martes, 16 de febrero de 2010

El Viajero accidental.


El otro día José Luis Montero, autor del blog, El Viajero accidental, el cual os recomiendo porque está muy bien escrito, está lleno de fina ironía y sentido del humor y porque cuenta cosas muy interesantes y reflexivas, comentaba en  el post el Blues del Autobús que tuviera cuidado con el ritmo que llevaba, no fuera a ser que en lugar de «viajero accidental» fuera «viajero occidental.» Yo le contestaba que de vez en cuando sé desconectar también. Así que hoy le dedico uno de los capítulos de «Los Sueños Pérdidos», el diario de viaje a Guatemala y México que espero acabar este año. Va por usted Don José Luis.

Soltando lastre - cogiendo aire (Los Sueños Pérdidos)

Volábamos en un pequeño avión. Desde la ventanilla izquierda inclinando la vista hacia la tierra se divisaban los Cayos de Belice y, al virar, la Selva del Petén con su inmenso lago sólo y salvaje. Sobre nosotros el suave azul del cielo de América. Dentro de la cabina, la modorra que deja una luz de siesta y el ronroneo monótono de los motores que arrullaban a un pasaje medio dormido.

Tras dos horas de viaje aterrizamos en el pequeño aeropuerto de Santa Elena que más parecía una terminal pequeña de autobús que un aeropuerto. En comparación con el bullicioso aeropuerto de Cancún donde el trajín de pasajeros era prácticamente constante, en el de Santa Elena se podían escuchar los bostezos de los escasos funcionarios que, solícitos pero con desgana sellaban los pasaportes.

Desvinculado del resto de los pasajeros, al salir, fui cazado por una taxista que por apenas dos dólares se ofreció a llevarme hasta la isla de Flores. No suelo regatear cuando las cosas me parecen razonables, ni pararme a pensar en lo que las guías de viaje recomiendan. Tampoco puedo hacer alarde de excelente negociador debido a que, por ahorrarme unos dólares, no suelo discutir los precios mucho, máxime cuando valoro más mi tiempo; y si no es por la cháchara y el entretenimiento no me merece la pena hacer un toma y daca.

Había reservado por correo electrónico en Casa Amelia, un hotelito familiar, sin ningún lujo pero bastante digno y limpio. Un humilde hotel en el que el amor, la dedicación y el esfuerzo se respiraban en cada rincón del edificio; un hotel construido y decorado con gustos y tiempos desiguales en los que se adivinaban inversiones continuadas, de quetzal a quetzal, fruto del sudor de tres generaciones que se turnaban en recepción, habitaciones, bar y cocina.

Luego de comprobar el funcionamiento de la ducha y aire acondicionado (asunto al que le suelo dar bastante importancia en los viajes y especialmente en zonas calurosas) salí a pasear por el pueblo rodeando la isla. Con la primera mirada al lago, con la primera visión del paisaje me dí cuenta que realmente estaba de vacaciones: el trabajo, la rutina, las preocupaciones habían desaparecido dejando en mi espíritu una calma que predisponía a disfrutar de cada instante que viviese en las siguientes semanas.

En el lago Petén se veían niños bañarse entre risas y chapoteos. Algunos hombres ofrecían sus barcas para pasear llamando la atención con aspavientos suaves y unos cuantos guiris (como yo) holgazaneábamos o paseábamos perdiendo la mirada en las aguas o en las orillas que nos circundaban. En otro lugar, los niños dibujaban con acuarelas baratas la luz que se reflejaba en el lago. Me senté en un cafetín a tomar un café y estuve observándoles un buen rato. Se miraban los dibujos, se intercambiaban colores, se manchaban juntos: Reían.

Proseguí mi toma de contacto, crucé el puente que unía Flores con Santa Elena y me adentré en un pueblo destartalado de calles polvorientas que en algunas bocacalles recordaban a esos poblados del oeste americano que me harté de ver en la tele cuando era niño. Abundaban pequeñas iglesias de diferentes confesiones, de la nueva América evangélica patrocinada por los USA que están reconvirtiendo, una vez más, a los indígenas a otra «religión única, verdadera». Más bien parecían locales, humildes almacenes de almas porque quizás el pueblo no dé para más y las religiones tampoco.

Hacia media tarde el mercado no era más que despojos y caras de cansancio cotidiano. Nadie parecía hacer un esfuerzo por vender las últimas mercancías.

Los plátanos morían ennegrecidos; los repollos se mostraban flácidos y las coliflores llenas de moscas abundaban; tampoco el resto de la fruta y hortalizas que exhalaban podredumbre, vencidas por el calor, creaban una atmósfera acre que no invitaba a permanecer allí por lo que me abandoné por varias callejas en las que los rojos Tuk Tuk con sus ensordecedores run runs, estridentes pitidos y vómitos de humo te envolvían de tal manera que, por momentos, daba la sensación de que estuvieses en una de esas caóticas y atronadoras ciudades indias en las que siempre me perdí con gusto. Los motocarros, casi todos, tenían nombre de mujer, como si de una devoción o promesa se tratase: Yasmine, Rosario, María, Nora…

Regresé a Flores. Al lado del puente, había estacionada una calesa con su jamelgo aguardando improbables clientes que no subirían nunca. porque al caballo, huesudo, blanco deslucido y agotado se le adivinaba una muerte próxima, y por otro lado no tenía mucho sentido pasear por una isla que no parecía tener mas de 400 metros de diámetro.

