viernes, 18 de diciembre de 2009

Cuentos de las noches tristes: Cuento de Navidad

La Navidad no significaba mucho para él. No era más que un tiempo en el que las calles se disfrazaban de escenario de cuentos musicados por las alegres voces que salían, confusas, de los iluminados comercios de la ciudad. Tiendas que mostraban en sus recargados escaparates llenos de artículos y felicidad irreal, miles de cosas que nunca podría comprar.

A diferencia de otros seres, ni odiaba ni adoraba la Navidad. Simplemente no sentía nada especial. Las tintineantes luces que adornaban algunos árboles le eran indiferentes. En otro tiempo, le gustaron mucho: de hecho, pasaba horas y horas mirando embobado como cambiaban de verde a rojo, de azul a amarillo; pero ya ni se fijaba, no formaban parte de sus sueños: huía.
 
Se perdía por los parques, intentando escapar de las bulliciosas avalanchas de gentes que transitaban rápidas, desordenadas, llenas de bolsas y paquetes envueltos en coloridos papeles. Sentía miedo de que alguien le pisase, le empujase: demasiada histeria para alguien de naturaleza tranquila.
 
Habitualmente, en las primeras horas del día, se dirigía a un jardín cercano a la abandonada fábrica de bombillas donde había creado su hogar: Allí pasaba la mayor parte del día, aunque acostumbraba a pasear unas horas por el centro de la ciudad.
 
Desde un promontorio del parque, veía como las hileras coches tomaban la carretera que conducía a las afueras de la ciudad. Miraba al cielo y observaba como cada poco tiempo un avión despegaba o aterrizaba mientras de fondo se oía el traqueteo de los trenes que partían de la cercana estación. ¡Ojala pudiese regresar a algún sitio! Reencontrarse con sus parientes, con sus amigos, volver a casa; pero no tenía donde regresar porque ni vino de ningún lado ni salió en su vida de la ciudad. Vagamente, recordaba los días de una infancia llena de caricias, juegos y el calor de unos cuerpos que le estrujaban sin motivo aparente. Nada más. Nunca sintió añoranza porque para añorar hay que amar y el no tuvo la oportunidad. Las circunstancias de la vida se la negaron. Además, porque nada tuvo y nada perdió.

Su existencia era muy sencilla. Tras despertar, salía de la antigua fábrica y se dirigía a una cercana fuente donde aliviaba la sed y los días de calor se remojaba; luego caminar y buscar comida ante la indiferencia estudiada de gente que esquivaba sus ojos, y las malas pulgas que se gastaban algunos funcionarios municipales que, inclinándose, le atosigaban a cada momento. Aún así, pensaba en lo afortunado que era. Muchos de sus compañeros de infortunio habían sido apresados y encerrados en lugares de donde no podían salir. Él prefería, a pesar de las dificultades, salir a la calle cada día y perderse una y otra vez por unas callejas que había pisado miles de veces. Unas calles que ofrecían siempre algo nuevo para disfrutar.
 
Era libre. Envuelto en esa sensación que se tiene cuando se dejan los ojos en el infinito uno solo se ve su interior, no reparó en la presencia de dos niños que le lanzaban pequeñas ramas caídas del tardío otoño. Uno de ellos se acercó, le miró fijamente y medio asustado, medio curioso comenzó a sonreír. Intentó devolver la sonrisa, pero hacia tanto tiempo que no lo hacía que tuvo la sensación de haberlo asustado, pues el niño, salió corriendo.
 
Volvió a sus pensamientos, en realidad a sus deseos. Se imaginaba cómo sería el mar, cómo la sierra o París. ¡Ah París! La de veces que había visto esa ciudad en los escaparates de electrodomésticos, de agencias de viajes, de librerías... En todos los sitios veía París. ¡París! Esa si debía ser una gran ciudad.
 
Regresaron los niños, esta vez acompañados de un señor que debía ser su padre, con quien intercambiaron miradas suplicantes, con ojos de dulzura. Ante la negativa del padre, continuaron su camino.
 
Otra vez nada – pensó. Al girarse uno de los niños, no supo por qué, decidió seguirles a una distancia prudente. Dentro ya de una calle que olía a castañas asadas, una calle adornada con guirnaldas de luces y vahos de invierno, se acercó más. No mucho, no fuese que los asustase, llamase la atención y la policía intentase capturarle. Sólo un buen rato después, en una vía en la que no había mucha gente, se atrevió a pasar por delante de ellos. Al verlo, los niños comenzaron a agarrar a su padre del abrigo y éste, al final asintió. Definitivamente esta era la familia que toda su vida había deseado tener y él, el perro que todo niño quiere tener.
 
