viernes, 23 de octubre de 2009

Hoy fui ayer



Hay días que uno vuelve a casa agotado. Quizás porque a ciertas edades, uno no puede seguir un ritmo frenético de trabajo ni puede quedar con los amigos todos los días, ni su cabeza da para pensar, reflexionar o gestionar mil cosas, que te vienen a la mente de forma instantánea o que te van surgiendo. El vivir en la era del híper velocidad requiere más que concentración, reflejos. Son tantos los mensajes o inputs que nos llegan que lo de Twitter puede ser una broma comparado con lo que pasa por tu cabeza.

Hoy he tenido uno de esos momentos en el que la vida te cansa, (que no es lo mismo que estar cansado de la vida), así que analizado el panorama, me he ido de la oficina un rato antes porque en esa última hora no pintaba nada allí – en realidad no estaba- y para hacer el canelo lo mejor era decir salgo un poco antes, hasta mañana, que tengáis una buena tarde.

Todo esto viene a cuento de que iba en el autobús con esa pequeña sensación de derrota, cuando un niño que iba sentado en la fila de al lado acompañado de su niñera, le mostraba a ésta todo lo que se podía hacer con las manos: se ponía las manos en los ojos y creaba unos prismáticos, las juntaba por las muñecas y era una paloma, luego un caracol etcétera. Lo estaban pasando muy bien.

En ese momento, me he acordado del magnífico post que Germán Gijón escribió el miércoles «Mocoso y Blancanieves vs. Mario» en el que habla de cuando éramos pequeños, de la imaginación, de la ilusión, de la inocencia, de tantas cosas… que junto a la tarde otoñal de Madrid han convertido mi derrota en nostalgia. Me he bajado varias paradas antes de mi destino y me he puesto a caminar con destino a ese ayer.

Y paseando lo he recordado todo. He vuelto a un mundo en el que no había sueños imposibles, en el que podías, como dice Germán, convertirte en lo que quisieras, en el que lo más normal del mundo era dar vida a los juguetes, humanizando si te apetecía a un coche o a un gato de plástico. Incluso les hacías confidencias y les contabas tus cosas. Los cuidabas y te cuidaban. Estabas todo el día innovando, buscando aplicaciones a cualquier objeto, ya se tratase de un trozo de madera que tu imaginación mudaba en barco con sus marineros y la bandera pirata incluidos, ya de de un trozo de tela con el que diseñabas tu capa de los Tres Mosqueteros. Inventabas juegos, diseñabas las reglas, pactabas condiciones (eso vale, eso no se vale), te ilusionabas con todo (los Reyes Magos eran unos tipos formidables) y aunque estuvieses sometido a la disciplina familiar, a la escolar, eras libre de ser lo que quisieras. Aceptabas las normas y sabías las consecuencias de no cumplirlas. Muchas veces arriesgabas y si las incumplías lo asumías con entereza, sabiendo que el honor, la dignidad, la honestidad personal eran para ti un valor sagrado, como habías visto en las películas de héroes a los cuales emulabas. Siempre ibas con los buenos y rechazabas de plano a los malos. Vivías mil sensaciones, tu vida era una sucesión de emociones. De vez cuando te pegaban, te insultaban o te humillaban, pero el disgusto duraba poco. No comprendías muchas cosas y hacías preguntas que unas veces eran absurdas, otras inocentes y otras que requerían de respuestas profundas que descolocaban a quien se las hacías. Conocer, querías saber, y muchas veces tu curiosidad a los ojos de los mayores eran impertinencias. Ya en esa época descubrías que la vida para muchos era muy perra y te sumabas a iniciativas que buscaban fondos para los más desfavorecidos, cogías una hucha y a correr, o te empeñabas en llevar a casa un perro o un gato callejero, que no era bien recibido y que te costaba una regañina.

Soñabas y vivías. Tu lógica, tu alma te pertenecía y, pasase lo que pasase, sabías que cada nuevo día te regalaría miles de aventuras, te brindaría miles de posibilidades. Intuías que las preocupaciones y los problemas se resolverían. Quizá porque a esas edades tenías aliados como la confianza, la inocencia o la esperanza que estabas seguro que nunca te abandonarían. Momentos dulces, momentos tristes, pero cada uno de ellos vividos con intensidad. Momentos en los que convivían en perfecta armonía la realidad y la fantasía. Momentos de verdad. Francisco Alcaide dejo un post que habla de ese tiempo vivido ¿Vives o sobrevives?

Pero el tiempo nos fue domando: debes ser como…, tienes que… destruyendo poco a poco todo lo que habíamos creado. Hoy no somos más que ruinas de esa forma de entender la vida que teníamos. Afortunadamente nos queda algo y ese algo hay que protegerlo y regenerarlo.

Ya sólo creemos en sueños posibles. Milagros, los justos. Haz, haz, haz, pero no pienses mucho aunque luego queremos y exigimos innovación, creatividad; pero instantánea, obligada y útil, ignorando que éstas sólo se consiguen si se ve con otras miradas. Las reglas están más que diseñadas y si no las sigues y pretendes cambiarlas te sacan del juego. La fantasía sólo la encuentras en el cine viendo Matrix, que si no te has enterado, te la pasan otra vez, y la llaman «Reloaded». Que no se te ocurra ser un héroe, ni hablar del honor, de la dignidad ni de la honestidad porque todos los días vemos ejemplos de que estos conceptos, ya no están de moda, aunque se siga hablando de ellos, y lo más probable es que gran parte del personal se eche unas risitas por lo bajini cuando las escuchen. Todo esto me parece muy aburrido y agotador, pero hay que luchar contra ello.

