ningún rubor.
Pero pongámonos en el hoy: ¿Tu crees que alguno de los jóvenes accedería hoy? Igual es un negocio fántástico y tendría clientela. La peluquerias siguen funcionando, y aún se siguen poniendo los rulos. Los hombres habéis cambiado mucho :)
Todo esto que comentas se puede llevar a todo, lease la jardinería, la huerta o los pucheros de nuestra abuela. He disfrutado de tu post, casi me da pena de no poder experimentar el afeitarme en una de esas barberías.
Un beso y una buena semana para ti

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

Como dices, los barberos también actuaban como médicos en siglos pasados, sacaban muelas, hacían sangrias. De ahí el clindro con los colores azul, rojo y blanco por la sangre, las venas y el humor vitreo.

Es un negocio, pero se va perdiendo por falta de interés de las nuevas generaciones y los clientes. Aún así, de verdad que es un placer relajarse mientars te afeitan.

Un beso y feliz semana.

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
Yo nunca he sido de barbería, pero reconozco su tremendo atractivo. A las barberías les pasa lo que a las tiendas de "ultramarinos", que tienden a desaparecer en favor de otras formas de consumo. Esto hay que admitirlo muy a pesar de muchos de nosotros. Quedarán las barberías tipo "delicatesen" pero las demás desaparecerán. Son otros tiempos.
Un abrazo.

JLMON dijo...

usted sí que sabe caballero!
Cuidate

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier;

Asi es, son otros tiempos. Pero como lo de los ultramarinos (un nombre precioso)es una pena.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola José Luis:

Pues muchas gracias a usted por pasarse por aqui.

Un saludo

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando:
Me ha encantado tu post: no únicamente lo que cuentas, sino tu forma de relatarlo; lo vives.
Sí, estos pequeños establecimientos y tiendas de barrio se van perdiendo, pero fíjate que creo que se van perdiendo más en las ciudades pequeñas que en las grandes. En Burgos casi ya no existen, porque los hipers están relativamente cerca.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa.

Yo creo que se van perdiendo en todos los sitios, lo que ocurre es que en los sitios más pequeños se nota más. Para mi, una pena.
Un abrazo

MTTJ dijo...

Hola Fernando,
Con tu permiso voy a guardarme este post en la carpeta de mis pequeños tesoros. No sé cuantas veces lo he leído y las que lo leeré!. Cada vez que paso por delante de alguna barbería hago también esta reflexión y me acuerdo siempre de mi abuelo que cuando acudía al barbero llegaba a casa con noticias frescas. El barbero era un punto de encuentro como podía ser el café del pueblo o el banco de la plaza. Una verdadera lástima que los barberos se acaben como se acaban también otros oficios que están a punto de pasar a formar parte de la Historia.
En casa tengo una antigua silla de barbero de una de las últimas barberías que quedaban en Reus. Es un armatoste que pesa como un muerto y no sabemos qué hacer con ella pero la quiero conservar como una reliquia.
Un abrazo y felicidades por este magnífico post.

M.Teresa

Myr dijo...

Realmente, es una pena que esos negocios/profesiones tradicionales y artesanales se vayan perdiendo. Entiendo tu felicidad al sentarte alli y dejar que el barbero haga su "metier". NO te digo que yo me meta en barberias precisamente, pero si suelo ir a las panaderias, pequeños basares, etc

Abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola María Teresa:

Me alegra que te haya gustado y me he quedado bastante sorprendido de que tengas un sillón de Barbero, que seguro que, a pesar de ser u armatoste, merece la pena tenerlo. Con los barberos no desaparece solo un oficio, desaparece ese agora, ese for donde tu abuelo, nuestros abuelos se refugiaban de la vida y a su vez comentaban lo cotidiano.

Se pierden oficios bonitos. y, para mi al menos, es una pena.Por cierto, todavia tengo las imágenes de tu post de ayer en mi cabeza. Impresionante.
Un abrazo
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myr.

Si, es una pena que se vayan perdiendo. Las panaderias, los bazares, tambien forman parte de ese mundo que se extingue y que es una pena, insisto, que se van perdiendo.
Un beso

Germán Gijón dijo...

Lo mejor de todo esto es que has podido comprobar en una diversa cantidad de lugares cómo se viven estos negocios y profesiones tradicionales. Y eso debe aportar una experiencia muy enriquecedora.
Fantástico post, Fernando.

Fernando López Fernández dijo...

Así es, el otro día cuando lo escribía me acordé de ti y de lo que hablabas de los range rovers, y estos son camellos auténticos.
Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...