Tras un buen baño de agua caliente, dormitaba sobre un salón donde las luces de un árbol de navidad le hacían un guiño y el musgo del Pesebre exhalaba un aroma nostálgico, fresco, lleno de felicidad.

Este es un cuento que escribí hace tiempo. Pertenece a Los Cuentos de las noches tristes, de los cuales hay varios en Soul Business y que os dejo para el fin de semana. De todas formas os recomiendo otro cuento de navidad, el que ha escrito Josep Julian, que me ha parecido genial.

Feliz fin de semana









18 comentarios:

Katy dijo...

Un cuento tan hermoso que casi es irreal. Aunque conozco un par de casos casos reales de mi niñez y otros más cercanos pero sin feinal feliz.
Cuantos no se habrás dicho esto de: "Definitivamente esta era la familia que toda su vida había deseado tener"
¿Te han dicho alguna vez que escribes bien? :)
Un beso

Fernando dijo...

Fantástico cuento, Fernando. Me ha emocionado, la verdad. ¡Tienes mucho talento para contar historias!

Me ha gustado eso de que para extrañar primero hay que amar. Me la apunto.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

Los cuentos de las noches tristes, siempre tiene final, si no feliz, al menos esperanzador. Gracias por tus elogios, pero me falta mucho para escribir bien.

besos y abrazos

Fernando López Fernández dijo...

Hola Fernando:

Me alegro que te haya gustado. (por cierto, tu post de hoy genial)

Asi lo creo, para extrañar primero hay que amar, creo que es una consecuencia de.

Gracias por pasarte que se que en estas fechas estas liadisimo.

Un abrazo

Economía Sencilla dijo...

Fantástico cuento, me ha encantado, al igual que el que recomiendas de Josep. Tenemos unos cuenteros (que diría Valdano) fantásticos!!


Un abrazo
Pablo Rodríguez

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando:
Hermoso cuento navideño. El relato es contundente y está estupendamente escrito. Te felicito, me ha encantado. Un abrazo y felices días

Fernando López Fernández dijo...

Hola Pablo:

Pues muchas gracias, el de Josep es excepcional.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa,

Muchas gracias. espero que pases unas fantástica navidad. Hoy "tus niños" para Valencia a hacer una fiesta de navidad.

Un abrazo

joseluisdelcampo dijo...

Muy buena historia amigo.

Realmente tienes un buen don para hacer llegar los sentimientos con las palabras.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Jose Luis:

Muchas gracias por pasarte y por tus palabras.

feliz fin de semana. Un abrazo

Josep Julián dijo...

Hola Fernando: Para cuando he llegado al final ya había subrayado algunos pasajes que me parecen lindísimos y que me han emocionado. De todos ellos, me quedo como Fernando con este "para añorar hay que amar" porque es de una calidad excepcional.
Darte las gracias por la mención al mío se me hace poco. Pero como el lenguaje es limitado no encuentro expresión alternativa, así que muchas gracias y con tu permiso, voy a guardar tu cuento en la caja de los tesoros.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Josep:

Soy yo el que debo darte las gracias por todo lo que me has enseñado este año y por el magnífic cuento que nos regalastes. Me alegra que te haya gustado y que lo hayas disfrutado.

Un abrazo

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando:
Precioso. Me he emocionado al igual que algunos compañeros que han comentado.
Lo compartiré con mi gente.
Un abrazo.

Alberto Barbero dijo...

Yo solo soy bueno contándolos... y éste se lo contaré a mi hija hoy por la noche.

¿Cómo hacéis para poner la creatividad al servicio de una historia? Aparte del arte, ¿utilizáis alguna técnica?

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:

Me alegra que te haya gustado y que lo compartas. Es un honor para mi.
Un fuerte abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Alberto:

Te digo lo mismo que a Javier, es un honor que lo compartas, y si le gusta a tu hija, habá valido la pena escribirlo.

En cuanto a lo que comentas de poner la creatividad al servicio de una historia, no se Josep, pero yo suelo asociar ideas, visualizar momentos y mezclarlos con emociones o sensaciones. Pero tampoco creo que sea un método en si.

Un abrazo y gracias por pasarte

MTTJ dijo...

Un cuento precioso y que me ha tenido un buen rato reflexionando sobre el verdadero sentido de la Navidad. Felicidades porque escribes muy muy bien.
Una abrazo

M.Teresa

Fernando López Fernández dijo...

Hola Maria Teresa:

Gracias por tus palabras, me alegra que te haya gustado, aunque tu no lo haces nada mal. Estupenda los relatos de Hong Kong

Un abrazo y feliz navidan

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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