domingo, 6 de septiembre de 2009

La ciudad de Arena II (detalles que justifican un viaje)

LA CIUDAD DE ARENA II ( Del diario de viaje Soul India)
Me acodaba en un tenderete de refrescos y helados: ¿Cómo explicar que los bares y cafés no existen...?, y pedía una botella de agua que me era dispensada congelada: agua que angustiaba beber por que el deseo de trasegarla, punzaba en la boca y la garganta; agua que duraría unas cuantas conversaciones. Conversaciones como la que mantuve con un anciano de Bikaner que, muy preocupado con la situación de Irak y la posible incorporación de fuerzas indias a la coalición, hablaba como aquel que ya tiene experiencia de días de balas, de sangre, de muerte y de sufrimiento.
— ¡Qué desastre!, ¡qué desastre! —duplicaba las palabras desazonado.
—Su país está en la coalición. ¿Qué opina la población sobre ello?, ¿están de acuerdo con la guerra? —continuaba lanzándome una batería de preguntas que esperaban respuestas precisas, técnicas, documentadas.
Yo, que no tengo mucha idea de lo que pasa en el mundo desde que a todos les da por mentir, tergiversar, contar a medias y utilizar las desgracias ajenas como estandarte de su verdad y plan de jubilación anticipada, lo único que pude declarar fue lo siguiente:
—Hay división de opiniones: somos un país de cincuenta por ciento. Cincuenta por ciento a favor de una cosa y el resto de otra. Y esto, no se hace por convencimiento sino por llevar la contraria. Ya ve que raros somos. En cualquier caso, —proseguí, mi país se hastió hace mucho de las guerras, tanto de las propias como de las ajenas.
Al advertir que yo no podía dar más juego en disertaciones sobre alta política internacional, se levantó, me estrechó la mano y siguió su camino moviendo la cabeza de tal manera que, por un momento, me hizo sentir culpable de no saber como funciona este mundo.
Me apetecía saber cómo trabajaban las agencias de viajes en India, —la cabra tira al monte— y me metí en una pequeña agencia de viajes. El dueño masticaba paan, un estimulante hecho con especias dulces y tabaco, y lo escupía en una papelera. Cuando hablaba, sus labios y dientes estaban manchados de líquido rojo, como si le hubiesen dado de puñetazos. Me detalló su sistema de trabajo, mostrándome un pequeño díptico y enseñándome fotos de las excursiones que organizaba; excursiones de noches de fuego, música y té en el desierto. Durante la entrevista, un perfumista nos invitaba a probar las esencias que guardaba en pequeños frascos de cristal. Al salir, no sabía a lo que olía, pero salía divertido; lo había pasado bien. Hacía calor, mucho calor. Regresé al hotel atufando a mil aromas.
—Very hot, very hot —me confirmaban como si no me estuviese enterando de la que estaba cayendo, los habitantes de una ciudad que se cobijaba gradualmente en el interior de las viviendas y los comercios.
A media tarde, y antes de salir a conectarme a Internet oí una voz. Desde unas dependencias cercanas a un patio lleno de ocas, vacas, un caballo viejo y algún que otro cerdo que hozaba despistado en el barro, la sombra del encargado del hotel me hizo una seña para que me aproximase.
— Señor, venga, aquí se está bien.
Deseaba invitarme a tomar té con él. Acepté inmediatamente: hay invitaciones que son auténticos regalos. Allí, sentados, casi a oscuras, hablamos de todo, de nada en particular. Queríamos saber cosas sobre nuestros países, sobre nuestras vidas. Nuestra conversación era ordenada, de escucha. El té nos lo trajo, en bandeja tintineante y nerviosa, uno de los chicos que vigilaban el hotel, mis sueños y mi equipaje. Abanicándonos, él con una hoja, yo con un folio lleno de garabatos, bebimos despacio, sin prisas, un aromático té con leche y cardamón que yo no quería que se acabase nunca. Más palabras, más viento y un cigarro. Había olvidado el calor.
Antes de cenar entré en un Cibercafé, aunque en realidad se trataba de una habitación con cuatro ordenadores y algunas imágenes hinduistas que, bajo una luz de «chinos de todo a un euro» y aroma de incienso, se veían por todas partes.
En India, Internet es de gran ayuda. Muchas veces elegía el hotel en función de lo que veía, o replanificaba parte de mi viaje. Además, me servía para mantener el contacto con la familia y con los amigos y era una forma de no sentirse sólo en algunas horas que te quedaban muertas. Las conexiones, muy lentas, desesperantes. Lo gracioso era fijarse en cómo los indios ojeaban lo que hacías. Bueno, gracioso al principio, luego era un auténtico rollazo sentirte espiado.
Los indios no actuaban así porque fuesen muy cotillas: son curiosos y todo lo que haga un occidental les fascina. Sigo pensando que son como niños. Al finalizar mi sesión, el dueño pasó una barrita de sándalo o similar por todo el local y, yo, presumí que lo que urdía era desinfectarlo: de mi presencia, claro.
Cené en el restaurante Trío, en un terrado con vistas a mi hotel y al fuerte, deleitándome con el sonido de una tabla y las voces de unos niños rajastaníes que creaban una atmósfera de espiritualidad imperceptible para quienes la música es un disco de verano.
Me encontraba muy bien: estos eran los detalles que justificaban cualquier viaje.

