martes, 26 de enero de 2010

Perspectiva y distancia (velocidad y tocino)




México DF. Siete y pico de la tarde de un día de febrero. Iba sentado en la parte de atrás de un coche que durante varios días me había acompañado y escoltado por la capital mejicana. Me dirigía al aeropuerto, atascado en el sudor de humo de unos coches que luchaban, inútiles, por llegar no sé donde, pero seguro que tarde. Regresaba a España triste, muy triste.

Adoro México: por muchas razones. Una de ellas es porque allí la vida se vive intensamente, como si cada instante, para bien y para mal, fueran el último y las medias tintas, no se ven ni en los talleres de impresión de libros (México siempre ha tenido magníficas editoriales). Otra de las razones por las que me gusta es por su gente, que, hijos de puta o de la gran chingada aparte, es maravillosa y bastante respetuosa en todos los sentidos. Y por muchas más que ya iré contando por aquí.

Adoro México. Pero no, no me iba triste por eso. Me iba triste debido a una metedura de pata; un error de esos que se cometen cuando diriges personas; un error de esos que los directivos cometen, cometemos todos los días. Os cuento la escena.

Hall del hotel Marquis Reforma. Final de un viaje de incentivo. Quedaba la cena de gala y para casa. Yo, un día antes del final, debido a que tres días después volaba a otro punto de Europa o de la Península, (que ya no recuerdo),  a servir y cuidar a otros clientes.

México, había sido durito: desde la compra de plata y «colorao» (oro para los que no han trabajado con el hampa) en Taxco y  en un tugurio cercano al Zócalo en el DF un mes antes, al asalto y robo de joyas, dinero y artículos personales en las habitaciones de nuestros clientes. Mi amiga Sara y mi amiga Lourdes (de las cuales os he hablado aquí) formaban junto a otras (de la cuales no he hablado) parte del equipo que desplazamos a México.

A pesar de lo durito, como decía, el viaje estaba siendo un éxito. En ese hall, quince minutos antes de irme, varios clientes, Lourdes, alguien más del equipo y yo conversábamos sobre viajes, familia etcétera. No sé qué paso, que Lourdes, en un momento, con la confianza de estar entre amigos, hizo un comentario jocoso, pero sin mala intención sobre mi persona (yo era el jefe) que es posible que estuviese fuera de lugar, pero tampoco como para que, reaccionase como lo hice: que no fue ni más ni menos que soltar una mirada y un contestación de esas que humillan y destruyen los buenos momentos. Unas palabras de esas que acuchillan el alma.

La última imagen que tuve de ella antes de ir al aeropuerto fue su huida a los lavabos a llorar. Yo, inflexible, digno y gilipollas le dije al chofer «en quince minutos nos vemos abajo».  Imaginad las caras de los clientes, del equipo y de un empleado del hotel que pasaba por allí.

Iba camino del aeropuerto. Mi chofer, del que no recuerdo el nombre, aunque sé que empezaba por J, callaba, pero me decía muchas cosas con sus gestos por el retrovisor. Entre el caos, los bocinazos y las luces de unos rascacielos que parecían hablar, se conseguía escuchar la música de la película La Letra Escarlata,  que produjo un efecto de desazón todavía mayor en mi persona.

Confieso que fue uno de los peores momentos de mi vida laboral. Cegado por el éxito, traté con una soberbia, con ese desprecio fácil que utilizan aquellos que tienen poder, a una persona que se había dejado el alma en su trabajo. Por ese pequeño «error» hice sentir mal a alguien que todavía tenía mucho trabajo por delante: Es decir, un desmotivador nato. Fui tan estúpido, no por dejar sólos a mi equipo, que sabían que me iba: fui tan torpe de bajarles la moral, porque a un grupo si le das en la línea de flotación lo puedes hundir. Y cuando se trabaja «en directo» es lo peor que se puede hacer.

Me dieron ganas de dar la vuelta, casi de perder el vuelo, de llamar por teléfono para pedir perdón; pero en esa época los móviles, los celulares existían poco. Llegué al aeropuerto. Triste. La sala Vip y la clase Business, ese día me importaban una mierda (con perdón y sin perdón). Había fallado no sólo a mi gente. Me había fallado a mi mismo.

Con este pequeño relato quiero, ilustrar alguno de los grandes errores que cometemos aquellos que tenemos que dirigir equipos. En ocasiones no somos capaces de ver las cosas adecuadamente por una ofuscación de la mente, lo que nos lleva a confundir perspectiva (que es mirar en varias dimensiones y desde diferentes puntos) con distancia (que es mirar las cosas con alejamiento). Mi reacción con Lourdes fue alimentada por la distancia que la soberbia puede marcar en  las relaciones entre jefe y subordinado. Algo que es muy peligroso en las organizaciones y seguro que nada bueno. Confundí perspectiva con distancia, como se confunde la velocidad con el tocino. Hice cosas que no deben hacerse como es recriminar o abroncar a un empleado en público. Provoqué un problema de desmotivación y me fui sin dejarlo solucionado. Un "tres en uno" de estupidez.