Afortunadamente, todo tiene solución. Hay que ser optimistas porque en el fondo todavía somos niños y tenemos memoria. Sólo hay que bajarse del autobús de vez en cuando, y aunque tardes un poco más en llegar tu destino, tendrás la oportunidad de desandar lo vivido hasta aquellos momentos que te ayudan a volver a la realidad, a tu realidad. No a la que quieren los otros que vivas.

Hoy fui ayer, y ya no estoy cansado.

Feliz fin de semana

10 comentarios:

Germán Gijón dijo...

Caramba, Fernando, a mí se me ocurrieron unas líneas, pero tú has descrito aquí todo un mundo de vivencias que hace que nos quedemos pegados a la pantalla. Te agradezco la referencia al artículo, pero tu "revival" no tiene comparación. Lo malo es que al final nos devuelvas al hoy porque con este escrito tú sí que haces que rememoremos épocas pasadas.
Enhorabuena, porque este es un relato "envolvente".
Un abrazo, Fernando.

Fernando López Fernández dijo...

Gracias Germán, pero el mérito es tuyo porque me lo has dado hecho. me has dado todas las pistas y las claves. Yo sólo he seguido con tu historia a mi manera.

Un abrazo

María Hernández dijo...

Hola Fernando:

Precioso relato en el que todos, de vez en cuando, podemos vernos reflejados.
Aunque la ciencia dice que ya no somos los que fuimos porque nos regenerámos todo el tiempo, la memoria y esa capacidad que adquirimos para discernir entre el pasado, el presente y el futuro son nuestras herramientas para volver a "ser niños".
Tengo un sobrino de 22 meses y en cuanto pueda le compro sus primeras botas de agua. Lo mismo hice con mi hijo en su día, porque para mí, para la niña que sigo siendo y para la que fui, el binomio charco-niño es sinónimo de saltar dentro y salpicar. Hay un solo charco en la acera y ¿qué ocurre? que el niño acaba dentro, saltando, en cambio, el adulto lo bordea y mira de reojo sus zapatos no vaya a ser que se le hayan manchado. El primero sólo ve diversión, el segundo sólo problemas.
Está bien que no en todas las ocasiones uno se puede poner a saltar en el agua como un loco, pero ¿teniendo como coartada a un niño? Ni me lo pienso, soy la primera en patear el charco, mire quien mire y piense lo que piense.

Y si encontrara una pradera verde, llenita de hierba frondosa, con suficiente inclinación como para tirarme rodando como si fuera Heidi en sus montañas, también lo haría.

Cómo ésto es más difícil, no dejaré escapar un buen charco este invierno. Saltaré, patearé y salpicaré, porque me lo voy a pasar en grande volviendo a ser la niña que fui y enseñando a mi sobrino cómo un charco de lluvia puede darte minutos de felicidad hilarante.

¿Sabes por qué? porque no pienso renunciar a volver a ser niña todas las veces que me sea posible, para volver a sentir éso que tan bien has explicado: "ser libre de ser lo que quisieras".

Precioso post, Fernando.

Un abrazo

Katy dijo...

Hola Fernando , ese niño tan guapo eres tu? Siempre hay que conservar el niño que llevamos dentro. No es posible matar los sueños ni las ilusiones, aún a sabiendas que no se cumpliran, que todo es distinto de lo que has soñado.Tampoco es bueno mirar hacia atras con añoranza. Se niño hoy, es fácil si en tu alma conservas aún e brillo de la ilusión. Bellísimo post que tendre que releer otra vez.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola María:

Totalmente de acuerdo con el planteamiento que haces. Cuando somos niños vemos diversión (oportunidades) en lugar de problemas. Vamos teniendo miedo a medida que crecemos y vamos olvidando lo que queriamos ser.

Por eso, hay que volver de vez en cuando y ser niños siempre. Disfrutaremos mucho más de la vida.

Gracias por pasar y participar en Soul Business.
Saludos

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy

Yo creo que siempre hay que mirar hacia todos los lados y sacar lo mejor de cada momento.

Gracias por lo de guapo.
Un abrazo

Rafa Bartolomé dijo...

Precioso artículo Fernando. ¿El de la cara de bueno eres tú o tu hermano pequeño?
No hay que dejar de ser niño nunca; yo lo consigo teniendo, sólo para mí, un rato de vacaciones todos los días de mi vida. Me lo propuse hace muchos años y día a día me voy de vacaciones, regresando, la mayoría de las veces, a pensar y actuar como cuando era un niño. Me funciona. Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Rafa:

Muy buena forma la tuya de ser niño
siempre. Un rato de vacaciones cada día. Magnífico.

Un abrazo

susanatauride dijo...

Maravilloso. Sigues teniendo la misma mirada que de niño.
Mil besos.

Fernando López Fernández dijo...

Gracias Susana:

Un placer como siempre verte por aquí.
Un beso

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