lunes, 11 de enero de 2010

Cosas que aprendes en los viajes: El Ciego de Damasco



Hay ciudades que te atrapan desde un principio; que te dan la sensación que podrías pasar allí el resto de tus días. No sé, son sensaciones que parecen hablar directamente a tu alma, sensaciones que escapan a toda lógica, pero, que al final, son por las que te guías para amar u odiar algún sitio. Damasco es una de esos lugares que te sacuden.

Hoy me acordé de ello, después de un comentario que había hecho María Hernández en el blog haciendo referencia al hecho de que los Reyes Magos llegaban a Tenerife en un vuelo procedente de Damasco.

Damasco me gusta. No sólo por las formidables mansiones que aún quedan en la ciudad vieja, algunas reconvertidas en cafés donde el olor dulzón de la narguile impregna a los parroquianos que charlan o juegan al backgammon entre bocanada y bocanada; mansiones de suelos ajedrezados con un patio en los que a menudo se encuentra una fuente y unos naranjos  que recuerdan a los patios sevillanos; no solo me gusta por el bullicio de su siempre animado zoco, donde tienduchas que parecen a punto de derrumbarse, compiten con elegantes joyerías y vendedores ambulantes de dulces; no sólo me gusta por la Gran Mezquita Omeya que a la caída del sol, con la llamada a la oración gana en majestuosidad; me gusta Damasco no sólo por ver el monte Kasiún iluminado por miles de luces mientras cenas en la azotea de uno de esos restaurantes donde los camareros visten de smoking y sirven al cliente con la elegancia y eficacia de la hostelería clásica; no sólo me gusta porque perderse en sus callejones, más que un contratiempo, es una bendición que te permite descubrir muchos rincones que no vienen en las guías pero que resultan, siempre muy atractivos. Rincones donde se encuentran oficios antiguos, donde se respira un ambiente siempre nostálgico. Damasco me gusta por eso y por mucho más, pero sobre todo por su gente. Aparte de su amabilidad y su gran sentido de hospitalidad, (que se agradece en los tiempos que corren), son una fuente inagotable de inspiración para contar historias y reflexionar sobre ellas: y es que, en mi caso, uno no sólo viaja por ver y sentir, también para reflexionar, para captar instantes sobre los que meditar y aprender. Como me ocurrió en mi estancia en la ciudad, donde sentado en un cafetín mirando la vida, asistí a uno de esos momentos de los que yo llamo estelares de la humanidad.


Caminaban despacio. Guiado por un Lazarillo que no debía tener más de doce años, un ciego avanzaba por la callejuela. Se agarraba suavemente del brazo del niño, mientras éste, meticuloso y vigilante, esquivaba personas, carros y peligros. Por momentos, me pareció estar dentro de un cuento, de una época que ya no existe, o que a lo mejor no la vemos o no somos capaces de verla.

Lo que me llamó la atención de la escena no fue el hecho en sí de que el niño cumpliese a la perfección su misión, sino la forma de hacerlo. Ignoro el grado de familiaridad que tendrían ciego y niño, pero la forma de conducirlo por esas estrechas y atestadas callejas, indicaba que todo lo que hacía, no estaba movido por la compasión, sino por la responsabilidad y la ternura.

Cada pocos pasos paraban y se apoyaban en un murete. En ese tiempo, el niño recolocaba dos paquetes atados a una cuerda que se había aflojado, anudando de nuevo el pequeño hatillo que había creado, al tiempo que no dejaba de hablar con el ciego. Una vez acababa, lo miraba con dulzura, lo volvía a tomar del brazo mientras el ciego, apoyaba la mano en su cabeza y su rostro esbozaba una sonrisa. Un rato después, se perdieron entre la multitud y no los volví a ver.

Me puse a pensar sobre ello. Sobre la abnegación de un niño que quizá tuviese otros planes para la vida, pero que aceptaba su destino con alegría; reflexioné sobre esa estampa en la que el inicio y fin de la vida se unen en perfecta armonía. Y pensé en ese viejo ciego que se dejaba llevar por los ojos de un niño, por la inocencia que se adentraba en mundos que quizás fuese incapaz de comprender. Confiaba en él. Es posible incluso, que a pesar de los años, el ciego fuese capaz de ver con la mirada del niño y para conseguir eso, no se si estaréis de acuerdo con ello, hay que tener mucha humildad.

Y eso es lo que vi: Entrega, responsabilidad, ternura, confianza, pero sobre todo mucha humildad, que no deja de ser una de las claves para que todo esto vaya mejor.

Vi, disfruté y aprendí con ello, mucho más de lo que cuentan las guías y algunos libros. Mucho más de lo que pedía a la ciudad.



17 comentarios:

María Hernández dijo...

Hola Fernando:

Me alegro muchísimo que mi anécdota sobre el vuelo de los Reyes Magos te haya dado pie para escribir este maravilloso post.
Lo es porque has sabido contagiar el sabor de Damasco a través de tus palabras,pero también con los ojos que captaron ese deambular del niño y el ciego.
Damasco se me antoja como la fruta de su nombre (albaricoque), suave y aterciopelada por fuera, de color cálido y un interior repleto de aromas y paladares únicos.
Me dan ganas de ir un día a visitar a los Reyes Magos, allá en Damasco, y dejarme impregnar de todas esas esencias, incluída la humildad, que nos descubres hoy.
Precioso post, Fernando...me has hecho soñar despierta.
Un beso.

