martes, 25 de agosto de 2009

Sobre la autoestima, la humildad y el valor de la gente

El otro día Francisco Alcaide Hernández publicaba el siguiente post ¿Vas de ganador o perdedor? que trataba sobre la necesidad de hacerse valer en este complicado mundo en el que vivimos. El post, admite diferentes lecturas, pero es cierto lo que comenta Francisco de que o te haces valer o puedes ser considerado por otras personas como un perdedor o fracasado. Es decir darte «darte por jodido»: El entrecomillado es mío y no pondría en boca de Francisco tal expresión.

Comenta que el exceso de humildad puede ser malo, quizás (y esto también es aportación mía) porque la naturaleza humana es destructiva, cruel y perra y tiende a aprovecharse del débil.
Sin embargo, en ocasiones lo que consideramos exceso de humildad es falta de autoestima.

Cuando me incorporé a mi actual empresa estaba un poco contrariado debido a que algunas de las personas del equipo, a las que yo intuía poseían un gran talento (había observado sus escritos, analizado sus trabajos, charlado con ellos…) parecían atenazados para desarrollar ese potencial que sospechaba permanecía escondido en alguna parte. Decidido a averiguar que podía estar motivando que esas personas no desarrollasen si no todo, gran parte de su potencial decidí realizar unos test sobre inteligencia emocional que contraté a una prestigiosa consultora.

En realidad, los resultados lo que hicieron fue, de alguna manera, «certificar» mi intuición: Había poca autoestima. A partir de ese momento, parte de mis esfuerzos, se encaminaron a recuperar esa autoestima, a que esas personas descubrieran que poseían más valor del que creían y, aunque es posible que se me haya ido la mano con alguno, creo que es necesario saber mirar dentro de las personas, hacer el esfuerzo.

Hoy os dejo un cuento que habla sobre la autoestima y que viene como anillo al dedo (y nunca mejor dicho) para ilustrar el post de hoy.

Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda.

- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar maestro? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

- ¡Cuánto lo siento muchacho! no puedo ayudarte, debo resolver primero mis propios problemas. Quizás después... Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

- E... encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-.

- Bien -asintió el maestro-. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.

En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.

¡Cuánto hubiese deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su ayuda.

- Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

- ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

- ¡¡¡¡58 monedas!!!!! -exclamó el joven-.

- Sí, -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

2 comentarios:

Myr dijo...

Primero decirte que, al igual que tú en mis años de Gerente de Recursos Humanos, me ocupé en y preocupé por formar equipos de trabajo y en motivar a los empleados, sacando a flote el mejor potencial que tenían. COntención emocional y reconocimiento por sus méritos. Importantísmo. Eso creaba un ambiente de confianza (seguridad) que nos ayudó a pasar en ese entonces en Argentina, momentos terribles de debacle económica, sin perder la vida en el intento, ni la empresa, ni y lo más importante, los puestos de trabajo de esta gente. Hasta hoy, modestia aparte, me lo agardecen. Y te lo digo sinceramente con humildad.

Segundo, tu cuento es una belleza que de forma alegórica ilustra este tema.

Y tercero y último, felicitarte, porque tomas en cuenta a los empleados por su valor como seres humanos y los reconoces como tales, ellos son el mejor recurso de la Empresa.

Hoy me alarma, en este afán globalizador, los niveles a los que puede llegar la explotación humana en las Empresas que hacen recortes de personal y dejan unos pocos que tienen que trabajar por todos los que desvincularon por el sueldo de una persona y sin derecho achistar, so peligro de...

Para pensar....

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myr:

Gracias como siempre por participar en Soul Business. Estoy de acuerdo contigo en que hay que crear un clima de confianza dejando ayudando y dejando a los empleados que saquen lo mejor de sí mismos. En ocasiones es complicado, pero una vez que se consigue se producen mejoras insospechadas.

Por otro lado, el cuento no se quien lo escribió, pero me parecía muy ilustrativo.

Las personas son las que mueven el mundo, ¿por qué no debe ser igual en las empresas? Si no tienen esas oportunidad de desarrollo se produce lo que yo llamo "el desarraigo empresarial" que conduce inevitablemente al desastre si no están cohesionados los equipos.

Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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