Me equivoque. Uno de los miles de errores que he cometido, uno más entre los que cometeré; que hoy os cuento y os contaré.

PD – Afortunadamente, el tiempo curó la herida. Para vuestra información Lourdes y yo nos conocemos hará unos 20 años. Hemos trabajado juntos en cuatro empresas diferentes y lo seguimos haciendo: lo que, de alguna manera, dice mucho a favor de Lourdes por aguantarme y perdonarme mis errores

Feliz  martes

26 comentarios:

Begoña Coach Politico dijo...

Buenas noches Fernando....impresionante historia, por el simple hecho de vivirla, de asentarla y de aprenderla.

Todos y digo todos, nos equivocamos, en algún area, momento, etapa de nuestra vida.

Existen personas que no tienen la valentia ni la oportunidad de reconocer su equivocación y ese si que es un tiempo perdido....pues la vida pasa...y pasa de largo, y al final del camino la vida pasó de largo....

Gracias Fernando por compartirlo...

Fernando López Fernández dijo...

Hola Begoña:

Gracias a ti por pasarte. Equivocarse es muy fácil. Yo sé que me equivoco todos los días e intento corregir para que la vida no me pase de largo. Unas veces lo consigo y otras no, pero hay que intentarlo.
Un saludo

Katy dijo...

Hola Fernando reconocer el error en uno mismo es síntoma de grandeza espiritual. Hay momentos en la vida que no puedes controlar, pero si reflexionas y asumes tu responsabilidad, das un paso hacia adelante en crecer como persona. Y lo has hecho. El hecho de pasarlo mal ya había encendido en ti las luces de la alarma.
Seguro que ya has apendido a cuidar esos detalles porque aunque sean subordinados merecen si no tu cariño sí tu respeto. Y el motivar a los demás ya no por interés simplemente porque son personas como tú, asi lo demanda.
Besos y cuidate que vales mucho

FAH dijo...

Fantástico relato, Fernando. Estoy harto de discursos de "éxito"... para aprender me interesan más los errores. Las claves del éxito nos las sabemos todos, las claves de las gestiones de fracasos, pocos.... Estaría bien que invites a Lourdes a pasar x el blog y que dé su "versión" de la jugada. Abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

Reconocer los errores no cuesta.(al menos a mi) Lo que cuesta es corregirlos. Y muchas veces volvemos a caer en los mismo.
Feliz martes.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Francisco:

A mi me pasa un poco lo mismo. Al final aprendes más de los fracasos que de los éxitos. Se lo diré a Lourdes , aunque es bastante tímida para estas cosas.

Un abrazo

Germán Gijón dijo...

¡Lourdeeessss! (que si conoces a Fernando hace veinte años seguro que aceptarás la invitación de Fernando a sugerencia de Paco). Nada, mujer, nada: si Fernando ya no es nadie... ¿No lo ves? ¡Si el tío en el fondo es un trozo de pan!
Hala, hala, ¿sabes lo que te digo? Que por aquí, un grupo de blogueros "secuestramos" la potestad de permitirte que mañana por la mañana, cuando llegues a la oficina, le arrees al Sr. López una colleja recordatoria de nuestra parte. Dentro de otros veinte años, le arreas otra... y así, pelillos a la mar (ja, ja).
Dale un abrazo a Lourdes de nuestra parte, Fernando. Como bien has dicho, tienes suerte de contar con amig@s así para trabajar.
Un abrazo a ti también.

Anónimo dijo...

Pues aquí está la ofendida, que gracias a esos recursos de autodefensa, misteriosos y maravillosos, del cerebro...¡no recuerda una palabra!
Conociéndote, seguro que no fuiste tan borde como piensas, seguro que yo dije una patochada y sólo me pusiste en el sitio que me correspondía...
Sabes que soy de lágrima fácil, y que el viaje resultó durísimo a nivel profesional (a pesar del éxito final)y traumático para mí a nivel personal, ya que sí recuerdo que mis dos hijas, por entonces muy pequeñas, estaban enfermas y su madre a miles de kilómetros de distancia.
Te perdono, aunque haya olvidado, porque siempre me has regalado mas sonrisas que ceños fruncidos, porque me has enseñado mucho dejándome hacer (aunque me estrellase)y porque el mundo sería mucho mejor si hubiese mas como tú... Porque cuando miro hacia atrás y veo lo mucho que hemos vivido juntos, ganan por goleada los buenos momentos. Gracias!!