Fernando López Fernández dijo...

Hola María:

Gracias por el comentario. que en si completa el post. Damasco es una ciudad para perderse y dejarse impregnar por todo aquello que te acerca a la esencia del ser humano. De hecho, es una de las ciudades habitadas más viejas del mundo.
Un beso

Pepe Moral Moreno dijo...

Qué tal, Fernando? feliz año y perdón por el retraso!
Me gusta lo que apuntas acerca de la aceptación de la posición del niño; creo firmemente que muchas veces es mejor afianzar una posición sobre un nicho de mercado, producto o cliente, que intentar abarcar otros aspectos que pueden llevar a efectos indeseados.
Como muy bien expresas en el post, el conocimiento y aceptación de la situación lleva a su disfrute y satisfacción, tanto del lazarillo, como de su "cliente".
Espero que no se malinterprete mi comentario; no estoy tampoco abogando por el conformismo, eh?
Me gustó el post!!
saludos,
Pepe Moral

Fernando López Fernández dijo...

Hola Pepe:
Feliz año. No creo que sea conformismo la actitud del niño, sino que dentro de su circunstancia, acepta hacer las cosas con gusto, lo que redunda como apuntas en beneficio del "cliente".
Gracias por pasarte. Un abrazo

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
En lo que yo he viajado por países supuestamente menos desarrollados, sólo puedo decir que cuando te apartas de los entornos turísticos los valores humanos que tanto pregonamos, son mucho más evidentes a todas las horas del día.
No lo he visto tantas veces como tu, porque no he viajado tanto, pero estoy seguro de que el ciudadano de a pie de estos países conserva valores que nosotros hemos olvidado hace tiempo.
Un abrazo.

Katy dijo...

Hola Fernando llego algo tarde por la nieve acumulada :)
Has traído hoy una de las ciudades que dejan huella en el alma. No tuve la suerte de encontrarme con el Lazarillo pero llevada de tu mano he vivido la escena con perfección.Puedo sentir el cariño, la abnegación de un niño te lleva a los sentimientos más elevados.
Hermoso ejemplo.
Yo tengo un post sobre damasco más sencillo pero igual te apetece ver mis fotos.
http://katy-ciudadanadelmundo.blogspot.com/2009/11/damasco-capital-de-siria.html
Un abrazo y que pases una buena tarde

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:

La verdad es que es como dices. Al menos mi experiencia es esa. Es como si todo fuese más cercano, como si tuvieras tiempo de pararte y reflexionar sobre esos valores que allí, en muchas ocasiones , se muestran de forma natural.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

He leido tu post que está muy bien documentado. Pero como dices, es de esas ciudades que dejan huella en el alma. recuerdo muy especialmente la Gran Mezquita y lo que se vivía allí: musulmanes, cristianos...en perfecta armonía y respeto.

Un abrazo

jose luis del campo dijo...

Muy hermosa histioria y un buen reflejo de el lado positivo de la personalidad humana, que cuando aflora da igual la edad , el sexo o la religión.

Un abrazo y muy bello, si señor

Fernando López Fernández dijo...

Gracias Jose Luis:

Es que en realidad, el mundo es hermoso, pero miramos de soslayo o mal.
Gracias por pasarte.
Un abrazo

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando:
De esta maravillosa historia me quedo con lo que respecta a la humildad del anciano. Creo que es lo más hermoso, y difícil, de ser.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa:

Gracias como siempre por pasarte. Yo creo, que en definitiva son dos los humildes o al menos eso es lo que percibí en sus actos.
Un abrazo

Germán Gijón dijo...

Hola, Fernando:
lo que más me gusta de lo que nos cuentas no es tanto el fondo como la forma. Nos relatas una situación que nos lleva a mundos algo más humanos de lo que estamos acostumbrados a ver por estos lares, pero me ha encantado la forma en que lo has hecho.
Felicidades, de verdad.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Germán:

me alegra que te haya gustado. Tu, escribes bien el fondo y la forma en tus post. Y a eso yo lo llamo talento.
Un abrazo

MTTJ dijo...

Hola Fernando:
No conozco Damasco pero es uno de esos lugares que tengo muchas ganas de visitar. Damasco es una ciudad que sólo con escuchar su nombre me provoca un hormigueo en el estómago y me transporta a un mundo de las mil maravillas.
La historia que cuentas es preciosa pero es tu gran sensibilidad la que te permite valorar esos detalles y situaciones. Ahí está la magia de los viajes y por lo que creo realmente que merece la pena.
El día que viaje a Damasco, seguro que cuando camine entre las callejuelas que tan bien describes me acordaré de ti.
Gracias por tu magnífico post.

M.Teresa

Fernando López Fernández dijo...

Hola Maria Teresa:

Estoy convencido de que una viajera como tú disfrutará de la ciudad y quedará cautivada por ella para siempre. Como apuntas, esos pequeños detalles mágicos enriquecen los viajes.
Gracias pr pasarte. Un abrazo

Myriam dijo...

Conmovedora historia, Fernando. Fantástico que la pudieras apreciar con toda tu sensibilidad de siempre.

Coincido contigo en que los viajes, si miramos con el corazón, nos enseñan mucho.

Besos

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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