En lo alto de la isla, subiendo calles mal empedradas se llegaba al Parque Central donde se encontraba la iglesia, un edificio del Gobierno y una cancha de baloncesto donde no había «dream teams» pero si sueños de niños y adolescentes que jugaban de forma muy simple al baloncesto errando continuamente pases y tiros a una canasta herrumbrosa. En el pequeño graderío un corro de muchachos, mezcladas las edades, fantaseaba con el manejo de las motos. En un banco, algo apartado y sombreado, dos enamorados se decían cosas sin mirarse a los ojos, mientras un anciano repanchingado me miraba con una indiferencia estudiada y, de reojo, a los demás. Frente a la iglesia, al fondo, varios quiosquitos y puestos que anunciaban refrescaciones y otras bebidas con pinturas descoloridas que seguramente vieron tardes de paseos, noches de anheladas ilusiones, domingos de traje bonito y de sonrisas de niños que tenían las manos llenas de dulces.
Volví a orillas del lago. Las aguas se desplazaban en corriente cadenciosa y uniforme. El Sol por no desentonar se ocultaba al compás y yo, por no llevar la contraria, participé de su juego.

14 comentarios:

Germán Gijón dijo...

Felicidades, porque comunicas perfectamente las vivencias y (ya te lo dije en otra ocasión) las sensaciones que se recogen por aquellos distintos entornos.
Un abrazo, Fernando.

Katy dijo...

Gracias por compartir estas vivencias que comunicas en forma de relato muy poético. Las fotos bellísimas. No he tenido el gusto de andar por Guatemala.
Te diré que para mi hay dos formas de viajar. Una ser viajero y otra ser turista. Mezclarse entre la gente, ir a los lugares que ellos frecuentas, visitar locales, mercados, te empapan de su forma de vida. El turista se limita a ver el mundo por el objetivo de su video, las compras y no se entera de dónde ha estado :)
Una delicia leerte.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Germán:

Muchas gracias por tus comentarios. Creo que solo se trata de mirar.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

Yo no se exacatamente si turista o viajero son una misma cosa o no, creo, como le decía a Germán que es cuestión de mirar.
Un beso y gracias por tus comentarios.

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando:
Me ha gustado pero que mucho la forma que tienes para narrar lo que vives; en el fondo algo de poeta tienes. Como creo que yo no voy a poder tener esas experiencias viajeras que tu compartes, me contentaré con seguir leyéndote, con la seguridad de casi estar en esos lugares que además acompañas con tus fotos. Un abrazo.
Nota: necesito tu correo para mandarte el texto.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa:

Gracias por tus comentarios. Nunca se sabe donde nos llevará la vida. Mi correo flopez12566@gmail.com.
Un abrazo

MTTJ dijo...

Hola Fernando,
Me ha gustado mucho leer este relato que me ha recordado mi viaje por aquellas tierras.Las fotos muy chulas! La puesta de sol en el lago es una de las más bonitas que recuerdo.
Respecto a lo del regateo, opino lo mismo que tú y según el precio que me piden, si lo encuentro apropiado, no me gusta entrar en discusiones.
Un abrazo

M.Teresa

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
Me acuerdo ahora de la película, "El turista accidental", que me gustó mucho. Es otro de los riesgos que se pueden correr. ¿no te parece?
En cuanto al relato, como siempre, destila humanidad.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Maria Teresa:

Totalmente de acuerdo contigo, es una puesta de sol espectacular y en lo del regateo veo que estamos de acuerdo. A veces se discute por nada.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:

Gran película el Turista accidental. Gracias por por tus comentarios.

Un abrazo

JLMON dijo...

Don Fernando
Primero, muchas gracias por la dedicatoria, me abrumas.
Me ha encantado, tremendamente descriptivo. Y me ha hecho recordar un viajecillo desde Costa Rica a Panama a lomos de un jaco de esos pequeñitos que allí abundan y ciertamente, olvidas todo.
Gracias otra vez
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola José Luis.

No era mi intención abrumarte. Sí reconocer el mérito de tu blog. El viaje que cuentas debió ser impresionante, aunque las posaderas no opinasen lo mismo.Pero sobre todo gartificante.
Un abrazo

Myr dijo...

El viaje, el relato y las fotos: encantadoras. Gracias pro compartir estas vivencias.

Estuve por aqui el martes, pero me perdí pr el blog de JOSE LUIS del cual leí unas cuantas entardas, aunque aún no le he dejado comentario (lo que hago generalmente cuando conozco un blog)

Y el 12 de Mayo te estaré saludando por tu cumpleaños.
Un fuerte abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myr:

Gracias a ti por acompañarme en este viaje por la blogosfera. El blog de José Luis es muy bueno.

Un beso

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...