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
Lo importante no es fallar, es tener claro que has fallado y que todo se puede reconducir.
Yo soy más consciente de mis "cagadas" en casa que en el trabajo. En casa, los chavales (y mi mujer) son más espontáneos y te lo dicen. En el curro no, como jefe existe una barrera invisible, que por muy cercano que quieras ser, marca ciertas distancias. En cualquier caso, mi actitud como la tuya siempre es la misma: recular cuando soy consciente de que tengo que hacerlo. Eso sí, lo pasas fatal, sobre todo si no puedes hacerlo cuando quieres y como quieres, como fue tu caso.
Y es que lo importante no es que le hayas fallado a alguien (que sí lo es, pero eso va a pasar siempre, como a ti también te van a fallar otras personas), lo verdaderamente importante es tener la oportunidad de retomar la situacón con la persona indicada y hacerlo.
Muy buena experiencia de la cual todos hemos aprendido un montón.
Un abrazo.

MaS dijo...

Te alabo el gusto de mirarte en el espejo y decir, públicamente, lo feo que estabas...(incluso podría añadir sin equivocarme otros adjetivos que serían bien oportunos, pero innecesarios).
Me alegra tener razón. Sí. Cuando digo que una de las mejores cosas que tiene el jefe, es que es humano, y se equivoca. Ahora bien, tambien afirmo que el buen lider, es humilde, y eso...
Esta vez el beso lo dejo para Lourdes.
A ti, te sonrio.M.

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando:
Buena lección para empezar la mañana del martes. Os conozco a los dos y veo que sois buenos amigos y compañeros, no hay mas que leer el comentario de Lourdes. Yo me suelo equivocar tres veces cada día, lo importante es reconocerlo y aprender del error como bien decís. Un abrazo

María Hernández dijo...

Hola Fernando:

Este post tuyo, tan intimista, me ha parecido una verdadera "joya" de lo auténtico, de lo que importa.
Hace ya varios años, mi hijo me preguntó cuál sería la frase que me gustaría que me acompañara toda la vida y le dije:
"Uno, dos o tres "te quieros" diarios, de la gente que verdaderamente me importa, atados a un "ser consecuente de mis actos" y pasé a explicarle lo que entiendo por ello.
Indudablemente, todos cometemos fallos en la vida; metemos la pata con o sin intención, pero cuando estas cosas pasan "herimos" a alguien. No hay acto sin consecuencia, ya sea buena o mala.
Pedir perdón, de boquilla, está muy bien, porque nos permite admitir, en alto y públicamente, que hemos fallado. Pero si la cosa queda ahí, sin aprendizaje, sin meditación...se convierte en palabras huecas.

Ser consecuentes para saber que hemos errado, para pedir perdón, pero, sobre todo, para enmendarnos y "apechugar" si las consecuencias de nuestros actos lo hicieran necesario.

Fernando, eres consecuente y éso dice mucho de ti, como lo ha dicho este post.

Un beso.

Fernando López Fernández dijo...

Tu da ideas Germán, que me veo con el colodrillo rojo, que Lourdes es un cielo, pero también tiene su pronto. La verdad es que soy muy afortunado de poder contar con ella.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Lourdes:

Me alegra que hayas recogido el guante que lanzó Francisco y más que se haya borrado de tu memoria (de la mía no, ya ves)pero sobre todo me alegra el poder tenerte cerca. Gracias amiga

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier
Es cierto que hay una barrera invisible que marca distancias y que recular es díficil, pero no por el hecho de hacerlo, si no el cómo hacerlo. Sé que a lo largo de nuestra vida fallamos a las personas y éstas en ocasiones nos fallan. Lo complicado es poder reconducirlo porque el orgullo propio interfiere en la solución.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola María
Si hubieses dicho MaS cosas se hubiese roto el espejo y entonces no podría haber visto lo feo que estaba y lo poco humilde que fui.
El beso para Lourdes, que se lo ha ganado y para ti por aportar el espejo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa:

Equivocarse es decidir aunque sea mal, y lo hago más de tres veces al día pero procuro corregirme.
Un abrazo y le daré otro a Lourdes de tu parte

Fernando López Fernández dijo...

Hola María Hernández

Lo que si es una joya es la frase que te gustaría que te acompañase toda la vida "Uno, dos o tres "te quieros" diarios, de la gente que verdaderamente me importa, atados a un "ser consecuente de mis actos”.

En todo lo que hacemos para bien o para mal hay una consecuencia como explicas.. Yo no se si soy muy consecuente, pero si consciente de ello; de que mis actos pueden herir. Es un primer paso para intentar evitar las errores.
Un beso y magnífica frase

Economía Sencilla dijo...

Interesante historia, y valiente post, Fernando, enhorabuena.

Ser capaz de compartirlo, de reflexionar sobre ello y de aprender, y permitirnos a los demás que lo hagamos también, dice mucho de ti.