7 comentarios:

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Fernando.
No he leído el post polémico pero no tengo ninguna duda de que lo que defiendes es lo que yo defiendo. Ahora bien, yo he vivido situaciones en países como la India, Egipto... en las que he visto turistas que es mejor que no hubiesen salido de casa. Hay personas absolutamente impermeables a cualquier estímulo que no sea copia calcada de su rutina diaria en su cómodo país desarrollado.
Prometo leerme tu diario de viajes SOUL INDIA. Tiene una pinta estupenda.

Katy dijo...

Muy bien descrito, narrado, comentado etc. A los que nos gusta viajar una delicia. Conoci una vez una areja que dijo que no queria ir a ciertos paises (roma, grecia, egipto, turquía etc) porque solo había piedras... Te imaginas como me quedé. "continuó tan pancha diciendo que preferia Londres, Paris, Portugal porque podía ir de compras. Recordé este hecho a colación del comentario anterior De Javier. Feliz semana

Fernando López Fernández dijo...

Hola Javier:

Fíjate Javier yo creo que se producen dos situaciones. Una relacionada con el viaje en elque como dices son impermeables al estímulo del viaje, y por otro lado creo que si esas personas son impoermeables a los viajes también lo serán en su día a día. es una cuestión de miras.

Un abrazo y espero que te guste Soul India o que al menos no te aburra.

Fernando López Fernández dijo...

Katy, siguiendo un poco el comentario de Javier y el que haces tu (parece ser muy habitual lo de las piedras porque lo he escuchado varias veces)es un problema de relación o de adaptación.

No sabe lo que se pierde la gente por no ver piedras 8eso si,hay que saber leerlas).

En breve escribiré un post sobre ello.

Feliz semana

Myr dijo...

Te comento aquí las tres entradas, la de Trunk Y la ciudad de arena I y II. Bueno, ya sabes que estoy de acuerdo contigo.

De hecho me voy de viaje este sabado, pero estaré conectada en la medida de lo posible, claro.

Increible experiencia la que cuentas aquí!!!

Te comentarías más, pero estoy fundida, casi en estado catatónico.
Un abrazo

Myr dijo...

Y aqui tenemos una hora más que en Madrid.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myr:

Gracias por pasarte a pesar de estar fundida. Espero que tengas un magnífico viaje y que disfrutes todo lo que puedas de el, ya sea por vacaciones o trabajo.

Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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