sábado, 5 de septiembre de 2009

Viajar es simplemente vivir desplazado


Hace unos días, en el blog de Yoriento se publicaba un polémico post titulado «Es productivo viajar» en el que se reflejaba la opinión de Penélope Trunk, que venía a decir más o menos que viajar era una pérdida de tiempo: el debate estaba servido y así se reflejaba en los comentarios que los lectores aportaban. Es decir, los que de alguna manera dan la razón a Penelópe Trunk y los que, como es mi caso, estamos en desacuerdo con tal reflexión. Siendo muy respetable la opinión de la señora Trunk, argumentaba yo lo siguiente: -«Llamar pérdida de tiempo a viajar es como negar que algo en la vida tiene una utilidad. A veces confundimos viajar con vacaciones y descanso, cuando viajar es simplemente vivir desplazado-».

Confieso que le he estado dando vueltas a esto durante unos días, intentando entender el por qué de la inutilidad de un viaje. He buceado en mi memoria y me ha sido imposible (aunque algunos viajes salen bastante torcidos y no acaban siendo tan fantásticos como habíamos planeado) encontrar una razón para no viajar. Si muchas, para seguir haciéndolo.

Os dejo «La ciudad de Arena» de mi diario de viajes Soul India en la que justifico (al menos para mi) la productividad de viajar. Por extensión lo divido en dos post.



LA CIUDAD DE ARENA (I)


Más kilómetros de arena y desierto nos acercaban a Jaisalmer. Nunca le revelaba a Dinesh el hotel o la Guest House que había elegido hasta que nos aproximábamos a la ciudad. Era una forma de evitar que en las paradas, telefonease reclamando una comisión no ganada y que, desde luego, pagaría yo. Otras veces, no tenía ni idea cual iba a escoger.
En Jaisalmer, me hospedé en un vetusto palacio del maharajá: un lugar bonito, escondido, cubierto de polvo y tiempos mejores; habitaciones grandes y muebles de época, desordenado y un poco sucio. Como de costumbre, el único cliente: dos vascos llegarían al día siguiente.
Jaisalmer es un lugar que debió inventarse en un cuento. Tiene una calle principal abarrotada de pequeños comercios y oficios de antiguo. Alrededor de ella, afloran decenas de callejuelas estrechísimas donde solo caben una o dos personas, y que en el caso de encontrarte con una vaca perezosa tendida en el suelo, tienes que dar media vuelta. Calles de la vaca o tú, siempre de la vaca: no te deja pasar.
Los habitantes del Rajastán rural son muy acogedores. De mirada azabachada, sonrisa de marfil y alegre voz, comprenden que todo, menos el desierto, tiene un límite. Los vendedores, por ejemplo, no eran tan insistentes como en Delhi, Agra o Khajuraho, olvidándose de que eran mercaderes para convertirse en amigos urgentes y de un rato.
De Jaisalmer dicen que es una ciudad muy turística. No tuve esa sensación. Es posible que no fuese época de turistas, que no me fijo mucho en los carteles cuando se ve movimiento, y de ahí quizá, esa subjetiva impresión. El caso es que no coincidí con más de cuatro o cinco turistas en los tres días que permanecí allí. Y lejos de ser un aburrimiento, fue una bendición.
Una fortaleza color de miel, que se hace lejana y cercana sin saber muy bien por qué, corona y domina la Ciudad de Arena: hay murallas o fortalezas, que si las miras de lejos parecen grandes, pero cuando te acercas son imponentes. La de Jaisalmer es de talla única, la mires desde donde la mires. En el interior, en sus anárquicas callejuelas, aún habitan cerca de quinientas personas, lo que no ocurre en otros fuertes de Rajastán. Puedes observar perfectamente como viven, como trabajan, como lavan, como «vecinean» piden «un poco de sal» y justifican un «se me ha acabado el aceite». Es una ciudadela de puertas abiertas, un pueblo de andar por casa en zapatillas.
El interior de la fortaleza se recorría en muy poco tiempo, pero merecía la pena pasarse horas y horas, paseando por un pavimento tortuoso que brotaba de la tierra. Los templos jainies, las havelis dejadas, arruinadas por la vida, o las abundantes atalayas desde las que se obtenían magnificas vistas, no solo del pueblo, sino de la frontera de Pakistán, hacían de Jaisalmer, el escenario perfecto para las «Mil y una noches».
Deambulaba intentando acumular nuevos recuerdos: hablaba con niños traviesos que se asomaban al vacío, y me señalaban con los brazos los límites de la India, los límites de la locura. Reparaba en los burros de lechero que, tozudos, invariablemente andaban por donde no debían, en tanto que uno de esos perros indios de anorexia obligada, dudaba si controlar la situación o volver a su postura de león zanganeado: me hallaba en el pasado.

4 comentarios:

FAH dijo...

fernando, sería bueo q algún todos esos apuntes de tus viajes los publicases en formato libro. a muchos nos interesa. hay posibilidades de autopublicación en www.lulu.com. Abrazo y gracias.

Katy dijo...

Hola Fernando, yo opino lo que tu, será muy respetable esta señora pero para mi esto que dijo era una simple provocación, porque estoy segurísima y me atrevo a a firmar que ni ella se cree semejante argumento. No es lo mismo estar desplazado a la fuerza como fue mi caso de niña( y aún así mereció la pena), pasar unas vaciones, hacerlo por motivos de estudio, de trabajo,por investigación. Si no hubiera sido por los viajes estaríamos aún en cavernas. Y decir que viajar es estar desplazado pués evidente, la palabra desplazarse ya lo lleva implícito, aunque lo hagas al supermercado de enfrente de tu casa.
Pero mira ha servido al menos para que tu recordoras y escribieras y que yo esté con este rollo. :-)
Feliz domingo

Fernando López Fernández dijo...

Francisco:

Gracias por tu interés y ánimo y amabilidad en el juicio. Es posible que un día me anime. Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Katy:

Gracias como siempre por participar. Para mi, de todo se aprende se viaje o no. Por eso empleo la palabra Vivir desplazado como definicón de viaje.

Feliz domingo para ti también

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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