La parte positiva de los errores es que se puede aprender de ellos (algunas personas; otros, lamentablemente, no aprenden nunca).

La experiencia está compuesta -entre otras cosas- por los errores que hemos cometido, mientras que la sabiduría sería aprender de ello para no volver a cometerlos, y mejorar continuamente.

No me cabe duda de que tú estás en esta última.

Un abrazo
Pablo Rodríguez

MTTJ dijo...

Hola Fernando,
No sé qué más añadir porqué ya se ha dicho todo. Esta sensación de rabia e impotencia después de una situación como la que tú viviste, yo también la he sentido alguna vez. En el trabajo, pocas veces porqué la mala leche la saco cuando llego a casa (Este tema también da para un buen post).
Me ha sorprendido la manera como haces autocrítica y tu gran calidad humana. Estas reflexiones nos ayudan a todos a ser cada día un poco mejores.
Felicidades por el post

M.Teresa

Fernando López Fernández dijo...

Hola Pablo:

De valiente nada. Lo que pasa es que cada vez hay cosas que cada vez me incomodan más. Y simplemente estoy soltando lastre. Tengo una memoria de pez para muchas cosas, pero para lo que no me gusta de mi no, e intento corregirlo. Y ese final de México te aseguro que no me gustó nada y procuro no olvidarlo nunca.

Gracias, como siempre por pasarte.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Maria Teresa:

Es que es eso Maria Teresa. sensaciones que te incomodan, de rabia e impotencia porque sabes que te has colado. Tampoco es cuestión de sacarlo en casa (que da para más de un post como dices)
Creo más bien, que la cuestión es ser consciente y luego corregir si podemos( que no siempre lo conseguimos)nuestra actitud.
Gracias por pasarte. Solo decirte que por lo que leo en vuestros comentarios y blogs , todos los que pasais por aquí tenéis una gran calidad humana. Y eso me gusta.
Un abrazo

Josep Julián dijo...

Hola Fernando:
Eres tan prolífico que cuesta estar al día jeje. Respecto a lo que cuentas me parece que está todo dicho en los comentarios y re-comentarios, pero voy a tratar de aportar mi grano de arena.
Ayer tuve que reunir al equipo para echarle un rapapolvo por un error imperdonable que habían cometido con un cliente y del que, además, se había dado cuenta el cliente y no nosotros. La sesión fue corta pero tensa porque apelé a su profesionalidad. Les dolió y me sentí mal porque quizá cuando peor te sientes es cuando los otros no tienen defensa posible.
Dudé si contarles que pusieron en peligro un contrato de considerable magnitud con ese cliente, sobre todo porque era cargarles con una responsabilidad que no habían calibrado pero lo hice porque era cierto.
Ese error garrafal y evitable porque pasó desapercibido hasta por tres personas, no podía pasarse por alto. Supongo cómo han pasado la noche pero sé cómo la he pasado yo y no precisamente por el contrato. No pienso que obrara mal.
Un abrazo.

Myr dijo...

He leido atentamente. Primero repetirte lo que ya otros comentaristas te han dicho: tienes un gran poder de autocrítica y una gran calidad humana.

Segundo que, lo que creo que JOSEP te comenta no es el mismo caso que te pasó con LOURDES y si me permites una sugerencia profesional, puesto que tú mismo dices que eres consciente de tus errores, pero te cuesta corregir:

Yo que tú, en lugar de tratar de corregir "la soberbia" (según tus propias palabras), apuntaría a trabajar LA HUMILDAD. Fíjate, es un cambio de enfoque y da, y te lo digo por experiencia propia, muy buenos resultados.

Y CUARTO y último, que tengo una hermana viviendo en Mexico DF; pero que, nunca la fuí a visitar allá (nos encontramos en otros lugares, Israel, Argentina, Londres, Paris etc) y que después de leer cuanto te gusta... has despertado mi interés en este pais.
(Es que te explico; siempre me queda a trasmano cuando diseño mis itinerarios)

Perdona la extensión de mi comentario.

Fernando López Fernández dijo...

Josep:

Creo que como dice Myr, un comentario más abajo, fueron dos casos distintos. En el tuyo, os jugabais mucho todos; no sólo un contrato, sino vuestra profesionalidad. Y, con perdón, jode que eso no se entienda por parte de cualquier persona de la organización. En mi caso, mi organización no se jugaba nada, ni yo tampoco; pero mi mente no lo entendió.

En tu caso, la reacción, para mi, es normal, aunque, en algún momento te sientieses mal. Obraste bien, desde mi punto de vista.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myr:

Me gusta lo de trabajar la humildad. Lo intento, pero si es cierto que tengo un punto soberbio, una especie de grano que intento quitarme día a día. Espero que supure del todo algún día.

Por otro lado, México te fascinará. Y si tienes la oportunidad coincide con tu hermana allí.

un beso

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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